Bancos de alimentos: fábricas de mendicidad, malnutrición, enfermedades y exclusión.

Javier Sánchez Morcillo

Periodismo de siempre para tiempos nuevos

La caridad y la beneficencia más rancia ha vuelto a nuestro país, parece que para quedarse, especialmente en la España del centro y del sur. La regiones del norte invierten muchísimo más que las del sur en rentas mínimas de inserción y ayudas públicas de emergencia social, a pesar de que su pobreza y su paro es de media casi la mitad inferior. De estas dos formas de acción social en las dos últimas décadas apenas quedaba ya la corrida de toros de la Beneficencia, una vez al año, y como símbolo de algo ya superado y que jamás debería volver. Las políticas sociales vuelven a mostrar su peor cara y carta de presentación.

Durante los años 70 y principios de los 80 las primeras asistentes sociales y después las primeras trabajadoras sociales lucharon sin descanso por erradicar y reducir estas formas de acción social indignas, injustas y desiguales, poco propias de una sociedad avanzada. Cuando aquellas compañeras que lucharon tanto por suprimir esas formas de atención benéfico- asistenciales y cambiarlas por unos derechos sociales y unos servicios sociales modernos, universales y públicos me comentan con rabia, impotencia y estupor los escalofríos que sienten viendo cómo las políticas neoliberales y los políticos totalmente alejados de la realidad social nos han devuelto casi a la postguerra española y al franquismo, no puede uno más que estremecerse, llorar y maldecir a unos cuantos santos.

La caridad, la beneficencia y los bancos de alimentos han vuelto a institucionalizarse. No en vano, ya existen más oficinas de reparto de alimentos por todo el país que Centros de Servicios Sociales. Hace tres meses superaban con creces las nueve mil. Es más, algunas miles de estas oficinas de reparto de alimentos se han instalado en los mismísimos Centros de Servicios Sociales de Atención Primaria, que se suponen que son en toda España cien por cien públicos y prestan servicios y tratamientos profesionales, no caridad ni beneficencia.

Esto sin duda es una bofetada en toda la cara a los profesionales de los servicios sociales y un buen azote a la ciudadanía que la política ha abandonado a su suerte y que para redimirse de culpa les obsequia con unas limosnas que no les pueden provocar más que malnutrición, trastornos mentales, enfermedades de todo tipo, indignidad, mendicidad, cronificación de su pobreza y convertir su pobreza económica en exclusión social.

Desde mi punto de vista, los bancos de alimentos no son una solución absolutamente a nada. Son más un problema sanitario que un problema social. Debe ser el personal sanitario y los inspectores de sanidad alimentaria quienes deben tomar cartas en este asunto, pues los bancos de alimentos pueden ser un hervidero de desnutrición infantil, malnutrición, quizás en muchos haya plagas de roedores y otros bichos, temperaturas extremas, caducidad de alimentos, enfermedad mental, enfermedades de otros muchos tipos, epidemias y un sinfín de problemas sanitarios de primera, segunda o tercera magnitud.

Por lo que se refiere a los aspectos sociales, los bancos de alimentos no son más que la representación gráfica de cómo la política, algunos políticos y muchos mercados convierten a una ciudadanía, que también paga impuestos, en mendigos, vagabundos y en muchos casos a personas antes sanas ahora en personas con trastorno mental. No en vano, las personas con enfermedad mental se han más que duplicado desde 2007 a esta parte. En lo relativo a la atención a las personas en situación de pobreza económica, desamparo, riesgo, exclusión social y dependencia hay una clara vulneración de los derechos humanos y sociales más elementales, así como de la normativa social más básica: cartas y pactos internacionales, Constitución y, ahora más que nunca, las leyes de Servicios Sociales, que por muy de tercera generación que sean, no quedan más que en papel mojado y guardado.

Las personas tienen que comprar en tiendas de comestibles, de ropa y supermercados como todo hijo de vecino. Los bancos de alimentos y las entidades benéfico- asistenciales no deberían más que complementar (jamás sustituir a la Administración Pública), y solo en situaciones excepcionales, cuando las rentas mínimas de inserción y las ayudas públicas de emergencia social no han cubierto totalmente las necesidades de cualquier familia. Y que no son solo comer. También son garantizar una vivienda digna, pagar los suministros básicos y todo lo relacionado con la educación, la salud y el vestido de los menores de edad. Cada familia necesita un Plan Integral de Atención Social y un seguimiento profesional constante, así como una Administración sensible a las necesidades básicas de todos y cada uno de sus ciudadanos. La mejor política social es un empleo digno y de calidad sí, pero la gente que no lo tiene necesita comer, vestir, cobijo y vivir dignamente cada día de su vida también.

Ahora, a unos meses de las elecciones generales, el Partido de la Pobreza estatal nos dice que quiere hablar con los 50 colectivos más desfavorecidos de la sociedad, que ellos han aumentado significativamente y que no tienen ni puñetera ni de quiénes son, así como con todas las mareas, muchas de ellas surgidas de sus políticas de austericidio y destrucción masiva de derecho sociales. La verdad es que da la risa, por no decir el llanto. Su política no da ni para tres euros para cada uno de los ocho millones de usuarios del Plan Concertado ni para un mísero bocadillo para cada persona en situación de pobreza de nuestro país al año.

Hace más de dos meses que no escribía mi opinión sobre algunos temas. Quería estar calladito un tiempo. Pero los cachorros del Partido de la Pobreza me han hecho explotar. Tres o cuatro días atrás, veía una foto de una agrupación local o comarcal de Nuevas Generaciones de que no sé que zona de la provincia de Toledo, todas/os muy monas/os y pijas/os, retratándose con no sé cuantos kilos de comida que habían conseguido.

A estas chicas y estos chicos de Nuevas Generaciones, pero también a cualquier otro u otra que se haga fotos con o en bancos alimentos, solo les digo dos cosas: Una, que no quieran para los demás lo que no quieran para sí mismos. Y otra, que si se van a dedicar a la política pidan a sus superiores y a otros partidos políticos dignidad, igualdad, justicia social, sensibilidad y, sobre todo, mucho presupuesto público para atender las necesidades básicas de toda la ciudadanía desde unos servicios sociales públicos, universales y de calidad.

Como sé que no me harán mucho caso, les propongo algo mejor, que sigan la dieta de las familias y los niños beneficiarios de los bancos alimentos. Lunes: alubias con agua. Martes: garbanzos duros con agua. Miércoles: macarrones con agua y cuatro gotas de tomate frito. Jueves: arroz blanco pasado con ajo y agua. Viernes: Tomate entero pelado. Sábado y domingo: ajo y agua, a joderse y aguantarse, porque los bancos de alimentos y sus oficinas de reparto no dar ni para comer toda la semana habitualmente. Y así una semana y otra, un mes y otro. Un año y otro. ¿De verdad creéis que esto es plan para una familia con hijos?