Abendualdiko 1. igandea – A (Mateo 24,37-4)

ERREAKZIONATU

Gaur egungo uneaz ezagutzen ditudan entseguek asko azpimarratzen dituzte egungo gizarte honen kontraesanak, krisialdi soziokultural eta ekonomikoa, eta aldi hauetako izaera gainbeherazkoa.

Dudarik gabe, mintzo dira ontasun- eta edertasun-zipriztinez ere, eta jatortasun- eta eskuzabaltasun-keinuez ere; baina ematen du hau guztia ezkutuan gelditzen dela gaitzaren indarraren, bizitza hondatzearen eta zuzengabekeriaren pean. Azken batean denak «zoritxar-profezia» dira.

Ahaztu egiten da, eskuharki, datu bat izugarri esperantzazkoa. Haziz doa pertsona askoren kontzientzian sumindura-sentimendu bat zuzengabekeriaren, andeatzearen eta sufrimenduaren aurrean. Asko dira etsitzen ez duten gizon-emakumeak gizarte hain gizatasun gutxikoa onartzera. Bihotzetik «ez» irmo bat darie gizatasun-ezaren aurka.

Gaitzaren aurkako kontrakotasun hau komuna dute kristauek eta agnostikoek. E. Schillebeeckx teologo holandarrak zioen bezala, «esan daiteke badela gizarte moderno honetan fronte komun bat, fededunen eta fedegabeena, mundu hobeago baterantz, itxura gizatiarragoko baterantz».

Erreakzio honen hondoan gauza desberdin baten bilaketa nabari da, esperantza-gordetegi bat, gizartean beterik ikusten ez den zerbaiten gurari bat. Sentimendu bat da, ezen gizatiarrago izaten ahal ginatekeela, zoriontsuago eta hobeago gizarte zuzen batean, beti ere mugatua eta behin-behinekoa izango litzatekeen arren.

Testuinguru honetan gaurkotasun berezi bat nabari zaio Jesusen dei honi: «Egon adi». Iratzartzera eta buruargi bizitzera gonbidatzen gaituzten hitzak dira, gizarte honetan ezartzen den orori pasiboki utzi gabe herresta eta bere modura eratu gaitzan.

Agian hau da lehenengo gauza. Erreakzionatu eta esna eutsi mundu horri kontra egiteari eta asaldatzeari. Ausartu desberdin izaten. Ez jokatu guztiek bezala. Ez bat egin gizarte honetako gizatasun-ezarekin. Kontraesanean bizi erdipurdiko eta zentzugabe izatearekin. Ekin erreakzionatzeari.

Bi konbentzimendu hauek animatu behar gaituzte. Batetik, gizakiak ez du galdu gizatiarrago izateko eta gizarte duinago bat antolatzeko bere gaitasuna. Bestetik, Jainkoaren Espirituak jardunean jarraitzen du historian eta pertsona bakoitzaren bihotzean.

Daitekeena da gizarte honek bizi duen norabide erratua aldatzea. Behar dena, kasu guztietan, jende buruargi gehiago izatea da, zorakeria honen barnean zentzutasun gehiago txertatzeko, horrenbesteko hutsune etikoren barnean zentzu morala itsasteko, bihotzik gabeko hainbateko pragmatismoaren baitan giza berotasuna eta solidaritatea ufatzeko.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

REACCIONAR

Los ensayos que conozco sobre el momento actual insisten mucho en las contradicciones de la sociedad contemporánea, en la gravedad de la crisis sociocultural y económica, y en el carácter decadente de estos tiempos.

Sin duda, también hablan de fragmentos de bondad y de belleza, y de gestos de nobleza y generosidad, pero todo ello parece quedar como ocultado por la fuerza del mal, el deterioro de la vida y la injusticia. Al final todo son «profecías de desventuras».

Se olvida, por lo general, un dato enormemente esperanzador. Está creciendo en la conciencia de muchas personas un sentimiento de indignación ante tanta injusticia, degradación y sufrimiento. Son muchos los hombres y mujeres que no se resignan ya a aceptar una sociedad tan poco humana. De su corazón brota un «no» firme a lo inhumano.

Esta resistencia al mal es común a cristianos y agnósticos. Como decía el teólogo holandés E. Schillebeeckx, puede hablarse dentro de la sociedad moderna de «un frente común, de creyentes y no creyentes, de cara a un mundo mejor, de aspecto más humano».

En el fondo de esta reacción hay una búsqueda de algo diferente, un reducto de esperanza, un anhelo de algo que en esta sociedad no se ve cumplido. Es el sentimiento de que podríamos ser más humanos, más felices y más buenos en una sociedad más justa, aunque siempre limitada y precaria.

En este contexto cobra una actualidad particular la llamada de Jesús: «Estad en vela». Son palabras que invitan a despertar y a vivir con más lucidez, sin dejarnos arrastrar y modelar pasivamente por cuanto se impone en esta sociedad.

Tal vez esto es lo primero. Reaccionar y mantener despierta la resistencia y la rebeldía. Atrevernos a ser diferentes. No actuar como todo el mundo. No identificarnos con lo inhumano de esta sociedad. Vivir en contradicción con tanta mediocridad y falta de sensatez. Iniciar la reacción.

Nos han de animar dos convicciones. El hombre no ha perdido su capacidad de ser más humano y de organizar una sociedad más digna. Por otra parte, el Espíritu de Dios sigue actuando en la historia y en el corazón de cada persona.

Es posible cambiar el rumbo equivocado que lleva esta sociedad. Lo que se necesita es que cada vez haya más personas lúcidas que se atrevan a introducir sensatez en medio de tanta locura, sentido moral en medio de tanto vacío ético, calor humano y solidaridad en el interior de tanto pragmatismo sin corazón.

José Antonio Pagola

Semana del 27 de noviembre al 3 de diciembre del de 2022– Ciclo A
Domingo 1º de Adviento

Isaías 2,1-5: El Señor reúne a las naciones
Salmo 122: Qué alegría cuando me dijeron: ¡Vamos a la casa del Señor!
Romanos 13,11-14: Nuestra salvación está cerca.
Mateo 24,37-44: ¡Estén en vela, para estar preparados!

Isaías 2,1-5

El Señor reúne a todas las naciones en la paz eterna del Reino de Dios

Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén: Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos. Dirán: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén la palabra del Señor.» Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor.

Salmo responsorial: 122

Vamos alegres a la casa del Señor.

Qué alegría cuando me dijeron: / «Vamos a la casa del Señor»! / Ya están pisando nuestros pies / tus umbrales, Jerusalén. R.

Allá suben las tribus, / las tribus del Señor / según la costumbre de Israel, / a celebrar el nombre Señor; / en ella están los tribunales de justicia, / en el palacio de David. R.

Desead la paz a Jerusalén: / «Vivan seguros los que te aman, / haya paz dentro de tus muros, / seguridad en tus palacios». R.

Por mis hermanos y compañeros, / voy a decir: «La paz contigo». / Por la casa del Señor, nuestro Dios, / te deseo todo bien. R.

Romanos 13,11-14

Nuestra salvación está cerca

Hermanos: Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo.

Evangelio.-Mateo 24,37-44

Estad en vela para estar preparados

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por lo tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

COMENTARIO LITÚRGICO

Hoy comienza el «año litúrgico», que no coincide con el año civil, ni con el curso lectivo escolar o universitario del hemisferio norte, ni tal vez con el «ejercicio económico anual»… El año litúrgico es una periodización propia de la Iglesia católica.

Comienza con el tiempo de «adviento», uno de los varios que lo componen… «Ad-viento», apócope de «ad-venimiento», significa venida, llegada, y alude a «la venida de Cristo», que, bíblicamente hablando, son dos venidas: la que ya tuvo lugar, que celebraremos en Navidad, y la futura, la llamada «segunda venida» de Jesús, venida diz que «en poder y majestad», que, en la visión clásica tradicional, pondrá fin al mundo, inaugurará el «juicio final» o «juicio de las naciones», y abrirá la era definitiva, el «nuevo eón», la «vida eterna» beatífica para los salvados, y el sufrimiento eterno en el infierno para los «condenados». Todo ello, dicho en el lenguaje clásico tradicional religioso cristiano. Pero, ¿qué creemos hoy, realmente, de todo ello? ¿Cuánto de todo ello lo creemos sólo «simbólicamente», con un contenido de significado muy diferente del literal?

