PEDRO LANGA AGUILAR, OSA, teólogo y ecumenista | La Federación Luterana Mundial está de fiesta por el V Centenario de la Reforma previsto para 2017. La visita, pues, que a tal efecto realiza el papa Francisco a Suecia del 31 de octubre al 1 de noviembre me depara la oportunidad de señalar desde ahora los sólidos progresos ecuménicos entre católicos y luteranos y los dones conjuntos recibidos a través del diálogo. Queda explicado así que dedique este Pliego, en su brevedad, a cómo están hoy –cinco siglos después– dichas relaciones.
I. El acto ecuménico de Lund
II. Elocuencia de algunos datos
III. Lutero y el luteranismo
IV. Más que reforma, revolución
V. Desde Lutero hasta el fin de la época confesional
VI. Diálogo católico-luterano
VII. Doctrina de la justificación
VIII. Retos para el V Centenario
Hay muchos. Por ejemplo, distinguir entre responsabilidades parroquiales-diocesanas y de la Iglesia universal. Sería un error esperar, en los católicos, que Roma lo haga todo. Una Iglesia universal no sostenida por las Iglesias particulares sería como un edificio sin base, un árbol sin raíces o una botánica sin flores. Cumple, entonces, hacer mucho a nivel local, antes de que la Iglesia universal lo asuma. Y viceversa.
Los expertos deben afrontar cuestiones irresueltas en la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación (firmada y ratificada en 1999). Y, sobre todo, un estudio bíblico más profundo. Para ambas comunidades eclesiales, la Biblia es proclamación por excelencia de nuestra fe. De tirar por ese camino, habrá mayores progresos, seguro.
Desde el punto de vista católico, es asimismo capital comprender qué es la Iglesia, asunto decisivo al tratar del ministerio, de la sucesión apostólica y del munus petrino. La Iglesia católica pide que estas cuestiones se esclarezcan antes de hablar de comunión eclesial y comunión eucarística.
Urge ante todo concretar qué entendemos por unidad visible de la Iglesia, cuáles son sus elementos básicos, dónde situar –en el ámbito de esta unidad– diversidad y libertad. No pocos teólogos protestantes han creído que, sobre la base de la Declaración, hay una visual católica de la unidad en cuanto “ecumenismo de regreso”, concepto no aplicable ya a la Iglesia católica tras el Vaticano II.
A muchos cristianos se les hacen hoy cuesta arriba las formulaciones del siglo XVI. La justificación del pecador es tesis que normalmente ya no forma parte, entre católicos, de la instrucción catequística. Prefieren redención, gracia, don de la gracia, vida nueva, liberación, reconciliación, perdón y misericordia, no menos importantes. La divina misericordia, que Lutero sentía tan honda, resulta hoy marginal. Preciso es también aquí, pues, traducir interrogantes y respuestas de entonces a lenguaje actual que cale hondo, como entonces.
Porque no se trata solo de traducir afirmaciones dogmáticas a lenguaje moderno ni encontrar su expresión con palabras actuales. Urge ir más lejos. Por ejemplo: ¿qué significa Dios para nosotros hoy? ¿Es Cristo realmente el Hijo de Dios, que nos ha redimido con su muerte en cruz y su resurrección? Desde la fe cristiana, ¿qué significa creer en un Dios misericordioso? Con la doctrina de la justificación en mano, debiéramos responder que nuestro valor personal no depende de nuestras obras, sean buenas o malas. Antes incluso de actuar, somos aceptados y hemos recibido el sí de Dios. Su misericordia nos permite vivir. En nuestra vida actúa un Dios misericordioso, que en cada momento, y pese a todo, nos toma de la mano. De ahí el ser misericordiosos con nuestros hermanos.
Nuestro objetivo dialógico, por lo demás, persigue reconocer las propias faltas y aprender de los demás. El proceso aquí empieza por la propia conversión. Es preferible salir al encuentro del otro en lugar de impulsarlo a recorrer un camino quizás impracticable para él en un momento dado. No es renunciando a la propia tradición de fe como se hace ecumenismo, sino profundizando más y más en nuestra fe. En vez de do ut des, el ecumenismo es diálogo en caridad y verdad. A su luz, donde antes vimos contradicción, podremos ver, quién sabe, la postura complementaria.
