VIERNES SANTO: JESÚS NO NOS SALVÓ CON SU MUERTE SINO CON SU VIDA

Escrito por  Fray Marcos
Fe Adulta

Jn 18, 1-19, 42

La celebración ayer de la última cena, la celebración hoy de la muerte y la celebración mañana de la resurrección, son tres aspectos de una misma realidad: la plenitud de un ser humano que llegó a identificarse con Dios que es Amor. Este es el punto de partida para que cualquier ser humano pueda desarrollar su verdadera humanidad. Pero el amor es la meta a la que llegó Jesús y a la que tenemos que llegar nosotros. Ese amor es lo más dinámico que podemos imaginar, porque es el motor de toda acción humana.

El recuerdo puramente litúrgico de la muerte de Jesús sin un compromiso de mantener en nuestra vida las mismas actitudes que le llevaron a la muerte, es un folclore vacío de contenido. Otro peligro que nos acecha en esta celebración, es caer en la sensiblería. Tal vez no podamos sustraernos a los sentimientos ante la descripción de una muerte tan brutal. El peligro estaría en quedarnos ahí y no tratar de vivir lo que estamos celebrando. Nos importan los datos históricos, pero sólo como medio de descubrir la cristología que en ellos se encierra: Jesús es para nosotros el modelo de lo humano y de lo divino.

No podemos presentar la muerte de Jesús como el colmo del sufrimiento. La vida de Jesús se desarrolló con relativa normalidad y con una cierta comodidad. Los sufrimientos duraron solo unas horas. Millones de personas, antes y después de Jesús, han sufrido mucho más en cantidad y en intensidad. No podemos seguir hablando de sus sufrimientos como si fueran los únicos. Fue una muerte cruel, sin duda, pero no podemos presentarla como el paradigma del dolor humano. El valor de la muerte de Jesús no está en el dolor, sino en la motivación de esa muerte, en la actitud de Jesús y de los que lo mataron.

Tenemos que entender bien, la idea de que «murió por nuestros pecados». El autor de la carta a los hebreos, (que seguramente no es de Pablo) lo que intenta es hacer ver a los judíos, que ya no tenía sentido el repetir los sacrificios que habían sido la base del culto en el templo, porque ya estaba cumplida en Jesús toda la labor de mediación. Esta idea es posible, solo desde la perspectiva del Dios del AT que premia y castiga; y exige el pago por nuestros pecados. Este Dios no tiene nada que ver con el Dios de Jesús, que nos ama a todos siempre e infinitamente y que, si pudiera tener alguna preferencia, sería para con los débiles o los pecadores.

¿Por qué le mataron? ¿Por qué murió? Si no hacemos esta distinción, entraremos en un callejón sin salida. Le mataron porque la idea de Dios que él predicó no coincidía con la idea que los judíos tenían de su Dios. El Dios de Jesús, como veíamos ayer, no es el soberano que quiere ser servido, sino Amor absoluto que se pone al servicio del hombre. Esta idea de Dios es demoledora para todos aquellos que pretenden utilizarlo como instrumento de dominio y esclavitud de los demás. Ningún poder establecido puede aceptar ese Dios, porque no es manipulable ni se puede utilizar en provecho propio. Esta idea de Dios es la que no pudieron aceptar los jefes religiosos judíos. Este Dios nunca será aceptado por los jefes religiosos de ninguna época.

Jesús murió por ser fiel a sí mismo y a Dios. No se pueden separar las respuestas a las dos preguntas. Jesús como todo ser humano tenía que morir, pero resulta que no murió, sino que le mataron. Esto último, tampoco hace de su muerte un hecho singular. La singularidad de esa muerte hay que buscarla en otra parte. La muerte de Jesús no fue un accidente, sino consecuencia de su manera de ser y de actuar. Creo que en la aceptación de las consecuen¬cias de su actuación está la clave de toda la vida de Jesús.

El hecho de que no dejara de decir lo que tenía que decir, ni de hacer lo que tenía que hacer, aunque sabía que eso le costaría la vida, es la clave para comprender que la muerte no fue un accidente, sino un hecho fundamental en su vida. El hecho de que le mataran, podía no tener mayor importancia, pero el hecho de que le importara más la defensa de sus convicciones, que la vida, nos da la verdadera profundidad de su opción vital. Jesús fue mártir (testigo) en el sentido estricto de la palabra.

Las palabras y los gestos de Jesús en la última cena, sobre el servicio total a los demás, pueden significar la más elevada toma de conciencia de Jesús sobre el sentido de su vida. Tal vez en ese momento, cuando ya era inevitable su muerte, descubrió el verdadero sentido de una vida humana. Cuando un ser humano es capaz de consumirse por los demás, está alcanzando su plena consumación. En ese instante manifiesta un amor semejante al amor de Dios y puede decir: «Yo y el Padre somos uno». Dios está allí donde hay verdadero amor, aunque sea con sufrimiento y muerte. Si seguimos pensando en un dios de «gloria», será muy difícil comprender el sentido de la muerte de Jesús.

¿Qué tuvo que ver Dios en la muerte de Jesús? El gran interrogante que se plantea sobre esa muerte recae sobre Dios. No podemos pensar que planeó su muerte, ni que la exigió como pago de un recate por los pecados, ni que la permitió o la esperó. La paradoja está en que podemos decir que Dios no tuvo nada que ver en la muerte de Jesús, y podemos decir que fue precisamente Dios la causa de su muerte. Si pensamos que Dios era el motor de toda la vida de Jesús, de sus actitudes y de sus decisiones, entonces Él fue la causa de que Jesús fuera a la muerte.

La muerte de Jesús es una verdadero interrogante sobre Dios. Según todas las apariencias, Dios abandonó a Jesús a su suerte cuando le pedía a gritos que le ayudara. ¿Cómo podemos armonizar su silencio con la cercanía en el momento de morir? Aquí está la clave de comprensión del misterio Pascual. Dios no abandonó por un momento a Jesús para después reivindicarlo. Dios estuvo con Jesús en su muerte. Porque fue capaz de morir antes que fallarle, demuestra esa presencia de Dios como en ningún otro momento de su vida. En la entrega total se identificó totalmente con Dios y lo hizo presente. Cualquier otro intento de demostrar la presencia de Dios en Jesús (conocimientos, poder, milagros) es contrario a las enseñanzas más profundas de Jesús sobre Dios.