Los dos últimos capítulos del evangelio de Mateo forman el llamado «discurso escatológico» de Jesús. El evangelista pone en su boca y agrupa en estos capítulos los dichos «escato-lógicos», o sea, los que se refieren al final (esjatós) del mundo. Ya sabemos hermenéutica bíblica y no vamos a entrar en el tema de la historicidad de esos dichos en cuanto efectivamente dichos (o no) por Jesús. Bien pudiera ser que Jesús expresara estas u otras ideas semejantes, porque Jesús estuvo inmerso en la mentalidad religiosa y cultural de su época -igual que dijo que Dios «hace salir el sol» sobre justos y pecadores, porque participaba de la visión cosmológica geocémtrica precopernicana-. Pero la pregunta importante es: ¿debemos creer nosotros hoy en esa «descripción del final» propia de aquella visión apocalíptica? ¿Creemos efectivamente que Jesús «vendrá de nuevo», tal vez «pronto», y sorpresivamente, «como el ladrón», y con semejantes consecuencias?

Richard DAWKINS, que se ha hecho muy popular con su combate crítico a creencias religiosas sobrepasadas (que él cree que representan todavía la forma de creer de los cristianos inteligentes de hoy), confiesa que queda «abatido al constatar que el 50% de los estadounidenses cree que el mundo tiene apenas 6 mil años», y añade: «La única superpotencia mundial actual está a punto de ser dominada por electores que creen que el universo entero comenzó después de la domesticación del perro. Creen también que serán personalmente ‘arrebatados’ a las alturas celestiales todavía en el tiempo de su vida, hecho que será seguido por un Armagedón muy bienvenido como heraldo de la segunda venida de Cristo». Sam HARRIS por su parte (Letter to a Christian Nation), aduciendo encuestas del Instituto Gallup, sostiene que «nada menos que el 44% de la población estadounidense está convencida de que Jesús va a volver para juzgar a los vivos y a los muertos, en algún momento de los próximos cincuenta años». «Imagine usted las consecuencias, si algún miembro significativo del gobierno estadounidense realmente creyese que el mundo está pronto a acabar de esta manera… El hecho de que casi la mitad de la población de EEUU crea en eso, en base simplemente a un dogma religioso, debe ser considerado una emergencia moral e intelectual». Dawkins, que prologa el libro de Harris, añade que hablar de una «emergencia moral e intelectual» tal vez es muy moderado.

Efectivamente, aunque hayamos olvidado historias pasadas de los muchos movimientos milenaristas de siglos pasados, hoy sabemos bien de consecuencias terribles que están teniendo en la actualidad las creencias religiosas que derivan en violencia y terrorismo por motivaciones religiosas verdaderamente apocalípticas, tanto de un signo como de otro. Las creencias religiosas, sobre todo su interpretación, no son un mero «asunto privado» de cada quien. Qué crean los norteamericanos electores del gobierno de la mayor potencia militar del mundo, para mí no es simplemente un «asunto privado» de ellos. Qué crean y piensen sobre el final del mundo y sobre la intervención y el dominio que Dios tiene sobre nuestro modo de gestionar este mundo, no es un asunto religioso privado del que la sociedad no deba preocuparse, porque, en determinadas circunstancias, puede llegar a ser verdaderamente «una emergencia moral e intelectual». Pensemos también en la cantidad de creyentes de pequeñas «iglesias libres» que se multiplican entre masas de población que viven en sectores de pobreza o miseria, y en las creencias fundamentalistas que difunden… ¿No son realidades de interés público, tal vez «de salud pública», o incluso de «emergencia moral e intelectual»?

Casi con toda seguridad, los lectores de este comentario bíblico no están en esas penosas situaciones religiosas a las que acabamos de aludir. Pero es posible que algunos no sepan bien qué decir ante el evangelio de hoy: ¿seguimos creyendo en una «segunda venida de Cristo»? Probablemente no creen en su inminencia, ni en su carácter «apocalíptico», ni en Armagedón y sus amenazas… pero no han decidido si seguir en definitiva creyendo o no en «la segunda venida de Cristo». Mientras no lo decidan críticamente –o sea, mientras no personalicen su fe también en ese punto– seguirán creyendo con la creencia tradicional (confiarán una parte importante de su vida a esa creencia), de que lo más profundo de la realidad es que es el plan de un Dios que quiso crearnos y ponernos una prueba, y que esa «segunda venida» será el paso a una vida eterna de premio o castigo por nuestra conducta moral en este mundo. Todo eso es lo que está implicado en la «segunda venida».

Ocasiones como ésta, del domingo que inaugura el Adviento, que pone ante nuestros ojos meditativos esa «segunda venida», son, deberían ser, una ocasión para «agarrar el toro por los cuernos» y abordar estos temas, sin contentarnos con darles en la homilía simplemente varios «pases toreros» litúrgicos que los utilizan simbólicamente, sin tener el coraje de responder a ninguna de las «preguntas fuertes» que pasan por la mente de los oyentes.

La «esperanza» ha sido considerada clásicamente como la virtud típica del Adviento, la dimensión de nuestra vida que cultivar especialmente en estas cuatro semanas. Como el pueblo de Israel y tantos otros pueblos, que vivieron la historia como un caminar iluminado por la esperanza del encuentro con Dios, el adviento nos invita a considerar nuestra vida como un caminar que no podemos sobrellevar sino con la fuerza de la esperanza. ¿Cuál es el peso de la esperanza en nuestra vida?

Tal vez, en el ambiente de nuestra ciudad o de los medios de comunicación… ya se ha instalado la publicidad navideña. Para el comercio, adviento significa bombardeo publicitario prenavideño, una navidad que, para ellos, no sería exitosa sin un aumento del consumo en todos los campos. Un cristianismo coherente no puede caer en la trampa de tanto mensaje publicitario aparentemente religioso, que lo que pretende es solamente hacernos consumir.

La primera lectura, de Isaías, una de cuyas frases –la de la conversión de las lanzas en podaderas– figura en el vestíbulo del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York, expresa bien la dimensión terrena de la utopía de esperanza que animaba a los profetas: un mundo reconciliado, en la paz de la convivencia y el trabajo, superadas las guerras y las preparaciones para las guerras –los arsenales de armas y las maniobras militares–. Por ser parte del Primer Testamento, a Isaías le falta la visión universalista: ni el «final» ni mucho menos el «fin» son que la Humanidad camine hacia el monte de Sión, sino simplemente hacia la Utopía de Dios, sea cual sea el monte sagrado de su religión.

Este primer domingo de Adviento, esta inauguración del nuevo ciclo litúrgico, con este planteamiento inicial del tema de la esperanza y de la imagen –un tanto chocante a nuestra sensibilidad– del fin del mundo y de la segunda venida de Jesucristo, pueden hacernos pensar. Así como el tema de la muerte personal (sus circunstancias, su acercamiento, su conveniente previsión) es un tema un tanto tabú en la sociedad occidental, también entre los cristianos de la actualidad resultan un tanto tabú estos temas que los textos litúrgicos del adviento nos plantean; no porque sean tabús en sí mismos, sino porque no sabemos bien qué decir sobre ellos. Las expresiones clásicas y tradicionales dependen de un lenguaje mítico y precientífico hoy día inaceptable, y es necesaria una urgente actualización. Buena tarea para para este tiempo de Adviento, o incluso para todo el año litúrgico que hoy iniciamos.

DOMINGO 34 CRISTO REY (C) Fray Marcos

(2Sm 5,1-3) Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel.

(Col 1,12-20) Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.

(Lc 23,35-43) Había encima un letrero: ESTE ES EL REY DE LOS JUDIOS

Jesús nunca pretendió ser rey de nadie. El Reinado de Cristo debemos pensarlo como el mismo Reinado de Dios, hecho presente en la tierra.

Toda la liturgia del año tiene como principio y como fin al mismo Jesús. Comienza en Adviento con la preparación a su nacimiento, y termina con la fiesta que estamos celebrando como culminación más allá de su vida terrena. Como todo ser humano nació como un proyecto que se fue realizando durante toda su vida y que culminó con la muerte que expresó sin equívocos la plenitud de ser. Pero Jesús respondió a Pilato que su Reino no era de este mundo. A pesar de ello, le proclamamos Rey del Universo. Claro, nosotros sabemos mucho mejor que él lo que es y lo que no es Jesús.

Con el evangelio en la mano, ¿podemos seguir hablando de “Jesús rey del universo”? Un Jesús que luchó contra toda clase de poder; que rechazó como tentación, la oferta de poseer todos los reinos del mundo. Un Jesús que dijo: Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de Dios. Un Jesús que invitó a sus seguidores a no someterse a nadie. Un Jesús que dijo que no venía a ser servido, sino a servir. Un Jesús que dijo a los Zebedeo: “El que quiera ser grande que sea el servidor, y el que quiera ser primero que sea el último. Un Jesús que, cuando querían hacerlo rey, se escabulló y se marchó a la montaña. Podíamos hacer más referencias, pero creo que está claro lo que quiero decir.

