Semana del 6 al 12 de noviembre – Ciclo C
Domingo 32º de Tiempo Ordinario

2 Macabeos 7,1-2.9-14: El rey del universo nos resucitará
Salmo 17: Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor
2 Tesalonisenses 2,16–3,5: El Señor les dará fuerza para el bien
Lucas 20,27-38: Dios es Dios de vivos

2 Macabeos 7,1-2.9-14:

El rey del universo nos resucitará para una vida eterna

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley.

Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.»

El segundo, estando para morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.»

Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.»

El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos.

Cuando murió este, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida.»

Salmo responsorial: 17

Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mi suplica, que en mis labios no hay engaño. R.

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos, y no vacilaron mis pasos. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. R.

Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme. Yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante. R.

2Tesalonicenses 2, 16-3, 5

El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas

Hermanos: Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.

Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados, porque la fe no es de todos.

El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno.

Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado.

Que el Señor dirija vuestro corazón, para que améis a Dios y tengáis la constancia de Cristo.

Evangelio.-Lucas 20, 27-38

No es Dios de muertos, sino de vivos

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»

Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»

COMENTARIO LITÚRGICO

Los saduceos eran los más conservadores en el judaísmo de la época de Jesús. Pero sólo en sus ideas, no en su conducta. Tenían como revelados por Dios sólo los primeros cinco libros de la Biblia, que atribuían a Moisés. Los profetas, los escritos apocalípticos, todo lo referente por tanto al Reino de Dios, a las exigencias de cambio en la historia, a la otra vida… lo consideraban ideas “liberacionistas” de resentidos sociales. Para ellos no existía otra vida, la única vida que existía era la presente, y en ella eran realmente los privilegiados –tal vez por eso, pensaban que no había que esperar otra–.

A esa manera de pensar pertenecían las familias sacerdotales principales, los «ancianos», o sea, los jefes de las familias aristocráticas, y tenían sus propios escribas que, aunque no eran los más prestigiados, les ayudaban a fundamentar teológicamente sus aspiraciones a una buena vida. Las riquezas y el poder que tenían eran muestra de que eran los preferidos de Dios. No necesitaban esperar otra vida. Gracias a eso mantenían una posición cómoda: por un lado, la apariencia de piedad; por otro, un estilo de vida de acuerdo a las costumbres paganas de los romanos, sus amigos, de quienes recibían privilegios y concesiones que agrandaban sus fortunas.

Los fariseos eran lo opuesto a ellos, tanto en sus esperanzas como en su estilo de vida austero y apegado a la ley de la pureza. Una de las convicciones que tenían más firmemente arraigadas era la fe en la resurrección, que los saduceos rechazaban abiertamente por las razones expuestas anteriormente. Pero muchos concebían la resurrección como la mera continuación de la vida terrena, sólo que para siempre, ya sin muerte.

Jesús estaba ya en la recta final de su vida pública. El último servicio que estaba haciendo a la Causa del Reino –en lo que se jugaba la vida–, era desenmascarar las intenciones torcidas de los grupos religiosos de su tiempo. Había declarado a los del Sanedrín incompetentes para decidir si tenían o no autoridad para hacer lo que hacían; a los fariseos y a los herodianos los había tachado de hipócritas, al mismo tiempo que declaraba que el imperio romano debía dejar a Dios el lugar de rey; ahora se enfrentó con los saduceos y dejó en claro ante todos la incompetencia que tenían incluso en aquello que consideraban su especialidad, la ley de Moisés.

La posición de Jesús en este debate con los saduceos puede sernos iluminadora para los tiempos actuales. También nosotros, como la sociedad culta que actualmente somos, podemos reaccionar con frecuencia contra una imagen demasiado fácil de la resurrección. Cualquiera de nosotros puede recordar las enseñanzas que respecto a este tema recibió en su formación cristiana de catequesis infantil, la fácil descripción que hasta hace 50 años se hacía de lo que es la muerte (separación del alma respecto del cuerpo), lo que sería el «juicio particular», el «juicio universal», el purgatorio (si no el limbo, que fue oficialmente «cerrado» por la Comisión Teológica Internacional del Vaticano hace unos pocos años), el cielo y el infierno (¡!)…

La teología (o simplemente la imaginería) cristiana, tenía respuestas detalladas y exhaustivas para todos estos temas. Creía saber casi todo respecto al más allá, y no hacía gala precisamente de sobriedad ni de medida. Muchas personas «de hoy», con cultura filosófica y antropológica (o simplemente con «sentido común actualizado») se ruborizan de haber creído semejantes cosas, y se rebelan, como aquellos saduceos coetáneos de Jesús, contra una imagen tan plástica, tan incontinente, tan maximalista, tan fantasiosa, y para más inri, tan segura de sí misma. De hecho, en el ambiente general del cristianismo, se puede escuchar hoy día un prudente silencio sobre estos temas, otrora tan vivos y hasta tan discutidos. En el acompañamiento a las personas con expectativas próximas de muerte, o en las celebraciones en torno a la muerte, no hablamos ya de la muerte ni de la suerte de los difuntos de la misma manera que hace unas décadas. Algo se está curvando epistemológicamente en la cultura moderna, que nos hace sentir pudorosamente la necesidad de no repetir ya lo que nos fue dicho, sino de revisar y repensar con más continencia lo que podemos decir/saber/esperar.

Como a aquellos saduceos, tal vez hoy Jesús nos dice a nosotros: «no saben ustedes de qué están hablando…». Qué sea el contenido real de lo que hemos llamado tradicionalmente «resurrección», no es algo que se pueda describir, ni detallar, ni siquiera «imaginar». Tal vez es un símbolo que expresa un misterio que apenas podemos intuir, pero no concretar. Una resurrección entendida directa y llanamente como una «reviviscencia», aunque sea espiritual (que es como la imagen funciona de hecho en muchos cristianos formados hace tiempo), hoy no parece sostenible, críticamente hablando.

Tal vez nos vendría bien a nosotros una sacudida como la que dio Jesús a los saduceos. Antes de que nuestros contemporáneos pierdan la fe en la resurrección y con ella, de un golpe, toda la fe, sería bueno que hagamos un serio esfuerzo por purificar nuestro lenguaje en torno la resurrección y por poner por delante, modesta y pudorosamente, su carácter mistérico. Fe sí, pero no una fe perezosa y fundamentalista, sino una fe seria, sobria, crítica y responsable. Hay libros adecuados para actualizarse y profundizar en estos temas, que recomendamos más abajo.

DOMINGO 31 (C) Fray Marcos

(Sab 11,22-12,2)»Te compadeces de todos porque todo lo puedes»

(2 Tes 1,11-2,2)… que así, Jesús sea vuestra gloria y vosotros seáis la gloria de él

(Lc 19,1-10) «El Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido.»

Salvarse es compartir. Cuando pones a disposición de los demás todo lo que tienes y todo lo que eres, manifiestas tu plenitud.

Una vez más se manifiesta la actitud de Jesús hacia los excluidos, que hemos catalogado como malos. Está denunciando nuestra manera de proceder equivocada, es decir, no acorde con el espíritu de Jesús. Cuando el relato lo encontramos solo en Lucas, que fue el último de los tres sinópticos en escribir su evangelio, es muy probable que no sea una tradición original, sino que se formó en algún momento de la trayectoria de esa comunidad. Seguramente para responder a problemas que surgieron dentro del grupo. Que sea o no histórico no es lo importante, lo que importa son las enseñanzas que quiere trasmitirnos.