Creo que aún tenemos que reflexionar mucho sobre esa muerte para comprender el profundo significado que tuvo para él y para nosotros. Su muerte es el resumen de su actitud vital y por lo tanto, en ella podemos encontrar el verdadero sentido de su vida. Se trata de una muerte que manifiesta la verdadera Vida. Pero no se trata de la muerte física, sino de la muerte al «ego», y por lo tanto a todo egoísmo, que hizo posible una entrega a los demás hasta la muerte. Este es el mensaje que no queremos aceptar, por eso preferimos salir por peteneras y buscar soluciones que no nos exijan entrar en esa dinámica. Si nuestro «yo» sigue siendo el centro de nuestra existencia, no tiene sentido celebrar la muerte de Jesús; y tampoco celebrar su «resurrección».

Nosotros tenemos que separar la vida, la muerte y la resurrección de Jesús para intentar entenderlas, pero solamente las podremos entender si descubrimos la unidad de las tres realidades. La muerte fue consecuencia inevitable de su vida, pero en esa muerte ya estaba toda lo gloria que podía recibir Jesús. La trayectoria humana de Jesús terminó alcanzando la más alta meta: desplegar al máximo toda su humanidad, alcanzando y manifestando la plenitud de divinidad. Si no tenemos presente esto, podemos seguir echando balones fuera y sin descubrir lo que tiene de acicate para nosotros el darnos cuenta que un ser humano, en todo semejante a nosotros, pudo llegar a esa meta.

 

Fray Marcos

 

JUEVES SANTO: LA VIDA NO ES UNA CREENCIA

Escrito por  Enrique Martínez Lozano

FE ADULTA

Mt 28, 1-10

Las innegables «incoherencias» que aparecen en los llamados «relatos de apariciones» se explican por el hecho de que tales relatos no son «crónicas históricas» de lo ocurrido, sino textos que intentan balbucir lo que fue una experiencia que trascendió los límites espaciotemporales.

En el texto que nos ocupa, no deja de resultar extraña la duplicidad que supone la presencia de un «ángel» primero, y del propio Jesús a continuación. Sin duda, tanto el carácter simbólico del relato inicial, como el hecho de que luego siguiera circulando durante algunas décadas, explicarían ese tipo de «duplicados», contrastes o incoherencias que se manifiestan entre ellos, cuando los leemos cuidadosamente o comparamos las distintas versiones que ofrecen los diferentes evangelistas.

Sin embargo, hay un dato que se repite en todos y que presenta indicios de historicidad: el protagonismo de las mujeres, como las «primeras» testigos de la resurrección.

Si tenemos en cuenta que la palabra de la mujer, en aquella cultura, carecía de valor testifical, es fácil concluir que ese protagonismo no pudo ser «inventado» por los escritores; tuvo que haber ocurrido algo entre aquel grupo de discípulas para que fuera de ellas de donde naciera el «primer anuncio» del Resucitado. Sin embargo, históricamente, carecemos de datos que nos permitan decir algo más. Nos queda el carácter simbólico del relato, y los «ecos» que el mismo despierte en nosotros.

El encuentro con el resucitado ocurre «al alborear el primer día de la semana». Es aún de noche, las mujeres han madrugado. La prontitud de ellas no es la que provoca el acontecimiento; sin embargo, sí les permite ser testigos.

Nuestra búsqueda nunca podrá alcanzar resultados que trascienden el nivel de lo mental –la mente no puede conducir más allá de sí misma-, pero nos ayuda a «quitar velos», a «descorrer losas» que nos impiden ver.

El mensaje que resuena invita a quitar algunas de esas losas pesadas: la oscuridad, la tristeza y el temor. Todos los relatos de apariciones –también este- transmiten una palabra clara y contundente de luminosidad, de alegría y de confianza.

Ahora bien, esa palabra no la podemos «captar» desde la mente. Porque nuestra mente –en cuanto órgano de conocimiento- únicamente entiende de objetos (físicos o mentales) y se le escapa todo aquello que no es objetivable, aquello que trasciende el nivel de lo que puede ser medido.

La verdad del anuncio, por tanto, no puede ser pensada. Y si creemos en ella, simplemente porque alguien nos la ha transmitido, nos encontraremos apenas con una creencia; nada más.

La verdad del mismo únicamente nos llegará en la medida en que tengamos experiencia de ser la propia verdad que se anuncia. Lo cual requiere que estemos «situados» allí donde somos Vida.

Mientras permanecemos identificados con nuestra mente –creyendo que nuestra identidad es el «yo psicológico» o mental-, no podremos pasar de creencias. Solo en la medida en que acallamos la mente, y entramos en contacto con nuestra verdadera identidad, nos descubrimos ser Vida, Luz, Gozo, Confianza… Estamos situados en el mismo «lugar» en el que ocurre la experiencia que llamamos de «resurrección».

Lo que descubrimos no es que nuestro «yo» tenga la vida asegurada, sino que nuestra verdadera identidad es Vida, que se halla a salvo de cualquier contingencia.

Por eso, «alegraos…, no tengáis miedo».

Enrique Martínez Lozano

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JUEVES SANTO: NO SOLO COMER SINO ASIMILAR A JESÚS

Escrito por  Fray Marcos

FE ADULTA

Jn 13, 1-15

La liturgia de este día se centra en el recuerdo de la cena: el lavatorio de los pies y las palabras y gestos que dieron lugar a la eucaristía. Ni los evangelistas, ni los exegetas se ponen de acuerdo si fue o no fue una cena pascual. No tiene mayor importancia, porque para nosotros lo esencial está en lo que va más allá del rito judío de la cena pascual. Esta Pascua no es ya la pascua de los judíos.

Es curioso que los tres evangelistas que narran la institución de la eucaristía, no hablen del lavatorio de los pies, y Juan que narra el lavatorio de los pies, no dice nada de la institución de la eucaristía. La verdad es que los dos signos expresan exactamente la misma realidad: la entrega absoluta y total.

Tampoco sabemos el sentido exacto que quiso dar Jesús a aquellos gestos y palabras. La protesta de Pedro deja claro que, en aquel momento, los discípulos no entendieron nada.

Sin embargo, el recuerdo de lo que Jesús hizo en la última cena se convirtió muy pronto en el sacramento de nuestra fe. Y no sin razón, porque en esos gestos, en esas palabras está encerrado lo que fue Jesús durante su vida y todo lo que tenemos que llegar a ser nosotros como cristianos. Por eso, la liturgia de hoy es de las más densas de todo el año.