La palabra Rey, Padre, Hijo, Mesías, Pastor, tienen gran riqueza de significados simbólicos en la escritura. Todas están relacionadas entre sí y no se puede entender separando unas de otras. La idea de un “rey”, en Israel, fue más bien tardía. Mientras fueron un pueblo nómada no tenía sentido pensar en un rey. Cuando se establecieron en  las ciudades de Canaán, sintieron la necesidad de copiar sus estructuras sociales y le pidieron a Dios un rey. Esa petición fue interpretada por los profetas como una apostasía, porque para el pueblo judío, el único rey debía ser Yahvé.

Encontraron la solución convirtiendo al rey en un representante de Dios. Para erigir a una persona como rey, se le ungía. Es lo que significa exactamente Mesías (Ungido, Cristo). La unción le capacitaba para una misión: conducir al pueblo en nombre de Dios. De ahí que desde ese momento se le llamara hijo de Dios. Lo propio de un hijo es actuar como el padre, en lugar del padre. También se le llamaba padre del pueblo y pastor del pueblo. Lo mismo que Dios era padre y pastor para ellos, el que era elegido como rey era ungido, hijo, pastor y padre. Los primeros cristianos utilizaron todas estas palabras para referirse a Jesús y nosotros podemos seguir utilizándolas, pero como símbolos.

El letrero que Pilato puso sobre la cruz, era una manera de mofarse de Jesús y de las autoridades. Es curioso que nosotros hayamos ampliado el ámbito de su realiza a todo el universo. ¿Para escarnio de quién? Los soldados también le colocaron una corona y un cetro para reírse de él. ¿Creéis que Jesús se hubiera encontrado más cómodo con una corona de oro y brillantes y con un cetro cuajado de piedras preciosas? Podemos seguir empleando el título, con tal que no le demos un sentido literal. Todo lenguaje sobre Dios es analógico. También el aplicado a Jesús una vez que terminó su trayectoria humana.

Las autoridades, el pueblo, uno de los ladrones le piden que se salve; pero Jesús no bajó de la cruz. Desde el bautismo hasta la cruz, le acompaña la tentación de poder. Jesús se salvó de esa tentación, pero no como esperaban los que estaban a su alrededor. Hoy seguimos esperando, para él y para nosotros, la salvación que se negó a realizar. Nos negamos a admitir que nuestra salvación pueda consistir en dejarnos aniquilar por los que nos odian. Si seguimos esperando la salvación externa, seguridad, poder o gloria, quedaremos decepcionados como ellos. Jesús será Rey del Universo, cuando la paz y el amor reinen en toda la tierra. Cuando todos seamos testigos de la verdad.

El centro de la predicación de Jesús fue “el Reino de Dios”. Nunca se predicó a sí mismo ni revindicó nada para él. Todo lo que hizo y todo lo que dijo, hacía siempre referencia a Dios. El Reino de Dios es una realidad que no hace referencia a un rey. Ese “de” no es posesivo sino epexegético. No es que Dios posea un reino. Dios es el Reino. Jesús se identificó de tal manera con ese Reino. De Jesús terreno carecería de sentido hablar de su reino. Podemos hablar del Reino de Cristo como una gran metáfora, como el ámbito en el que se hace presente lo crístico, es decir, un ambiente donde reina el amor. Entendido de ese modo y no literalmente, puede tener pleno sentido hablar del Cristo Rey.

Los cristianos descubrieron esta identificación, y pronto pasaron de aceptar la predicación de Jesús a predicarle a él. Surge entonces la magia de un nombre, Jesucristo (Jesús el Cristo, el Ungido). El soporte humano de esta nueva figura queda determinado por la cualidad de Ungido, Mesías. El adjetivo (ungido) queda sustantivado, (Cristo). Lo determinante y esencial es que es “Ungido”. Lo que Jesús manifiesta de Dios, es más importante que el sustrato humano en el que se manifiesta lo divino. Pero debemos tener siempre muy claro que los dos aspectos son inseparables. No puede haber un Jesús que no sea Ungido, pero tampoco puede haber un “Ungido” sin el ser humano, Jesús.

Cristo no es exactamente Jesús de Nazaret, sino la impronta de Dios en ese Jesús. El Reino que es Dios, es el Reino que se manifiesta en Jesús. Para poder aplicar a Jesús el título de rey, debemos despojarlo de toda connotación de poder, fuerza o dominación. Jesús condenó toda clase de poder. Pero no solo condenó al que somete; condenó con la misma rotundidad al que se deja someter. Este aspecto lo olvidamos y nos conformamos con acusar a los que dominan. No hay opresor sin oprimido. El reinado de Cristo es un reino sin rey, donde todos sirven y todos son servidos. Cuando decimos: reina la paz, no queremos decir que la paz tenga un reino sino que la paz se hace presente en ese ámbito.

Jesús quiere seres humanos completos, que sean reyes, es decir, libres. Jesús quiere seres humanos ungidos por el Espíritu de Dios, que sean capaces de manifestar lo divino. Tanto el que esclaviza como el que se deja esclavizar, deja de ser humano y se aleja de lo divino. El que se deja esclavizar es siempre opresor en potencia, no se sometería si no estuviera dispuesto a someter. La opresión religiosa es la más inhuma porque es capaz de llegar a lo más profundo del ser y oprimirle radicalmente. Entender literalmente términos militares, como “guerrilleros de Cristo”, “cruzados de Cristo”, para designar personas o asociaciones vinculadas a Jesús, es muestra de la más burda tergiversación del evangelio.

En el padrenuestro, decimos: “Venga tu Reino”, expresando el deseo de que cada uno de nosotros hagamos presente a Dios como lo hizo Jesús. Y todos sabemos cómo actuó Jesús: desde el amor, la comprensión, la tolerancia, el servicio. Todo lo demás es palabrería. Ni programaciones ni doctrina, ni ritos, sirven para nada si no entramos en la dinámica del Reino. Cuando responde a Pilato, no dice “soy el rey”, sino soy rey. Quiere demostrar que no es el único, que cualquiera lo es en su verdadero ser

Jesu Kristo, unibertsoaren Erregea – C (Lukas 23,35-43)

MARTIRI LEIALA

Kristauok izen desberdinak eman dizkiogu Gurutziltzatuari: «eroslea», «salbatzailea», «erregea», «askatzailea». Esker onez hurbiltzen ahal gara beragana: hondamenditik berreskuratu gaitu berak. Kontenplatzen ahal dugu hunkiturik: inork ez gaitu maite izan berak bezala. Besarkatzen ahal dugu bera, indarrik topatu ahal izateko geure sufrimendu eta ezbeharren artean.

Lehen kristauek «martiri» ere esaten zioten, hau da, «lekuko» edo «testigu». Apokalipsi izeneko idazki batek, K.o. 95. urte inguruan idatziak, «martiri leial», «lekuko leial», esaten dio. Gurutzean, Jainkoaren maitasunaren lekuko leial bezala aurkeztu zaigu Jesus eta azkenak direnekin bat egin duena bezala. Ez genuke ahaztu behar.

Hartaraino egin zuen bat biktima errugabeekin non haien zoria bera izan baitzuen berak azkena. Haren hitza gogaikarri zen. Urrunegi joan zen Jainkoaz eta honen zuzentasunaz hitz egitean. Ezin onartu zuen hura, ez Inperioak, ez Tenpluak. Garbitu, erail, beharra zuten. Desegin beharra. Agian, Paulo gurutzearen teologiaz hitz egiten hasi aurretik, bizi zuten konbentzimendu hau Galileako behartsuek: «Gugatik hil da», «azkeneraino gu defendatzeagatik», «Jainkoaz azkenak direnen alde dagoela esatera ausartu delako».

Gurutziltzatuari begira jartzean, senaz eta berez gogoratu beharko ginateke hainbat eta hainbat biktima ezezagunen oinazeaz eta umilazioaz, historian barna, kasik guztiek ahazturik, sufritzen eta sufrituko dutenen oinazeaz eta umilazioaz. Iseka egitea izango litzateke Gurutziltzatua besarkatu, berari dei egin eta bera adoratzea, geureak ez ditugun sufrimendu guztiez axolagabe bizi bagara.

Gurutzea galduz doa gure etxe eta erakundeetatik, baina gurutziltzatuek hor jarraitzen dute. Egunero ikusten ahal ditugu edozein albistegitan. Ikasi beharra dugu Gurutziltzatua beneratzen, ez gurutze txiki batean, baizik eta gosearen eta gerletako biktima errugabeetan, beren bikoteek eraildako emakumeetan, beren paterak hondoratzean ito direnetan.