Poco antes decir Jesús: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! Aquí llega la salvación a un rico, que además es pecador público. En las primeras comunidades no había ni publicanos ni ricos. Todos eran pobres judíos que buscaban en Jesús una liberación que no encontraban en su religión. Pero cuando se escribe este evangelio ya se estaban incorporando judíos ricos y gentiles que están representados por Zaqueo. Estos daban el salto al seguimiento sin tener que abandonar su situación social y su trabajo. La única exigencia: salir de la injusticia y pasar a compartir lo que tienen con los que no tienen nada.

En el relato hay que presuponer más cosas y más importantes de las que dice: ¿Por qué Zaqueo tiene tanto interés en conocer a Jesús, aunque sea de lejos? ¿Cómo es que Jesús conoce su nombre? ¿Cómo tiene tanta confianza Jesús para autoinvitarse a hospedarse en su casa? ¿Qué diálogo se desarrolló entre Jesús y Zaqueo para que éste haga una promesa tan radical y solemne? Solo las respuestas a estas preguntas darían sentido a lo que sucedió. Pero es ese itinerario interno de ambos, el que marca la relación profunda entre Jesús y Zaqueo.

La reflexión de este domingo conecta con la del domingo pasado: el fariseo y el publicano. ¿Os acordáis? El creernos seguros de nosotros mismos nos lleva a despreciar a los demás, a no considerarlos; sobre todo, si de antemano los hemos catalo­gado como «pecadores». Incluso nos sentimos aliviados porque no alcanzan la perfec­ción que nosotros creemos haber alcanzado, y de esta manera podremos seguir mirándolos por encima del hombro. “Todos murmuraban diciendo: ha entrado a comer en casa de un pecador”.

Podemos imaginar la cara de extrañeza y de alegría cuando oye a Jesús llamarle por su nombre; lo que significaría para él, que alguien, de la categoría de Jesús, no solo no le despreciase, sino que le tratara incluso con cariño. Zaqueo se siente aceptado como persona, recupera la confianza en sí mismo y responde con toda su alma a la insinuación de Jesús. Por primera vez no es despreciado por una persona religiosa. Su buena disposición encuentra acogida y se desborda en total apertura a la verdadera salvación.

Una vez más utiliza Lucas la técnica del contraste para resaltar el mensaje. Dos extremos que podíamos denominar Vida-Muerte. Vida en Jesús, abriéndose a otro hombre con limitaciones radicales. Vida en Zaqueo que, sin saber muy bien lo que buscaba en Jesús, descubre lo que le restituye en su plenitud de humanidad y lo manifiesta con la oferta de una relación más humana con aquellos con los que había sido más inhumano. Muerte en la multitud que, aunque sigue a Jesús físicamente, con su opacidad impide que otros lo descubran. Muerte en “todos”, escandalizados de que Jesús ofrezca Vida al que solo merecía desprecio.

¿Hemos actuado nosotros como Él, a través de los dos mil años de cristianismo? ¿Cuántas veces con nuestra actitud de rechazo truncamos esa buena disposición inicial y conseguimos desbaratar una posible liberación?  Al hacer eso, creemos defender el honor de Dios y el buen nombre de la Iglesia. Pero el resultado final es que no buscamos lo que estaba perdido y, como consecuencia, la salvación no llega a aquellos que sinceramente la buscan. Como Zaqueo, hoy muchas personas se sientes despreciadas por los dirigentes religiosos, y además, los cristianos con nuestra actitud, seguimos impidiéndoles ver al verdadero Jesús.

Muchas personas que han oído hablar de Jesús quisieran conocerlo mejor, pero se interpone la “muchedumbre” de los cristianos. En vez de ser un medio para que los demás conozcan a Jesús, somos un obstáculo que no deja descubrirlo. ¡Cuento tendría que cambiar nuestra religión para que en cada cristiano pudiera descubrirse a Cristo! Estar abiertos a los demás, es aceptar a todos como son, no acoger solamente a los que son como yo. Si la Iglesia propone la actitud de Jesús como modelo, ¿por qué se parece tan poco nuestra actitud a la de Jesús?

Siempre que se ha consumado una división entre cristianos, habría que preguntarse quién tiene más culpa, el que se equivoca, pero defiende su postura con honradez o la intransigencia de la iglesia oficial, que llena de desespe­ranza a los que piensan de distinta manera. Lutero no pretendía una separación de Roma, sino una purificación de los abusos que los jerarcas de la iglesia estaban cometiendo. ¿Quiere decir esto que Lutero era el bueno y el Papa el malo? Ni mucho menos; pero con más comprensión y menos soberbia, se hubiera evitado la división.

Hacer nuestro el espíritu de Jesús es caminar por la vida con el corazón y los brazos siempre abiertos. Estar siempre alerta a los más pequeños signos de búsqueda. Acoger a todo el que venga con buena voluntad, aunque no piense como nosotros; incluso aunque esté equivocado. Estar siempre dispuestos al diálogo y no al rechazo o la imposición. Descubrir que lo más importante es la persona, no la doctrina ni la norma ni la ley.

No acogemos a los demás, no nos paramos a escuchar, no descubrimos esa disposición inicial que puede llevar a una conversión. La acogida con sencillez tenía que ser la postura de los seguidores de Jesús. Apertura incondicional a todo el que llega a nosotros con ese mínimo de disposición, que puede reducirse a simple curiosidad, como en el caso de Zaqueo; pero que puede ser el primer paso de un auténtico cambio. No terminar de quebrar la caña cascada, no apagar la mecha que todavía humea, ya sería una postura interesante; pero hay que ir más allá. Hay que tratar de restablecer y vendar la caña cascada y avivar la mecha que se apaga.

El final del relato no tiene desperdicio: “He venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. ¿Cuándo nos meteremos esto en la cabeza? Jesús no tiene nada que hacer con los perfectos. Solo los que se sienten perdidos, podrán ser encontrados por él. Esto no quiere decir que Jesús tenga la intención de restringir su misión. Lo que el relato deja claro es que todos necesitamos avanzar. Solo el que tiene conciencia de estar enfermo buscará un médico.

El relato desmonta el cacareado discurso populista de que Jesús hizo una opción preferencial por los pobres. Sería cierto si entendemos por pobreza la carencia de humanidad. Jesús intentó librar a hombre de su pobreza material que le impedía desplegar su propia humanidad y a liberar al rico de su riqueza que también le impide ser humano con los demás. Es fácil liberar al pobre de su pobreza que no depende de él y está deseando superar. Es más difícil liberar al rico porque está encantado con sus privilegios y no desea otra cosa.

Urteko 31. igandea – C (Lukas 19,1-10)

JESUSEK MAITE DITU ABERATSAK

Kontaera ezaguna da Jesusek Zakeo aberatsarekin egindako topo egitearena. Lukasek asko landu du eszena; kezkaturik dago, nonbait, familia aberats batzuek lehen kristau-elkarteetan txertatzeko duten zailtasunaz.

Zakeo gizon ezaguna da Jerikon. «Altueraz txikia», baina «zerga-biltzaileen buruzagi» boteretsua; bidegurutze garrantzizko batean merkantzien igaropena kontrolatzen dutenena, alegia. Ez da pertsona batere maitea. Jendeak «bekaritzat» hartua du, baztertutzat Elkargotik. Gainerako jendea ustiatuz bizi da. «Ez da Abrahamen seme».

