Urteko 31. igandea – Domingo 31º T.O. José A. Pagola

B (Markos 12,28-34)

Evangelio del 4/noviembre/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

AZALEKO ATEISMOA

Aski jende igaro da, azken urte hauetan, Jainkoarekiko fede arin eta azalekotik ateismo, era berean, arin eta erantzukizun gabeko batera. Badira beren bizitzatik jarduera erlijioso guztiak uxatu dituztenak, eta elkarte fededun batekiko harreman guztiak eten dituztenak. Baina aski al da hori, pertsona batek bizitzaren azken misterioarekin duen jarrera serioski konpontzeko?

Badira esaten dutenak, ez dutela sinesten, ez Elizan, ez «apaizen asmakizunetan», baina Jainkoagan sinesten dutela. Alabaina, zer esan nahi du Jainkoagan zure sinesteak, hartaz sekula gogoratzen ez bazara, harekin sekula hitz egiten ez baduzu, hari sekula entzuten ez badiozu, harengandik inolako gozamenik espero ez baduzu?

Beste batzuek aldarrikatzen dute, badela ordua Jainkoa gabe bizitzen ikasteko, nork bere bizitzari duintasun eta nortasun handiagoz aurre eginez. Baina, halakoen bizitzari hurbiletik erreparatzen diogunean, ez da izaten gauza erraza ikustea, zertan zehazki lagundu dien Jainkoa alde batera uzteak bizitza duinago eta erantzukizun handiagoz bizitzen.

Beste batzuek, aski jendek, beren erlijio propioa eraiki dute eta beren moral propioa eratu, beren neurrikoa. Ez dira saiatu beste ezertan, bizitzan aski eroso kokatzen ez bada, beraien bizitza serioski dilindan ipintzen duen galdekizun oro saihestuz.

Beste batzuek ez lukete jakingo erantzuten, Jainkoagan sinesten duten ala ez. Izatez, ez dute ulertzen zertako den on halako gauza hori. Lanari eta gozatzeari hain emanik bizi dira, eguneroko problemetan, aste-bukaerako telebista-egitarauetan eta aldizkarietan hain zabarturik, non Jainkoak ez baitu inolako txokorik beraien bizitzan.

Baina oker pentsatuko genuke fededunok, uste izango bagenu, ateismo arin hau pertsona horiena bakarrik dela, Jainkoagan ez dutela sinesten ozenki esatera ausartzen diren horiena bakarrik, alegia. Izan ere, ateismo hau sartuz doake geure burua fededun aitortzen dugunon bihotzean ere: batzuetan guk geuk ere uste izaten dugu, Jainkoa ez dela geure bizitzako Jaun bakarra, ezta garrantzizkoena ere.

Egin dezagun proba bakar bat. Zer sentitzen dugu geure kontzientziaren barruenean, hitz hauek entzun ditugunean mantso-mantso, behin eta berriz eta egiazaletasunez: «Entzun: Jainko gure Jauna da Jaun bakarra. Maita ezazu Jainkoa, zeure Jauna, zeure bihotz guztiaz, zeure arima guztiaz, zeure gogo guztiaz, zeure indar guztiez»? Zein eremu hartzen du Jainkoak nire bihotzean, nire ariman, nire gogoan, nire izate guztian?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

B (Markos 12,28-34)

Evangelio del 4/noviembre/2018

ATEÍSMO SUPERFICIAL

Son bastantes los que, durante estos años, han ido pasando de una fe ligera y superficial en Dios a un ateísmo igualmente frívolo e irresponsable. Hay quienes han eliminado de sus vidas toda práctica religiosa y han liquidado cualquier relación con una comunidad creyente. Pero ¿basta con eso para resolver con seriedad la postura personal de uno ante el misterio último de la vida?

Hay quienes dicen que no creen en la Iglesia ni en «los inventos de los curas», pero creen en Dios. Sin embargo, ¿qué significa creer en un Dios al que nunca se le recuerda, con quien jamás se dialoga, a quien no se le escucha, de quien no se espera nada con gozo?

Otros proclaman que ya es hora de aprender a vivir sin Dios, enfrentándose a la vida con mayor dignidad y personalidad. Pero, cuando se observa de cerca su vida, no es fácil ver cómo les ha ayudado concretamente el abandono de Dios a vivir una vida más digna y responsable.

Bastantes se han fabricado su propia religión y se han construido una moral propia a su medida. Nunca han buscado otra cosa que situarse con cierta comodidad en la vida, evitando todo interrogante que cuestionara seriamente su existencia.

Algunos no sabrían decir si creen en Dios o no. En realidad, no entienden para qué puede servir tal cosa. Ellos viven tan ocupados en trabajar y disfrutar, tan distraídos por los problemas de cada día, los programas de televisión y las revistas del fin de semana que Dios no tiene sitio en sus vidas.

Pero nos equivocaríamos los creyentes si pensáramos que este ateísmo frívolo se encuentra solamente en esas personas que se atreven a decir en voz alta que no creen en Dios. Este ateísmo puede estar penetrando también en los corazones de los que nos llamamos creyentes: a veces nosotros mismos sabemos que Dios no es el único Señor de nuestra vida, ni siquiera el más importante.

Hagamos solo una prueba. ¿Qué sentimos en lo más íntimo de nuestra conciencia cuando escuchamos despacio, repetidas veces y con sinceridad estas palabras?: «Escucha: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas». ¿Qué espacio ocupa Dios en mi corazón, en mi alma, en mi mente, en todo mi ser?

José Antonio Pagola

Domingo 31º ordinario 4 de noviembre – Koinonía

Dt 6,2-6: Amarás al Señor con todo el corazón
Salmo 17: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza
Heb 7,23-28: Tiene el sacerdocio santo
Mc 12,28b-34: No estás lejos del Reino

No estás lejos del reino de Dios.

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Respondió Jesús: «-El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.» El segundo es éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» No hay mandamiento mayor que éstos.» El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. «Jesús. Viendo, que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

COMENTARIO LITÚRGICO

En las estepas de Moab, Moisés da sus últimas instrucciones al pueblo que se prepara para entrar a la tierra de Canaán. Atrás quedó Egipto, debió quedar. Y atrás quedó también el desierto donde supuestamente el pueblo tuvo que haber aprendido muchas cosas que tendrán que ser muy útiles para su proyecto como pueblo en la tierra de la libertad. Egipto será un lugar para nunca volver, al desierto será necesario volver cuando el pueblo olvide o pierda su horizonte ya que ése es el espacio ideal para el reencuentro con su Dios, para dejarse reconquistar por él (cf. Os 2,14). Aquí, pues, en su despedida, Moisés insiste en lo más importante para que el pueblo tenga vida: cumplir las instrucciones y normas que el Señor ha dado. El texto del Deuteronomio que leemos hoy es el alma, la guía, la hoja de ruta que Israel no puede descuidar ni cambiar por otra cosa so riesgo de perderse y perecer como nación. La connotación en hebreo del verbo shemá lleva implícito el imperativo de obedecer, poner en práctica, y eso era lo que tenía que haber hecho el pueblo: escuchar obedeciendo, escuchar poniendo en práctica.

La redacción de este pasaje, aunque aparenta ser de una época previa a la conquista y posesión de la tierra, en realidad es de una época en la cual Israel ha probado y experimentado en carne propia lo que significa no escuchar poniendo en práctica los mandatos y preceptos del Señor. Estamos en la llamada época del post-exilio, Israel ha pasado por las experiencias históricas más crueles y difíciles: desaparición del sistema solidario tribal, aparición de la monarquía (punto de partida de todos sus pecados), división del reino, destrucción de ambos reinos, deportación… En todo momento Israel fue instruido por medio de los profetas que siempre lo invitaban a reorientar su camino, pero la queja de Dios fue siempre constante: «Israel no me escucha» (Sof 3,2), no me obedece, va camino a la perdición…

Las experiencias históricas obligan a Israel a aprender qué significa escuchar a su Dios y poner en práctica su Palabra, su instrucción. Con base en todo lo que le ha pasado, Israel descubre que los mandatos del Señor no buscan atarlo, cerrarle horizontes ni poner a todo un pueblo bajo la dirección de un Dios caprichoso. No es un Dios cualquiera el que libre y espontáneamente ha optado por este pueblo, es un Dios de Vida que sólo busca orientar al pueblo por sendas de vida. Israel no entendió siempre así el propósito de Dios y se fue detrás de otros dioses, y cuando se metió en el proyecto de otras divinidades empezó a perderse, se confundió y resultó siendo peor que otros pueblos que no conocían al verdadero y único Dios. Así pues, después de sobrevivir a las más duras experiencias, Israel vuelve a recordar cuál era desde el principio la propuesta de su Dios: amarlo sólo a él, buscarlo sólo a él y no confiarse de ninguna otra propuesta por más llamativa que fuera para no volver a caer en un fracaso peor.