Gurutziltzatuari aitor egitea ez da fede-aitormen handiak egitea bakarrik. Bera Jaun eta Erosletzat onartzeko erarik hobena, bera imitatzea da, zuzengabeki sufritzen ari direnekin bat eginez.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

MÁRTIR FIEL

Los cristianos hemos atribuido al Crucificado diversos nombres: «redentor», «salvador», «rey», «liberador». Podemos acercarnos a él agradecidos: él nos ha rescatado de la perdición. Podemos contemplarlo conmovidos: nadie nos ha amado así. Podemos abrazarnos a él para encontrar fuerzas en medio de nuestros sufrimientos y penas.

Entre los primeros cristianos se le llamaba también «mártir», es decir «testigo». Un escrito llamado Apocalipsis, redactado hacia el año 95, ve en el Crucificado al «mártir fiel», «testigo fiel». Desde la cruz, Jesús se nos presenta como testigo fiel del amor de Dios y también de una existencia identificada con los últimos. No hemos de olvidarlo.

Se identificó tanto con las víctimas inocentes que terminó como ellas. Su palabra molestaba. Había ido demasiado lejos al hablar de Dios y su justicia. Ni el Imperio ni el templo lo podían consentir. Había que eliminarlo. Tal vez, antes de que Pablo comenzara a elaborar su teología de la cruz, entre los pobres de Galilea se vivía esta convicción: «Ha muerto por nosotros», «por defendernos hasta el final», «por atreverse a hablar de Dios como defensor de los últimos».

Al mirar al Crucificado deberíamos recordar instintivamente el dolor y la humillación de tantas víctimas desconocidas que, a lo largo de la historia, han sufrido, sufren y sufrirán olvidadas por casi todos. Sería una burla besar al Crucificado, invocarlo o adorarlo mientras vivimos indiferentes a todo sufrimiento que no sea el nuestro.

El crucifijo está desapareciendo de nuestros hogares e instituciones, pero los crucificados siguen ahí. Los podemos ver todos los días en cualquier telediario. Hemos de aprender a venerar al Crucificado no en un pequeño crucifijo, sino en las víctimas inocentes del hambre y de las guerras, en las mujeres asesinadas por sus parejas, en los que se ahogan al hundirse sus pateras.

Confesar al Crucificado no es solo hacer grandes profesiones de fe. La mejor manera de aceptarlo como Señor y Redentor es imitarle viviendo identificados con quienes sufren injustamente.

José Antonio Pagola

Semana del 20 al 26 de noviembre – Ciclo C
Domingo 34º de Tiempo Ordinario

2Samuel 5, 1-3

Ungieron a David como rey de Israel

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: «Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel.»»

Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

Salmo responsorial: 122

Vamos alegres a la casa del Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron:

«Vamos a la casa del Señor»!

Ya están pisando nuestros pies

tus umbrales, Jerusalén. R.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David. R.

Colosenses 1, 12-20

Nos ha trasladado al reino de su Hijo querido

Hermanos: Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.

Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.

Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Evangelio.-Lucas 23, 35-43

Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.» Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.» Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.» Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.» Pero el otro lo increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibirnos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.» Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»

COMENTARIO LITÚRGICO

La fiesta de Cristo Rey fue establecida por la Iglesia en la época del ocaso del Ancien Régime, con objeto de apoyar a las monarquías, las aristocracias, la burguesía, y para oponerse a los nacientes regímenes republicanos, que para las Iglesias representaban, lógicamente, los intereses del pueblo, de los pobres, del liberalismo y de la naciente democracia. Sus orígenes son pues muy discutibles. En todo caso, de los textos bíblicos de la liturgia de esta fiesta no pueden menos que manifestar la manera peculiar en que Cristo sería “Rey”.

Conviene recordar en qué consistían las esperanzas mesiánicas del pueblo judío en el tiempo de Jesús: unos esperaban a un nuevo rey, al estilo de David, tal como es presentado en la primera lectura de hoy. Otros, un caudillo militar que fuera capaz de derrotar el poderío romano. Otros como un nuevo Sumo Sacerdote, que purificaría el Templo. En los tres casos, se esperaba un Mesías triunfante, poderoso.

El salmo que leemos también proclama el modelo davídico de “rey”. Jerusalén, la “ciudad santa” es la ciudad del poder. Eso explica por qué, cuando Jesús anuncia su pasión a los que le siguen, no logran entender por qué tiene que ir a la muerte.

– El evangelio de hoy nos presenta cómo reina Jesús el Cristo: no desde un trono imperial, sino desde la cruz de los rebeldes. La rebelión de Jesús es la más radical de todas: pretende no sólo eliminar un tipo de poder (el romano, o el sacerdotal) para sustituirlo por otro, que con un nombre distinto estaría basado en la misma lógica de dominación y violencia (que era lo que correspondía a las expectativas judías).

Podríamos decir que Jesús es el anti-modelo de rey de los sistemas opresores: no quiere dominar a las demás personas, sino promover, convocar, suscitar, el poder de cada ser humano, de modo que cada una y cada uno de nosotros asumamos responsablemente el peso y el gozo de nuestra libertad.

Uno de los grandes sicólogos del siglo XX, Erich Fromm, plantea, en su libro El miedo a la libertad, que ante la angustia que produce en el ser humano la conciencia de estar separados del resto de la creación, adoptamos dos actitudes igualmente patológicas: dominar a otros, y buscar de quién depender entregándole nuestra libertad. En ambos casos las personas tratamos de, a través de estos mecanismos, disolver esa barrera que nos separa de las otras personas y del resto del universo. El pecado fundamental del ser humano es, según esto, un pecado de poder mal administrado, mal asumido. Y éste es el origen de todos los demás pecados: la avaricia, que conduce a un orden económico injusto; la soberbia, que nos impide ver con claridad nuestros errores y pecados; la mentira, que nos lleva a manipular o a dejarnos manipular; la lujuria, el sexo utilizado como instrumento de poder para “poseer”, oprimir; el miedo, que nos impide levantarnos y caminar sobre nuestros propios pies.

Enmarañados en estas trampas del poder a que nos conduce nuestro “miedo a la libertad”, cuando un régimen opresor de cualquier signo que sea se nos hace insoportable, buscamos cómo derrocarlo… para sustituirlo por otro que sin embargo funciona sobre la misma lógica. Esa es la lógica que Jesús desarticula de manera radical.

Cuando en Getsemaní acuden los soldados y las turbas “de parte de los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo” (Mt 26,47) para prender a Jesús, él no recurre a violencia de ningún tipo. Jesús se niega a ser coronado rey al estilo del “mundo”, luego de la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6,15). La tentación del poder, entendido al estilo de los sistemas opresores persigue a Jesús desde el desierto hasta la cruz. Y desde el desierto hasta la cruz, Jesús rechaza este modelo, denuncia con toda claridad que procede del diablo, del “príncipe de este mundo”, no cae en sus trampas. El costo de esta resistencia no sólo valiente sino lúcida de Jesús es la muerte.

En la cruz Jesús derrota radicalmente al demonio del poder concebido como violencia y opresión por una parte y como dependencia, sumisión y alienación por otra. De este modo que inaugura así un nuevo tipo de relaciones entre las personas y con el universo entero, basadas no en la dominación/dependencia, sino en el respeto mutuo, en la armonía, en la valentía para asumir el peso de la propia libertad responsable.

– En la carta a los Colosenses, Pablo señala cómo a través de Jesús el Cristo (primogénito de todas las criaturas, preexistente y co-creador del universo, cabeza de la iglesia, primicia de la plenitud de la Creación entera) se produce la reconciliación de todos los seres con Dios. Esta y otras expresiones paulinas han dado lugar a interpretaciones erróneas, que consideran que la muerte de Jesucristo en la cruz era el precio que había que pagar para que el Padre, enojado y rencoroso, perdonara a la humanidad pecadora.

Los evangelios nos muestran con claridad por qué y cómo es que Jesús nos reconcilia con el Padre: no porque ese Dios, padre–madre, sea un dios rencoroso, sino porque habíamos perdido el rumbo de la auténtica unidad con Dios y con el universo entero: ésa que no se hace sucumbiendo a nuestro miedo existencia y escudándonos en posiciones de poder (dominante o dependiente) sino superando nuestros miedos, atreviéndonos a presentarnos tal como somos ante Dios, en total pobreza de espíritu, sin escudos protectores que nos impidan ver su rostro.

– Desgraciadamente, ¡cuántas veces en nuestra vida eclesial reproducimos los modelos de “reinado” del mundo, y no los de Dios en Jesucristo! ¡Cuántas veces establecemos relaciones de poder autoritarias en vez de fraternas! ¡Cuántas veces entramos en complicidad con los poderes del sistema, ya sea por acción o por omisión!

El modelo de “reinado” que nos presenta el “Cordero degollado” nos interpela y llama a la conversión. No es necesario ni conveniente subrayar la «realeza» de Jesús si ello conlleva tergiversar su auténtico y efectivo proyecto de vida. Hace daño, sobre todo a los más oprimidos, presentar esa imagen monárquica y principesca de un Jesús que, en verdad, dedicó toda su vida y sus energías a desenmascarar y a luchar contra ese tipo de estructuras.