Halaz guztiz, gizon honek «Jesus ikusi nahi du». Hartaz hitz egiten entzun du, baina ez du ezagutzen. Ez dio axola barregarri jokatzea, bere duintasunari ez dagokion moduan: mutil koxkor bat bezala, «korrika» doa guztiei aurrea hartzeko, eta «pikondo baten gainera igo da». Jesus «ikusi» nahi du soilik. Segur aski, berak ere ez daki bake bila dabilela, egia bila, bizitzari zentzu bat emango dion zerbaiten bila.

Jesusek, puntu hartara iristean. «gora begiratu du» eta Zakeo ikusi. Kontaerak begirada arteko trukea iradokitzen du behartsuen defendatzaile haren eta aberats ustiatzaile haren artean. Bere izenaz dei egin dio Jesusek: «Zakeo, jaitsi zaitez berehala». Ez da denbora galtzeko tenorea. «Gaur berean zure etxean egon nahi dut ostatuz, zurekin egoteko». Aberats honen munduan sartu nahi du Jesusek.

Zakeok pozik asko ireki dio etxeko atea. Diruaren eta boterearen bere munduan sartzen utzi dio; bitartean, Jerikon guztiek kritikatu dute Jesus «bekatari baten etxean» sartu delako.

Jesusekin harremanetan jartzean, aldatu egin da Zakeo. «Behartsuengan» pentsatzen hasi da; beraiekin partekatuko ditu bere ondasunak. Gogoratu da bere negozioen biktima izan direnez: gaindika itzuliko die lapurtu izan diena. Jesusi bere bizitzan egia, zuzentasuna eta gupida sar ditzan utzi dio. Beste bat sentitzen da Zakeo. Dena da posible Jesusekin.

Pozik da Jesus «salbazioa» etxe boteretsu eta aberats horretara ere iritsi delako. Horretarako etorria da bera: «galdua denaren bila eta hura salbatzera». Egiatia da Jesus: diruaren esklabo direnen bizitza galdua da, egiarik gabeko bizitza, zuzentasunik gabea, sufritzen ari direnez gupida gabea. Baina Jesusek maite ditu aberatsak. Ez du nahi haietako inork bere bizia gal dezan. Bere munduan sartzen utziko dion aberats orok esperimentatuko du Jesusen indar salbatzailea.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

JESÚS AMA A LOS RICOS

El encuentro de Jesús con el rico Zaqueo es un relato conocido. La escena ha sido muy trabajada por Lucas, preocupado tal vez por la dificultad que encontraban algunas familias ricas para integrarse en las primeras comunidades cristianas.

Zaqueo es un rico bien conocido en Jericó. «Pequeño de estatura», pero poderoso «jefe de los recaudadores» que controlan el paso de mercancías en una importante encrucijada de caminos. No es un hombre querido. La gente lo considera «pecador», excluido de la Alianza. Vive explotando a los demás. «No es hijo de Abrahán».

Sin embargo, este hombre quiere ver «quién es Jesús». Ha oído hablar de él, pero no lo conoce. No le importa hacer el ridículo actuando de manera poco acorde con su dignidad: como un chiquillo más, «corre» para tomar la delantera a todos y «se sube a una higuera». Solo busca «ver» a Jesús. Probablemente ni él mismo sabe que está buscando paz, verdad, un sentido más digno para su vida.

Al llegar Jesús a aquel punto, «levanta los ojos» y ve a Zaqueo. El relato sugiere un intercambio de miradas entre el profeta defensor de los pobres y aquel rico explotador. Jesús lo llama por su nombre: «Zaqueo, baja enseguida». No hay que perder más tiempo. «Hoy mismo tengo que alojarme en tu casa y estar contigo». Jesús quiere entrar en el mundo de este rico.

Zaqueo le abre la puerta de su casa con alegría. Le deja entrar en su mundo de dinero y poder, mientras en Jericó todos critican a Jesús por haber entrado «en casa de un pecador».

Al contacto con Jesús, Zaqueo cambia. Empieza a pensar en los «pobres»: compartirá con ellos sus bienes. Se acuerda de los que son víctimas de sus negocios: les devolverá con creces lo que les ha robado. Deja que Jesús introduzca en su vida verdad, justicia y compasión. Zaqueo se siente otro. Con Jesús todo es posible.

Jesús se alegra porque la «salvación» ha llegado también a esa casa poderosa y rica. A esto ha venido él: «a buscar y salvar lo que está perdido». Jesús es sincero: la vida de quienes son esclavos del dinero son vidas perdidas, vidas sin verdad, sin justicia y sin compasión hacia los que sufren. Pero Jesús ama a los ricos. No quiere que ninguno de ellos eche a perder su vida. Todo rico que le deje entrar en su mundo experimentará su fuerza salvadora.

José Antonio Pagola

Semana del 30 de octubre al 5 de noviembre   – Ciclo C
Domingo 31º de Tiempo Ordinario

Sabiduría 11,22–12,2: Dios ama a todas sus criaturas
Salmo 145: Te ensalzaré, Dios mío, mi rey
2 Tesalonicenses 1,11–2,2: No pierdan la cabeza por supuestas revelaciones
Lucas 19:1-10: El Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido

Sabiduría 11, 22-12,2

Te compadeces, Señor, de todos, porque amas a todos los seres

Señor, el mundo entero es ante ti como grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra.

Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan.

Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado.

Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido?

¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieses llamado?

Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida.

Todos llevan tu soplo incorruptible.

Por eso, corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor.

Salmo responsorial: 145

Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. R.

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas. R.

El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan. R.

2Tesalonicenses 1, 11-2, 2

Que Cristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él

Hermanos: Pedimos continuamente a Dios que os considere dignos de vuestra vocación, para que con su fuerza os permita cumplir buenos deseos y la tarea de la fe; para que así Jesús, nuestro Señor, sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.

Os rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor está encima.

Evangelio.- Lucas 19, 1-10

El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.

Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.»

Él bajo en seguida y lo recibió muy contento.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.»

Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.»

Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán.

Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

COMENTARIO LITÚRGICO

El evangelio es pedagogía para la comunidad creyente. Así, el relato de Jesús y Zaqueo no es únicamente otro episodio del ministerio de Jesús en Lucas, sino un paso más en el itinerario de su enseñanza. Jesús visita a Zaqueo y, sin mediar palabra del maestro, éste declara: «Daré la mitad de mis bienes a los pobres, y a quien haya defraudado le devolveré cuatro veces más». Pero ¿qué tiene que ver el proyecto de Jesús y las relaciones económicas? ¿Por qué habla así Zaqueo? Uno de los temas principales en el evangelio de Lucas es la crítica del amor al dinero y al abuso hacia las personas débiles. Una mirada rápida a la proclamación del Jubileo (Lc 4,16-21), las bendiciones a los empobrecidos y maldiciones a los acapadores (Lc 6,20-21 y 24), así como la crítica a la acumulación de bienes y la opulencia (Lc 12,13-21 y 33-34; 18,18-27), evidencian la fuerte oposición entre el proyecto de Jesús y el abuso económico nacido del amor a las riquezas.

Con el relato de Zaqueo el evangelista hace pedagogía: invita a su comunidad a comprender que el seguimiento de Jesús implica reconocer el mal de la avaricia y la opresión, así como la construcción de una sociedad alejada de dichas prácticas. Zaqueo es modelo en dos aspectos. Representa la acumulación injusta que hace más vulnerables especialmente a las personas débiles –era cobrador de impuestos al servicio de las autoridades– encareciendo aún más la vida de sus compatriotas. Pero también Zaqueo es modelo de la persona/comunidad que entiende la fundamental contradicción entre abuso económico y proyecto de Dios, y se ve llamado a cambiar las realidades injustas de su sociedad con actos concretos. Sólo dicha conversión lleva a Jesús a proclamar: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa».

