¿Y ahora qué?

José Ignacio González Faus en Atrio

Tras oír varias tertulias y leer varios análisis no se me ocurre nada mejor, para acompañar en estos días el diálogo que, al menos en ATRIO, ya existe, que este escrito que nos ha enviado José Ignacio, que tiene la ventaja de su perplejidad y de no sacar a relucir, como solución, el factor teológico. AD.

En un conflicto donde hace tiempo que la ética está ausente y sólo cuenta la astucia, haría falta un Bobby Fischer para responder a esa pregunta. Yo sólo sé decir que Puigdemont me parece mejor ajedrecista que Rajoy. Y como ya no tenemos a Fischer, sugiero que antes de todo diálogo, nuestro presidente debería aceptar la demanda que se le hizo de una mediación. Si le molesta esa palabra vamos a hablar de un arbitraje.

¿Arbitraje sobre qué? Primero para dilucidar qué valor tiene el referéndum del 1-0, que es donde más se concentran hoy las diferencias. Comenzar escuchando y valorando los argumentos de ambas partes. Unos arguyen que actuaron así porque era la única manera de actuar, dado que la legalidad les impedía poner en acto algo legítimo. Los otros argumentan que no tiene valor un referéndum que se ha convocado en contra del Estatut catalán (que exige dos tercios de votos para una ley electoral: 90 y no 72); cuyos resultados no los ha validado la Sindicatura, como exige también el Estatut, sino el mismo gobierno que convocaba ese referéndum; y que, finalmente, ha permitido votar en cualquier sitio, facilitando así que alguien votara varias veces sin que eso tuviera ningún control neutral. Ese arbitraje podría dictaminar también sobre la parcialidad o imparcialidad de TV3 y de Catalunya-radio. Y sobre la existencia o inexistencia de un clima de miedo y opresión en una buena parte de ciudadanos de Catalunya.

Tal arbitraje, junto con las consecuencias que de él se sigan, deberá ser aceptado por ambas partes. Sólo a partir de ese veredicto aceptado se podría comenzar a dialogar sin guardarse comodines para cuando hagan falta. Pero ese diálogo, para ser válido y auténtico, exige que se pueda hablar de todo y que, ya antes de comenzarlo, ambas partes se comprometan a aceptar o la independencia (por un lado), o la no independencia (por el otro), si se ha llegado hasta allí de una manera ética y legal a la vez. Sin esta neutralidad previa, el diálogo es imposible. Y esa neutralidad viene impuesta porque hay valores superiores a las dimensiones de una nación. Como escribí otra vez, a propósito de Euskadi, “lo que más me interesa de los vascos es que sean mis hermanos, no que sean mis compatriotas”.  Leer más….