El evangelio nos presenta la versión «marquiana» (de Marcos) de la pregunta a Jesús sobre el mayor y más importante de los mandamientos. La versión mateana (Mt 22,34-40) tuvimos oportunidad de reflexionarla hace unos días. Ambas versiones están ubicadas en el mismo contexto de la discusión de los saduceos con Jesús a cerca de la resurrección de los muertos. Cuando los fariseos ven que Jesús ha callado a los saduceos, se juntan con los escribas para ponerlo ellos también a prueba, pensarán que con ellos tal vez no saldrá tan bien librado. Y es que «pasar el examen» con los fariseos y maestros de la ley, seguramente no era fácil dado que para ellos la ley no era sólo aquella que Dios había dado a su pueblo por medio de Moisés, recordemos que en tiempos de Jesús esta gente manejaba ¡más de medio millar de mandatos y preceptos! Dependiendo de su forma de ver y de pensar, un mandato podía variar de importancia para unos y para otros, pues como es normal había distintas tendencias o escuelas, alguna muy liberal, y otras no tanto. ¿Cuál de ellas está representada aquí? No lo sabemos. Por la respuesta del escriba a Jesús, uno podría pensar que se trataba de una tendencia bastante liberal (vv. 32-33), al punto que a Jesús le pareció simpática su respuesta y le advierte lo cerca que está del reino de Dios.

Jesús se encuentra con que su pueblo cumple con una norma de varios siglos. Todos los días, tres veces al día todo israelita varón recita el «Shemá Israel, escucha Israel: el Señor nuestro Dios es uno sólo, a él amarás…», el shemá, pero ese shemá se quedó sólo en el campo auditivo, al campo de la práctica no se ve, y eso es lo que Jesús denuncia a lo largo de su ministerio, muchas palabras, muchas normas y preceptos, mucho apelo a Dios para todo, muchas frases de la ley en los bordes del manto, en el marco de la puerta, en el brazo, en la frente, pero nada en el corazón y menos aún en la vida ordinaria, en la práctica cotidiana.

En la comunidad de Marcos se están presentando situaciones similares a las del judaísmo. Las normas y preceptos que conocen los primeros cristianos son necesariamente aquellas que vienen del mundo judío; ahora, ¿serán de obligatorio cumplimiento todos esos preceptos en esta nueva experiencia de vida que se supone está animada por la presencia viva del Señor resucitado? Lo primero y más importante que los creyentes deben tener en cuenta es que no se trata de una adhesión a una divinidad distinta a la del judaísmo. Es el mismo Dios revelado a pueblo de Israel y en la Escritura, es el mismo Dios de Jesús, por tanto lo que primero tiene que hacer el cristiano es profesar su fe, amor y adhesión a ese Único Dios en términos de «escuchar» su Palabra y ponerse en función de obedecerle. Ese es el proyecto de vida de Jesús, eso fue lo que movió toda su vida y su obra y eso es lo que tiene que mantener vivo al cristiano, su adhesión a ese único y verdadero Dios a quien no le interesa otra cosa que el amor y adhesión a El lo vivan sus fieles en el amor mutuo y fraterno. No tiene sentido para Jesús hablar del amor a Dios sin tener en cuenta la ÚNICA puerta de acceso a Él: el prójimo.

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero pueden buscarse otros episodios relacionados, en https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/

Maestro, que pueda ver – Fray Marcos

(Jer 35,15-22) El Señor salva a su pueblo; entre ellos hay ciegos y cojos…

(Heb 5,1-6) Puede comprender al ignorante, pues él está envuelto en debilidades.

(Mc 10,46-52) ¿Qué quieres que haga por ti? Maestro, que pueda ver.

 

Tú puedes ver, ¡Convéncete! Tu lazarillo ve menos que tu pero te ha convencido de que no ves para seguir controlándote.

Seguimos en la misma dinámica. Sale Jesús de Jericó, camino de Jerusalén. Hoy no hay enseñanza añadida, el mimo relato entraña la lección. Lo encontramos en los tres sinópticos de manera casi idéntica. Lc sitúa el relato antes de entrar en Jericó. Mt habla de dos ciegos, pero el relato es el mismo. Estamos en la última escena antes de entrar en Jerusalén. Después del relato de hoy, el evangelio de Mc da un profundo quiebro. Lo que acontece en Jerusalén está más cerca del relato de la pasión que de lo narrado hasta ahora.

Es un relato que tiene poco que ver con los que Mc ha utilizado hasta ahora. Le llama; le pregunta qué es lo que quiere; admite el título de Hijo de David; no lo aparta de la gente; la curación no va acompañada de ningún gesto; no le manda guardar silencio sobre lo sucedido. Una vez que Mc ha dejado claro que el camino hacia el Reino es la renuncia y la entrega hasta la muerte, ya no hay lugar para los malentendidos. No tiene sentido mandar callar ni rechazar el título de Mesías. Como vamos a ver, todo son símbolos.

Al borde del camino. Bartimeo es el símbolo de la marginación, está fuera del camino, tirado en la cuneta, sin poder moverse, viendo cómo los demás pasan y dependiendo de ellos. El ciego tenía ya asignado su papel (la exclusión), pero no se resigna. Sigue intentando superar su situación a pesar de la oposición de la gente.

“Hijo de David” era un título mesiánico equivocado; suponía un Mesías rey poderoso, que se impondría con la fuerza. A Mc ya no le importa, no le manda callar.

Le regañaban para que se callara. Los que acompañan a Jesús no quieren saber nada de los problemas del ciego. Como diciendo: “En la situación en que te encuentras no tienes derecho a protestar ni a gritar. Aguanta y cállate”. Era el sentir del pueblo judío, tan religioso él. “La gente” significa, para nosotros hoy, la inmensa mayoría de los cristianos que siguen a Jesús pero no descubren la necesidad de ver más allá de sus narices y emprender un nuevo camino. Una vez más aparece la sutil ironía de Mc: los que seguían a Jesús eran un obstáculo para que el ciego se acercara a él. Los más cercanos a Jesús siguen sin ver.

Llamadlo. Se advierte la carga simbólica del relato. En menos de una línea se repite por tres veces el verbo llamar. La llamada antecede siempre al seguimiento Jesús valora la situación de muy distinta manera que sus acompañantes…

Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Al menor síntoma de acogida, el ciego tira el manto y da un salto. Un ciego debía andar a tientas y con cuidado. Ahora confía, aunque no ve. El manto representa lo que había sido hasta el momento, que se convierte en un estorbo. Todas sus esperanzas están ahora puestas en Jesús. Este es el verdadero milagro, que el mismo ciego realiza.

¿Qué quieres que haga por ti? Desde el punto de vista narrativo, la pregunta no tiene ningún sentido. ¡Qué va a querer un ciego! La pregunta que le hace Jesús es la misma que, el domingo pasado, hacía a Santiago y Juan. La pregunta es idéntica, pero la respuesta es completamente distinta. Los dos hermanos quieren “sentarse” junto a Jesús en su gloria. El ciego quiere ver para “caminar” con él. La diferencia no puede ser más abismal.  

¡Que pueda ver! Jesús provoca, con su pregunta un poco absurda, este grito. En toda la Biblia el “ver” tiene casi siempre connotaciones cognitivas. Ver significa la plena comprensión de aquello que es importante para la vida espiritual. Este grito es el centro del relato, siempre que descubramos que no se trata de una asistencia sanitaria. Se trata de ver el camino que conduce a Jerusalén para poder seguirlo. El camino del servicio que conduce hacia el Reino. De ahí la respuesta de Jesús: ¡Anda! El objetivo final no es la visión, sino la adhesión a Jesús y el seguimiento. Una lección para los discípulos que no terminan de ver.

Tu fe te ha curado. Una vez más, la fe-confianza es la que libera. Solo él ve a Jesús. Solo él le sigue por el camino… el camino que lleva a la entrega total en la cruz. Mc deja bien claro que una respuesta auténtica a la llamada de Jesús será siempre cosa de minorías. La multitud que seguían a Jesús sigue ciega. Todos estos domingos venimos viendo la falta total de comprensión de los discípulos. No habían ni siquiera atisbado la propuesta de Jesús. Solo después de la experiencia pascual ven a Jesús y le siguen.