Hoy vivimos bajo una situación grave de opresión económica y culto al dinero, sufrida de manera gravosa y particular por las multitudes de personas en pobreza, miseria y explotación en América Latina. La insistencia en la implementación del modelo capitalista, impuesto a la fuerza por élites políticas y económicas, nos recuerda una vez más la pertinencia de un texto como el de Zaqueo: no llegará la Salvación a nuestra Casa común hasta que no llegue la justicia, hasta que no se devuelva lo defraudado a todas las personas explotadas por el modelo social actual. Dios, como ‘amigo de la vida’ (Sab 11,26), aparece en Lucas como amigo de la vida digna, aquella que da paz, pan, salud y bienestar para todos y todas. ¿Por qué muchas personas reducen la vida digna a la tenencia de bienes?

 

DOMINGO 30 (C) Fray Marcos

(Eclo 35, 12-14.16-18) el Señor es un Dios justo que no puede ser parcial.

(2Tim 4 6-8; 16-18) He combatido y alcanzado la meta, manteniendo la fe.

(Lc 18,9-14) El publicano bajó justificado y el fariseo no.

Dios no tiene que justificarme ni condenarme. Soy yo quien tiene que descubrir su amor incondicional y vivirlo.

Hoy tenemos dos inconvenientes. Primero que  se trata de una parábola y la parábola tiene un único mensaje. El resto es relleno. Segundo, en todo el NT enseña la patita el maniqueísmo. Lo tenemos metido hasta el tuétano. Bueno – malo, espíritu – materia, luz –tiniebla. Pero resulta que nada es blanco o negro. La realidad es una serie infinita de grises. Hoy se nos invita a ponernos de parte del publicano y en contra del fariseo y nos quedamos todos tan anchos. El fariseo tiene muchas cosas buenas que pasamos por alto y el publicanos tiene muchas cosas malas que voluntariamente olvidamos.

Lucas en la introducción a la parábola lo deja claro: “por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás” El fariseo se siente excelente y falla en su apreciación. El publicano se siente pecador y falla al considerar que Dios está lejos de él, por eso tiene que insistir en pedir un perdón que Dios ya le ha otorgado. Lo más normal de mundo sería alabar al que era bueno y criticar al malo, pero a los ojos de Dios todo es diferente. Dios es el mismo para los dos, uno le acepta por su gratuidad, el otro pretende poner a Dios de su parte por la bondad de sus obras.

Este mensaje se repite muchas veces en los evangelios. Recordemos la frase de Mateo: “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios”. ¿A quién dijo eso Jesús? A los cumplidores de toda la Ley, que hoy serían los religiosos de todas las categorías. Aún hoy, desde nuestra visión raquítica del hombre y de Dios, nos resulta inaceptable esta idea. Seguimos juzgando por las apariencias sin tener en cuenta las actitudes personales, que son las que de verdad califican las acciones de las personas. Y lo que es peor, nos preocupa más lo que hacemos que lo que sentimos.

Dios está cerca de los dos, pero el publicano reconoce que la cercanía de Dios es debido a su amor incondicional. En consecuencia el publicano está más cerca de Dios a pesar de sus pecados. El fariseo cree que Dios tiene la obligación de amarle porque se lo ha ganado. “Los buenos de toda la vida” tienen mayor peligro de entrar en esta dinámica. Si nos atreviésemos a pensar, descubriríamos lo absurdo de esa postura. Todo lo bueno que puedo descubrir en mí, viene de Él, que desde lo hondo de mi ser lo posibilita.

Dios no me quiere porque soy bueno sino porque Él es amor. Si parto del razonamiento farisaico, resultaría que el que no es bueno no sería amado por Dios, lo cual es un disparate. Este razonamiento parte de la visión ancestral que los seres humanos tenían de Dios, pero tenemos que dar un salto en nuestra concepción de un dios separado y ausente, que exige nuestro vasallaje para estar de nuestra parte. Dios no me puede considerar un objeto porque nada hay fuera de Él. El fallo más grave que podemos cometer como seres humanos es precisamente considerarnos algo al margen de Dios.

Dios me está aportando lo que soy antes de empezar a existir, es ridículo que pueda merecerlo. Lo que sí puedo y debo hacer es responder conscientemente a ese don y tratar de agradecerlo, desplegándolo en mi vida. Si no respondo adecuadamente a lo que Dios es para mí, la única actitud adecuada es reconocerlo, pedirle perdón y agradecerle que siga amándome a pesar de todo. Estas simples reflexiones me llevarán a la consecuencia de que no tengo que ser bueno para que Dios me ame, porque Él me quiere y no puede fallarme. Voy a intentar ser agradecido fallándole menos.

También tendrían consecuencias para nuestra relación con los demás. Amar al que se porta bien conmigo, no tiene ningún valor. Es lo que hacemos todos, pero tenemos que revisar esa actitud. Si me porto humanamente con aquel que no se lo merece, estaré dando un salto de gigante en mi evolución hacia la plenitud. Ser más humanos me hace a la vez, más divino. Hemos interiorizado que debíamos actuar divinamente, aunque ese intento llevara consigo el olvidarse de nuestra humanidad. Los altares están llenos de santos que se olvidaron por completo de las relaciones verdaderamente humanas.

El evangelio nos propone dos modos de orar, no solo distintos sino completamente contrarios. Cada oración manifiesta la idea de Dios que tiene uno  y otro. Para uno se trata de un Dios justo, que me da lo que merezco. Para el otro, Dios es amor que llega a mí sin merecerlo. Ojo al dato, porque todos estamos más cerca del fariseo que del publicano. Una vez más tengo que advertir de la importancia de hacer una reflexión seria sobre este asunto. No basta ser bueno por una acomodación estricta a la norma. Hay que ser humano, respondiendo a las exigencias de nuestro auténtico ser.

He tenido problemas serios cada ver que he dicho que Dios ama a todos de la misma manera. La respuesta automática era: “Dios es amor, pero es también justicia”. Implícitamente me estaban diciendo: ¿Cómo me va a amar Dios a mí, que cumplo su santa voluntad, igual que a ese desgraciado que no cumple nada de lo que Él manda? Una vez más estamos exigiendo a Dios que sea justo a nuestra manera. Para superar esta tentación debemos abandonar la idea de una religión que me viene de fuera. El hecho de que venga de Dios no cambia la mezquindad de la perspectiva.

Debemos descubrir la bondad de lo mandado y no conformarnos con el cumplimiento de la norma. Ese descubrimiento no es tan fácil como parece. Ningún acto u omisión son buenos porque están mandados. Están mandados porque lo exige mi ser más profundo, más allá de mi ego superficial. Para descubrir esas exigencias tengo que aprovecharme de la experiencia de aquellos que lo han descubierto, pero en ningún caso quedo dispensado de experimentarlo por mí mismo. Sin esa experiencia toda la religiosidad se queda reducida un puro ropaje externo que no toca lo profundo de mi ser.

El desaliento que a veces nos invade, es consecuencia de un desenfoque espiritual. Nada tienes que conseguir ni por ti mismo ni de Dios. Dios ya te lo ha dado todo y te ha capacitado para desplegar todo tu ser. No tengas miedo a nada ni a nadie. Tu ser profundo no lo puede malear nadie, ni siquiera tú mismo. Tus fallos son solo la demostración de que no has descubierto lo que eres, pero las posibilidades de descubrir esa plenitud, sigue intactas. Las limitaciones que descubro cada día y que tanto nos hacen sufrir, no pueden malograr todas las posibilidades que me acompañan siempre.