Debemos comenzar por tomar conciencia de la importancia de los que celebramos, como la toma el evangelista Jn cuando ha hecho esa grandiosa obertura:

«Consciente Jesús de que había llegado su «hora«, la de pasar de este mundo al Padre, él que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les demostró su amor en el más alto grado.»

Pero no es menos sorprendente el final del relato:

«¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el «Maestro» y el «Señor»; y decís bien, porque lo soy. Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, sabed que también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros».

En estas dos frases tenemos la clave de la celebración.

Vamos a comenzar por el lavatorio de los pies. No porque sea más importante que la eucaristía, sino porque espero que esta reflexión nos ayude a comprenderla mejor. En ese gesto, Cristo está tan presente como en la celebración de la eucaristía. Lavar los pies era un servicio que solo hacían los esclavos. Jesús quiere manifestar que él está entre ellos como el que sirve, no como el señor. Lo importante no es el hecho físico, sino el simbolismo que en él se encierra. La plenitud de Jesús como ser humano, está en el servir a los demás. Fijaros que ese profundo simbolismo es lo que se quiere manifestar en el evangelio de Juan.

El más espiritual y místico de los evangelistas, el que más profundiza en el mensaje de Jesús, ni siquiera menciona la institución de la eucaristía. Sospecho que la eucaristía se había convertido ya en un rito mágico y formal, vacío de contenido, y Juan quiso recuperar para la última cena el carácter de recuerdo de Jesús como don, como entrega.

Jesús denuncia la falsedad de la grandeza humana que se apoya en el poder o en el dominio de los demás, pero proclama que la verdadera plenitud humana está en parecerse a Dios que se da sin condiciones ni reservas.

Poco después del texto que hemos leído, dice Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado». Esta es la explicación definitiva que da Jesús a lo que acaba de hacer. Para el que quiere seguir a Jesús, todo queda reducido a esto: ¡Amaros!

No dijo que debíamos amar a Dios, ni siquiera que debíamos amarle a él. Tenemos que amar a los demás, eso sí, como Dios ama, como Jesús amó. Una eucaristía celebrada como una devoción más, que comienza y termina en la iglesia, no es la eucaristía que celebró Jesús.

En este relato del lavatorio de los pies, no se dice nada que no se diga en el relato del pan partido y del vino derramado; pero en la eucaristía corremos el riesgo de quedarnos en una visión espiritualista y abstracta que no afecta a mi vida concreta. La presencia real de Cristo en el pan y en el vino, entendida de una manera estática y física, nos puede impedir descubrir el aspecto vivencial del sacramento y dejarnos al margen del la verdadera intención de Jesús al compartir esos gestos con sus discípulos.

Tenemos que hacer un esfuerzo por descubrir el verdadero signifi¬cado de la eucaristía a la luz del lavatorio de los pies. Jesús toma un pan y mientras lo parte y lo reparte les dice: esto soy yo. Recordemos que «cuerpo» en la antropología judía del tiempo de Jesús, quería decir persona, no carne. Como si dijera: meteos bien en la cabeza que yo estoy aquí para partirme, para dejarme comer, para dejarme masticar, para dejarme asimilar, para desaparecer dando mi propio ser a los demás. Yo soy sangre (vida) que se derrama por todos, es decir, que da Vida a todos, que saca de la tristeza y de la muerte a todo el que me bebe. Eso soy yo. Eso tenéis que ser vosotros.

Por haber insistido exclusivamente en la presencia real de Cristo en la eucaristía, nos acercamos al sacramento como a una realidad misteriosa, pero que no tiene valor de persuasión, no me lleva a ningún compromiso con los demás. La presencia real, por el contrario, debería potenciar el verdadero significado del gesto. Nos debería recordar en todo momento lo que Jesús fue y lo que nosotros, como cristianos, debemos ser. El haber cambiado este sentido dinámico por una adoración, ha empobrecido el sacramento hasta convertirlo en algo aséptico, que nada me exige y no me motiva.

Lo que Jesús quiso decirnos en estos gestos es que él era un ser para los demás, que el objetivo de su existencia era darse; que había venido no para que le sirvieran, sino para servir, manifestando de esta manera que su meta, su fin, su plenitud humana solo la alcanzaría cuando llegara a la donación total en la muerte asumida y aceptada. Solo un Jesús des-trozado puede ser asimilado e integrado en nuestro propio ser. Descubrir que destrozarnos para que nos puedan comer, es también la meta para nosotros, es el primer objetivo de un seguidor de Jesús. Pero de esto hablaremos mañana, Viernes Santo.

Juan no menciona la eucaristía en el relato de la última cena, pero no se olvidó de un sacramento que tuvo tanta importancia para la primera comunidad. En el c. 6 de su evangelio, encontramos la explicación de lo que es la eucaristía. «Yo soy el pan de Vida»; y a continuación: «Quien viene a mí, nunca pasará hambre; el que me presta su adhesión, nunca pasará sed».

Está muy claro que comer materialmente el pan y beber literalmente la sangre, no es más que un signo (sacramento) de la adhesión a Jesús, que es lo importante. Se trata de identificarse con su manera de ser hombre al servicio a los demás hasta deshacerse por ellos. El mayor peligro que tenemos hoy los cristianos es acercarnos al sacramento como medio de unirnos a Dios, olvidándonos de los hombres.

En el mismo c. 6, dice un poco más adelante: «El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me «come» vivirá por mí». No hay en todo el NT una explicación más profunda de lo que significa este sacramento. Jesús tiene la misma Vida de Dios, y todo el que le siga tendrá también esa misma Vida, la definitiva, la trascendente, la que no se verá alterada por la muerte biológica.

Para hacer nuestra esa Vida, tenemos que aceptar la «muerte», no la física, aunque también, sino la muerte a todo lo que hay en nosotros de caduco, de terreno, de transitorio, de individualismo, de egoísmo. Sin esa muerte, nunca podrá haber Vida. No se trata de renunciar a nada, sino de conseguirlo todo. Todo lo que no es esa Vida, antes o después, se desvanecerá.

