El obispo de San Sebastián condenó a ETA más veces que todos los obispos españoles juntos

Joxe Arregi

No solo condenaba los asesinatos de ETA, sino también los del GAL y los aparatos policiales. Las acusaciones contra Setién, impúdicamente repetidas y aireadas, son una impostura. 

Se ha ido en paz, como ha vivido. No era distancia, mucho menos frialdad, aquella sobriedad característica de su trato personal. Era pura ternura contenida por su timidez, natural y sin complejos, tan bien ajustada con su porte y la elegancia de su talla. Era, sobre todo, la paz que le habitaba. Muchos se empeñaron en arrebatársela, pero nadie lo consiguió, ni en los años más duros. Muchos fueron enemigos suyos, pero nadie fue enemigo para él. Fue linchado durante casi 40 años, objeto de acusaciones hirientes e injustas, pero nunca se le oyó una palabra resentida o agresiva.

Se le ha acusado de no condenar a ETA, de legitimarla indirectamente, cuando no de defenderla directamente, y de ignorar a sus víctimas. Comprendo y callo ante el terrible dolor de quien ha perdido a su marido, a su padre o a su hijo. Y no niego que hubo un tiempo -los años más activos de ETA justamente- en que las víctimas no fueron suficientemente reconocidas y atendidas por la gente, los partidos y los gobiernos, tampoco por las instituciones eclesiales. Pero la utilización política del sufrimiento de las víctimas es detestable, y lejos de curar su herida la ahonda.

Las acusaciones contra Setién, impúdicamente repetidas y aireadas, son una impostura. El obispo de San Sebastián condenó a ETA más veces que todos los obispos españoles juntos. Quien busque la verdad, no tiene más que leer, en cualquiera de sus páginas, Un obispo vasco ante ETA (Crítica, 2007).

El delito de Setién fue que no solo condenaba los asesinatos de ETA, sino también los del GAL y los aparatos policiales y parapoliciales, y las torturas y la dispersión de los presos. Y se atrevía a afirmar -suave en las formas, firme en los argumentos- que el conflicto vasco era anterior a ETA y que su final no bastaría para la paz. Y no se limitaba a denunciar el terrorismo, sino que además indicaba las condiciones éticas para la paz y las medidas políticas que pudieran facilitarla. Todo ello es aceptado hoy por la inmensa mayoría del pueblo vasco -tanto nacionalistas como no-, y por la mayoría actual del Congreso español que apoya al gobierno de Sánchez.

En el fondo, el problema de Setién fue que, con la legalidad internacional y el magisterio eclesial en la mano, defendió el derecho de autodeterminación de los pueblos o naciones sin estado.    Leer más…

José Arregi en Religión Digital, 16 de julio de 2018

El obispo Setién, pasión por “la verdad”

No era por política que Setién hablaba así, sino por servicio en conciencia a la verdad moral. Setién tenía la misma idea del poliedro para comprender la vida social y política vasca: sin igualar todas las caras, sin opacar ninguna en todo.

Estaba claro que el Obispo José María Setién iba a ser discutido en el día de su muerte, a pesar de los casi veinte años de retiro y silencio. No me extraña. Su trayectoria pública en los ochenta y noventa a nadie dejó indiferente y, a su alrededor, se ha constituido un relato de partidarios y detractores con pocos matices, hasta hoy. O a favor o en contra, pero en grado superlativo.

Llegada la hora final, se han multiplicado las notas de opinión sobre su obra y persona. El tono personalizado de las valoraciones ha sido lo primero y el tenor político de las apreciaciones de conjunto, su corolario. Todo ello sin demasiada novedad. He leído composiciones con detalles que conocía desde hace dos décadas. Es como si salidas de la hemeroteca, solo se les hubiera cambiado la fecha.

Lo cual significa que hay una cierta idea -quizá leyenda- que lo ha acompañado hasta el final y que el tiempo desentrañará en su valor de verdad. No estoy en condiciones de hacer un juicio a fondo en ninguno de los sentidos dichos, porque nos tratamos con la diferencia propia de la edad, el cargo y la responsabilidad. Solo puedo decir que me sentí querido a su lado. Como no soy de tomarme “confianzas” con mis superiores más allá de la que me ofrezcan, es todo.