Cuando te sientas abrumado por tus fallos, descubre que para Dios eres siempre el mismo, único, irrepetible, necesario para el mundo y para Dios. La autoestima es imprescindible para poder desarrollarte, pero nunca puede apoyarse en las cualidades que puedes tener o no tener. Esa pretensión de apoyar la autoestima en las cualidades adquiridas o por adquirir, no llevará siempre a un rotundo fracaso. Tomar conciencia de que lo que soy no depende de mí, es la clave para una total seguridad en lo que soy.

Urteko 30. igandea – C (Lukas 18,9-14)

HARRIGARRIA

Jesusen parabola hau harrigarrienetakoa izan zen. Fariseu otoizlari bat eta zerga-biltzaile bat tenplura igo dira, otoitz egitera. Zein erreakzio izango du Jainkoak biziera hain kontrako eta desberdineko diren pertsona bi hauen aurrean?

Fariseua zutik ari da otoitzean, seguru eta inongo beldurrik gabe. Kontzientziak ez dio ezer leporatzen. Ez da hipokrita. Dioena egia da. Leial betetzen du Legea, eta, are, gainditu egiten du. Ez dio bere buruari merezimendurik aitortzen, baizik eta Jainkoari eskertzen dio den-dena: «Ene Jainko, eskerrak demazkizut». Gizon hau santu ez bada, zein izan daiteke? Seguru da izango duela Jainkoaren bedeinkazioa.

Zerga-biltzailea, aitzitik, txoko batean ari da. Ez dago eroso leku santu horretan. Ez du bere lekua. Ez da ausartzen begiak lurretik jasotzera ere. Bularra jo eta jo, eta bere bekatua aitortzen du. Ez du ezer promes egiten. Ezin utzi du bere lanbidea, ezta itzuli ere lapurtu duena. Ezin aldatu du bizieraz. Ez du ikusten bere burua Jainkoaren errukian uztea beste biderik: «Ene Jainko, izan ezazu erruki nitaz, bekatari naiz eta». Inork ez luke egon nahi haren larruan. Jainkoak ezin onetsi du haren jokabidea.

Bat-batean, baieztapen harrigarri eta nahasgarri batez konkluditu du Jesusek parabola: «Nik diotsuet, zerga-biltzaile hau zuzenetsirik itzuli zela etxera, eta fariseua ez». Entzuleei huts egin diete beren eskema guztiek. Nolatan esan dezake Jesusek Jainkoak ez duela onartu gizon otoizlaria eta, aitzitik, bere onginahia eskaini diola bekatariari? Ez al da ari Jesus suarekin jostatzen? Egia ote da, gauza erabakitzailea, azkenean, ez dela norberaren biziera erlijiosoa, baizik eta Jainkoaren erruki ezin atzemana?

Egia bada Jesusek dioena, Jainkoaren aurrean ez dago segurtasunik inorentzat, santurik santuena dela uste izanik ere. Guztiok dugu Jainkoaren errukira jo beharra. Norbait bere buruarekin onik sentitzen denean, bere bizitzari egozten dio den-dena eta ez du sumatzen beste ezeren beharrik. Norbaitek bere kontzientziak akusatzen duela eta aldatzeko gaitasunik ez duela sentitzean, Jainkoaren gupidara jo beharra bakarrik sentitzen du, eta gupidara bakarrik.

Bada Jesusengan zerbait zoragarririk. Hain liluragarria da Jainkoaren errukian duen fedea, non ez baita gauza erraza berari, Jesusi, sinestea. Segur aski, hobekienik ulertzen ahal diotenak, beren biziera ez-moraletik irteteko kemenik ez dutenak dira.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

DESCONCERTANTE

Fue una de las parábolas más desconcertantes de Jesús. Un piadoso fariseo y un recaudador de impuestos suben al templo a orar. ¿Cómo reaccionará Dios ante dos personas de vida moral y religiosa tan diferente y opuesta?

El fariseo ora de pie, seguro y sin temor alguno. Su conciencia no le acusa de nada. No es hipócrita. Lo que dice es verdad. Cumple fielmente la Ley, e incluso la sobrepasa. No se atribuye a sí mismo mérito alguno, sino que todo lo agradece a Dios: «¡Oh, Dios!, te doy gracias». Si este hombre no es santo, ¿quién lo va a ser? Seguro que puede contar con la bendición de Dios.

El recaudador, por el contrario, se retira a un rincón. No se siente cómodo en aquel lugar santo. No es su sitio. Ni siquiera se atreve a levantar sus ojos del suelo. Se golpea el pecho y reconoce su pecado. No promete nada. No puede dejar su trabajo ni devolver lo que ha robado. No puede cambiar de vida. Solo le queda abandonarse a la misericordia de Dios: «¡Oh Dios!, ten compasión de mí, que soy pecador». Nadie querría estar en su lugar. Dios no puede aprobar su conducta.

De pronto, Jesús concluye su parábola con una afirmación desconcertante: «Yo os digo que este recaudador bajó a su casa justificado, y aquel fariseo no». A los oyentes se les rompen todos sus esquemas. ¿Cómo puede decir que Dios no reconoce al piadoso y, por el contrario, concede su gracia al pecador? ¿No está Jesús jugando con fuego? ¿Será verdad que, al final, lo decisivo no es la vida religiosa de uno, sino la misericordia insondable de Dios?

Si es verdad lo que dice Jesús, ante Dios no hay seguridad para nadie, por muy santo que se crea. Todos hemos de recurrir a su misericordia. Cuando uno se siente bien consigo mismo, apela a su propia vida y no siente necesidad de más. Cuando uno se ve acusado por su conciencia y sin capacidad para cambiar, solo siente necesidad de acogerse a la compasión de Dios, y solo a la compasión.

Hay algo fascinante en Jesús. Es tan desconcertante su fe en la misericordia de Dios que no es fácil creer en él. Probablemente los que mejor le pueden entender son quienes no tienen fuerzas para salir de su vida inmoral.

José Antonio Pagola

Semana del 23 al 29 de octubre – Ciclo C
Domingo 30º de Tiempo Ordinario

Eclesiástico 35,12-14.16-18: Los gritos del pobre atraviesan las nubes
Salmo 34: Cuando el pobre llama, el Señor le escucha
2 Timoteo 4,6-8.16-18: Me aguarda la corona
Lucas 18,9-14: Quien se humilla será exaltado

Eclesiástico 35, 12-14. 16-18

Los gritos del pobre atraviesan las nubes

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Salmo responsorial: 34

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. R.

El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él. R.

2Timoteo 4, 6-8. 16-18

Ahora me aguarda la corona merecida

Querido hermano:

Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente.

He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.

Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.

La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. Que Dios los perdone.

Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león.

El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo.

A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Evangelio.-Lucas 18, 9-14

El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:

«¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.»

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo:

«¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. «

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

COMENTARIO LITÚRGICO

La mayor parte de las parábolas de Jesús tienen como telón de fondo la vida de las aldeas de Galilea y reflejan distintas experiencias de vida del campesinado. Solamente unas pocas se salen de este marco. Y una de éstas es la del fariseo y el recaudador, que se sitúa en contexto urbano y, más en concreto, en la ciudad de Jerusalén, en el recinto del templo, el lugar propicio para obtener la purificación de los pecados.

