Entrevista a Ángel María Unzueta, vicario general de la diócesis de Bilbao

RELIGIÓN DIGITAL
(Humberto Unzueta, en Noticias de Gipuzkoa).

Angel María Unzueta cree que a la Iglesia vasca ya no le toca el papel protagonista de antaño en el proceso de pacificación y normalización de Euskadi. Considera que esa etapa ha quedado atrás a la luz de los nuevos acontecimientos. Sin embargo, estima que tiene cosas que aportar en un plano a la hora de desatascar ciertos nudos puntuales, como lo están haciendo, por ejemplo, en asuntos relacionados con los presos.

El vicario general de la diócesis de Bilbao es un hombre muy ocupado por sus quehaceres pastorales, pero sobre todo por sus labores curiales e institucionales en la gestión de las diferentes ramales y organizaciones sociales, educativas que cuelgan de la diócesis vizcaina. Pero sobre todo es un hombre bien informado de lo que sucede tanto en las altas instancias clericales y del sentir de seglares y laicos como fuera del tempo en la vida social y política del país.

Su apretada agenda le lleva en un día a estar casi de madrugada compartiendo misa con un amigo cerca de Sartaguda hasta participar en una recepción institucional de la Diputación vizcaina, además de atender sus labores de gestión al frente de la vicaría. Angel María Unzueta cree que la vida no tiene que pasar por delante como mero espectador, sino que hay que tomar parte activa en ella. Por ello, desde la parte que le toca, procura que la voz de la Iglesia vasca esté presente fuera de los templos, en la calle, en los medios de comunicación, en las instituciones. También en la política. El segundo de a bordo del Obispado de Bilbao fue el representante de la Iglesia vasca en la Conferencia Internacional de Aiete.

Usted participó en la Conferencia de Aiete. ¿Está sirviendo para avanzar en el proceso?

De hecho ya sirvió para que ETA diera un paso irreversible. Allí, en el último punto, se mostró disponibilidad para ayudar a avanzar. Desconozco gestiones que se hayan podido realizar después. Entiendo que han de ser llevadas a cabo con discreción.

¿El proceso tiene marcha atrás?

Todo parece indicar que no. Hasta el ministro del Interior lo cree así.

¿Qué pasos harían falta para consolidar y reforzar la situación?

Creo más en los pasos pequeños que en las grandes declaraciones. Las conversiones radicales no suelen ser habituales en este tipo de procesos. Me conformo con que cada paso no desmienta ni ponga en cuestión el anterior. En concreto, queda aún un trecho notable para el reconocimiento común del mal causado injustamente, para la flexibilización de la política penitenciaria, para la aceptación de legítimos posicionamientos plurales en los colectivos afectados más directamente en un proceso de paz de largo alcance, es decir, para la reconciliación. Hay que ganar en confianza para afianzar la situación.

¿Qué papel debe jugar la Iglesia en este proceso?

No creo que la Iglesia deba contemplar una tarea de mediación, entendida de un modo más propio del pasado reciente. También en esto se está en una nueva etapa. Otra cosa es que personas con responsabilidades en la Iglesia puedan ayudar a vencer dificultades y a acercar posturas, siempre con discreción.

¿Y lo está haciendo?

Creo que la comunidad cristiana en general y los grupos más sensibilizados en ella pueden ayudar a crear un clima de comprensión, de fraternidad y de cercanía a las heridas y a los heridos de esta trágica historia. Hay además un aspecto que nuestros obispos mencionaron hace años en una carta pastoral conjunta centrada en la fe en el Dios de Jesucristo. Decían allí que la patria o la nación pueden convertirse en ídolos que, en el peor de los casos, incluso pueden exigir sacrificios humanos. Nuestra historia reciente ha sido posible, entre otras cosas, porque algunas razones se han llevado al absoluto. Creo que la Iglesia tiene que denunciar y oponerse a todo ídolo y recordar hoy de modo actualizado lo que aparece en un antiguo texto del siglo II: para los cristianos toda patria es tierra de paso y sienten como propia toda tierra extranjera. La realidad de la población inmigrante nos está recordando también la necesidad de relativizar credos, patrias y fronteras.

¿Cómo se ha de acometer la reconciliación social?

Con calma, sin prisas, pero con decisión, conscientes de que precisa su tiempo. En nuestras diócesis ya se ha ofrecido un material inicial para la reflexión y el diálogo, que está en nuestras páginas web. Ahí se habla de contribuir a la búsqueda y construcción de la verdad, de promover la autocrítica, de escuchar los relatos de las víctimas de todo signo, de reparar el daño en la medida de lo posible, de acompañar a quienes han sufrido una agresión injusta, de crear escenarios o climas en los que sea posible pedir, ofrecer y acoger el perdón…

¿Tiene que estar basada solo en la memoria de las víctimas y en que los miembros de ETA pidan perdón o tiene que incluir también políticas de mano tendida hacia este colectivo?

La reconciliación es un proceso complejo y delicado, con muchos aspectos entrelazados. En la hoja de ruta debe haber y habrá aspectos y vías complementarias. Ciertamente la reconciliación no se compagina con la amnesia, la desmemoria o el olvido. No hay reconciliación sin justicia, ni justicia que no contemple el perdón. Se puede y se debe hablar de justicia y de perdón, ya que no son términos alternativos. Esto no lo digo yo, sino que lo dijo Juan Pablo II hace 10 años con motivo de la Jornada Mundial de la Paz.

El perdón es un acto subjetivo, no político.