Y lo seguía por el camino. El ciego, una vez que descubrió a Jesús, le sigue en el camino hacia Jerusalén. Antes estaba al borde, es decir, fuera del camino. El relato de una ceguera material es el soporte de un mensaje teológico: Jesús es capaz de iluminar el corazón de los hombres que están ciegos y a oscuras. Los discípulos demuestran una y otra vez su ceguera. Un ciego tirado en el camino ve. Antes de ver, espera el falso “Mesías davídico”. Después descubre al auténtico Jesús, que va hacia la entrega total en la cruz, y le sigue.

Ya en la primera lectura de Jeremías encontramos un anuncio de este mensaje: Dios salva un resto de su pueblo. No salva a los poderosos, ni a los sabios, ni a los perfectos sino a los ciegos y cojos, preñadas y paridas. Es decir, a los débiles. No es el ciego el que está hundido en la miseria. La verdadera miseria humana está en los que, aun siguiendo a Jesús, mandan callar al ciego. Lo estamos repitiendo todos los días. ¡Que se callen los miserables! ¡Que eliminen los mendigos de las calles! No nos dejan vivir en paz. No oír, no ver la miseria que hay a nuestro alrededor, mirar hacia otro lado, es la única manera de vivir tranquilos.

La evolución ha sido posible gracias a que la vida ha sido despiadada con el débil. El evangelio establece un cambio sustancial en esa marcha. Jesús trastoca esa escala de valores, que aún prevalece hoy. Se daba por supuesto que Dios estaba en esa dinámica y que todo lo defectuoso era rechazado por Él.  Esto es lo que no podía soportar Nietzsche, porque creía que el evangelio exaltaba la mezquindad. Nunca fue capaz de descubrir el valor de un ser humano a pesar de sus radicales limitaciones. La esencia de lo humano no está en la perfección sino en la misma persona, independientemente de sus carencias.

La actitud de Jesús fue un escándalo para los judíos de su tiempo y sigue siéndolo para nosotros hoy. Hemos avanzado con relación a las limitaciones físicas, pero no con los fallos morales. Jesús no solo se acercó a los ciegos, cojos y tullidos; también se acercó a los pecadores públicos, a las prostitutas, a las adúlteras. Lc, después de este relato, inserta el de Zaqueo que expresa lo mismo, pero con relación a los impuros. Nosotros seguimos creyendo que los pecadores son también rechazados por Dios. Ellos nos preceden en el Reino.

La escala de valores que nos propone el evangelio no sólo es distinta, sino radicalmente opuesta a la que los humanos manejamos todavía hoy. Entendemos al revés el evangelio cuando pensamos: Qué grande es Jesús, que de una persona despreciable ha hecho una persona respetable. Desde nuestra perspectiva, primero hay que cambiarla, después hablaremos. El evangelio dice lo contrario, esa persona ciega, coja, manca, sorda, pobre, andrajosa, marginada, pecadora, esa que consideramos un desecho humano, es preciosa para Dios. Y por lo tanto es preciosa para Jesús. ¡Nos queda aún mucho por andar!

 

Meditación-contemplación

Grita desde lo hondo de tu ser una y otra vez:

¡Que pueda ver! ¡Que pueda ver!…

Y pronto te responderán:

¡Pero si puedes ver! Solo tienes que abrir los ojos.

El ojo interior está hecho para ver,

descubre la causa de tu ceguera.

Urteko 30. igandea – Domingo 30º T.O. José A. Pagola

B (Markos 10,46-52)

Evangelio del 28/octubre/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

BESTE BEGI BATZUEZ IKUSI

Bartimeo itsuaren sendatzea kontatzean, asmo hau izan du Markosek: kristau-elkarteei beren itsutasunetik eta eskastasunetik irten daitezen eskatzea. Horrela bakarrik jarraitu ahal izango diote Jesusi, honen Ebanjelioaren bidetik. Era harrigarrian gaur-gaurkoa da kontakizuna gure egun hauetako Elizarentzat.

«Bide-ertzean eseria dagoen eskale itsua» da Bartimeo. Bere bizitzan gaua bizi du beti. Jesusez hitz egiten entzun du, baina ez du ikusi haren aurpegia. Ezin jarraitu dio. Jesus doan bide ondoan da, baina kanpoan. Ez ote da hori gure egoera? Kristau itsuak, bide ondoan eseriak, Jesusi jarraitu ezinik?

Gure artean gaua da. Ez dugu ezagutzen Jesus. Argi-falta dugu, haren bidean ibiltzeko. Ez dakigu norantz doan Eliza. Ez dakigu ere zer etorkizun nahi dugun Elizarentzat. Gu Jesusen jarraitzaile bihurtzea lortzen ez duen erlijio batean kokaturik, Ebanjelioaren ondoan bizi gara, baina kanpoan. Zer egin genezake?

Bere itsutasuna eta guzti, Jesus bere ingurutik igarotzen ari dela sumatu du Bartimeok. Ez da gelditu dudan unetxo batean ere. Zerbaitek esaten dio Jesusengan duela bere salbazioa: «Jesus, Daviden Semea, erruki zaitez nitaz». Oihu honek, fedez errepikaturik, eramango du sendatzera.

Gaur kexuak eta lantuak entzuten dira Elizan, kritikak, protestak, batak bestea gutxiestea. Ez da entzuten gure itsuaren otoitz apal eta konfiantzazkorik. Ahaztu egin dugu Jesusek bakarrik salba dezakeela Eliza hau. Ez dugu sumatzen Jesusen hurbiltasuna. Geuregan bakarrik dugu ustea.

Bartimeo itsuak ez du ikusten, baina gai izan da Jesusen ahotsa entzuteko, honek bidalitakoen bidez: «Aupa, jaiki zaitez, deika duzu». Horra zein giro sortu beharko genukeen Elizan. Batak bestea animatu erreakzionatzera. Ez jarraitu erlijio konbentzional batean kokaturik. Itzuli deika ari zaigun Jesusengana. Hau dugu lehen helburu pastorala.

Era miresgarrian erreakzionatu du itsuak: jaikitzea eragozten dion soingainekoa bota eta, bere iluntasunean jauzi bat eginez, Jesusengana hurbildu da. Eskari bakar bat irten zaio bihotzetik: «Maisu, ikusi ahal dezadala». Begiak irekitzen bazaizkio, dena aldatuko da. Kontakizunak, bukatzeko, dio, itsuak bista eskuratu duela eta «bidean jarraitu ziola» Jesusi.

Hauxe bera da kristauek gaur egun behar dugun sendatzea. Eliza eralda lezakeen jauzi berezia. Jesusi begiratzeko era aldatzen badugu, haren Ebanjelioa beste begi batzuez irakurtzen badugu, haren mezuaren jatortasuna sumatzen badugu eta gizatasun handiagoko mundu bat egiteko haren egitasmoak liluratzen bagaitu, Jesusen indarrak erakarriko gaitu. Gure elkarteek ezagutu dute, hari hurbiletik jarraituz, bizitzearen poza.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

B (Markos 10,46-52)

Evangelio del 28/octubre/2018

CON OJOS NUEVOS

La curación del ciego Bartimeo está narrada por Marcos para urgir a las comunidades cristianas a salir de su ceguera y mediocridad. Solo así seguirán a Jesús por el camino del Evangelio. El relato es de una sorprendente actualidad para la Iglesia de nuestros días.

Bartimeo es «un mendigo ciego sentado al borde del camino». En su vida siempre es de noche. Ha oído hablar de Jesús, pero no conoce su rostro. No puede seguirlo. Está junto al camino por el que marcha Jesús, pero está fuera. ¿No es esta nuestra situación? ¿Cristianos ciegos sentados junto al camino, incapaces de seguir a Jesús?

Entre nosotros es de noche. Desconocemos a Jesús. Nos falta luz para seguir su camino. Ignoramos hacia dónde se encamina la Iglesia. No sabemos siquiera qué futuro queremos para ella. Instalados en una religión que no logra convertirnos en seguidores de Jesús, vivimos junto al Evangelio, pero fuera. ¿Qué podemos hacer?

A pesar de su ceguera, Bartimeo capta que Jesús está pasando cerca de él. No duda un instante. Algo le dice que en Jesús está su salvación: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!». Este grito repetido con fe va a desencadenar su curación.

Hoy se oyen en la Iglesia quejas y lamentos, críticas, protestas y mutuas descalificaciones. No se escucha la oración humilde y confiada del ciego. Se nos ha olvidado que solo Jesús puede salvar a esta Iglesia. No percibimos su presencia cercana. Solo creemos en nosotros.