La influencia y atracción del Templo para los judíos se extendía incluso más allá de las fronteras de Palestina, como lo muestra claramente la obligación del pago del impuesto al Templo por parte de los judíos que no vivían en Palestina. Pagar ese impuesto se había convertido en tiempos de Jesús en un acto de devoción hacia el Templo, porque éste hacía posible que los judíos mantuviesen su relación con Dios.

En tiempos de Jesús, el cobro de impuestos no lo hacían los romanos directamente, sino indirectamente, adjudicando puestos de arbitrios y aduanas a los mejores postores, que solían ser gente de las élites urbanas, de la aristocracia. Estas élites, sin embargo, no regentaban las aduanas, sino que, a su vez, dejaban la gestión de las mismas a gente sencilla, que recibía a cambio un salario de subsistencia. Los recaudadores de impuestos practicaban sistemáticamente el pillaje y la extorsión de los campesinos. Debido a esto, el pueblo tenía hacia estos cobradores de impuestos la más fuerte hostilidad, por ser colaboracionistas con el poder romano. La población los odiaba y los consideraba ladrones. Tan desprestigiados estaban que se pensaba que ni siquiera podían obtener el arrepentimiento de sus pecados, pues para ello tendrían que restituir todos los bienes extorsionados, más una quinta parte, tarea prácticamente imposible al trabajar siempre con público diferente. Esto hace pensar que el recaudador de la parábola era un blanco fácil de los ataques del fariseo, pues era pobre, socialmente vulnerable, virtualmente sin pudor y sin honor, o lo que es igual, un paria considerado extorsionador y estafador.

En su oración, el fariseo aparece centrado en sí mismo, en lo que hace. Sabe lo que no es: ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco es como ese recaudador, pero no sabe quién es en realidad. La parábola lo llevará a reconocer quién es, precisamente no por lo que hace (ayunar, dar el diezmo…), sino por lo que deja de hacer (relacionarse bien con los demás).

El fariseo decimos que ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que gana. Hace incluso más de lo que está mandado en la Torá. Pero su oración no es tan inocente. Lo que parecen tres clases diferentes de pecadores a las que él alude (ladrón, injusto, pecador) se puede entender como tres modos de describir al recaudador. El recaudador, sin embargo, reconoce con gestos y palabras que es pecador y en eso consiste su oración.

El mensaje de la parábola es sorprendente, pues subvierte el orden establecido por el sistema religioso judío: hay quien, como el fariseo, cree estar dentro, y resulta que está fuera; y hay quien se cree excluido, y sin embargo está dentro.

En el relato se ha presentado al fariseo como un justo y ahora se dice que este justo no es reconocido; debe haber algo en él que resulte inaceptable a los ojos de Dios. Sin embargo, el recaudador, al que se nombra con un despectivo “ése”, no es en modo alguno despreciable. ¿Qué pecado ha cometido el fariseo? Tal vez solamente uno: mirar despectivamente al recaudador y a los pecadores que él representa. El fariseo se separa del recaudador y lo excluye del favor de Dios.

Dios, justificando al pecador sin condiciones, adopta un comportamiento diametralmente opuesto al que el fariseo le atribuía con tanta seguridad. El error del fariseo es el de ser “un justo que no es bueno con los demás”, mientras que Dios acoge graciosamente incluso al pecador. Esta parábola proclama, por tanto, la misericordia como valor fundamental del reinado de Dios. Con su comportamiento, el recaudador rompe todas las expectativas y esquemas, desafía la pretensión del fariseo y del Templo con sus medios redentores, y reclama ser oído por Dios, ya que no lo era por el sistema del Templo y por la teología oficial, representada por el fariseo.

Si la interpretación de la parábola es ésta, entonces se puede vislumbrar por qué Jesús fue estigmatizado como «amigo de recaudadores y de pecadores», y por qué fue crucificado finalmente por las élites de Jerusalén con la ayuda de los romanos y el pueblo.

En esta parábola se cumple lo que leemos en la primera lectura del libro del Eclesiástico: “Dios no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja”. Dios está con los que el sistema ha dejado fuera. Como estuvo con Pablo de Tarso, como se lee en la segunda lectura, que, a pesar de no haber tenido quien lo defendiera, sentía que el Señor estaba a su lado, dándole fuerzas.

         DOMINGO 29(C) Fray Marcos

(Ex 17,8-13)  «Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel…»

(2Tim 3,14-4,2) Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende.

(Lc 18,1-8) ¿No hará Dios justicia a sus elegidos? Les hará justicia sin tardar. 

Dios nunca entrará en la dinámica de nuestra justicia. Para Él todo está en el más absoluto equilibrio siempre. ¡Cuánto nos falta para alcanzar esa perspectiva!

Comentar las lecturas de hoy es complicado porque partiendo de ellas, tenemos que concluir literalmente lo contrario de lo que dicen. La 1ª: el mito de la elección. El Dios de Jesús no puede estar en contra de nadie. Amalec es para Dios tan querido como el pueblo israelita, aunque los judíos y nosotros sigamos pensando otra cosa. La 2ª: El mito de la inspiración. No toda la Escritura es útil para enseñar. Recordad las palabras de Jesús: habéis oído que se dijo… pero yo os digo… La 3ª: el mito de la justicia de Dios. Ni ahora ni después, ni al que se lo pida con insistencia ni al que no se lo pida, va a hacer justicia humana de ninguna manera.

Lo que llamamos palabra de Dios es fruto de una profunda experiencia religiosa personal, pero está expresada en conceptos que corresponden a una visión mítica del mundo. Al intentar  entenderla y juzgarla desde nuestra mentalidad, que ya no es mítica, distorsionamos el mensaje. Debemos tener la valentía de separar el mensaje, del envoltorio en que ha sido transmitido. Nuestra teología ha sido un intento desesperado de convertir el mito en logos. El mito nunca podrá ser racionalizado. Si lo entendemos racionalmente, lo destrozamos y nos impedirá descubrir su valor, llevándonos a una falsificación de la verdad que en él se contiene.

La modernidad racionalista cometió el error de lanzar por la borda la increíble riqueza de la experiencia religiosa, porque confundió el embalaje mítico en que venía presentada con la verdad que quería trasmitir. Con el agua del baño hemos tirado por la ventana al niño. Pero las religiones, sobre todo la nuestra, sigue manteniendo el error de no querer prescindir del envoltorio porque después de tanto tiempo insistiendo en que había que mantener a toda costa el mito, ahora no tiene posibilidad ni valentía para proponer la verdad separada el mismo mito.

Hoy es imprescindible atender al contexto para entender el texto. A continuación del relato de los diez leprosos que hemos leído el domingo pasado, le preguntan a Jesús los fariseos sobre cuándo llegará el Reino de Dios. Jesús responde con afirmaciones sobre el Reino de Dios y sobre la última venida del Hijo del hombre. Con la perspectiva de ese pequeño apocalipsis, el relato de hoy cobra su verdadero sentido. No trata de prevenir cualquier desánimo, sino del peligro de caer en el desaliento porque la parusía se retrasaba demasiado. Recordemos que la expectativa de un final inmediato, era el ambiente en que se vivió el primer cristianismo.

La parábola del juez y la viuda no tiene aplicación posible desde nuestra religiosidad actual. No podemos poner como modelo para Dios aun juez injusto que actúa por aburrimiento. Pero es que ni siquiera podemos esperar que haga justicia. Hoy sabemos que Dios no puede tener ahora una postura y otra para dentro de una hora o para el final de los tiempos. Dios es siempre el mismo y no puede cambiar para amoldarse a una petición. No tenemos que esperar al final del tiempo para descubrir la bondad de Dios sino descubrir a Dios presente, incluso en todas las calamidades, injusticias y sufrimientos que los hombres nos causamos unos a otros.