Si así actúan, católicos y luteranos saldrán beneficiados del V Centenario y podrán mirar al futuro con esperanza. Porque no somos nosotros quienes vamos a lograr la unidad, ya que esta es don del Espíritu de Dios que nos ha sido solemnemente prometido. Ese don llegará, como tantas grandes verdades, a la luz de un nuevo amanecer.
El papa Francisco dice y vuelve a decir que es preciso derribar muros y tender puentes. Las maravillas de la gracia son imprevisibles, y este V Centenario de la Reforma, debidamente celebrado, puede contribuir a que un día también nosotros, con los ojos llenos de estupor, constatemos que el Espíritu de Dios ha derribado viejos muros para facilitar puentes de entendimiento y señalar senderos nuevos de unidad.
Publicado en el número 3.009 de Vida Nueva.
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Luteranos y católicos hacia la unidad
Redacción Religión Digital
«Es preciso traducir interrogantes y respuestas de entonces al lenguaje actual»
Sería un error esperar, en los católicos, que Roma lo haga todo. Una Iglesia universal no sostenida por las Iglesias particulares sería como un edificio sin base, un árbol sin raíces o una botánica sin flores
(Pedro Langa Aguilar, osa, en Vida Nueva).- La Federación Luterana Mundial está de fiesta por el V Centenario de la Reforma previsto para 2017. La visita, pues, que a tal efecto realiza el papa Francisco a Suecia del 31 de octubre al 1 de noviembre me depara la oportunidad de señalar desde ahora lossólidos progresos ecuménicos entre católicos y luteranos y los dones conjuntos recibidos a través del diálogo.
Queda explicado así que dedique este Pliego, en su brevedad, a cómo están hoy -cinco siglos después- dichas relaciones.
I. El acto ecuménico de Lund
II. Elocuencia de algunos datos
III. Lutero y el luteranismo
IV. Más que reforma, revolución
V. Desde Lutero hasta el fin de la época confesional
VI. Diálogo católico-luterano
VII. Doctrina de la justificación
VIII. Retos para el V Centenario
Hay muchos. Por ejemplo, distinguir entre responsabilidades parroquiales-diocesanas y de la Iglesia universal. Sería un error esperar, en los católicos, que Roma lo haga todo. Una Iglesia universal no sostenida por las Iglesias particulares sería como un edificio sin base, un árbol sin raíces o una botánica sin flores. Cumple, entonces, hacer mucho a nivel local, antes de que la Iglesia universal lo asuma. Y viceversa.
Los expertos deben afrontar cuestiones irresueltas en la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación (firmada y ratificada en 1999). Y, sobre todo, un estudio bíblico más profundo. Para ambas comunidades eclesiales, la Biblia es proclamación por excelencia de nuestra fe. De tirar por ese camino, habrá mayores progresos, seguro.
Desde el punto de vista católico, es asimismo capital comprender qué es la Iglesia,asunto decisivo al tratar del ministerio, de la sucesión apostólica y del munus petrino. La Iglesia católica pide que estas cuestiones se esclarezcan antes de hablar de comunión eclesial y comunión eucarística.
Urge ante todo concretar qué entendemos por unidad visible de la Iglesia, cuáles son sus elementos básicos, dónde situar -en el ámbito de esta unidad- diversidad y libertad. No pocos teólogos protestantes han creído que, sobre la base de la Declaración, hay una visual católica de la unidad en cuanto «ecumenismo de regreso», concepto no aplicable ya a la Iglesia católica tras el Vaticano II.
A muchos cristianos se les hacen hoy cuesta arriba las formulaciones del siglo XVI. La justificación del pecador es tesis que normalmente ya no forma parte, entre católicos, de la instrucción catequística. Prefieren redención, gracia, don de la gracia, vida nueva, liberación, reconciliación, perdón y misericordia, no menos importantes. La divina misericordia, que Lutero sentía tan honda, resulta hoy marginal. Preciso es también aquí, pues, traducir interrogantes y respuestas de entonces a lenguaje actual que cale hondo, como entonces.