DOMINGO 33 (C) Fray Marcos?

(Mal 3,19-20) «Los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.»

(2 Tes 3,7-12) Cuando viví con vosotros os dije: el que no trabaja que no coma.

(Lc 21,5-19) «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestra vida».

Dios no puede hace promesas porque no tiene futuro. Él es un presente eterno en el que te lo está dando todo siempre.

Estamos en el penúltimo domingo del año litúrgico. El próximo celebraremos la fiesta de Cristo Rey que remata el ciclo. El evangelio nos invita a reflexio­nar sobre más allá. El lenguaje apocalíptico y escatológico tan común en la época de Jesús, es muy difícil de entender hoy. Corresponde a otra manera de ver al hombre, a Dios y el mundo. Desde aquella visión, es lógico que tuvieran también otra manera de ver lo último el «esjatón». Los discípulos están más interesados por la cuestión del cuándo y el cómo, que por el mensaje.

El pueblo judío estuvo siempre volcado hacia el futuro. La Biblia refleja una tensión   esperando la salvación que solo puede venir de Dios. A Noé se le ofrece algo nuevo después de la destrucción de lo viejo. A Abrahán, salir de su tierra para ofrecerle algo mejor. El Éxodo promete salir de la esclavitud a la libertad. Pero todas las promesas, en realidad, son la expresión humana de todas las carencias que el ser humano experimenta.

Los profetas se encargaron de mantener viva esta expectativa de salvación definitiva. Pero también introdujeron una faceta nueva: El día de esa salvación debía de ser un día de alegría, de felicidad de luz, pero a causa de las infidelidades del pueblo, los profetas empiezan a anunciarlo como día de tinieblas; día en que Yahvé castigará a los infieles y salvará al resto. El objetivo de este discurso era urgir a la conversión.

Los primeros cristianos no tienen inconveniente en utilizar las imágenes que le proporciona la tradición judía, que era el ámbito religioso en el que se desenvolvían. A primera vista parece que entra en esa misma dinámica apocalíptica, muy desarrollada en la época anterior y posterior a la vida de Jesús. El NT pone en boca de Jesús un lenguaje que se apoya en los conocimientos y las imágenes que le proporciona el AT.

En tiempo de Jesús se creía que esa intervención definitiva de Dios iba a ser inminente. En este ambiente se desarrolla la predicación de Juan Bautista y de Jesús. Las primeras comunidades cristianas acentuaron aún más esta expectativa de final inmediato. Pero en los últimos escritos del NT es ya patente una tensión entre la espera inmediata del fin y la necesidad de preocuparse de la vida presente. Ante la ausencia de acontecimientos en los primeros años del cristianismo, las comunidades se preparan para la permanencia.

Con los conocimientos que hoy tiene el ser humano y el grado de conciencia que ha adquirido, no tiene ninguna necesidad de acudir a la actuación de Dios, ni para destruir el mundo y poder crear otro más perfecto (apocalíptica), ni para enderezar todo lo malo que hay en él para que llegue a su perfección (escatología). La justicia de Dios no es un trasunto de la justicia humana, solo que más perfecta. Dios no tiene que actuar para ser justo ni inmediatamente después de una injusticia ni en un hipotético último día.

El evangelio de hoy tiene dos partes. Ninguna de ellas se puede atribuir a Jesús. La primera porque el evangelio se escribió veinte años después de la destrucción del templo. Es fácil poner en boca de Jesús una profecía de lo que ya había pasado.  La segunda porque en el año 90, los cristianos ya eran acosados por todas partes. Los judíos los persiguieron desde que el templo fue destruido. Los romanos ya estaban también persiguiéndolos.

Nuestra contingencia es consecuencia de nuestra condición de criaturas. El dolor, el pecado, la muerte no son fallos, sino que pertenecen a nuestra misma naturaleza. La salvación no consistirá en que Dios nos libre de esas limitaciones, sino en darse cuenta de que Él está siempre en nosotros, y todo hombre puede alcanzar plenitud de ser, a pesar de ellas. Es un error pensar que podré alcanzar plenitud cuando las cosas cambien. Si me quitan unas limitaciones, aparecerán otras. Debemos tomar conciencia de mi plenitud de humanidad es posible aquí y ahora. Nunca habrá un momento más propicio para hacer mía esa plenitud.

Lo que en el mundo creemos que está mal y no depende del hombre, no es más que una falta de perspectiva. Una visión que fuera más allá de las apariencias nos convencería de que no hay nada que cambiar en la realidad, sino que tenemos que cambiar nuestra manera de interpretarla. Lo que nos debía preocupar de verdad es lo que está mal por culpa del hombre. Ahí nuestra tarea es inmensa. El ser humano está causando tanto mal a otros seres humanos y al mismo mundo que debíamos estar aterrados.

No nos debe extrañar la referencia a la destrucción del templo. Este evangelio está escrito entre el año 80 y el 90, por lo tanto ya se había producido esa catástrofe. Para un judío, la destrucción del tempo era el “fin del mundo”. Era lógico asociar la destrucción del templo al fin de los tiempos, porque para ellos el templo lo era todo. De ahí la pregunta: ¿Cuándo va a ser eso? Poro Jesús responde hablando del fin de los tiempos, no del templo. La única preparación posible es la confianza total en lo que Dios nos está dando.

Jesús introduce elementos nuevos que cambian la esencia de la visión apocalíptica. En la lectura de hoy podemos apreciar claramente estos matices. A Jesús no le impresiona tanto el fin, como la actitud de cada uno ante la realidad actual (“antes de eso”). ¡Que nadie os engañe! La advertencia vale para hoy. Ni el fin ni las catástrofes tienen importancia ninguna, si sabemos mantener la actitud adecuada. La realidad no debe perturbarnos. Sabemos que la realidad material termina, pero lo esencial dura.

La seguridad no la puede dar la falta de conflictos (siempre los habrá), ni la promesa de felicidad, sino la confianza en Dios. Tampoco debemos seguir edificando “templos” que nos den seguridades. Ni organigramas ni doctrinas ni un cristianismo sociológico, garantizan nuestra salvación. Todo lo contrario, puede ser que la desaparición de esas seguridades nos ayude a buscar nuestra verdadera salvación. Decía ya San Ambrosio: “Los emperadores nos ayudaban más cuando nos perseguían que cuando nos protegen”.

Lo esencial del mensaje de hoy está en la importancia del momento presente frente a los miedos por un pasado catastrófico o las especulaciones sobre el futuro. Aquí y ahora puedo descubrir mi plenitud. Aquí y ahora puedo tocar la eternidad. Hoy mismo puedo detener el tiempo y llegar a lo absoluto. En un instante puedo vivir la totalidad, no solo de mi ser individual, sino la TOTALIDAD de lo que ha existido, existe y existirá.

Jesús venció a la muerte, muriendo. Su muerte no fue un paripé para recuperar la misma vida que perdió. Fue la aceptación total de su limitación lo que le proyectó a lo absoluto. Solo descubriendo y aceptando plenamente mi limitación, podré entrar en la dinámica de lo eterno que hay en mí. El mayor peligro que nos acecha es que busquemos en la vida espiritual la manera de potenciar lo material. El tiempo material es una sucesión de puntos. La eternidad es un punto que se encuentra a en todos los lugares de la línea.

Urteko 33. igandea – C (Lukas 21,5-19)

PAZIENTZIA GALDU GABE

Jesusek pertsekuzioez eta etorkizuneko atsekabez jaulkitako hitzak jaso ditu Lukasek; modu berezian azpimarratu du Jesusek krisiari pazientziaz aurre egin beharra. Ebanjelariak erabili duen terminoak adorea esan nahi du, eroapena, iraunkortasuna, zailtasunei irmo eusteko gaitasuna, pazientzia eraginkorra.

Gure egunotan doi-doi aipatzen da pazientzia; halaz guztiz, gutxitan izango zen gaur bezain beharrezkoa: krisialdi larri eta orokor honetan, ziurgabetasun honetan, frustrazio honetan.

Asko dira gaur egun zerupean bizi direnak eta, ezin topatu izatean zentzurik, segurtasunik eta esperantzarik emango dien babesik, etsipenak, ziurtasun-ezak eta depresioak jotzen ditu.
Ebanjelioak aipatzen duen pazientzia jende indartsu eta zailduaren bertutea da. Hobeto esan, historia arnasten eta gidatzen duen Jainko pazientziadun eta indartsuagan, batzuetan guretzat hain ulertezina izanik ere, txeratsu eta maitasun gupidatsu den Jainkoagan, sinesten duenaren jarrera baretsua da.