El ciego no ve, pero sabe escuchar la voz de Jesús, que le llega a través de sus enviados: «¡Ánimo, levántate, que te llama!». Este es el clima que necesitamos crear en la Iglesia. Animarnos mutuamente a reaccionar. No seguir instalados en una religión convencional. Volver a Jesús, que nos está llamando. Este es el primer objetivo pastoral.

El ciego reacciona de forma admirable: suelta el manto que le impide levantarse, da un salto en medio de su oscuridad y se acerca a Jesús. De su corazón solo brota una petición: «Maestro, que recobre la vista». Si sus ojos se abren, todo cambiará. El relato concluye diciendo que el ciego recobró la vista y «le seguía por el camino».

Esta es la curación que necesitamos hoy los cristianos. El salto cualitativo que puede cambiar a la Iglesia. Si cambia nuestro modo de mirar a Jesús, si leemos su Evangelio con ojos nuevos, si captamos la originalidad de su mensaje y nos apasionamos con su proyecto de un mundo más humano, la fuerza de Jesús nos arrastrará. Nuestras comunidades conocerán la alegría de vivir siguiéndolo de cerca.

José Antonio Pagola

Domingo 30º ordinario 28 de octubre – Koinonía

Jer 31,7-9: Ciegos y cojos, los guiaré entre consuelos
Salmo 125: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres
Heb 5,1-6: Tú eres Sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec
Mc 10,46-52: Maestro, que pueda ver

 Maestro, haz que pueda ver.

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.» Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.» Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.» Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

COMENTARIO LITÚRGICO 

El libro de Jeremías nos muestra un aspecto de la manifestación de Dios al que no estamos acostumbrados: la ternura. Dios nos ama sin importar si vamos por la vida como ciegos o cojos, es decir, si a duras penas podemos caminar, o si apenas vemos o presentimos por dónde vamos. Dios nos ama, así estemos en un estado de vulnerabilidad o debilidad absoluta, como lo puede estar una mujer encinta o una madre que recién ha alumbrado a su hija. Dios nos ama incluso si hemos huido de él y nos hemos refugiado en el último confín de la tierra. Y la razón de ese amor no es otra que la de sentirnos hijos suyos, la de habernos engendrado por su amor, la de hacernos partícipes de su reino. Una de las insistencias de Jesús era la de vivir la experiencia amorosa de Dios como la esencia sobre la que se funda y funde nuestra vida; y no porque ello estuviera a tono con la sensibilidad religiosa de su tiempo.

El salmo empalma bien con la primera lectura y nos muestra cómo la magnificencia de Dios consiste en el rescate y redención de su pueblo. La experiencia del exilio ya no es la de vivir en un país extranjero, sino la de sentir que ningún lugar del mundo es extraño al proyecto transformador de Dios.

La segunda lectura, de la carta a los Hebreos, afianza y confirma esa dimensión del poder de Dios manifestado como compasión y misericordia. Jesús consagra nuestra vida a Dios por medio de su vida y su Palabra. Él redime nuestras faltas y nos encamina por una experiencia en la que convertimos en fortalezas nuestras infaltables debilidades humanas. Él nos ofrece un camino de redención que supera el puro precepto religioso, la simple justificación sentimental o un vacío racionalismo abstracto. Dios es el que llama, y nosotros somos quienes podemos responderle. Ya no queremos un gurú o un experto en religión, sino un hermano o una hermana que camine con nosotros y nos ayude a realizar esa vocación por la cual nos hemos hecho cristianos.

El evangelio de Marcos narra la curación del ciego Bartimeo, el último «milagro» de Jesús narrado por Marcos. Tradicionalmente este pasaje se ha incluido en el género milagro, pero si se lo examina bien, carece de algunos elementos típicos de este género, como por ejemplo el gesto de curación o la palabra sanadora. Estamos, más bien, ante un relato, basado tal vez en un hecho histórico, que sobre todo quiere acentuar la importancia de la fe como fundamento del discipulado.

El relato, dentro de su sobriedad, está «cargado de detalles», que, sin duda, han sido puestos en el relato con segunda intención, para facilitar una interpretación y unas aplicaciones concretas. Marcos nos indica el lugar donde sucede este episodio: a la salida de Jericó, la ciudad de las palmeras en medio del desierto de Judá, la puerta de entrada en la tierra prometida (cf Dt 32,49; 34,1), paso obligado para los peregrinos que venían de Galilea, por el camino del Jordán, a Jerusalén, ciudad de la que dista algo más de 30 kilómetros. La Jericó del tiempo de Jesús estaba situada al suroeste de la mencionada en el AT. Había surgido en torno a la lujosa residencia invernal construida por Herodes.

Hay, además, una alusión explícita –aunque suene un tanto genérica– al nombre del ciego: Bar-timeo, «hijo de Timeo»; Mateo y Lucas no mencionarán este detalle. Junto con el de Jairo, es el único nombre propio que aparece en Marcos antes de iniciar el relato de la pasión. Algunos piensan que esto es debido al hecho de que probablemente este hombre formó parte de la comunidad cristiana palestinense.

El protagonista es un hombre ciego, doblemente pobre, por tanto. Lv 19,14, Dt 27,18, Is 59,9 son textos que nos ayudan a comprender la situación de los ciegos en Israel. La liturgia ha establecido un nexo entre este evangelio y la primera lectura de Jeremías porque en ambos casos se habla de un acontecimiento gozoso para los ciegos.

El diálogo comienza con una petición de Bartimeo, de hondo trasfondo veterotestamentario (cf Os 6,6), y que la liturgia eucarística ha incorporado en el acto penitencial: “Ten compasión de mí”. La petición va precedida por el título mesiánico de hijo de David. Esta es la única vez que aparece este título en el evangelio. Posteriormente el ciego le llamará “rabbuní” (término que solemos traducir por “maestro” y que el original de Marcos no traduce).

La gente lo manda callar para que no moleste. Este mandato no tiene nada que ver con el “secreto mesiánico” tan típico de Marcos, ya que aquí quien manda callar no es Jesús sino la gente. Cuando el ciego se entera de que Jesús lo llama, “soltó el manto” y, de un salto, se acercó a Jesús. Este detalle aparece también en 2Re 7,15. Es una manera de indicar el interés que produce el acontecimiento.

El diálogo posterior se narra de una manera esquemática: pregunta (¿Qué quieres que haga por ti?), petición (“Maestro, que pueda ver”) y respuesta (“Anda, tu fe te ha curado”). Como hemos dicho, faltan el gesto y las palabras de la curación. El acento recae en la fuerza de la fe. Esta es la que permite pasar de la tiniebla a la luz, del borde del camino al interior del camino, de la pasividad de quien mendiga a la actividad de quien sigue a Jesús hasta el final.

Hoy se habla mucho de las terapias sanadoras a través de la medicina natural, de las técnicas psicológicas, de tradiciones budistas, de los flujos de energía… y de los problemas sicosomáticos, que se curan de un modo también psico-somático… Los milagros se desnudan y se nos hacen mucho más explicables, mucho más del día a día. La vida está llena de «milagros» para quien sabe llevarla, por quien la lleva con coraje, con «fe». La «inteligencia emocional» (cfr. Daniel Goleman), la «inteligencia ecológica» (del mismo autor), la «inteligencia espiritual» (cfr. Danah Zohar), el holismo, la sinergia… nos trasladan a un «realismo mágico» aparentemente muy realista. La fe mueve montañas, ya lo dijo Jesús. Los milagros de nuestra fe no tienen por qué ser milagros-milagros, estrictamente sobrenaturales… Al menos, muchos de los de Jesús de Nazaret parece que no lo fueron, y los nuestros de hoy día todavía es más difícil que lo sean. Tal vez necesitemos simplemente «educar los ojos» con esa inteligencia emocional, ecológica, espiritual (no en la visión lineal en la que nos educaron en el viejo paradigma)… y volver a echar mano de la fe, del «coraje de existir» (Tillich).

El evangelio de hoy no está dramatizado en la serie «Un tal Jesús».

El que quiera ser grande sea servidor – Fray Marcos

Is 53,10-11) Cuando entregue su vida, verá su descendencia, prolongará sus años

(Heb 4,14-16) Un sumo sacerdote probado en todo, exactamente como nosotros

(Mc 10,32-45) Entre vosotros, nada de eso: El que quiera ser grande sea servidor

 

Consumirse sirviendo es la máxima gloria. No se trata de sacrificarse para conseguir un premio; se trata de alcanzar mi ser absoluto.