 

Fray Marcos

 

*ORAR CON EL EVANGELIO: (Mt.26, 14-27)

  • DOMINGO DE RAMOS -A -(ABRIL 13 de 2014)

Celebrar la Semana Santa es una oportunidad para entrar en la vivencia de los sentimientos y actitudes de Jesús en la última etapa de su vida.
En esta fiesta, se juntan, los cánticos de júbilo, la alegría y el gozo, la vida, con la pena, el dolor,
La tortura, la muerte.
Tenemos que reflexionar en este día, que no celebramos la muerte como final, sino la vida. Esa VIDA que nos da Cristo que muere crucificado pero vive.
Jesús, se sabe en las manos del Padre que le ama, pase lo que pase. Por eso, siguiendo la voluntad de ese padre “organiza” su entrada triunfal en Jerusalén, montado en un borriquillo y aclamado como Rey.
Es la primera ocasión de su vida en que acepta ser aclamado como rey, como Mesías. Ya no importa que se lo digan unos a otros ya no está la prohibición de “no se lo digáis a nadie”. Es más, el mismo acepta que lo aclamen como mesías, pero no por el poder y la gloria humana, sino en la humildad y sencillez de quien entra triunfante sobre un borriqillo. Jesús no camina tras el éxito ni busca el aplauso de los hombres. Jesús busca en todo hacer la voluntad del Padre. Y sabe lo que estas alabanzas entrañan, a El no le engaña nada, ni nadie.
Nuestro mundo necesita experimentar el amor de Dios y creer en El. La vivencia y el compromiso que implican la celebración del Misterio pascual de Jesús nos llaman a ser testigos gozosos, auténticos y creíbles de Jesús, el crucificado el resucitado. En la cruz Él nos ha comunicado que ha muerto por amor a nosotros.
Vivamos la Semana Santa haciendo nuestro el paso de la muerte a la vida, comunicando nosotros a todos el Amor apasionado de dios Padre a todos los seres humanos de nuestro tiempo, y de todos los tiempos.
El, nos dijo: “Nadie tiene Amor más grande que el que da la vida por sus amigos” El, Jesús dio toda su Vida, por nosotr@s.

* ORACIÓN
* Jesús de Nazaret, Misericordioso. Comenzamos hoy la Semana Santa junto a Ti.
Hoy en tu Entrada Triunfal en Jerusalén, y también durante toda esta Semana Santa, queremos acompañarte, contemplarte y aprender a aceptar la Cruz como tú lo haces, seguir tus pasos cargando con nuestras cruces y buscando en Ti la alegría que nos da la certeza de confiar y esperar en tu Resurrección.
Tú, Señor, Dios nuestro, nos invitas hoy a subir contigo a Jerusalén, siguiendo tus huellas.
Hoy nos invitas a ser cristianos coherentes en medio de nuestra sociedad y en la vida cotidiana, capaces de caminar con valentía junto a ti, y llenando el mundo, nuestra realidad cercana, nuestro día a día, de ilusión y esperanza.
¡Tú, Dios nuestro, eres nuestra salvación!
Te pedimos que nos ayudes a no dejar el camino de tu seguimiento a pesar de las dificultades, limitaciones y sufrimientos.
Ayúdanos también a estar siempre cercanos al que sufre o tiene alguna necesidad.
Ten misericordia de nosotros, Jesús de Nazaret, y enséñanos a merecer tu Amor que nos das cada día y especialmente en la entrega durante esta Semana Santa. AMÉN.

ZURIÑE


 

LA CRUZ Y EL SILENCIO DE JESÚS, Enrique Martínez Lozano

Escrito por  Enrique Martínez Lozano

FE ADULTA

Mt 27, 11-54

Son varios los elementos llamativos de este relato de la pasión que hace Mateo:

• El interés por «culpabilizar» a las autoridades judías –y, paralelamente, «desculpabilizar» a las romanas- de la muerte de Jesús. Parece hallarse una doble intención de fondo: expresar el enfrentamiento con el judaísmo, ya frontal en los años 80, y no «molestar» a los romanos, bajo cuyo imperio se iban extendiendo las comunidades. A ello habría que unir, probablemente, la intencionalidad de dejar clara la inocencia de Jesús.

• La incoherencia del poder que, a pesar de tener clara la inocencia del reo, decide igualmente su condena.

• Las torturas padecidas por el condenado, que nos traen ante nuestra mirada a tantos hombres y mujeres torturados de tantas maneras a lo largo de toda nuestra historia humana.

• Las burlas de la autoridad religiosa, que recuerdan, por otro lado, las tentaciones que acompañaron la vida de Jesús.

• Las palabras que pone en boca de Jesús moribundo («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»), que no habrían sido pronunciadas por él mismo, sino que recogerían el sentir del primer evangelista (Marcos), y que están tomadas del Salmo 22.

• Los signos apocalípticos que utiliza el autor para subrayar la trascendencia de esa muerte, vista desde su propia fe…

Sin embargo, en esta ocasión, lo que más ha «tocado» mi corazón ha sido el silencio de Jesús. Si exceptuamos aquellas con las que se inicia el Salmo 22, y que parecen ser una atribución del autor, de los labios de Jesús no sale una sola palabra. Incluso, en el interrogatorio a que lo somete Pilato, y ante la extrañeza de este, Jesús calla.

Existen, ciertamente, diferentes tipos de silencio: el impuesto, el mutismo elegido, el que expresa indiferencia, o cobardía, o incluso desprecio y descalificación del otro… No parece que el silencio de Jesús encaje en ninguna de estas categorías.

Personalmente, alcanzo a ver tres niveles en ese silencio: por un lado, es expresión de dignidad, propia de quien ha sido y es fiel a sí mismo; por otro, de confianza, característica de quien se sabe sostenido y fundamentado, más allá de las circunstancias cambiantes; y, finalmente, en una dimensión todavía más profunda, de sabiduría, es decir, de conexión con su identidad más honda.

Tanto la dignidad como la confianza no son difíciles de comprender, sobre todo, teniendo en cuenta que habían sido signos distintivos de la práctica y del mensaje del maestro de Nazaret.

Pero, ¿qué significa que ese silencio sea expresión de sabiduría? Los sabios y los místicos tienen algo que decirnos al respecto: para ellos, el silencio no es mutismo, sino condición necesaria para percibir en profundidad, es decir, para acceder a aquella verdad a la que el razonamiento no puede acceder. De hecho, todos ellos han hablado del vacío, de la oscuridad, del no-saber, del no-pensamiento…, como requisito previo al conocimiento más profundo.

No solo eso. El silencio, así entendido, no es únicamente ausencia de ruido, ausencia de pensamiento y ausencia de ego, aunque incluya todo ello. Es, básica y fundamentalmente, un estado de consciencia, Aquello que somos en profundidad, Eso que constituye nuestra verdadera identidad.

En este sentido, lo opuesto a «silencio» es identificación con la mente, y con la identidad que ella piensa: el ego. Desde aquí, vivimos necesariamente reaccionando a lo que ocurre, a lo que nos dicen o nos hacen, desde la perspectiva y los mecanismos propios del ego.