Pazientzia honek arnastua den pertsonak ez die uzten atsekabeei eta krisialdiei bera nahastarazi dezaten. Bihotz barez eta konfiantzazkoaz eusten dio. Bere sekretua Jainkoaren pazientzia leiala du; Jainkoak, izan ere, hainbat zuzengabekeria zoro eta hainbeste kontraesan eta guzti, aurrera jarraitzen du bere lanean bere promesak bete arte.

Pazientzia gabeak, luze jotzen du itxaroa. Horregatik, sumindu egiten da eta tolerantziarik gabeko bilakatzen. Irmo eta indartsu dela ematen duen arren, ahul eta errorik gabeko da egiaz. Asko mugitzen eta urduritzen da, baina gutxi eraikitzen; etengabe dihardu kritikatzen, baina doi-doi du ereiten; gaitzetsi bai, baina liberatu ez. Pazientzia gabea aise eror daiteke etsipenean, nekean edo amore emate garratzean. Ez du jada ezer espero. Ez du sekula esperantzarik kutsatzen.

Pertsona pazientziaduna, aitzitik, ez da sumintzen, ez du tristuraz lur jotzen. Begirunez kontenplatzen du bizitza, eta, are, adeitasunez. Besteei izaten uzten die, ez du aurreratzen Jainkoaren auzia, ez dio buruak ematen bere zuzenbidea inori ezartzea.

Halaz guztiz, ez dute jotzen, ez apatiak, ez eszeptizismoak, ez utzikeriak. Pazientziadunak egunez egun egiten du borroka eta ahalegintzen da; hain justu, esperantzak arnastua delako. «Horregatik saiatzen gara lanean eta borrokan, gizon-emakume guztien eta batik bat sinestedunen salbatzailea den Jainko biziarengan itxaropen dugulako» (1 Tim 4,10).

Fededunaren pazientzia «biziaren adiskide» den Jainkoagan errotzen da. Geure bidean aurkitzen ditugun zuzengabekeriak, bizitzak ezartzen dizkigun kolpeak, hainbat eta hainbat sufrimendu zoro eta baliogabe eta guzti, Jainkoak aurrera jarraitzen du bere lanean. Beragan dugu fededunok geure esperantza.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

SIN PERDER LA PACIENCIA

Lucas recoge las palabras de Jesús sobre las persecuciones y la tribulación futuras subrayando de manera especial la necesidad de enfrentarnos a la crisis con paciencia. El término empleado por el evangelista significa entereza, aguante, perseverancia, capacidad de mantenerse firme ante las dificultades, paciencia activa.

Apenas se habla de la paciencia en nuestros días, y sin embargo pocas veces habrá sido tan necesaria como en estos momentos de grave crisis generalizada, incertidumbre y frustración.

Son muchos los que viven hoy a la intemperie y, al no poder encontrar cobijo en nada que les ofrezca sentido, seguridad y esperanza, caen en el desaliento, la crispación o la depresión.

La paciencia de la que se habla en el evangelio no es una virtud propia de hombres fuertes y aguerridos. Es más bien la actitud serena de quien cree en un Dios paciente y fuerte que alienta y conduce la historia, a veces tan incomprensible para nosotros, con ternura y amor compasivo.

La persona animada por esta paciencia no se deja perturbar por las tribulaciones y crisis de los tiempos. Mantiene el ánimo sereno y confiado. Su secreto es la paciencia fiel de Dios, que, a pesar de tanta injusticia absurda y tanta contradicción, sigue su obra hasta cumplir sus promesas.

Al impaciente, la espera se le hace larga. Por eso se crispa y se vuelve intolerante. Aunque parece firme y fuerte, en realidad es débil y sin raíces. Se agita mucho, pero construye poco; critica constantemente, pero apenas siembra; condena, pero no libera. El impaciente puede terminar en el desaliento, el cansancio o la resignación amarga. Ya no espera nada. Nunca infunde esperanza.

La persona paciente, por el contrario, no se irrita ni se deja deprimir por la tristeza. Contempla la vida con respeto y hasta con simpatía. Deja ser a los demás, no anticipa el juicio de Dios, no pretende imponer su propia justicia.

No por eso cae en la apatía, el escepticismo o la dejación. La persona paciente lucha y combate día a día, precisamente porque vive animada por la esperanza. «Si nos fatigamos y luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en el Dios vivo» (1 Timoteo 4,10).

La paciencia del creyente se arraiga en el Dios «amigo de la vida». A pesar de las injusticias que encontramos en nuestro camino y de los golpes que da la vida, a pesar de tanto sufrimiento absurdo o inútil, Dios sigue su obra. En él ponemos los creyentes nuestra esperanza.

José Antonio Pagola

Semana del 13 al 19 de noviembre – Ciclo C
Domingo 33º de Tiempo Ordinario

Malaquías 3,19-20: Los iluminará un sol de justicia
Salmo 98: El Señor llega para regir la tierra con justicia
2 Tesalonicenses 3,7-12: Quien no trabaja, que no coma
Lucas 21,5-19: Con su perseverancia salvarán ustedes sus vidas

Malaquías 3, 19-20a

Os iluminará un sol de justicia

Mirad que llega el día, ardiente como un horno:

malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir

-dice el Señor de los ejércitos-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz.

Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.

Salmo responsorial: 98

El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.

Tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor. R.

Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes al Señor, que llega para regir la tierra. R.

Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud. R.

2Tesalonicenses 3, 7-12

El que no trabaja, que no coma

Hermanos: Ya sabéis cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo: no vivimos entre vosotros sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie.

No es que no tuviésemos derecho para hacerlo, pero quisimos daros un ejemplo que imitar.

Cuando vivimos con vosotros os lo mandarnos: el que no trabaja, que no coma.

Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada.

Pues a esos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan.

Evangelio.- Lucas 21, 5-19

Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»

Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?»

Él contesto: «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: «Yo soy», o bien: «El momento está cerca; no vayáis tras ellos.

Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.

Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.»

Luego les dijo: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.

Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.

Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.

Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.

Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía.

Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»

COMENTARIO LITÚRGICO

Nos vamos acercando ya al final del año litúrgico, y por una lógica probablemente mal aplicada al distribuir los textos bíblicos en el año litúrgico, el tema de las lecturas de este domingo es también sobre el del «final de los tiempos», el «final del mundo». De hecho, en el evangelio hay numerosos pasajes que aluden a este tema, los famosos textos «apocalípticos» (el género «apocalíptico» era muy del gusto de aquellos tiempos).

Durante la historia del cristianismo, también el final del mundo ha sido un tema siempre presente. Formaba parte de la identidad cristiana, diríamos. Ser cristiano implicaba creer que nuestra vida va a acabar con un juicio de Dios sobre nosotros, y también sobre la existencia del mundo como conjunto: Dios decidiría en algún momento -muy probablemente por sorpresa- el final del mundo, y toda humanidad sería convocada a juicio, en el Valle de Josafat por más señas, junto a la muralla oriental del Templo de Jerusalén (lo que convirtió a ese valle en un auténtico cementerio VIP, muy cotizado… y todavía hoy lo es).

Este concepto del «final del mundo» estaba enmarcado (hasta ayer mismo, cuando nosotros éramos niños) dentro del contexto de una cosmovisión que imaginaba a Dios como un «Señor todopoderoso», situado fuera del mundo, encima, en un segundo piso celestial, observando y con frecuencia interviniendo en el mundo, en el que se debatía la humanidad que Él había creado allí para superar una prueba y pasar a continuación a la vida definitiva, que ya no sería aquí en la tierra, sino en otro lugar, en «un cielo nuevo y una tierra nueva», porque la vieja tierra sería destruida con el final del período de prueba de la Humanidad. A continuación, ya todo sería distinto: una «vida eterna» en el cielo -o en el infierno tal vez para algunos-.

Ruboriza hoy –y casi parece caricatura– contar o describir aquella visión que durante siglos se identificó con la doctrina cristiana. Durante milenio y medio al menos la creyeron revelada por Dios mismo . Dudar de ella o de cualquiera de sus detalles era tenido como un pecado (grave) de «falta de fe» y -peor aún- como un desacato a la revelación. Sobre la visión global o el «gran relato» –porque además era realmente un relato– que el cristianismo ofrecía (pecado original, juicio particular, juicio universal, cielo, purgatorio o infierno…) no era permitido dudar.

Hoy nos podemos llevar las manos a la cabeza al caer en la cuenta de qué parte tan grande de toda esta visión estaba constituida por tradiciones mitológicas ancestrales, pensamiento platónico… ¡Genial Platón!, que logró crear una «imagen» del mundo que cautivaría la imaginación de la humanidad por generaciones y generaciones, durante varios milenios, por veinticinco siglos, hasta hoy.