Mucha gente ha reconocido también el lugar común de que José María Setién era un intelectual fino y atento a la realidad social en que vivía. Estaba pendiente de la realidad y la analizaba con empeño absoluto. Lo pienso. El resultado eclesial y público de ese modo de proceder nunca es fácil de entender por la mayoría. ¡Tanto más si la lógica que utiliza y su metodología corresponden al iusnaturalismo escolástico! Así, casi todos reconocemos que sus valoraciones no eran fáciles. El jurista-moralista siempre tiene un punto de precisión en los supuestos de los que trata, que abruman al filósofo moderno, y mucho más al lector de conclusiones que caben en un titular de prensa.

Setién es un hombre de reflexión al que las cuestiones sociales, y políticas, y humanas, y eclesiales, le atrapan el corazón y la cabeza, pero convencido de que el manejo de estas dos fuentes de conocimiento tiene su momento propio. Supongo que era perfectamente consciente y que obedecía a una manera de ser natural en él y a una educación que muchos recibimos en los Seminarios. Allí, pensar siempre fue analizar, objetivar, valorar y concretar supuestos varios según condiciones y circunstancias.     Leer más…

José Ignacio Calleja en Religión Digital, 15 de julio de 2018

Setién: filia entre tanta fobia

He estado fuera y me encuentro a la vuelta con el fallecimiento del obispo emérito Setién y, sobre todo, con la cascada de opiniones en torno a su figura que, al parecer, no ha dejado indiferente a casi nadie. Si lo contrario del amor no es el odio sino la indiferencia, ciertamente que el prelado vasco ha concitado todas las filias (pocas) y fobias posibles, calumnias e insultos incluidos. Entre la barahúnda, destaca un mantra sobre su figura por encima del resto del cual es difícil sustraerse: “El difunto obispo de San Sebastián condescendió con los terroristas y fue implacable con las víctimas”. Es un titular destacado en El País. Y en el texto, se afirman cosas como estas: “No tuvo compasión con los muertos de ETA y sí tuvo condescendencia con los pistoleros”. Es una muestra que resume, a mi entender, la mayor parte de comentarios publicados sin atisbo de matización o de referencia al legado de su pensamiento. Su delito, en mi opinión, ha sido estar en contra de ETA y, a la vez, en contra de otras violencias. Le criticaron por equidistante cuando lo que hizo fue apuntar a las raíces sin dejarse manipular. En cambio, muchos de los que continúan denigrándole, mantienen su tibieza con el franquismo y sus consecuencias.

Le señalan como obispo político al servicio de intereses poco eclesiales, acusación que sortean la mayoría de obispos, desde Franco hasta nuestros días, nombrados precisamente por su docilidad al caudillo, y por su acendrada defensa del españolismo ultramontano. Sin ir más lejos, el cardenal Cañizares no hace tanto nos adoctrinó con este imperativo político: “La unidad de España es un bien moral”, lo cual implicaría que los nacionalismos diferentes al español que busquen un acomodo legal a su sentir diferente son, en sí mismos, moralmente malos. O peor aún: que para la buena parte de la Iglesia española, España es un bien moral sin valorar los estropicios del nacionalcatolicismo al que se adhirió gustosamente la mayoría de la jerarquía católica, con honrosas excepciones, entre las que se encontraba Setién. Él no es el único que pensaba sobre el hecho de que una de las causas de la aparición de ETA lo fue como reacción franquista: “No cabe duda que el régimen de Franco creaba un clima en el cual ETA podía desarrollarse de una forma especial”.

En 2007 Setién publicó el libro Un obispo vasco ante ETA,en el que opinaba sobre la posibilidad de que el lehendakari y el líder de los socialistas vascos podían acabar en el banquillo por dialogar con los terroristas. Y reflexionaba así: “Se está permanentemente hablando sobre que los problemas políticos y sociales deben resolverse a través del diálogo y ese diálogo no sólo es posible, sino que es autorizado, como se autorizó en el caso de Zapatero para que pudieran dialogar con ETA. Eso quiere decir que el diálogo con ETA, por sí mismo no es ninguna acción que sea contraria a derecho. Porque en tal caso tampoco el parlamento podría haber autorizado para que el presidente realizara una acción que es en sí misma contraria a derecho. No solamente para buscar la pacificación sino con otros fines. Pues también eso es posible”, sobre todo cuando el diálogo “no tenía esa voluntad de potenciar y servir de alimento para la violencia de ETA.     Leer más…

Gabriel Mª Otalora en Diario de Noticias de Navarra, 18 de Julio de 2018