Porque no se trata solo de traducir afirmaciones dogmáticas a lenguaje moderno ni encontrar su expresión con palabras actuales. Urge ir más lejos. Por ejemplo: ¿qué significa Dios para nosotros hoy? ¿Es Cristo realmente el Hijo de Dios, que nos ha redimido con su muerte en cruz y su resurrección? Desde la fe cristiana, ¿qué significa creer en un Dios misericordioso? Con la doctrina de la justificación en mano,debiéramos responder que nuestro valor personal no depende de nuestras obras, sean buenas o malas. Antes incluso de actuar, somos aceptados y hemos recibido el sí de Dios. Su misericordia nos permite vivir. En nuestra vida actúa un Dios misericordioso, que en cada momento, y pese a todo, nos toma de la mano. De ahí el ser misericordiosos con nuestros hermanos.
Nuestro objetivo dialógico, por lo demás, persigue reconocer las propias faltas y aprender de los demás. El proceso aquí empieza por la propia conversión. Es preferible salir al encuentro del otro en lugar de impulsarlo a recorrer un camino quizás impracticable para él en un momento dado. No es renunciando a la propia tradición de fe como se hace ecumenismo, sino profundizando más y más en nuestra fe. En vez de do ut des, el ecumenismo es diálogo en caridad y verdad. A su luz, donde antes vimos contradicción, podremos ver, quién sabe, la postura complementaria.
Si así actúan, católicos y luteranos saldrán beneficiados del V Centenario y podrán mirar al futuro con esperanza. Porque no somos nosotros quienes vamos a lograr la unidad, ya que esta es don del Espíritu de Dios que nos ha sido solemnemente prometido. Ese don llegará, como tantas grandes verdades, a la luz de un nuevo amanecer.
El papa Francisco dice y vuelve a decir que es preciso derribar muros y tender puentes. Las maravillas de la gracia son imprevisibles, y este V Centenario de la Reforma, debidamente celebrado, puede contribuir a que un día también nosotros, con los ojos llenos de estupor, constatemos que el Espíritu de Dios ha derribado viejos muros para facilitar puentes de entendimiento y señalar senderos nuevos de unidad.
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Francisco prepara la rehabilitación de Martín Lutero
Para Bergoglio, el agustino «era un reformador, y en aquel tiempo la Iglesia no era un ejemplo
El Papa podría proponer la fórmula de la «intercomunión» con los luteranos a imitar»
Jesús Bastante
Religión Digital
Obispos luteranos y católicos han expresado su deseo de que el Papa permita la intercomunión, por lo menos, en un primer momento, para los luteranos casados con católicos
(Jesús Bastante).- El 31 de octubre de 1517, el agustino Martín Lutero clavaba en la puerta de la iglesia de Wittemberg sus famosas 95 tesis, en las que denunciaba la corrupción y la venta de indulgencias en la Iglesia de Roma. Este fue el germen del segundo gran cisma de la Historia de la Cristiandad, tras el que en 1054 separó a católicos y ortodoxos. Ahora, 499 años después, Francisco quiere sentar las bases para acabar con la división entre católicos y luteranos.
Francisco ha querido viajar a Suecia para abrir la conmemoración del «Año Lutero», que culminará justo dentro de un año, cuando se cumpla en V Centenario de la Reforma.Aunque oficialmente no se quiere hablar de «celebración», lo cierto es que el camino a seguir sugiere un momento histórico para el ecumenismo.
Y es que el Papa prevé «rehabilitar a Martín Lutero». No es posible, como recordó recientemente Kurt Koch, responsable de Ecumenismo de la Santa Sede, levantar la excomunión al fraile (esto solo puede hacerse en vida), pero sí reconocer -el Papa ya lo ha hecho- que «las intenciones de Martín Lutero no estaban erradas«, tal y como afirmó a su vuelta del viaje a Armenia, y ha vuelto a repetir en una entrevista, intencionadamente concedida a La Civiltà Cattolica, días antes de su visita a Suecia.
«Era un reformador, tal vez algunos métodos no fueron correctos, más en aquel tiempo, si leemos la historia del pastor alemán luterano que se convirtió y se hizo católico, vemos que la Iglesia no era precisamente un modelo a imitar: había corrupción, mundanismo, el apego a la riqueza y el poder», subrayó Bergoglio.