Sigue el camino hacia Jerusalén. Al anunciar Mc tres veces la pasión, está mostrando la rotundidad del mensaje. Al proponer después de cada anuncio la radical oposición de los discípulos está resaltando la dificultad del seguimiento. A continuación del primer anuncio Pedro dice a Jesús que, de pasión y muerte, ni hablar. Después del segundo, lo discípulos siguen discutiendo quién era el más importante. Hoy, al tercer anuncio de la pasión, los dos hermanos pretenden sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda ‘en su gloria’.

Uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Le llaman pomposamente maestro, pero van a decirle lo que tiene que hacer, no a aprender lo que él les está enseñando. Parece que Santiago y Juan están pidiendo los primeros puestos en el reino terreno que Jesús va a instaurar en Jerusalén. Pero, aunque estuvieran pensando en el reino escatológico, estarían manifestando el mismo afán de superioridad. Ya decíamos el domingo pasado que la actitud egoísta es la misma, se pretendan seguridades para el más acá o para el más allá.

No sabéis lo que pedís. Se refleja una diferencia abismal de criterios. Jesús y los discípulos están en distinta longitud de onda. Con esta frase Mc puede estar proponiendo una sutil proyección sobre el momento mismo de la muerte de Jesús. Si tenemos en cuenta que, para Jesús, el lugar de la gloria es la cruz, le estarían pidiendo que vayan con él a la muerte. Curiosamente todos los evangelios nos dicen que, efectivamente, había en aquel momento uno a su derecha y otro a su izquierda, pero eran malhechores comunes.

Los otros diez se indignaron. Esta reacción es la señal inequívoca de que todos estaban deseando los mismos puestos. El resto de los discípulos tenían las mismas ambiciones que los dos hermanos, pero eran cobardes y no tenían la valentía de manifestarlo. Normalmente en la protesta por lo que hace otro podemos manifestar el deseo de hacer lo mismo. La inmensa mayoría de los cristianos seguimos intentando utilizar a Dios en nuestro provecho.

Los jefes de los pueblos los tiranizan… Es impresionante el resumen que hace de la manera de utilizar el poder en el mundo. Jesús no crítica ni la democracia ni la monarquía; critica a las personas que ejercen el poder oprimiendo. Jesús da por supuesto que, en el ámbito civil, lo normal es ejercer el poder tiranizando y oprimiendo a los demás. Pero ¡qué distinto lo que propone a sus seguidores! «Nada de eso«, sino todo lo contrario: Servir. Una lección que los cristianos tardaron en aprender y olvidaron demasiado pronto.

El puesto está ya reservado. Una incoherencia más del evangelio. Jesús da por supuesto que alcanzará la gloria, en Mt dice reino. En el año 80 los cristianos aún no se han bajado del burro, dan por supuesto que Jesús alcanzó la gloria de un reino. En veinte siglos muy pocos cristianos comprendieron que la mayor gloria del hombre es dedicar su vida a los demás y deshacerse en beneficio de todos. Seguimos esperando un premio.

El Hijo de hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir. Ahora no son los jefes de los sacerdotes los que le quitan la vida, sino que es él el que la entrega libremente. Este cambio de perspectiva en muy importante para el sentido general. Al decir que da su vida, el texto griego no dice “zoe” ni “bios” sino “psyche”, que no significa exactamente vida sino lo humano, lo psicológico, la persona. Dar su vida no significaría morir, sino poner su humanidad al servicio de los demás mientras vive, sirviendo.

Hoy muy probablemente en la homilía se criticará a la Iglesia porque no sigue el evangelio huyendo de todo poder y sirviendo a todos. Los entes de razón no son sujetos de reacciones humanas. Jesús critica a la persona concreta que actúa desde el poder para oprimir a los demás. Somos las personas con nombre y apellidos las que seguimos actuando sin tener en cuenta el evangelio. En muy pocos siglos los cristianos volvieron a considerar correcto lo que Jesús había criticado tan duramente en los evangelios.

El evangelio nos dice, por activa y por pasiva, que el cristiano es un ser para los demás. Si no entendemos esto, no hemos comprendido el a b c del cristianismo. Pero este mensaje es también la x, porque es la incógnita más difícil de despejar, la realidad más camuflada bajo la ideología justificadora que siempre segrega toda religión institucionalizada. Somos cristianos en la medida que nos damos a los demás. Dejamos de serlo en la medida que nos aprovechamos o queremos dominarlos de cualquier forma para estar por encima de ellos.

Este principio básico del cristianismo no ha venido de ningún mundo galáctico. Ha llegado hasta nosotros gracias a un ser humano en todo semejante a nosotros. Lo descubrió en lo más hondo de su ser. Al comprender lo que Dios era en él, al percibirlo como don total, Jesús hizo el más profundo descubrimiento de su vida. Entendió que la grandeza del ser humano consiste en esa posibilidad que tiene de darse como Dios se da. Jesús descubrió que ese era el fin supremo del hombre, darse, entregarse totalmente, definiti­vamente.

En ese don total encuentra el hombre su plena realización. Cuando descubre que la base de su ser es el mismo Dios, descubre la necesidad de superar el apego al falso yo. El ego es siempre falso porque es una creación mental, por eso necesita estar siempre afianzándose. Liberado del “ego”, se encuentra con la verdadera realidad que es. En ese momento su ser se expande y se identifica con el Ser Absoluto. El ser humano se hace uno con Él. Esa es la meta, no hay más. Ni Dios puede añadir nada a ese ser, porque es ya una misma cosa en él.

Mientras no haga este descubrimiento estaré en la dinámica del joven rico, de los dos hermanos y de los demás apóstoles: buscaré más riquezas, el puesto mejor y el dominio de los demás. Si acepto darme a todos por programa­ción, será a regañadientes y esperando una recompensa, aunque sea espiritual. Estoy buscando potenciar mi “ego”. Tampoco se trata de sufrir, de humillarse ante Dios o ante los demás, esperando que después Dios me lo page con creces. La máxima gloria será vivir y desvivirse en beneficio de los demás.

Los evangelios están escritos desde una visión mítica. En el relato no se cuestiona que Jesús se sentará en su trono ni que habrá alguien a su derecha y a su izquierda, pero a renglón seguido nos dice que la gloria consiste en el servicio, en el amor manifestado. El amor es lo contrario al egoísmo y lleva consigo la desaparición del ego. Superado el individualismo, solo queda la unidad. Los honores y la gloria solo son posibles mientras persista el ego; superado, todo es UNO. Ya no hay un sujeto que pueda recibir gloria ni otro que la da.

El objetivo último de Jesús fue entregarse, deshacerse en beneficio de los demás. Así, llegó a su plenitud como ser humano. Su consumación fue idéntica realidad a su consumición en favor de los demás. No tiene ningún sentido que lo hiciera esperando una recompensa de gloria o reino. La superación del yo y la identificación con Dios es el Reino y su máxima gloria. No hay, no puede haber más. Ya no hay un Dios que glorifique ni un Jesús glorificado. Cuando dijo: yo y el Padre somos uno, manifestó que había llegado hasta el final.

 

Meditación

Opresión, tiranía, sometimiento, esclavitud, servidumbre.

Entre vosotros nada de eso, dice Jesús.

Pero todo eso lo encontramos en cada uno de nosotros.

La larga lucho que tuvo Jesús con sus discípulos

es la misma que tenemos que llevar a cabo

cada uno de nosotros contra nuestro falso yo.

Urteko 29. igandea – Domingo 29º T.O. José A. Pagola

B (Markos 10,35-45)

Evangelio del 21/octubre/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

 ZUEK HORRELAKORIK EZ

Jerusalemera igoz doazela, hiriburuan espero dion dolorezko zoriaren berri emanez doa Jesus ikasleei. Hauek ez diote ulertzen. Beren artean eztabaidatuz doaz lehen postuen inguruan. Santiago eta Joan, biak lehen orduko ikasleak, Jesusi hurbildu zaizkio, zuzenean eskatzeko, egun batean esertzeko modua egin diezaien «bata bere eskuinean eta bestea bere ezkerrean».

Hatsa erdi galdurik ageri da Jesus: «Ez dakizue zer ari zareten eskatzen». Ematen du, taldeko inork ez duela ulertzen Jesusi jarraitzeak, haren egitasmoan parte hartuz, beti izango duela berekin, ez boterearen handitasunaren bidea, baizik nekearen eta gurutzearen bidea.

Bitartean, Santiagoren eta Joanen ausardiaz jabetzean, beste hamarrak haserre jarri dira. Inoiz baino nahasiago ageri da taldea. Handi nahikeria ari da taldea banatzen. Jesusek guztiak elkartu ditu bere pentsaera argi eta garbi azaltzeko.