«Silencio» es otro nombre de nuestra identidad verdadera, aquella que no puede ser pensada, porque no es objetivable. Nos evoca la «Nada», de Juan de la Cruz o de Miguel de Molinos, el Vacío del zen, o el sunyata del budismo.

Molinos se refería a ello con estas palabras: «Éntrate en la verdad de tu nada y de nada te inquietarás… Oh, ¡qué tesoro descubrirás si haces de la nada tu morada!… Si estás encerrado en la nada, adonde no llegan los golpes de las adversidades, nada te dará pena, nada te inquietará. Por aquí has de llegar al señorío de ti mismo, porque solo en la nada reina el perfecto y verdadero dominio».

Al conectar con nuestra verdadera identidad, tomamos distancia de la mente y de todos sus movimientos (mentales y emocionales), y se nos regala acceder a esa «Espaciosidad» sin fronteras que somos –pura consciencia de ser- y que muy bien se puede designar como «Silencio».

Silencio es la morada del sabio: desde él se vive, o mejor dicho, permite que la Vida viva, se exprese y fluya a través de su persona. Por eso, no hay reacciones, sino sencillamente respuestas.

En todo el proceso judicial que habría de acabar en la tortura y el ajusticiamiento, Jesús vive en conexión con su verdadera identidad, en el Silencio, donde se siente a salvo y desde donde puede vivir incluso la mayor injusticia con ojos de confianza y de perdón hacia sus verdugos.

Enrique Martínez Lozano

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Jaunaren Nekaldiko Erramu-Igandea – Domingo de Ramos, José A. Pagola

EZ ZION EZERK ATZERA EGINARAZI

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Mat 26,14-27,66

ECLESALIA, 09/04/14.- Joan Bataiatzailea hiltzea ez zen izan ezusteko bat. Judu-herrian oso hedatua zen ideia baten arabera, profetaren zoria ulertezina izatea da, ukatua izatea eta, kasu askotan, heriotza galdua izatea. Segur aski, oso garaiz barruntatu zuen Jesusek beretzat indarkeriazko azken bat.

Jesus ez zen izan suizida bat, ez zen ibili martiritzaren bila. Ez zuen sekula sufrimendua opa izan, ez beretzat, ez beste inorentzat. Bizitza osoan saiatu zen haren kontra, bai gaixotasunean, bai zuzengabekerian, bai bazterkerian edo etsipenean. «Jainkoaren erreinua eta haren zuzentasuna bilatzea» izan zuen bere asmo guztia: zeruko Aitak gogoko duen mundu duinago eta zoriontsuagoa baten bilatzeari emanik bizi izan zen.

Pertsekuzioa eta martiritza onartzen baditu, bere seme-alabak sufritzen ikusi nahi ez dituen Jainkoaren asmori leial izateagatik izan da. Horregatik, ez doa heriotzaren bila, baina atzera ere ez du egin. Ez du ihes egin mehatxuen aurrean, ez du aldatu edo leundu bere mezua ere.

Aise ihes egiten ahal zion Jesusek eraila izateari. Aski izango zuen isiltzea eta ez azpimarratzea tenpluan edo erromatar prefektuaren jauregian haserrea eragin zezakeen ezer. Baina ez. Bere bideari jarraitu zion. Nahiago izan zuen heriotza bere kontzientziari saldukeria egitea baino, Jainkoaren, bere Aitaren, asmori desleial izatea baino.

Segurtasun-faltaren, gatazkaren eta salaketen giroan bizitzen ikasi zuen. Eguna joan eguna etorri, bere gogoa bere egitekoari estuago lotuz joan zen, eta bere mezua argi eta garbi hots egiten. Mezu hura zabaltzera ausartu zen, ez Galileako herrixka baztertuetan bakarrik, baita tenpluaren ingurune arriskutsuan ere. Ez zion ezerk atzera eginarazi.

Jainkoari leial zelako hil zuten, harengan ezarria baitzuen beti bere konfiantza. Guztiei onarpena eskaintzen jarraitu zuen, baita bekatariei eta desiraezin zirenei ere. Berari uko egitera iristen badira, «baztertu» bat bezala hilko da, baina bizitza osoan zer izan den baietsiko du heriotza horrek: inor zapuzten ez duen eta bere barkazioa inori ukatzen ez dion Jainkoagan izan duen erabateko konfiantza du.

Jainkoaren eta haren erreinuaren bila jarraituko du, bat eginez pobreenak eta mespretxatuenak direnekin. Egun batean gurutzean, esklaboei dagokien tormentuan, hiltzen badute, pobre eta mespretxatu bat bezala hilko da; baina betiko zigilatuko du bere heriotzaz Jainkoagan duen konfiantza, hark salbazioa opa baitie gizon-emakume guztiei esklabotza guztitik.

Jesusengan, haren jarraitzaileok errealitatearen azken Misterioa aurkitu dugu, gizakiari dion maitasunean eta erabateko eskaintzan haragitua den Misterioa. Gurutziltzatua izan den horren maitasunean Jainkoa bera ageri zaigu, sufritzen ari diren guztiekin bat eginik, zuzengabekeria guztien kontra oihuka eta aldi guztietako borreroei barkatzen. Jainko honengan sinetsi daiteke edo ez, baina ezin egin zaio isekarik. Honengan dugu kristauok geure konfiantza. Ezerk ez dio atzera eragingo bere seme-alabak salbatzeko eginahalean.

Domingo de Ramos (A) Mateo 26,14-27,66

NADA LO PUDO DETENER

JOSÉ ANTONIO PAGOLA, lagogalilea@hotmail.com

ECLESALIA, 09/04/14.- La ejecución del Bautista no fue algo casual. Según una idea muy extendida en el pueblo judío, el destino que espera al profeta es la incomprensión, el rechazo y, en muchos casos, la muerte. Probablemente, Jesús contó desde muy pronto con la posibilidad de un final violento.

Jesús no fue un suicida ni buscaba el martirio. Nunca quiso el sufrimiento ni para él ni para nadie. Dedicó su vida a combatirlo en la enfermedad, las injusticias, la marginación o la desesperanza. Vivió entregado a “buscar el reino de Dios y su justicia”: ese mundo más digno y dichoso para todos, que busca su Padre.