El perdón es materia sumamente delicada y profundamente humana. Funciona de modo asimétrico, totalmente gratuito, desborda a la justicia y por ello no es socialmente exigible. Se puede pedir y no obtener; se puede obtener sin pedir. Con todo, en cuanto a la exigencia, apuntaría dos matices: es más exigible que quien ha agredido pida perdón; en el Evangelio, Jesús pide que sus seguidores sepan perdonar. Y en cuanto a las políticas de mano tendida, la justicia incluye prudencia y adaptabilidad en quien la practica.

¿Tiene la Iglesia vasca una visión común sobre cómo abordar la reconciliación?

El Vaticano II afirmó que la Iglesia es una realidad compleja. En ella existen individuos y colectivos con diversas sensibilidades y visiones acerca de la reconciliación. Posiblemente no hay entre nosotros mayor acuerdo global que el que pueda haber en la sociedad vasca. El diálogo y el contraste son también una tarea para nosotros, para poder ir ampliando el mínimo común denominador. En este sentido, nuestro Consejo Pastoral Diocesano está realizando un itinerario para compartir en lo posible la valoración del pasado y tratar de concretar pautas de comportamiento y acciones que favorezcan la reconciliación en la Iglesia y en la sociedad. No será tarea fácil, pero en este tipo de cuestiones no es poco el hecho de abordarlas.

¿Existe una verdad de la historia reciente de Euskadi, un relato único?

En toda historia hay verdades en plural, que necesitan ser contrastadas, para tratar de llegar a un relato suficientemente compartido. No hablo de consenso, porque no es posible, menos aún cuando muchas actuaciones son tan recientes. Por poner ejemplos, ¿existe consenso a la hora de valorar la dictadura franquista, la Guerra Civil, la Constitución o la monarquía? La verdad no se posee, sino que se busca y construye con paciencia y participación. Ello requiere su tiempo. Nuestras mismas diócesis, hace pocos años que han reconocido públicamente a un grupo de curas fusilados en la guerra por las fuerzas franquistas. Y no creas que eso sentó bien en todos los ámbitos eclesiales.

¿Qué opinión le merece el Plan de reinserción del Gobierno español?

Claramente mejorable, pero hay que tener en cuenta de que se trata de pasos iniciales. Hay que cuidar siempre que cada paso no contradiga el anterior. Es preciso valorar los avances, aunque no sean la meta, y empujar hacia ésta. Dicho esto, pienso también que es preciso abandonar tutelas innecesarias y adoptar vías plurales. Hay que cuidar que el tratamiento individualizado no suponga abandonar a cada preso a su suerte, pero tampoco es comprensible que quienes han decidido acogerse a vías legítimas sean mal vistos y mal mirados.

¿La política de dispersión y alejamiento de presos tiene sentido en este nuevo contexto?

No tiene sentido y tendría que tener una pronta solución. Más aún, si el Gobierno español está convencido de que el proceso es irreversible. Esta y otras medidas mostrarían altura de miras, tan necesaria en estos momentos.

La izquierda abertzale reclama la amnistía, el indulto. ¿Es posible poner el contador a cero? ¿Es justo?

Ellos mismos saben que no. Otra cosa es que no quieran renunciar a nada. No se puede actuar como si aquí no hubiera pasado nada, cuando en realidad ha pasado mucho. No es justo poner el contador a cero. Evocaría impunidad. Ya estuvo en su día y se perdió la oportunidad. La reconciliación no ahorra la necesidad de reparar. Pero la justicia no es algo automático, rígido o implacable. Ella misma contempla flexibilidad en su aplicación, medidas de gracia, conmutaciones en determinadas circunstancias, buscando la rehabilitación o la inserción plena de quien ha delinquido. La misma pena o castigo puede impulsar la revisión del pasado y el reconocimiento del mal causado. Ahora bien, tampoco es justo el deseo de «que se pudran en la cárcel». Sería inaceptable y contrario a todo deseo de reconciliación.

¿Las víctimas deben marcar la dirección política del Gobierno español?

Preguntado así, está claro que no. Entre otras razones, porque entre ellas hay una gran diversidad de opciones políticas. Recuerda la marimorena que se ha armado con las víctimas del 11-M. En cualquier caso, habría que precisar el concepto de víctima, para que no resulte equívoco. En virtud del grado de violencia que han sufrido cabe distinguir diversas víctimas (muertos, amenazados, extorsionados); hay que distinguir entre las víctimas y sus asociaciones, cada una con sus legítimos planteamientos; hay víctimas y familiares de víctimas. En fin, no es cuestión de analizar ahora, pero es preciso aquilatar el lenguaje, para no utilizarlo de modo restrictivo ni ampliarlo hasta hacerle perder significación.

¿Se ha resarcido lo suficiente a las víctimas?

No. Una vida arrebatada violentamente nunca es reparable o resarcible. Los creyentes mantenemos la confianza de que Dios la recupera amorosa y definitivamente, pero eso está más allá de nuestra historia.

¿La izquierda abertzale debe reconocer públicamente el daño causado por la violencia con su apoyo político?

Sería un gran paso, que tendría que ser percibido como algo sincero. El apoyo y el silencio han sido notorios y, por ello, el reconocimiento ha de ser asimismo público y claro. Lo que ocurre es que cuando en el mercado se dan cambios de gran calado, hay que darse un tiempo para preparar a la clientela. Este cometido no afecta sólo al mundo aber-tzale radical, sino también al partido en el Gobierno.

¿Y el Estado español?

Exactamente igual. Aquí no se trata de empates ni de equidistancias. A cada cual, lo suyo. Cuando está en juego la vida y la dignidad de las personas, estamos ante cuestiones prepolíticas, de ética fundamental.