Beste ezer baino lehen, Erromatar Inperioko herrietan zer gertatzen ari den adierazi die. Guztiek dituzte ezagutzen Antipasen eta herodestar familien abusuak Galilean. Honela laburtu ditu Jesusek: Buruzagitzat emanak direnek herriak «tiranizatzeko» erabiltzen dute beren boterea, eta handikiek menpekoak «zapaldu» besterik ez dute egiten. Ezin zorrotzago mintzo da Jesus: «Zuek horrelakorik ez».

Bereen artean ez du horrelakorik ikusi nahi: «Handi izan nahi duena, izan dadila zuen zerbitzari, eta lehenengo izan nahi duena, izan dadila guztien esklabo». Jesusen elkartean ez da izango lekurik zapaltzen duen boterearentzat, baizik laguntzen duen zerbitzuarentzat soilik. Jesusek ez du nahi bere eskuin-ezkerretan buruzagirik eserita, baizik eta bera bezalako zerbitzariak, gainerakoentzat bizia ematen dutenak.

Gauzak argi utzi ditu Jesusek. Beraren Eliza ez da eraikitzen goikoek ezarritako ezerekin, baizik eta behean jartzen direnen zerbitzuaz. Ez da han lekurik hierarkiarentzat, ohorezko nahiz dominatzaile gisa. Ezta botere-metodo eta estrategiarentzat ere. Zerbitzuak du Jesusen elkartea eraikitzen.

Jesusek halako garrantzia ematen dio esaten ari denari, non bere burua ematen baitu etsenplutzat, zeren ez baita etorri mundu honetara zerbitza dezaten, baizik eta «zerbitzari izateko eta bere bizia emateko guztien ordain». Jesusek ez dio irakatsi inori nola garaile atera Elizan, baizik eta nola zerbitzari izan Jainkoaren erreinuaren egitasmoan, ahulenak eta premiatsuenak direnentzat eginahalean jokatuz.

Jesusen irakaspena ez da buruzagientzat bakarrik. Eginkizun eta erantzukizun desberdinetatik, guztiok behar dugu konprometitu buru-eskaintza handiagoz bizitzen Jesusen egitasmoaren zerbitzuan. Ez dugu Elizan Santiagoren eta Joanen imitatzaile beharrik; Jesusen jarraitzaile leialak ditugu behar. Garrantzizko izan nahi dutenek, ekin diezaiotela lanari eta lanean parte hartzeari.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

B (Markos 10,35-45)

Evangelio del 21/octubre/2018

NADA DE ESO ENTRE NOSOTROS

Mientras suben a Jerusalén, Jesús va anunciando a sus discípulos el destino doloroso que le espera en la capital. Los discípulos no le entienden. Andan disputando entre ellos por los primeros puestos. Santiago y Juan, discípulos de primera hora, se acercan a él para pedirle directamente sentarse un día «el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».

A Jesús se le ve desalentado: «No sabéis lo que pedís». Nadie en el grupo parece entender que seguirlo de cerca colaborando en su proyecto siempre será un camino no de poder y grandezas, sino de sacrificio y cruz.

Mientras tanto, al enterarse del atrevimiento de Santiago y Juan, los otros diez se indignan. El grupo está más agitado que nunca. La ambición los está dividiendo. Jesús los reúne a todos para dejar claro su pensamiento.

Antes que nada les expone lo que sucede en los pueblos del Imperio romano. Todos conocen los abusos de Antipas y las familias herodianas en Galilea. Jesús lo resume así: los que son reconocidos como jefes utilizan su poder para «tiranizar» a los pueblos, y los grandes no hacen sino «oprimir» a sus súbditos. Jesús no puede ser más tajante: «Vosotros, nada de eso».

No quiere ver entre los suyos nada parecido: «El que quiera ser grande entre vosotros que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros que sea esclavo de todos». En su comunidad no habrá lugar para el poder que oprime, solo para el servicio que ayuda. Jesús no quiere jefes sentados a su derecha e izquierda, sino servidores como él que dan su vida por los demás.

Jesús deja las cosas claras. Su Iglesia no se construye desde la imposición de los de arriba, sino desde el servicio de los que se colocan abajo. No cabe en ella jerarquía alguna en clave de honor o dominación. Tampoco métodos y estrategias de poder. Es el servicio el que construye la Iglesia de Jesús.

Jesús da tanta importancia a lo que está diciendo que se pone a sí mismo como ejemplo, pues no ha venido al mundo para exigir que le sirvan, sino «para servir y dar su vida en rescate por todos». Jesús no enseña a nadie a triunfar en la Iglesia, sino a servir al proyecto del reino de Dios desviviéndonos por los más débiles y necesitados.

La enseñanza de Jesús no es solo para los dirigentes. Desde tareas y responsabilidades diferentes hemos de comprometernos todos a vivir con más entrega al servicio de su proyecto. No necesitamos en la Iglesia imitadores de Santiago y Juan, sino seguidores fieles de Jesús. Los que quieran ser importantes que se pongan a trabajar y colaborar.

José Antonio Pagola

Domingo 29º ordinario 21 de octubre – Koinonía

Is 53,10-11: Mi Siervo inocente rehabilitará a todos
Salmo 32:
 Que tu misericordia, Señor venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
Heb 4,14-16:
 Acerquémonos al trono de Dios
Mc 10,35-45:
 El Hijo del Hombre ha venido a dar la vida

El hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos.

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.» Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?» Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús replico: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Contestaron /: «Lo somos» «Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

COMENTARIO LITÚRGICO

La primera lectura de hoy, tomada de la segunda parte del libro de Isaías, nos habla de la misión del ‘siervo sufriente’, es decir, de aquel imaginado redentor del Pueblo de Dios que ofrece su vida para ver el nacimiento de una nueva posibilidad, de una nueva descendencia. Este poema nos habla más de esperanza, de tenacidad y de lucha que de sufrimiento pasivo o resignación. La misión del siervo del Señor no es ver su cuerpo destrozado, sino servir de puente para las nuevas generaciones de creyentes que se han de inspirar en su particular estilo de vida. Por esta razón la “nueva descendencia” no se refiere, ni en el texto ni en la interpretación cristiana, a los descendientes biológicos, sino a una nueva generación de personas comprometidas con la Causa de Dios en favor de su pueblo, el pueblo pobre, dolorido y oprimido.

El salmo nos sirve de puente entre la primera y la segunda lectura, al recordarnos que la Palabra de Dios se identifica por su capacidad para ayudarnos a reconocer la verdad. Una verdad que no es un asunto metafísico o etéreo, sino la encarnación del proyecto de Dios en la historia por medio de la justicia y el derecho.

El fragmentito de la carta a los Hebreos que hoy leemos nos recuerda que Jesús ha sido probado en todo igual que nosotros, por lo que podemos tener confianza de ser bien comprendidos. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de comprender a los débiles…

El evangelio, de Lucas, nos presenta una escena breve, un pasaje simple pero muy importante del mensaje de Jesús. Jesús establece con claridad su diferencia con el espíritu del mundo, el de los jefes de este mundo, que esclavizan a los suyos y se sirven de ellos; Jesús proclama que su actitud es exactamente la contraria: «No he venido a ser servido sino a servir», y «el que quiera ser grande, que sea el servidor de todos». Es un rasgo cristiano central, decisivo. Y sin complicaciones ni alambicamientos teóricos: no se trata de creer doctrinas, sino de centrar la propia vida sobre la base del amor-servicio. No un amor cualquiera (romántico, sentimental, de bellas palabras…), sino un amor que se expresa en el servicio. No insistiremos nunca demás en este principio central del evangelio, que Lucas nos recuerda hoy.

El penúltimo domingo de octubre la Iglesia Católica lo celebra como Domingo Mundial [«Do-Mund»] de las Misiones. Muchos de los católicos mayores recordamos que cuando fuimos niños, tal día como hoy, salimos a las calles, con una hucha en las manos, para hacer a los viandantes una cuestación económica en favor de las misiones. En algunas sociedades católicas de entonces, aquello formó parte de un «paisaje religioso urbano», de grato recuerdo, pero que ya desapareció. No se dejó de hacer simplemente por pereza, o por olvido… sino por razones de la secularización de la sociedad. Y hoy, con una perspectiva más amplia, vemos que no sólo han afectado las razones clásicas de la «secularización»; también han intervenido razones que se refieren a las «Misiones» mismas.

