El 21 del pasado noviembre, Babelia publicó una larga entrevista con Ian Mc Ewan, el excelente novelista británico. Hacía un repaso a temas profundos, explicaba las razones de su felicidad personal y criticaba la utopía como “una de las formas más destructivas del pensamiento humano”. Me sorprendió que en las reflexiones de este ateo amigo de Hitchens, no apareciera nunca el hecho de que en este mundo hay pobres y víctimas. Con razón su compatriota Eagleton criticó en su momento con dureza a esos ateos ingleses militantes frente a Dios pero silenciosos, por ejemplo, sobre la guerra de Irak.
Aunque parezca extraño, toda esta introducción viene a cuento de la proximidad de la Navidad, una fiesta que probablemente tiene los días contados. No falta mucho para que los laicistas nos recuerden que estamos en una sociedad laica, y aleguen que la Navidad de Jesús es un hecho confesional, ajeno a ellos y a los creyentes de otras religiones y que en consecuencia hay que pasar sin más demora a celebrar las Fiestas de Invierno.
A mi modo de ver, ante esas reivindicaciones, ya a la puerta, los creyentes cristianos deberíamos hacernos reflexiones parecidas a las siguientes.
La Navidad es el resultado de cristianizar las fiestas del sol invictus, del solsticio de invierno. Podemos por tanto aceptar que la franquicia que se nos concedió haya llegado ya a su caducado. Se nos está pidiendo que la devolvamos y ya dijo Jesús que a quien nos pida la capa tenemos que darle también el manto. Por más que esa situación nos provoque alguna nostalgia, no han de dolernos prendas a la hora de restituir.
Podremos sin duda argumentar que la Navidad ha sido también entre nosotros un hecho cultural que a lo largo de siglos ha configurado usos, ritos, arte, literatura y que arrumbarla sin más ni más significa un empobrecimiento. Sobre todo si lo que espera es la invasión de la liturgia y la estética yankee. Cuando ya nadie se acuerde de Góngora y su “caído se le ha un clavel…” y sólo podamos echar mano del ho, ho, ho de Papá Noel seremos más laicos pero sin duda mucho más pobres. Cuando los nacimientos hayan sido sustituidos por los gorros rojos, las pelucas y las máscaras, una riqueza ancestral se habrá perdido. Desgraciadamente.
Todo lo anterior no quiere decir que los cristianos nos resignemos a una celebración semiclandestina y nos convenzamos de que no tenemos nada que aportar en Navidad. Si así fuera, es que habíamos renunciado a uno de los pilares de nuestra esencia: la fe en ese hecho inconcebible, que al Dios misterio absoluto lo han visto nuestros ojos, que la luz inaccesible de Dios se ha encendido a nuestro lado, que un ser humano, uno de los nuestros, ha sido verdaderamente Dios y ha habitado entre nosotros.
Claro está que esas certezas pueden y deben vivirse todo el año pero a la vez es también cierto que ésa es la función de los ritos: traer memoria, vivencia, actualización. Cada día deberíamos sentir la alegría de vivir en democracia pero una fiesta al año nos ayuda sin duda a hacerlo. Pues así ocurre con las fiestas de Navidad. Nos recuerdan, nos actualizan y una cosa más: nos interpelan.
La primera Navidad aportó un anuncio de salvación a los pobres,. No puede haber, por tanto, una celebración navideña en la que ellos no estén presentes. En realidad nunca se olvidó esa presencia. Cuando éramos más pobres y más ingenuos existían los aguinaldos, las bolsas de Navidad de las parroquias, campañas como la de “siente un pobre a su mesa”. Su recuerdo puede hacernos sonreír pero sólo si es que nuestras propuestas actuales son mejores.
Los pobres eran entonces los humildes, los necesitados. Hoy tienen nombres más inquietantes: parados, desahuciados, emigrantes, refugiados. Y nuestra buena noticia tiene también nombres más exigentes: acogida, toma a cargo, reivindicación, manifestación.
No hay nada que oponer, sin duda, a los gestos navideños familiares o amicales. Por más que en estos días haya quienes machaconamente abominen de esos buenos sentimientos a plazo fijo, contienen sin duda muchos valores. No queremos ni podemos desterrarlos sin más. Ya se ha señalado muchas veces que el mandato evangélico nos empuja a convertir al semejante en un prójimo- Pero esta mirada a lo cercano no puede hacernos olvidar lo global ¿Qué iniciativas pondremos en marcha para que, gracias a nosotros esta Navidad una buena noticia? Y ¿para quién o para quiénes?