Si acepta la persecución y el martirio es por fidelidad a ese proyecto de Dios que no quiere ver sufrir a sus hijos e hijas. Por eso, no corre hacia la muerte, pero tampoco se echa atrás. No huye ante las amenazas, tampoco modifica ni suaviza su mensaje.

Le habría sido fácil evitar la ejecución. Habría bastado con callarse y no insistir en lo que podía irritar en el templo o en el palacio del prefecto romano. No lo hizo. Siguió su camino. Prefirió ser ejecutado antes que traicionar su conciencia y ser infiel al proyecto de Dios, su Padre.

Aprendió a vivir en un clima de inseguridad, conflictos y acusaciones. Día a día se fue reafirmando en su misión y siguió anunciando con claridad su mensaje. Se atrevió a difundirlo no solo en las aldeas retiradas de Galilea, sino en el entorno peligroso del templo. Nada lo detuvo.

Morirá fiel al Dios en el que ha confiado siempre. Seguirá acogiendo a todos, incluso a pecadores e indeseables. Si terminan rechazándolo, morirá como un “excluido” pero con su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no rechaza ni excluye a nadie de su perdón.

Seguirá buscando el reino de Dios y su justicia, identificándose con los más pobres y despreciados. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá como el más pobre y despreciado, pero con su muerte sellará para siempre su fe en un Dios que quiere la salvación del ser humano de todo lo que lo esclaviza.

Los seguidores de Jesús descubrimos el Misterio último de la realidad, encarnado en su amor y entrega extrema al ser humano. En el amor de ese crucificado está Dios mismo identificado con todos los que sufren, gritando contra todas las injusticias y perdonando a los verdugos de todos los tiempos. En este Dios se puede creer o no creer, pero no es posible burlarse de él. En él confiamos los cristianos. Nada lo detendrá en su empeño de salvar a sus hijos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

 

SOMOS NECESIDAD Y PLENITUD, por Enrique Martínez Lozano

Escrito por  Enrique Martínez Lozano

Fe Adulta

Jn 11, 1-45

La belleza y sabiduría del relato consiste en conjugar, en la misma persona de Jesús, una doble afirmación: «Se echó a llorar» y «Yo soy la resurrección y la vida».

Esa es, justamente, nuestra paradoja: somos seres sensibles, a quienes nos afecta lo que sucede y, simultáneamente, somos Vida que se halla siempre a salvo.

Nos percibimos como pura necesidad y carencia –y, por tanto, vulnerables- pero, al mismo tiempo, somos plenitud a la que nada le falta.

Nuestro «doble rostro» no es sino expresión de las «dos caras» de lo Real: lo invisible y lo manifiesto, «lo implicado y lo explicado» (por utilizar los términos del físico David Bohm), el vacío y la forma…

Ambos aspectos son ciertos, si bien no en el mismo nivel. Por eso, en cierto modo, podría decirse que lo absoluto se manifiesta en lo (como) relativo.

La tradición cristiana ha personalizado este doble rostro de lo Real en la persona de Jesús, al afirmar simultáneamente su divinidad y su humanidad. La lectura adecuada de tal afirmación no habla de una suma o yuxtaposición de dos realidades separadas (Dios y hombre), sino del misterio de la Unidad, visto desde dos perspectivas diferentes. Por eso, la formulación menos inadecuada pudiera ser esta: lo humano es divino, y lo divino es humano. (Y probablemente fuera por aquí la intuición de Leonardo Boff cuando, al hablar de Jesús, afirmó que «alguien tan humano solo podía serlo Dios»).

Cuando se han entendido aquellas dos dimensiones en clave de yuxtaposición –una al lado de la otra-, se ha dado entrada a una serie interminable de pseudo-problemas que no conducen a ninguna parte.

Del mismo modo, cuando aquella afirmación se ciñó exclusivamente a Jesús, tuvo como resultado que se hiciera de él un «ídolo» separado y alejado de todos nosotros.

En realidad, lo que se afirma de Jesús se está diciendo también de todos nosotros. Y esto no es «rebajar» su figura –como leería una creencia mítica, o como temería un cristiano convencional-, sino justamente percibirla en toda su hondura y plenitud.

Parece claro que cualquier comparación nace de la mente y caracteriza el funcionamiento del ego, que vive precisamente del juicio y la comparación. Eso explica que, mientras se permanece en la mente y en el ego –como si esta fuera nuestra verdadera identidad-, la comparación sea inevitable, enfatizando, por encima de todo, las diferencias entre los egos.

Al silenciar y trascender la mente, se abre la perspectiva no-dual que, sin negar las diferencias manifiestas, sabe ver la unidad de fondo que las abraza, y que constituye realmente su identidad última.

Como Jesús, somos, a la vez, necesidad –por eso lloramos- y somos Vida. Y esto es lo que en la tradición cristiana se ha expresado con el término «resurrección».

La resurrección –como la reencarnación, en otras culturas y latitudes- es un «mapa», que apunta a la verdad de que somos Vida, que nada puede aniquilar.

Por eso, cuando Marta expresa la fe convencional judía –»sé que resucitará en la resurrección del último día»-, Jesús puntualiza: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre».

La muerte –aunque nos haga llorar e incluso produzca gran temor a nuestra sensibilidad, porque somos seres sintientes- es únicamente una «forma» más que adopta la Vida, no muy diferente de aquella otra que es el nacimiento. En este y en aquella, La Vida solo cambia de forma. Y esa misma Vida, como bien sabía Jesús, es nuestra verdadera identidad; no la identidad de nuestro yo individual (o ego), sino del Yo Soy universal que, más allá de las diferencias, somos.

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

 

*ORAR CON EL EVANGELIO. (Jn. 11,1-45)

  • DOMINGO 5º CUARESMA-A- Abril 6 de 2014

* En los dos domingos anteriores hemos reflexionado en Jesús como Agua viva y Luz del mundo. Hoy como la Resurrección y la Vida.
La aldea de Betania estaba a poca distancia de Jerusalén, unos 3 Km. Allí vivían: Marta, María y Lázaro. Eran muy amigos de Jesús. Por eso cuando Jesús iba a Jerusalén (se encontraba con los fariseos y jefes religiosos), al atardecer, prefería volver a Betania, al hogar de sus amigos, pues su rica hospitalidad le envolvía en una atmósfera de cariño y apoyo. (Nuestro Jesús “humano”).