En un tiempo como el que vivimos, marcado radicalmente por el pluralismo religioso, y marcado también, crecientemente, por la teología del pluralismo religioso, el sentido de lo «misionero» y de la «universalidad cristiana» han cambiado, muy significativamente. Hasta ahora, en demasiados casos, lo misionero era sinónimo de «convertir» a los «gentiles» al cristianismo (al catolicismo concretamente en nuestro caso). Nosotros éramos la religión central, la (única) querida por Dios, y por tanto, la religión-destino de la humanidad. Todos los pueblos (universalidad) estaban destinados a abandonar su religión ancestral, y a hacerse cristianos (a «convertirse»). El «proselitismo», por cualquier medio que fuera posible, estaba justificado; más, era «lo mejor» que podíamos hacer por la humanidad: el fin justificaba los medios.

Todo esto, lógicamente, ha cambiado. Comprendemos perfectamente que las religiones y las culturas (todas, no sólo la nuestra) han vivido, desde sus orígenes, aisladas, con unos conocimientos muy rudimentarios, y sin sentido de pluralidad. Una especie de «efecto óptico» y, a la vez, una cierta ley de la «psicología evolutiva» de la humanidad, les ha hecho concebirse a sí mismas –cada una– como únicas, y como «centrales» (pensando cada una que eran el centro absoluto de la realidad), de la misma forma que cada uno de nosotros, cuando hemos sido niños/as, hemos comenzado a conocer la realidad siempre a partir de nuestro ego-centramiento psicológico inevitable, e igual también que todos los humanos han pensado que su terruño local, y hasta el planeta Tierra, eran el centro del mundo y hasta del cosmos… Sólo con la expansión del conocimiento y con la experiencia de la pluralidad, las personas, los pueblos y las culturas se han ido dando cuenta de que no son el centro, de que hay otros centros, y han sido capaces de madurar y de descentrarse de sí mismas reconociendo una realidad mayor.

Todas las religiones, no sólo la nuestra, están desafiadas a entrar en esta maduración y este reconocimiento de una perspectiva panorámica mucho más amplia que aquella en la que han vivido precisamente toda su historia, los varios milenios de su existencia. La religiosidad, la espiritualidad del ser humano, es mucho más amplia, y mucho más antigua (decenas de milenios al menos) que cualquiera de nuestras religiones. Un pensamiento religioso más sereno y maduro se inclina cada día más hacia una revalorización generosa de las otras religiones, y a una profundización del sentido de modestia y de pluralismo, que no es claudicación ante nada, sino apertura de corazón al llamado divino que hoy sentimos, vibrante y poderoso, hacia una convergencia universal que antes no acabábamos de captar.

Buen día hoy, el del DóMund, para presentar estos desafíos y para profundizarlos en la homilía, en la reunión de la comunidad, en el grupo de estudio, o en el aula con mis alumnos. No desaprovechemos la oportunidad para actualizar también nuestra visión personal en estos temas: hay muchas lecturas (véase, por ejemplo, en la RELaT –servicioskoinonia.org/relat– no pocos artículos sobre el tema: en el menú desplegable «selección por materias», escoger «Teología sistemática – Diálogo de religiones – Pluralismo religioso» y pulsar en «ir». También en servicioskoinonia.org/LibrosDigitales).

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 94, «A la derecha y a la izquierda», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El audio, el guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/94-a-la-derecha-y-a-la-izquierda

El joven rico – Fray Marcos

(Sab 7,7-11) «En comparación de la sabiduría, tuve en nada las riquezas.»

(Heb 4,12-13) «La Palabra es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo.»

(Mc 10,17-30) “Una cosa te falta, da lo que tienes a los pobres y sígueme”.

 

El rico y el pobre están a la misma distancia del Reino. El rico tiene que librarse de su riqueza y el pobre tiene que librarse de deseo de poseer.

Es un episodio entrañable, pero es muy ambiguo en la redacción y desconcertante en el desenlace. El hombre rico no se decide a dar el paso. Aunque lo verdaderamente importante es el motivo por el que se niega a seguir a Jesús: las riquezas. Para los judíos, las riquezas habían sido siempre signo de la bendición de Dios. Jesús no puede arremeter contra ellas y hacernos ver que son la causa de todos los males. Sabemos que fue un tema muy discutido entre los primeros cristianos. El relato nos deja ya una muestra de esta controversia.

El llegar corriendo indica gran interés y una urgente necesidad. El joven era rico, pero no las tenía todas consigo. Sin duda, el rico esperaba de Jesús algún precepto aún más difícil que los de Moisés, que estaría dispuesto a cumplir. Jesús no añade más preceptos sino una propuesta original. En vez de seguridades, confianza sin límites. En vez de cumplimiento de la Ley, seguimiento. Jesús sube a Jerusalén, va a la muerte. Seguir a Jesús supone estar dispuesto al fracaso. El arrodillarse es un signo exagerado de respeto y admiración.

“Heredar vida definitiva”. No está nada claro el sentido de esa expresión. El texto dice “zoe aionion” que es una expresión muy ambigua. Al traducirla la Vulgata por ‘vida eterna’ condicionó su sentido durante demasiado tiempo. En tiempo de Jesús significaba garantizar una existencia feliz más allá de la muerte. El rico ya tenía garantizada la existencia feliz en el más acá. Lo que busca en Jesús es asegurar la misma felicidad para el más allá. No podemos mantener hoy este significado, pero tampoco tenemos claro un sustituto.

Los mandamientos que Jesús le recuerda son los de la segunda tabla, es decir, los que se refieren al prójimo, no los que se refieren directamente a Dios. Esta enseñanza es original y exclusiva de Jesús. Para cualquier judío los más importantes eran los de la primera tabla, que se refieren a Dios. Está clara la intención de hacernos pensar en una nueva manera de religiosidad: la humanidad se manifiesta en la relación con los demás, no con Dios. Es imposible tener acceso a Dios si me desentiendo del próximo que me necesita.

¿Por qué me llamas ‘bueno’? El texto griego dice “agazos”, no “kalos” que él mismo se aplica. Jesús revela dónde está la verdadera pobreza. Él se siente vacío hasta de la misma bondad. El hombre ni es nada ni tiene nada, porque ni siquiera hay un sujeto (ego) capaz de ser o tener. Es difícil no dejarse atrapar por las riquezas, pero es mucho más difícil superar el sentimiento de superioridad. Lo nefasto será creerme bueno y con derechos ante Dios.

Una cosa te falta. Es lo verdaderamente importante del relato. Jesús no da importancia al cumplimiento de la Ley. Lo que le falta no es vender lo que tiene sino seguirle. El desprenderse de todo es una exigencia del seguimiento. Para ‘heredar la vida’ basta cumplir la Ley; para entrar en el Reino hay que preocuparse de los demás. Con todo, no está claro a qué se refiere Jesús. El joven le pregunta por una vida para el más allá y el texto sugiere que le responde con una invitación a seguir a Jesús en el grupo que le acompañaba.

¡Qué difícil será entrar en el Reino al que pone su confianza en las riquezas! Las riquezas en sí ni son buenas ni son malas. Es absurdo pesar que Dios prefiere que pasemos necesidades. El apego a las posesiones sin tener en cuenta al pobre o, peor aún, a costa de él es lo que impide al hombre alcanzar una meta verdaderamente humana. El desenlace es triste, pero el comentario que hace Jesús es aún más desolador. Los discípulos no están preparados para entender a Jesús y quedan hundidos en la miseria.

Entonces, ¿quién podrá ‘salvarse’? Los discípulos siguen pensando que es imposible subsistir sin seguridades. La pregunta no se refiere a quién podrá salvarse en el más allá, como la salvación tal como la entendemos hoy, sino quién podrá mantener una vida verdaderamente humana si se desprende de todo lo que tiene y no asegura su futuro. Así cobra sentido la respuesta de Jesús: “para los hombres, imposible, no para Dios”.

Estamos ante uno de los textos más difíciles de comprender de todo el evangelio. Llevamos veinte siglos dando tumbos entre la demagogia barata y el espiritualismo tranquilizador pero estéril. No podemos sacar una norma general de una propuesta individual. Si vende los bienes se supone que tiene que haber un comprador, que estará, de entrada, condenado. Jesús no puede dar una norma que, para poder cumplirla, exige que otro no la cumpla.

Buscar la propia salvación individual aquí abajo o en el más allá es la mejor señal de no haber superado el “ego”. El objetivo último de todo ser humano es la entrega incondicional al servicio del otro. El apego a las riquezas nace siempre del falso yo. Mientras exista la preocupación por uno mismo, no puede alcanzarse la meta. El obstáculo no son las riquezas sino la existencia del yo que me lleva a buscar seguridades para más acá o para el más allá.