Reconocer que Lutero tenía razón en muchas de las cosas que defendió, y que el futuro ecuménico no depende tanto de anatemas y condenas anteriores, sino de comprensión y fe compartida en el presente y el futuro, supone un paso adelante histórico, pues implica reconocer que no fue un hereje y, sobre todo, que su gesto fue necesario.
«La diversidad es lo que quizá nos hizo tanto daño a todos y hoy procuramos la manera de encontrarnos después de 500 años. Creo que lo primero que hay que hacer es orar juntos. Después debemos trabajar por los pobres, los refugiados, tantas personas sufriendo, y, por último, que los teólogos procuren estudiar juntos… Se trata de un largo camino», reconocía Francisco, quien esta misma semana se encontraba con teólogos protestantes en el Vaticano, y posaba sonriente ante una efigie de Martín Lutero.
«No todos los días un papa conmemora a Lutero», comentaba esta semana el portavoz del Vaticano, Greg Burke, al recalcar la importancia histórica de la visita que se inicia mañana. Bergoglio, desde hace décadas, mantiene relaciones de hermandad con líderes ortodoxos y evangélicos, en una suerte de «ecumenismo real» que puede llevar a toda la Iglesia a romper definitivamente con las diferencias doctrinales y centrarse no tanto en una unidad física de confesiones, sino en una unión en el camino de construir un mundo según los designios del Evangelio.
«El proselitismo es pecado», ha vuelto a decir el Papa. Y es que el futuro no parece estar en una unidad de iglesias, sino en un trabajo común, y en la confesión mutua al mismo Dios. Algo que, en la práctica, ya se hace. Especialmente en aquellos rincones del mundo donde, a día de hoy, ser cristiano supone estar cerca de la muerte y del martirio. «Es el ecumenismo de la sangre», ha dicho en más de una ocasión Bergoglio.
El lema del viaje a Suecia no ha sido escogido al azar. «Juntos en la esperanza», es toda una declaración de intenciones. Para ponerlo más claro, el Papa ha anunciado que hablará en español en todas sus intervenciones, lo que sugiere que tiene previsto improvisar en su lengua materna, y nadie descarta que pueda realizar algún «anuncio sorpresa».
¿Cuál podría ser? Fuentes vaticanas apuntan a la posibilidad de permitir la llamada «intercomunión», un término que suele utilizarse para designar la participación común en la eucaristía entre cristianos cuyas iglesias no están en comunión entre sí. La mera posibilidad de que ésto pueda producirse ha llevado a los cardenales más ultraconservadores, como Raymond Burke, a amenazar con otro cisma si esto se produce.
Obispos luteranos y católicos han expresado su deseo de que el Papa permita la intercomunión, por lo menos, en un primer momento, para los luteranos casados con católicos. El Papa ha mostrado apertura a que los luteranos reciban la Comunión junto con los católicos y el año pasado dijo a una mujer luterana que «siguiera adelante» guiada por su conciencia. También el año pasado, un pastor luterano de Roma insistió en que el Papa había «abierto la puerta» a la intercomunión entre católicos y luteranos después de que el Papa visitara una comunidad luterana y afirmara que las dos religiones «debían caminar juntas».
El viaje del pontífice para conmemorar uno de los momentos más difíciles de la historia católica, suscita críticas entre los sectores más conservadores, que la consideran inadecuada. Para Koche, «Lutero no quería dividir la Iglesia. No quería crear dos iglesias. Quería reformar la Iglesia Católica, pero en aquel momento no era posible, y dio lugar a la división de los cristianos y ha terribles guerras de religión», resumió el purpurado.
Además del diálogo interreligioso, Francisco aprovechará para lanzar desde el estadio Malmö un nuevo llamamiento de solidaridad con los refugiados y por la paz, dos temas que unen a católicos y protestantes. Entre los invitados a narrar el propio testimonio en el estadio figura el religioso colombiano Hector Fabio Henao, quien hablará del proceso de paz en Colombia, así como el Obispo de Alepo, la ciudad siria que sufre constantes bombardeos.