El tema es de máxima importancia, porque la oración de petición, en cualquiera de sus formas, es una de las manifestaciones religiosas que más nos dice sobre nuestra manera de entender a Dios y al hombre. Lo que esperamos de la oración de petición nos puede servir de test para comprender el estadio en que se encuentra nuestra religiosidad. Agustín nos ha metido por un callejón sin salida cuando afirmó que si la oración no era eficaz, quia malum, quia mala, quia male. Que quiere decir: porque soy malo, porque pido cosas malas, porque las pido de mala manera. Este razonamiento es insostenible, porque, constatado que Dios no responde, nos las arreglamos para dejar a salvo a Dios, pues la culpa la tenemos siempre nosotros.

De manera menos lapidaria yo me atrevo a decir: Si rezamos, esperando que Dios cambie la realidad: malo. Si esperamos que cambien los demás, malo, malo. Si pedimos, esperando que el mismo Dios cambie: malo, malo, malo. Y si terminamos creyendo que Dios me ha hecho caso y me ha concedido lo que le pedía: rematadamente malo. Cualquier argucia es buena, con tal de no vernos obligados a hacer lo único que es posible: cambiar nosotros.

No es tarea de Dios impartir justicia humana, y la justicia divina se está realizando en todo momento. Para Él todo está en orden en cada instante. El que es objeto de injusticia no será afectado en su verdadero ser si él no se deja arrastrar por la misma injusticia. La justicia humana se impone por el poder judicial. Cuando pedimos a Dios que imponga “justicia” le estamos pidiendo que actúe para restablecer un desequilibrio. Para Dios todo está siempre en absoluto equilibrio, no necesita equilibrar nada. Dios no puede actuar contra nadie por malo que sea. Dios está siempre con los oprimidos, pero nunca contra los opresores.

En la Biblia “hacer justicia” es liberar al oprimido. Ésta era la acción más propia de Dios. El pueblo de Israel interpretó los acontecimientos favorables como acción de Dios a su favor. Pero cuando las cosas le iban mal tenían que concluir que se debía a que no habían sido fieles a la Alianza. La verdad es que ante las mayores injusticias de entonces y de ahora, Dios se calla. Es muy difícil armonizar este silencio de Dios con la insistencia en la eficacia de la oración. Dios nunca podrá hacer justicia, tal como la entendemos los humanos.

Aquí se trata de la oración sino de la petición a Dios de justicia para los oprimidos. No debemos esperar la acción puntual de Dios, sino descubrir su presencia en todo acontecer y en toda situación. Es mucho más importante saber aguantar la injusticia que alcanzar nuestra justicia. Es mucho más importante ser siempre “justos” que conseguir justicia de otros. La justicia de Dios es una actitud que permite descubrir todo lo que puedo esperar en el momento actual, sin que Dios tenga que hacer nada, mucho menos, teniendo que echar mano de su poder.

La oración no la hago para que la oiga Dios, sino para escucharla yo mismo y darme la ocasión de profundizar en el conocimiento de mi verdadero ser. Todo ello me llevará a dar sentido al sinsentido aparente de tanta injusticia humano como experimentamos en el mundo. El silencio de Dios ante tanta injusticia, me obliga a profundizar en la realidad que me desborda y a buscar la verdadera salida, no la salida fácil de una solución externa del problema, sino la búsqueda del verdadero sentido de mi vida en esa circunstancia. Mi justicia la tengo que hacer yo en mí. La injusticia del otro no me debe hacer injusto a mí.

Pedir a Dios justicia, aquí o para el más allá, es mantener el ídolo que hemos creado a nuestra medida. La justicia en el más allá se inventó precisamente para armonizar la idea de un Dios justo al modo humano con la realidad de una injusticia presente. En tiempo de los macabeos se vio que los males que afligían a los seres humanos no se podían explicar como castigo de Dios, porque Antíoco estaba sacrificando precisamente a los más fieles a la Ley. Para superar esa contradicción se sacó de la manga un castigo y un premio para después de la muerte.

El mensaje de Jesús está sin estrenar. ¿A quién de nosotros se nos ha ocurrido alguna vez dar la túnica al que nos roba el manto? ¿Quién ha puesto una sola vez la otra mejilla cuando le han dado una bofetada? Ni siquiera admitimos la posibilidad de entrar en la dinámica del evangelio. Todo lo contrario, tratamos por todos los medios de que Dios se acomode a nuestra manera de pensar y actúe como actuamos nosotros. La única manera de ser justo es no practicar ninguna injusticia. Este es el sentido que tiene casi siempre “justicia” en la Biblia.

La injusticia no se puede arreglar desde las víctimas. Mirada desde el que la sufre, la injusticia no tiene arreglo. La mayoría de las veces lo que provoca es más injusticia o venganza. La injustica nunca podrá afectar a la esencia del injuriado, con tal de que no se deje arrastrar para caer él mismo en injusticia. La única manera de superar una injusticia es que el que la cometió tome conciencia de que se ha hecho daño a sí mismo y salga de esa dinámica.

Urteko 29. igandea – C (Lukas 18,1-8)

JAINKOA EZ DA INPARTZIALA

Jesusek parabola honetan bere garaiko Galilean aski ohikoa den egoera islatzen du. Epaile ustel batek, harro, mespretxatu egiten du zuzenbidea egiteko eskatzen dion emakume alargun behartsu bat. Emakumearen egoerak etsigarria dela ematen du, ez du-eta defendatuko duen gizonezkorik. Berak, halere, amore eman gabe garrasika jarraitzen du bere eskubidea eskatuz. Halako batean, hartarainoko lehiaz gogaiturik, emakumeari entzutera jo du epaileak.

Lukasek kontaera hau otoitz egiteko abertimendu gisa aurkeztu du: «aspertu gabe» otoitz egitera; parabolak, ordea, badu aldez aurretik beste mezu bat, Jesusen oso gustukoa. Epaile hau «Jainkoaren antimetafora» da, zeinek bere zuzentasuna, hain justu, behartsurik zaurigarrienei entzutea baitu.

Zuzentasunaren sinboloa mundu greko-erromatarrean emakume bat da, begiak bendaturik, itxuraz «inpartziala» den epaia ematen duena. Jesusen arabera, Jainkoa ez da epaile-mota inpartzial hau bezalakoa. Ez ditu bendatuak begiak. Oso ondo ezagutzen ditu jende ahularen aurka egiten diren zuzengabekeriak, eta bere errukiak halakoen alde makurtzera eragiten dio.

Jende ahularen aldeko Jainkoaren zuzentasunaren «partzialtasun» hau eskandalua da gure belarri burgesentzat; halere, komeni da bera gogora ekartzea, zeren eta gure gizarte moderno honetan beste «partzialtasun» bat, kontrako zeinukoa, baita jaun eta jabe: zuzenbideak gehiago faboratzen du jende boteretsua ahula baino. Nolatan ez da irtengo, bada, Jainkoa defendatu ezin direnen alde?

Aurrerakoi garela uste dugu, teorikoki baieztatuz «gizaki guztiak jaiotzen direla, era berean, aske eta duintasunez eta eskubidez pareko»; baina guztiok dakigu gezurra dela hori. Eskubide egiazkoz eta eraginkorrez gozatu ahal izateko, garrantzizkoagoa da lurralde boteretsu eta aberats batean jaiotzea lurralde behartsu bateko pertsona izatea baino.