La revolución científica comenzada en el siglo XVI empezó a cuestionar aquella cosmovisión platónico-aristotélica del cristianismo: las esferas celestiales, los siete cielos, la separación entre el mundo perfecto supra-lunar y el imperfecto o corruptible infra-lunar, la descripción tan viva de los «novísimos» (muerte, juicio, infierno y gloria)… Pero lo que en la visión científica iba desmoronándose, se refugiaba en la visión religiosa, como si el cielo aristotélico-platónico formara parte de la fe, aunque el cielo astronómico nos fuera apareciendo como totalmente otro.

Hoy día, con el avance que la ciencia ha realizado, la escatología (rama de la ciencia que trata del «eskhatos, lo último») no sabe dónde colocar eso último, ni cómo conectarlo con lo que hoy sabemos todos. Y por eso cuesta seguir hablando de lo que era «lo último» dentro de las coordenadas teológicas tradicionales: unas realidades últimas conectadas directamente con la «prueba» y el «juicio de Dios» sobre nosotros, y una «vida eterna» vista como el premio o castigo correspondiente… La vida, la muerte, y la posible continuidad o no de la vida… todo ello era planteado en las coordenadas de aquella visión mítica (Dios arriba, que decide crear una humanidad y la pone a prueba para llevar a quienes la superen a la vida eterna…).

Tan internalizada está esta convicción mítica del «Dios que crea a los humanos en una vida provisional para probar si pueden acceder a la vida eterna», que todavía hoy, muchos cristianos no sólo siguen pensando así, sino que no ven la posibilidad de que vida, muerte y más allá de la muerte sean dimensiones existenciales humanas que deban dejar de ser pensadas y «utilizadas» como premios y castigos de Dios a los humanos por su conducta. Muchos predicadores tendrán hoy dificultades para enfocar su homilía superando esa interpretación tradicional…

Pero, afortunadamente, «otro cristianismo es posible». Es posible… porque ya es real: ya lo viven muchos, y algunos incluso dan razón de esa su fe, y su nueva esperanza, desligada de premios y castigos.

Completamos con una referencia tradicional a las tres lecturas de hoy:

Malaquías, a través de un lenguaje apocalíptico, alienta al pueblo justo que sirve enteramente al Señor, indicándoles que ya llegará el día en que se hará sentir la justicia de Dios sobre los que no guardan su ley; que ellos no son los que realmente dirigen el caminar de la historia, sino que es el Dios amante de la vida quien la guía, conduciéndola por el camino de la paz y de la vida. Todos los que caminan por el camino del Señor serán iluminados por el “sol de la justicia” que irradia su luz en medio de la oscuridad, en medio del dolor y la muerte.

El salmo que leemos hoy es un himno al Rey y Señor de toda la Creación, quien dirige con justicia a todos los pueblos de la tierra, quien es amoroso y fiel con el pueblo de Israel. Dios es un Dios justo, que merece ser alabado por todos, pues ha derrotado la muerte y ha posibilitado la vida para todos; por ello toda la Creación lo alaba, celebra la presencia de ese Dios misericordioso y justo en medio del pueblo liberado. Es un salmo de agradecimiento por los beneficios que el pueblo ha recibido por tener su esperanza puesta en el Dios de la Vida.

Muchos de los creyentes de Tesalónica, concretamente las clases altas, pensaron que no debían preocuparse por las cosas de la vida cotidiana, como el trabajo, y que más bien debían esperar, de brazos cruzados, la inminente venida del Señor y dedicarse a la ociosidad. Pablo llama fuertemente la atención sobre esa actitud, pues son personas que viven del trabajo ajeno, son explotadores de los otros (esclavos) y, gracias a ello, acumulan riquezas sin esforzarse en absoluto. Es a ellos a quienes Pablo se dirige con vehemencia: «el que no trabaje que no coma» (v. 10), ya que esta actitud no es propia de la enseñanza de los apóstoles.

Puede ser que la presencia magnífica del Templo de Jerusalén alentara la fe de los judíos hasta el punto de ser más significativos la arquitectura y el poder de la religión que el mismo Dios de Israel; puede ser que fueran más importante los sacrificios, el ritual, la construcción majestuosa… que las actitudes exigidas por el mismo Dios para un verdadero culto a él: la misericordia y la justicia social. Por eso Jesús afirma que el Templo será destruido, pues no posibilita una relación legítima con Dios y con los hermanos, sino que crea grandes divisiones sociales e injusticias. Es importante ir descubriendo en nuestra vida que la experiencia de fe debe estar atravesada por el servicio incondicional a los demás; es así como vamos sintiendo el paso de Dios por nuestra existencia y es así como vamos construyendo el verdadero templo de Dios, el cual no se debe equiparar con edificaciones ostentosas, sino con la Iglesia-comunidad de creyentes que se inspira en la Palabra de Dios y se mantiene firme en la esperanza de Jesús resucitado.

DOMINGO 32 (C) Fray Marcos

(2 Mc 7,1-2.9-14) “Vale la pena morir. Tú en cambio no resucitarás para la vida”.
(2 Tes 2,15-3,5) «El Señor que es fiel, os dará fuerza y os librará del malo.»
(Lc 20,27-38) Dios no es un Dios de muertos, porque en Él todos estamos vivos.

El más allá no es continuación del más acá. La eternidad está en ti, aquí y ahora.

