Dios no es nada de lo que podamos pensar. Al pensarle, le convertimos en ídolo.
Las verdades de fe no pueden ser demostradas. A lo máximo que podemos aspirar es a descubrir que no son irracionales. Lo que me llevará a una verdadera fe no es el conocimiento sino la vivencia interior. La Trinidad nos enseña que solo vivimos si convivimos. Nuestra vida debía ser un espejo que reflejara el misterio de la Trinidad.
Jesús experimentó al verdadero Dios, pero fracasó a la hora de hacer ver a sus discípulos su vivencia. En los evangelios encontramos chispazos de esa luz, pero los seguidores de Jesús no pudieron aguantar el profundo cambio que suponía sobre el Dios del AT. El cristianismo se encontró más a gusto con el Dios del AT que con el de Jesús.
Solo después de haber abandonado siglos de vivencia, se hizo necesaria la reflexión teológica sobre el misterio. Los dogmas llegaron como medio de evitar ‘errores’, pero lo importante fue siempre vivir esa presencia de Dios en el interior de cada cristiano. Solo viviendo la realidad de Dios en nosotros se podrá manifestar luego en el servicio al otro.
Nadie se podrá encontrar con el Hijo o con el Padre o con el Espíritu Santo. Nuestra relación será siempre con el TODO que nos identifica con Él. Cuando hablamos de cualquiera de las tres personas, estamos hablando de Dios. En teología, esta manera impropia de asignar acciones a cada persona se llama “apropiación” (¿indebida?). Ni el Padre ha creado ni el Hijo nos ha salvado ni el Espíritu Santo actúa por su cuenta.
Lo que creemos saber racionalmente de Dios, es un estorbo para vivir su presencia en nosotros. Mucho más si creemos que solo nuestro dios es verdadero. Incluso los ateos pueden estar más cerca del verdadero Dios que los muy creyentes. Ellos rechazan la creencia en el ídolo que nosotros nos empeñamos en mantener a toda costa.
De la misma manera, siempre que aplicamos a Dios contenidos verbales, aunque sean los de “ama”, “perdonó”, “salvará”, estamos radicalmente equivocados, porque en Dios los verbos no pueden conjugarse. Dios no tiene tiempos ni modos. Dios no tiene “acciones”. Dios todo lo que hace los es. Si ama, es amor, pero no como el nuestro.
Los primeros cristianos al amor que es Dios lo llamaron ágape. No se trata de una relación entre sujeto y objeto sino en la identificación de ambos. En el amor humano hay un sujeto que ama, un objeto amado y el amor. Ese amor no se puede aplicar a Dios porque no hay nada fuera de Él. El amor es su esencia, no una cualidad.
Vivir la Trinidad, sería experimentarlo: 1) Como Dios, ser absoluto. 2) Como Dios a nuestro lado presente en el otro. 3) Como Dios en el interior de nosotros mismos, fundamento de nuestro ser. En cada uno de nosotros se está reflejando la Trinidad. Se trata de descubrir a Dios que me trasciende y a la vez es el fundamento de mi ser.
No tiene ningún sentido la disyuntiva entre creer en Dios o no creer. Todos tenemos nuestro Dios. Hoy la disyuntiva es creer en el Dios de Jesús o creer en un ídolo. La mayoría de los cristianos no vamos más allá del ídolo que nos hemos fabricado a través de los siglos. Es más perjudicial para la Vida espiritual el teísmo que el ateismo.
La verdad es que no hemos hecho mucho caso al Dios de Jesús. Su Dios es amor y solo amor. Aunque condicionado por la idea de Dios del AT, dio un salto en el vacío y nos llevó al Abba insondable. La mejor noticia que podía recibir un ser humano es que Dios no puede apartarle de su amor. Esta es la realidad que tenemos que apropiarnos.
Al relacionarse con Dios pensado, el hombre busca sus propios intereses. Si se relaciona con la Deidad, camina hacia la disolución total y desaparición del yo. No solo debe renunciar a todo lo externo a él sino renunciar a sí mismo para identificarse con Dios.