Pensar que el rico está condenado y el pobre está salvado es demagogia. El hecho de tener o no tener bienes materiales no es lo significativo. El que no tiene nada, puede estar más apegado a los bienes que ambiciona que el rico a lo que posee. Lo difícil es mantener un equilibrio que nos permita cubrir las necesidades imprescindibles para mantener una sana biología y alcanzar una verdadera humanidad dándose al otro. Tanto el pobre como el rico tendrán que dar un paso para entrar en la dinámica del evangelio.

Otra trampa frecuente es creer que el evangelio propone solo la pobreza de espíritu. Según esta interpretación, no importa lo que hayas acumulado con tal de que tengas “espíritu cristiano”, lleves una vida “religiosa” y seas capaz de dar limosna y hacer “obras de caridad”. La Iglesia como institución ha caído en esta trampa. Bajo el pretexto de tener para dárselo a los pobres, no le ha importado acumular ingentes riquezas. No basta que la Iglesia atienda a los pobres. La Iglesia tiene que ser pobre y renunciar a las seguridades.

El relato no ofrece un cristianismo a dos velocidades. Los ‘consejos evangélicos’ serían un plus voluntario para los más decididos. Esto ha hecho mucho daño, porque ha dado motivo a la mayoría de cristianos para pensar que lo que dice el evangelio no va con ellos. Ha hecho daño también a los que optan por la vida religiosa, porque les ha hecho creer que son los perfectos y con más derechos ante Dios porque han renunciado a las posesiones materiales.

El fariseísmo que seguimos manteniendo en este tema es desconcertante. Seguimos buscando mil excusas para no vernos obligados a entrar en la dinámica del evangelio. Incluso cuando renunciamos al consumo o a las seguridades terrenas lo hacemos esperando que me lo paguen con creces en el más allá. Es un hecho que muchos de los puestos de la jerarquía se buscan expresamente para medrar y tener más dinero y más poder.

La propuesta de Jesús no conlleva ninguna renuncia. Si, al llevarla a la práctica, tenemos la sensación de perder algo es que no hemos comprendido nada. Se trata de elegir el camino que me lleve a la plenitud de humanidad. Como seres limitados, elegir un camino lleva consigo el renunciar a otro. En contra del sentir común, el renunciar a tener más no es de tontos, sino de personas muy despiertas. La sabiduría consistiría en la libertad de elección

Meditación

¿Qué sentido tiene emprender una carrera

si no tienes intención de llegar a la meta?

Es ridículo pensar que Dios nos exige renunciar a algo.

Tomar conciencia de lo que es mejor será el primer paso.

La plenitud de ser y los apegos son incompatibles.

Urteko 28. igandea – Domingo 28º T.O. José A. Pagola

B (Markos 10,17-30)

Evangelio del 14/octubre/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

JESUSEKIN KRISIALDIAN

Bideari ekin aurretik, ezezagun bat hurbildu zaio Jesusi, korrika. Itxuraz, presa du bere arazoa konpontzeko: «Zer behar dut egin betiko bizia heredatzeko?». Ez zaizkio axola bizitza honetako kontuak. Aberatsa da. Dena du konpondua.

Moisesen Legea proposatu dio Jesusek. Gauza bitxia bada ere, ez dizkio oroitarazi hamar aginduak, baizik lagun hurkoaren kontra aritzea eragozten dutenak soilik. Gazte hori gizon ona da, judu-erlijioaren betetzaile fina: «Hori guztia txikitandik bete dut».

Jesus begira-begira jarri zaio, maitasunez. Miresgarria da inori kalterik egin ez dion pertsona baten bizitza. Jesusek orain beregana erakarri nahi du gazte hori, gizatasun handiagoko mundu bat egiteko bere egitasmoan parte har dezan, eta proposamen harrigarri hau egin dio: «Gauza bat duzu falta: zoaz, saldu duzun guztia, eman dirua pobreei…eta, segidan, jarraitu niri».

Gauza askoren jabe da aberatsa, baina gauza bakar bat falta zaio: Jesusi benetan jarraitu ahal izatea. Gizon ona da gazte hori, baina diruari lotua. Bere aberastasunei uko egiteko eskatu dio Jesusek, eta pobreen zerbitzura jartzeko. Berea pobreekin partekatuz bakarrik jarraitu ahal izango dio Jesusi, honen egitasmoan parte hartuz.

Gaztea, ordea, ez da sentitu horretarako gai. Ongizatea du amesten. Ez du kemenik bere aberastasunik gabe bizitzeko. Ororen gain du jarria bere dirua. Eta uko egin dio Jesusi jarraitzeari. Korrika etorria zen, Jesusez gogo beroturik. Triste urrundu da orain. Ez du sentituko sekula Jesusen lankide izatearen poza.

Gaur egungo ekonomi krisialdi hau gonbita da Jesusen jarraitzaileontzat, bizitza neurritsuagoa egitera, eskura dugun eta duintasunez bizi ahal izateko beharrezkoa ez dugun hura premian direnekin partekatzera. Galdera zehatzak egin beharrean gara, une hauetan Jesusi jarraitu nahi badiogu.

Lehenengo gauza, diruarekin ditugun harremanak berrikustea da: zer egin geure diruarekin?, zertarako aurreztu?, zertan inbertitu?, zeinekin partekatu premiazkoa ez duguna? Ondoren, geure kontsumoa berrikustea da: erantzukizun handiagoz jokatzeko, eta bihozkadaka eta alferrik xahutzen ibili gabe: zer dut erosten?, non dut erosten?, zertako dut erosten?, zeini laguntzen ahal diogu behar duena erosten?

Geure bihotzondoan egin beharreko galderak ditugu; baita geure familietan, geure kristau-elkarteetan eta eliz erakundeetan ere. Ez dugu zertan egin keinu heroikorik, baina, ildo horretan pauso txiki batzuk ematen baditugu, ezagutuko dugu Jesusi jarraitzearen poza, pertsona batzuen krisia gizatarrago eta jasangarriago eginez. Horrela ez bada, kristau ontzat izango dugu geure burua, baina gure erlijioari poza faltako zaio.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

B (Markos 10,17-30)

Evangelio del 14/octubre/2018

CON JESÚS EN MEDIO DE LA CRISIS

Antes de que se ponga en camino, un desconocido se acerca a Jesús corriendo. Al parecer tiene prisa para resolver su problema: «¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?». No le preocupan los problemas de esta vida. Es rico. Todo lo tiene resuelto.

Jesús lo pone ante la Ley de Moisés. Curiosamente, no le recuerda los diez mandamientos, sino solo los que prohíben actuar contra el prójimo. El joven es un hombre bueno, observante fiel de la religión judía: «Todo eso lo he cumplido desde joven».

Jesús se le queda mirando con cariño. Es admirable la vida de una persona que no ha hecho daño a nadie. Jesús lo quiere atraer ahora para que colabore con él en su proyecto de hacer un mundo más humano, y le hace una propuesta sorprendente: «Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, dale el dinero a los pobres… y luego ven y sígueme».

El rico posee muchas cosas, pero le falta lo único que permite seguir a Jesús de verdad. Es bueno, pero vive apegado a su dinero. Jesús le pide que renuncie a su riqueza y la ponga al servicio de los pobres. Solo compartiendo lo suyo con los necesitados podrá seguir a Jesús colaborando en su proyecto.

El hombre se siente incapaz. Necesita bienestar. No tiene fuerzas para vivir sin su riqueza. Su dinero está por encima de todo. Renuncia a seguir a Jesús. Había venido corriendo entusiasmado hacia él. Ahora se aleja triste. No conocerá nunca la alegría de colaborar con Jesús.

La crisis económica nos está invitando a los seguidores de Jesús a dar pasos hacia una vida más sobria, para compartir con los necesitados lo que tenemos y sencillamente no necesitamos para vivir con dignidad. Hemos de hacernos preguntas muy concretas si queremos seguir a Jesús en estos momentos.

Lo primero es revisar nuestra relación con el dinero: ¿qué hacer con nuestro dinero? ¿Para qué ahorrar? ¿En qué invertir? ¿Con quiénes compartir lo que no necesitamos? Luego revisar nuestro consumo para hacerlo más responsable y menos compulsivo y superfluo: ¿qué compramos? ¿Dónde compramos? ¿Para qué compramos? ¿A quiénes podemos ayudar a comprar lo que necesitan?

Son preguntas que hemos de hacernos en el fondo de nuestra conciencia y también en nuestras familias, comunidades cristianas e instituciones de Iglesia. No haremos gestos heroicos, pero, si damos pequeños pasos en esta dirección, conoceremos la alegría de seguir a Jesús contribuyendo a hacer la crisis de algunos un poco más humana y llevadera. Si no es así, nos sentiremos buenos cristianos, pero a nuestra religión le faltará alegría.

José Antonio Pagola