Estando fuera, le llegó la noticia como ruego “Jesús, tu amigo está enfermo”
Jesús, como siempre, respondió a la llamada. Pero cuando llegó a Betania, Lázaro, no sólo había muerto sino que llevaba ya cuatro días enterrado. Se hacía más urgente estar al lado de las hermanas para confortarlas. Por eso no se limitó a darles el pésame sino que se le llenaron los ojos de lágrimas. Sabía por experiencia lo que es perder a un amigo. La gente hizo este comentario: ¡Cuánto le quería!
Jesús primero tiene un diálogo con las hermanas. Luego fue hasta donde estaba enterrado Lázaro. Se puso en oración. Luego dice: Lázaro, ven fuera”. Y el que llevaba cuatro días en el sepulcro volvió a la vida.
* La resurrección de Lázaro es un anticipo de la resurrección. Y la resurrección de Jesús es garantía de la nuestra.
* Cada año la llegada de la primavera hace posible ante nuestros ojos este milagro. A pesar de las pérdidas del invierno, la vida brota de nuevo y renueva nuestra tierra. (Miremos algunos árboles estos días) nos van descubriendo el poder de Dios en su creación, que es Vida.

* Pero Jesús no sólo resucitó a Lázaro. También devolvió la vida a Marta que hundida en sus dudas estaba muerta de pena. Y a sus discípulos que le seguían con miedo en el camino a Jerusalén.
En resumen, hoy la Palabra de Dios nos viene a decir que nada ni nadie está perdido para el Señor, que es capaz de poner vida incluso en la muerte.

Muy cerca ya de la “Pascua florida”, como la primavera, para nosotros es la fiesta de LA LUZ Y DE LA VIDA.
* NOS PONEMOS EN ORACION

* Profundizamos en las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: “QUITAD LA LOSA”, que nos puede decir remover esas cargas pesadas que hunden y os llenan de miedos y nos bloquean…
“VEN AFUERA, LAZARO” nos puede decir, cambia de vida, levántate deja el pecado y vuelve a vivir…
“DESATADLO y dejarlo andar”. Nos puede animar a dejar tantas ataduras como tenemos que nos impiden caminar bien en la libertad…

Damos gracias… Es impresionante la escena de la resurrección: Lágrimas de Jesús, se resisten a abrir el sepulcro, Oración al Padre (“Para que crean que tú me has enviado). Y la vuelta a la vida es signo del don de la vida eterna que Jesús nos trae de parte de Dios.

* SEGUIMOS ORANDO
Escuchamos de nuevo a Jesús que nos dice.
“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”
Jesús de Nazaret, aumenta en nosotros la fe en tu Resurrección, para que creamos de verdad en que tú Cristo estás vivo, impulsando la vida hacia su último destino. Intercediendo al Padre por todos nosotros.

Ayúdanos a descubrir y vivir que nuestra oración no es un monólogo, sino diálogo con Alguien
vivo que está junto a nosotros.

Que sigamos descubriendo que nos amas, nos acompañas en nuestra tarea diaria.

Ayúdanos a quitar las losas que no nos dejan verte Resucitado por la falta de entrega, pasividad.
Que sepamos quitarla “losas” para verte en los necesitados, en los enfermos e incluso en nuestros enemigos.

Ayúdanos a saber enfrentarnos a la posible dureza de nuestra tarea diaria, sabiendo que a nuestra vida le espera resurrección.
Que la fuerza de tu Amor, Jesús de Nazaret, nos haga caminar a todos en una vida renovada tal como tu Palabra y la oración al Padre hicieron levantar y caminar a Lázaro.
“El que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”. Dice el Señor. AMEN- ZURIÑE

GARIZUMAKO 5. IGANDEA, “NEGAR EGITEN DAKIEN PROFETA BAT- UN PROFETA QUE LLORA”, J. A. PAGOLA

Joan 11, 1- 45

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

ECLESALIA, 02/04/14.- Jesusek ez du sekula ezkutatu Betanian bizi diren hiru anai-arrebekiko bere txera. Segur aski, Jerusalemera igotzen den bakoitzean beren etxean hartzen dutenak dira. Behin batean abisu eman zioten Jesusi: Lazaro gure anaia, «zure adiskidea», gaixo da. Handik pixka batera, herrixka hartarako bidea hartu du Jesusek.

Iritsi denean, Lazaro hila da. Jesus ikusi duenean, Mariak, arreba gazteenak, negarrari eman dio. Ezin kontsolatu du inork. Maria bere adiskidea eta hark lagun dituen juduak negarrez ikustean, Jesusek ezin eutsi dio. Haiek bezala, berak ere «negarrari eman dio». Jendeak komentatu du: «Nola maite zuen!»

Jesus ez da negarrez ari, oso maitea duen adiskide bat hil delako bakarrik. Herioaren aurrean gizon-emakume guztiek duten ezina sentitzeak urratzen dio bihotza. Guztiok dugu geure izatearen barruenean aseezineko bizi nahia. Zer dela-eta behar dugu hil? Zer dela-eta ez da gure bizia zoriontsuagoa, luzeagoa, seguragoa, biziagoa?

Gaur egungo jendeak, beste edozein garaitakoak bezala, iltzaturik du bihotzean galdera hau: kezkagarriena eta erantzuteko zailena den hau. Zer izango da guztion eta gutako bakoitzaren azkena? Alferrik da geure burua engainatu nahi izatea. Zer egin dezakegu? Asaldatu? Lur jota gelditu?

Dudarik gabe, arazoaz ahaztea izan ohi da erreakziorik orokorrena eta existitze hutsean jarraitu nahi izatea. Alabaina, gizakia ez al da bere bizia biziro bizitzeko egina, bere bizia azti eta erantzukizunez bizitzeko egina? Era oharkabean eta erantzukizunik gabe iritsi behar ote dugu geure azkenera, inolako jarrerarik hartu gabe?

Geure zoriaren azken misterioaren aurrean ezin dugu jo dogma zientifiko edo erlijiosoetara. Halakoek ezin gida gaitzakete oraingo bizitza hau baino harago. Jatorragoa ematen du Eduardo Chillida ekultorearen jarrerak, zeini, behin batean, entzun bainion: «Heriotzaz, arrazoiak esaten dit behin betikoa dela. Arrazoiaz, arrazoiak esaten dit mugatua dela».

Beste biziaz, kristauok ez dakigu gainerako jendeak baino gehiago. Guk ere, apal-apal hurbildu beharra dugu geure heriotzaren gertaera ilun horretara. Baina erro-errotiko konfiantzaz egiten dugu hori, Jesusengan sumatzen dugun Jainkoaren Misterioaren Ontasunari begira. Ikusi ez badugu ere, maite dugun Jesus horretaz ari naiz; oraino ikusi ez badugu ere, geure konfiantza eskaintzen diogun Jesus horretaz.