Estamos en Jerusalén. Lc ya ha narrado la entrada solemne y la purificación del Templo.
Sigue la polémica. Los saduceos, que tenían su bastión en torno al templo, entran en
escena. Era más un partido político que religioso. Estaba formado por la aristocracia laica y
sacerdotal. Preferían estar a bien con la Roma y no poner en peligro sus intereses. Solo
admitían el Pentateuco como libro sagrado. Tampoco admitían la tradición. No creían en la
resurrección. Jesús no responde a la pregunta sino a lo que debían haber preguntado.
El planteamiento responde a una visión mítica. Lo que encerraba una verdad desde esa
visión, se convierte en absurdo cuando lo entendemos racionalmente. Pensar y hablar del
más allá es imposible. Es como pedirle a un ordenador que nos de el resultado de una
operación sin suministrarle los datos. Ni siquiera podemos imaginarlo. Puedo imaginar lo
que es una montaña de oro aunque no exista en la realidad, pero tengo que haber
percibido por los sentidos lo que es el oro y lo que es una montaña. No tenemos datos
objetivos para imaginar el más allá. Todo lo que llega a la mente entra por los sentidos.
Las imaginaciones carecen de sentido. Lo racional es aceptar que no sabemos nada. El
instinto más visceral de todo ser vivo, es la permanencia en el ser; de ahí que la muerte
se considere como el mal supremo. Para el ser humano con su capacidad de razonar,
ningún programa de salvación será convincente si no supera su condición mortal. Si el
hombre considera la permanencia en el ser como un valor absoluto, también considerará
como absoluta su perdida. Todos los intentos por encontrar una solución serán inútiles.
Todos queremos ser eternos en nuestro yo individual porque no hemos descubierto
nuestro verdadero ser, más allá de nuestra contingencia. Esa contingencia no es un fallo,
sino mi propia naturaleza; por lo tanto no es nada que tengamos que lamentar ni de lo
que Dios tiene que librarnos, ni ahora ni después. Mis posibilidades de ser solo las puedo
desplegar aquí y ahora, a pesar de esa limitación. No creo que sea coherente el postular
para el más allá un cielo maravilloso mientras seguimos haciendo de la tierra un infierno.
Nuestro ser, que creemos autosuficiente, hace siempre referencia a Otro que me
fundamenta, y a los demás que me permiten realizarme. La razón de mi ser no está en mí
sino en Otro. Yo no soy la causa de mí mismo. No tiene sentido que considere mi propia
existencia como el valor supremo. Si mi existir se debe al Otro, Él será el valor supremo
también para mi ser individual y aparentemente autónomo. Si un ser eterno se relaciona
conmigo, esa relación no puede terminar y mi relación con Él también será eterna.
El pueblo de Israel empezó a reflexionar sobre el más allá unos 200 años antes de Cristo.
El concepto de resurrección no se acuñó hasta después de las luchas macabeas. Los libros
de los Macabeos, se escribieron hacia el año 100 a C. El libro de Daniel, se escribió hacia el
año 164 a C. Anteriormente solo se pensó en la asunción al “cielo” de determinadas
personas que volverían a la tierra para llevar a cabo una tarea de salvación; no se trataba
de resurrección escatológica sino de una situación de espera en la reserva para volver.
Puede parecernos ridículo el planteamiento de los saduceos, pero la inmensa mayoría de
los cristianos hay siguen pensado en un más allá con unos ojos que les permitirán ver a
sus seres queridos, con unos brazos que les permitirán abrazarlos y con una legua que
les permitirá comunicarse con ellos. Esto es tan ridículo como la propuesta saducea.
Los semitas, no conocen un alma sin cuerpo, no podía imaginar un ser humano sin cuerpo.
Ni siquiera tienen una palabra para expresar el cuerpo sin alma. Nuestra doctrina sobre el
más allá nace de la fusión de dos concepciones opuestas del ser humano, la judía y la
griega. Nuestra predicación sería incomprensible para Jesús. La palabra que traducimos
por alma quiere decir “vida” y la que traducimos por cuerpo, quiere decir persona.
El NT proclama la resurrección de los muertos. Nosotros hoy pensamos en la supervivencia
del alma. No es esa la idea que nos quiere trasmitir la Biblia. Nos hemos apartado
totalmente del pensamiento bíblico y ha prevalecido la idea griega, aunque tampoco la
hemos conservado con exactitud. para los griegos no se necesitaba ninguna intervención
de Dios para que el alma subsistiera y la resurrección del cuerpo era un flaco favor.
La base de toda reflexión sobre al más allá, está en la resurrección de Jesús. La
experiencia que de ella tuvieron los discípulos es que Dios realizó plenamente en él la
salvación. Jesús sigue vivo con una Vida que ya tenía cuando estaba con ellos, pero que
no descubrieron hasta que murió. En él, la última palabra no la tuvo la muerte sino la
Vida. Esta es la principal aportación del texto de hoy: “serán como Ángeles, hijos de Dios”.
¿Cómo permanecerá esa Vida que ya poseo aquí y ahora? Ni lo sé ni puedo saberlo. No
debemos rompernos la cabeza pensando como va a ser ese más allá. Lo que de veras me
debe importar es el más acá. Descubrir que Dios me salva aquí y ahora. Vivenciar que hoy
es ya la eternidad para mí. Que la Vida definitiva la poseo ya en plenitud. En la experiencia
pascual, los discípulos descubrieron que Jesús estaba vivo. No se trataba de la vida
biológica sino la Vida divina que ya tenía antes de morir, a la que no afectó la muerte.
Los cristianos hemos tergiversado hasta el núcleo central del mensaje de Jesús. Él puso la
plenitud del ser humano en el amor, en la entrega total, sin límites a los demás. Nosotros
hemos hecho de esa misma entrega una programación. Soy capaz de darme, con tal que
me garanticen que esa entrega terminará por redundar en beneficio de mi ego. Jesús
predicó que la plenitud humana está en la entrega total. Mi objetivo cristiano debe ser
deshacerme, no permanecer en el falso yo. Justo lo contrario de lo que pretendemos.
Te preocupa lo que será de ti después de la muerte ¿Te ha preocupado alguna vez lo que
eras antes de nacer? Tú relación con el antes y con el después responde al mismo criterio.
No vale decir que antes de nacer no eras nada, porque entonces hay que concluir que
después de morir no serás nada. La eternidad no es una suma de tiempo sino un instante
que está más allá del tiempo. Desde la visión más tradicional, para Dios soy igual en este
instante que antes de nacer o después de morir. Desde la visión de Dios que tenemos hoy,
no somos nada distinto de Él y en Él siempre hemos sido y seremos lo mismo.
«…porque para Él, todos están vivos». ¿No podría ser esa la verdadera plenitud
humana? ¿No podríamos encontrar ahí el auténtico futuro del ser humano? ¿Por qué
tenemos que empeñarnos en que nos garanticen una permanencia en el ser individual
para toda la eternidad? ¿No sería muchísimo más sublime permanecer vivos solo para Él?
¿No podría ser, que él consumirnos en favor de los demás, fuese la auténtica consumación
del ser humano? ¿No es eso lo que celebramos en cada eucaristía?

Urteko 32. igandea – C (Lukas 20,27-38)

GAUZA IRRIGARRIA OTE JAINKOAGAN ESPERANTZA IPINTZEA?

Saduzearrak ez ziren batere herrikoi herrixketako jende artean. Familia aberatsek osatutako taldea zen; Jerusalemgo elitekoak ziren, joeraz kontserbadoreak, bai erlijioa bizitzeari zegokionez, bai Erromako boterearekin ulermena bilatzeko politikan. Ez dakigu haietaz ezer askoz gehiago.

Esan dezakeguna da «piztuerari uko egiten ziotela». «Berritasuntzat» hartzen zuten pìztuera, jende xaloaren ustekeriatzat. Ez zien axola heriotzaz haraindiko bizia. Ondo zihoakien bizitza honetan. Zertan kezkatu beste ezertaz?

Behin batean Jesusi hurbildu zitzaizkion piztuerarekiko fedea barregarri jarri nahian. Kasu guztiz irreal bat aurkeztu zioten, beren fantasiaren fruitua. Zazpi anaiez hitz egin zioten Jesusi: bata bestearen ondoren emazte bat berarekin ezkondu dira, Jerusalemgo familia boteretsu haietako gizonezkoen adarreko izenaren, ohorearen eta ondarearen segida segurtatzeko. Arazo horretaz dute ulertzen soilik.

Jesusek piztueraz duten ikusmoldea kritikatu die: txorakeria da uste izatea ezen behin betiko bizian, Jainkoaren ondoan, bizitza honetako egoera berregitea eta luzatzea izango dela arazoa, eta zehazki gizonezko aberatsen probetxurako diren patriarka-egitura horiek luzatzea izango dela.

Beste biziaz Jesusek duen fedea ez datza hain irrigarria den zerbaitetan: «Abrahamen, Isaaken eta Jakoben Jainkoa ez da hildakoen Jainkoa, baizik eta biziena». Jesusek ezin du imajinatu ere, Jainkoari bere seme-alabak hilez joango zaizkionik; Jainkoa ez da bizi betikotasun osoan hildakoez inguraturik. Ezin du imajinatu ere, bizia Jainkoaren ondoan mundu honetako desberdintasunak, zuzengabekeriak eta abusuak betikotzea izan daitekeenik.

Era arin eta atseginean bizi denean, norberaren ongizateaz gozatuz eta sufritzen ari direnak ahaztuz, aise gerta daiteke mundualdi honetako bizitza hau bakarrik gogoan izatea. Barregarri ere irudi dakioke halakoari beste esperantza bat elikatzen jardutea.

Gehiengo pobreen sufrimendua apur bat partekatzen denean, bestela ikusten dira gauzak: zer esan ogirik, osasunik edo maitasunik ezagutu gabe hil direnez?, zer esan huts egindako edo zuzengabeki jo eta galdutako hainbat eta hainbat bizitzaz? Irrigarri ote Jainkoaganako esperantza elikatzea?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

¿ES RIDÍCULO ESPERAR EN DIOS?

Los saduceos no gozaban de popularidad entre las gentes de las aldeas. Era un sector compuesto por familias ricas pertenecientes a la élite de Jerusalén, de tendencia conservadora, tanto en su manera de vivir la religión como en su política de buscar un entendimiento con el poder de Roma. No sabemos mucho más.

Lo que podemos decir es que «negaban la resurrección». La consideraban una «novedad» propia de gente ingenua. No les preocupaba la vida más allá de la muerte. A ellos les iba bien en esta vida. ¿Para qué preocuparse de más?

Un día se acercan a Jesús para ridiculizar la fe en la resurrección. Le presentan un caso absolutamente irreal, fruto de su fantasía. Le hablan de siete hermanos que se han ido casando sucesivamente con la misma mujer, para asegurar la continuidad del nombre, el honor y la herencia a la rama masculina de aquellas poderosas familias saduceas de Jerusalén. Es de lo único que entienden.

Jesús critica su visión de la resurrección: es ridículo pensar que la vida definitiva junto a Dios vaya a consistir en reproducir y prolongar la situación de esta vida, y en concreto de esas estructuras patriarcales de las que se benefician los varones ricos.

La fe de Jesús en la otra vida no consiste en algo tan irrisorio: «El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob no es un Dios de muertos, sino de vivos». Jesús no puede ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo sus hijos; Dios no vive por toda la eternidad rodeado de muertos. Tampoco puede imaginar que la vida junto a Dios consista en perpetuar las desigualdades, injusticias y abusos de este mundo.

Cuando se vive de manera frívola y satisfecha, disfrutando del propio bienestar y olvidando a quienes viven sufriendo, es fácil pensar solo en esta vida. Puede parecer hasta ridículo alimentar otra esperanza.

Cuando se comparte un poco el sufrimiento de las mayorías pobres, las cosas cambian: ¿qué decir de los que mueren sin haber conocido el pan, la salud o el amor?, ¿qué decir de tantas vidas malogradas o sacrificadas injustamente? ¿Es ridículo alimentar la esperanza en Dios?

José Antonio Pagola