Demokrazia modernoak behartsuez kezkatzen dira, bai, baina beren arreta-gunea ez dute jende babesgabea, baizik eta hiritarra oro har. Elizan ahaleginak egiten dira behartsuen zoria arintzeko, baina gure kezka-gunea ez da azkenak direnen sufrimendua, baizik eta kristauen biziera morala eta erlijiosoa. Mesedegarri izango dugu Jesusek gogorarazi diezagun ezen jende babesgabea dela Jainkoaren bihotza betetzen duena.

Inoiz ez duzu ikusiko beraren izena egunkarietan. Inork ez dio pasatzen uzten inon ere. Ez dute, ez titulurik, ez kontu korronte inbidiagarririk, baina handi dira. Ez dute aberastasun handirik, baina badute diruz ezin erosi den zerbait: onberatasuna, harrera-gaitasuna, txera eta gupida premian denarentzat.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

DIOS NO ES IMPARCIAL

La parábola de Jesús refleja una situación bastante habitual en la Galilea de su tiempo. Un juez corrupto desprecia arrogante a una pobre viuda que pide justicia. El caso de la mujer parece desesperado, pues no tiene a ningún varón que la defienda. Ella, sin embargo, lejos de resignarse, sigue gritando sus derechos. Solo al final, molesto por tanta insistencia, el juez termina por escucharla.

Lucas presenta el relato como una exhortación a orar sin «desanimarnos», pero la parábola encierra un mensaje previo, muy querido por Jesús. Este juez es la «antimetáfora» de Dios, cuya justicia consiste precisamente en escuchar a los pobres más vulnerables.

El símbolo de la justicia en el mundo grecorromano era una mujer que, con los ojos vendados, imparte un veredicto supuestamente «imparcial». Según Jesús, Dios no es este tipo de juez imparcial. No tiene los ojos vendados. Conoce muy bien las injusticias que se cometen con los débiles y su misericordia hace que se incline a favor de ellos.

Esta «parcialidad» de la justicia de Dios hacia los débiles es un escándalo para nuestros oídos burgueses, pero conviene recordarla, pues en la sociedad moderna funciona otra «parcialidad» de signo contrario: la justicia favorece más al poderoso que al débil. ¿Cómo no va a estar Dios de parte de los que no pueden defenderse?

Nos creemos progresistas defendiendo teóricamente que «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos», pero todos sabemos que es falso. Para disfrutar de derechos reales y efectivos es más importante nacer en un país poderoso y rico que ser persona en un país pobre.

Las democracias modernas se preocupan de los pobres, pero el centro de su atención no es el indefenso, sino el ciudadano en general. En la Iglesia se hacen esfuerzos por aliviar la suerte de los indigentes, pero el centro de nuestras preocupaciones no es el sufrimiento de los últimos, sino la vida moral y religiosa de los cristianos. Es bueno que Jesús nos recuerde que son los seres más desvalidos quienes ocupan el corazón de Dios.

Nunca viene su nombre en los periódicos. Nadie les cede el paso en lugar alguno. No tienen títulos ni cuentas corrientes envidiables, pero son grandes. No poseen muchas riquezas, pero tienen algo que no se puede comprar con dinero: bondad, capacidad de acogida, ternura y compasión hacia el necesitado.

José Antonio Pagola

Semana del 16 al 22 de octubre – Ciclo C
Domingo 29º de Tiempo Ordinario

Éxodo 17,8-13: Moisés sostuvo los brazos hasta la puesta del sol
Salmo 121: Nuestra ayuda está en el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra
2 Timoteo 3,14–4,2: Proclama la Palabra a tiempo y a destiempo
Lucas 18,1-8: Parábola de la viuda y el juez

Éxodo 17,8-13

Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel

En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín.

Moisés dijo a Josué: «Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón maravilloso de Dios en la mano.»

Hizo Josué lo que le decía Moisés, y atacó a Amalec; mientras Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte.

Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía baja, vencía Amalec. Y, como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado.

Así sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol.

Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada.

Salmo responsorial: 121

El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. R.

No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel. R.

El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha; de día el sol no te hará daño, ni la luna de noche. R.

El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma; el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre. R.

2Timoteo 3, 14-4, 2

El hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena

Querido hermano: Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo aprendiste y que desde niño conoces la sagrada Escritura; ella puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación.

Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena.

Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir.

Evangelio.-Lucas 18, 1-8

Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.

En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario.»

Por algún tiempo se llegó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.»»

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

COMENTARIO LITÚRGICO

Jesús propuso esta parábola para invitar a sus discípulos a no desanimarse en su intento de implantar el reinado de Dios en el mundo. Para implantarlo, además de trabajar duro, deberán ser constantes en la oración, como la viuda lo fue en pedir justicia hasta ser escuchada por aquél juez que hacía oídos sordos a su súplica. Su constancia, rayana en la pesadez, llevó al juez a hacer justicia a la viuda, liberándose de este modo de ser importunado por ella.

Esta parábola del evangelio tiene un final feliz, como tantas otras parábolas, aunque no siempre sucede así en la vida. Porque, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado de por vida suplicando al Dios del cielo? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que nadie les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios, cuándo va a intervenir en este mundo de desorden e injusticias «legales»? ¿Cómo permite el Dios de la paz y el amor esas guerras tan sangrientas y crueles, el demencial armamento militar, el derroche de recursos que destruyen el medio ambiente, el hambre, la desigualdad creciente entre países y entre ciudadanos?

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama “padre”, para pedirle que “venga a nosotros tu reinado”. Desde la noche oscura de ese mundo, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

O tal vez haya que cancelar para siempre esa imagen de Dios, a la que dan poca base las páginas evangélicas. Porque, leyéndolas, da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni impasible –o al menos no ejerce como tal-, sino débil, sufriente, “padeciente”. El Dios cristiano se revela más dando la vida que imponiendo una determinada conducta a los humanos. Marcha en la lucha reprimida y frustrada de sus pobres, y no está a la cabeza de los poderosos.

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su camino hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar hasta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores. Sólo la oración lo mantendrá en esperanza.

No andamos dejados de la mano de Dios. Por la oración sabemos que Dios está con nosotros. Y esto nos debe bastar para seguir insistiendo sin desfallecer. Lo importante es la constancia, la tenacidad. Moisés tuvo esa experiencia. Mientras oraba, con las manos elevadas en lo alto del monte, Josué ganaba en la batalla; cuando las bajaba, esto es, cuando dejaba de orar, los amalecitas, sus adversarios, vencían. Los compañeros de Moisés, conscientes de la eficacia de la oración, le ayudaron a no desfallecer, sosteniéndole los brazos para que no dejase de orar. Y así estuvo –con los brazos alzados, esto es, orando insistentemente-, hasta que Josué venció a los amalecitas. De modo ingenuo, un tanto «escenificado», se resalta en este texto la importancia de permanecer en oración, de insistir ante Dios.

En la segunda lectura Pablo también recomienda a Timoteo ser constante, permaneciendo en lo aprendido en las Sagradas Escrituras, de donde se obtiene la verdadera sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación. El encuentro del cristiano con Dios debe realizarse a través de «la Escritura, útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud». De este modo estaremos equipados para realizar toda obra buena. El cristiano debe proclamar esta palabra, insistiendo a tiempo y a destiempo, reprendiendo y reprochando a quien no la tenga en cuenta, exhortando a todos, con paciencia y con la finalidad de instruir en el verdadero camino que se nos muestra en ella.