Konfiantza hori ezin ulertu da kanpotik. Halakoak bakarrik bizi dezake: fede xumeaz, Jesusen hitz hauei erantzun bat eman dien hark: «Neu naiz piztuera eta bizia. Sinesten al duzu hori?» Duela gutxi, Hans Küng-ek, hogeigarren mendeko teologorik kritikoena den horrek, jada bere azkenetik hurbil, esan du, berarentzat hiltzea «Jainkoaren misterioaren errukian atseden hartzea dela».

5 Cuaresma (A) Juan 11, 1- 45

UN PROFETA QUE LLORA

JOSÉ ANTONIO PAGOLA, lagogalilea@hotmail.com

ECLESALIA, 02/04/14.- Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que lo acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día Jesús recibe un recado: nuestro hermano Lázaro, “tu amigo”, está enfermo. Al poco tiempo, Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.

Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él “se echa a llorar” junto a ellos. La gente comenta: “¡Cómo lo quería!“.

Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?

El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿Qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?

Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y “seguir tirando”. Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo a nuestro final hemos de acercarnos de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?

Ante el misterio último de nuestro destino no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida al que, en cierta ocasión, le escuché decir: “De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada”.

Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la Bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y, sin verlo aún, le damos nuestra confianza.

Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Sólo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?”. Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo veinte, cercano ya a su final, ha dicho que para él morirse es “descansar en el misterio de la misericordia de Dios”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

*ORAR CON EL EVANGELIO. (Jn.9,1-41)

  • DOMINGO 4º CUARESMA –A– Marzo 30 de 2014

* La liturgia de la Palabra gira hoy alrededor de la luz y de la capacidad de ver al mundo y a las personas como Dios las ve. No basta con ver la luz. Hay que dejarse llenar por ella y que así, vaya transformando nuestro ser y nuestro mirar el mundo, para ser atraídos por la luz y la vida que Jesús de Nazaret nos ofrece. “Para eso he venido al mundo: para que los que no ven vean”.
En el relato se descubre a Jesús como Luz del mundo”. También un recuerdo bautismal, visto la semana pasada pero hoy sobre todo el proceso de la fe.
* LA CURACIÓN DEL CIEGO.
El ciego no pide nada. No puede ver a Jesús. Al contrario, es Jesús el que “vio” al ciego y el que detiene su mirada en aquel hombre incapaz de ver a Jesús con sus propias fuerzas.
* Recordamos los gestos simbólicos (Leyendo el texto del Evangelio): “La saliva y el barro”. Jesús trabaja en sábado, luego será criticado. La “Palabra” de Jesús que invita al ciego a limpiarse .El “Lavado” que realiza obediente el ciego. (Recuerdo Bautismal).
– Comienza todo un proceso de fe: deja que Jesús trabaje en él.
-Obedece fielmente a su Palabra aunque todavía no lo conoce.
-Dice que le ha curado, aunque no sabe quien es Jesús.
Llega al encuentro personal con Jesús, le llega la Luz y proclama: “CREO, SEÑOR”

Este hombre, con su postura sincera, se convierte en evangelizador y discípulo de Cristo.

  • En cambio, los fariseos, se informan de la curación realizada por Jesús, pero se cierran a su Luz. Le discuten y se ponen en contra. ¿Tú nos vas a dar lecciones? Incluso expulsan al curado y rechazan así la Luz que él les podía aportar para caminar hacia Cristo… Terminando así en la ceguera y el pecado.
  • LOS OTROS GRUPOS. Los vecinos actúan movidos por la curiosidad. No se desarrolla el proceso hacia la fe. Los padres del ciego, actúan más bien movidos por el miedo, les preocupa que los expulsen de la sinagoga como al hijo. No se pronuncian a favor de Jesús. No llegan a encontrarse con El.
  • En el centro de todo el relato se encuentra Jesús, LUZ DEL MUNDO que ilumina a los que no ven y ciega a los que creen ver más que nadie…
  • Juan emplea el símbolo de la LUZ para presentar a Cristo. La luz en la Biblia primera criatura creada por Dios nos simboliza, la vida, el calor, la salvación, etc. En contraposición de las tinieblas que significan muerte, mal, desgracia etc.

Cristo es la LUZ DEL MUNDO capaz de conducirnos hacia la vida, la libertad, la verdad, la salvación
El es capaz de descubrir y ver las disposiciones de nuestro interior. Es LUZ para los que buscan con sinceridad y sin temor la Verdad.

  • ORACIÓN.

En el silencio, nos podríamos preguntar. ¿Qué zonas hay en mi vida, mi persona, mis actuaciones… en las que no dejo entrar la luz de la fe?…
¿Dejo trabajar a Jesús sobre mis ojos, sobre mi manera de ver la vida, los acontecimientos, las personas?
¿Mi fe es costumbre, inercia, o convicción personal, una vida?
La fe viva es siempre un proceso, como en el ciego, una búsqueda, que supone etapas y actitudes.
Para crecer en la fe es necesario orar
La fe crece, se fortalece, se arraiga en el compromiso y la acción cristiana de cada día

No se puede crecer en la fe, si el cristiano no la expresa, comunica ni la Celebra, ni la comparte.
Los Sacramentos y la Eucaristía son lugar privilegiado para acrecentar nuestra fe.

SEGUIMOS ORANDO

* Jesús de Nazaret. El ciego no te pidió nada, nosotros hoy si te pedimos sabiendo que nos escuchas y sales a nuestro encuentro. Te decimos:
Danos una búsqueda humilde y sincera y un esfuerzo para que nuestra fe, este hecha no sólo desde una doctrina tradicional, sino desde una vida real vivida como seguimiento a Ti, Jesús Luz del mundo.
Danos una comprensión y ayuda para los que dudan y buscan otra forma de ver la existencia.
Danos una escucha sincera para los que nos critican, que nos puede ayudar a redescubrir aspectos olvidados de nuestra fe.
Danos valor para ser creyentes desde la sinceridad sin tener vergüenza de confesarla ante los demás.
Te damos gracias, Jesús de Nazaret, porque has pasado entre nosotros y estás presente en el mundo como LUZ librándonos de nuestras cegueras con tu vida y con el don del Espíritu
Hoy y siempre te decimos: CREO, SEÑOR, PERO AUMENTA MI FE, NUESTRA FE. AMÉN
* ZURIÑE