CORPUS CHRISTI 2025 (C) – Fray Marcos

Los signos no son la Realidad significada. Si nos quemamos en el signo malogramos el sacramento.

Es muy difícil hablar de este sacramento. Serían tantas las desviaciones que habría que corregir, que solo el tener que planteármelo, me asusta. Hemos tergiversado hasta tal punto este sacramento que lo hemos convertido en algo ineficaz.

Hemos convertido la eucaristía en un rito cultual que se desarrolla fuera de nosotros y al que asistimos pasivamente. Nuestra tarea debe ser volverlo a cargar de humanidad. Dios es la Realidad que está en nosotros siempre y no tiene que hacer nada. El sacramento lo necesitamos nosotros para descubrirlo.

El problema de este sacramento, es que se ha desorbitado la importancia de aspectos secundarios (sacrificio, presencia, adoración) y se ha olvidado totalmente su esencia, que es su aspecto sacramental. La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada.

Lo que es un signo lo sabemos muy bien, porque toda comunicación entre seres humanos se realiza a través de signos. El signo no es el pan sino el pan partido, preparado para ser comido. La clave del signo no está en el pan como cosa, sino en el hecho de que está partido. El signo está en la disponibilidad para ser comido.

El segundo signo es el vino servido, preparado para ser bebido. Es muy importante tomar conciencia de que, para los judíos, la sangre era la vida. Si no tenemos esto en cuenta, se pierde el significado. El valor sacrificial que se le ha dado al sacramente no pertenece a lo esencial y nos despista de su verdadero valor.

La realidad significada es trascendente, que está fuera del alcance de los sentidos. Si queremos hacerla presente, tenemos que utilizar los signo. Esa realidad es eterna y no se pueden ni crear ni destruir; ni traer ni llevar; ni poner ni quitar. Si celebrar la eucaristía no me lleva a descubrirla, es que se ha convertido en garabato

El principal objetivo de este sacramento, es tomar conciencia de la presencia divina en nosotros. Pero esa toma de conciencia tiene que llevarnos a vivir esa misma realidad como la vivió Jesús. Si nos conformamos con realizar el signo sin alcanzar lo significado, solo será un garabato.

En la eucaristía se significamos el amor que es Dios manifestado en el don de sí mismo que hizo Jesús durante su vida. Esto soy yo: Don total sin límites. El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan en que me convierto cuando me doy. Soy cristiano, no cuando como sino cuando me dejo comer, como hizo él.

Todas las muestras de respeto hacia los signos están muy bien. Pero arrodillarse ante el Santísimo y seguir menospreciando o ignorando al prójimo, es un sarcasmo. Si en nuestra vida no reflejamos la actitud de Jesús, la celebración de la eucaristía seguirá siendo magia barata para tranquilizar nuestra conciencia.

Jesu Kristoren gorputz eta odol santu-santuak – C- José A. Pagola

(Lukas 9,11b-17)

GEUREA DUGUNA PREMIA DUTENEKIN PARTEKATU – COMPARTIR LO NUESTRO CON LOS NECESITADOS

Bi ziren problema larrienak Galileako herrixketan: gosea eta zorrak. Hori zen Jesusi gehiena sufriarazten ziona. Bere ikasleek otoitz egiten irakasteko eskatu ziotenean, barne-barnetik irten zitzaizkion Jesusi bi eskariak: «Aita, emaguzu gaur behar dugun ogia»; «Aita, barkatu guri geure zorrak, geuk ere barkatzen baitiegu zerbait zor digutenei».

Zer egin zezaketen jendea suntsitzen ari ziren gosearen aurka eta beren lurrak galtzera zeramatzaten zorren aurka? Jesusek argi zekusan Jainkoaren borondatea: partekatu zeukaten apurra eta barkatu zorrak elkarri. Horrela bakarrik jaioko zen mundu berri bat.

Kristau-iturriek Jesusen otordu gogoangarri baten oroitzapena gorde dute. Zerupean gertatu zen eta jende askok hartu zuen parte. Ezinezkoa da gertatu zena berreraikitzea. Hau izan zen gorde zuten oroitzapena: jendearen artean «bost ogi eta bi arrain» bakarrik jaso ahal izan zituzten; baina zeukaten apurra partekatu zuten eta, Jesusen bedeinkazioa zela medio, guztiek jan ahal izan zuten.

Kontakizunaren hasieran elkarrizketa oso argitzaile bat dator. Jendea gose zela ikustean, irtenbiderik erosoena eta konpromisorik txikiena zekarkeena proposatu zuten ikasleek: «doazela herrixketara eta eros dezatela jateko zerbait»; konpon dezala nork bere arazoa ahal duena bezala. Jesusek arazoa erantzukizunez hartzera dei egin die: «Emaiezue jatekoa zeuek»; ez utzi gose direnak nor bere zorian galdurik.

Ez genuke ahaztu behar agindu hori. Munduan gose direnei ezikusia eginez bizi bagara, geure kristau-nortasuna galdua dugu; ez gara Jesusekiko leial; gure eukaristia-otorduei sentiberatasuna eta beren horizontea falta zaie, gupida falta zaie. Nola eralda daiteke gurea bezalako erlijio bat Jesusi leial zaizkion jarraitzaileen mugimendu bihurtuz?

Lehenik eta behin, ez dezagun galdu beraren oinarrizko ikuspegia: utz diezaiogun gero eta gehiago hunki eta erasan diezagun ogiz eta duintasunez bizitzea zer den ez dakitenen sufrimenduak. Bigarren, konprometitu gaitezen ekimen txiki, zehatz, soil, erdizkakoetan parte hartuz: Jesusen estiloaren arabera partekatzen eta aurreratzean gehiago bat egiten irakasten digutenetan.

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

COMPARTIR LO NUESTRO CON LOS NECESITADOS

Dos eran los problemas más angustiosos en las aldeas de Galilea: el hambre y las deudas. Era lo que más hacía sufrir a Jesús. Cuando sus discípulos le pidieron que les enseñara a orar, a Jesús le salieron desde muy dentro las dos peticiones: «Padre, danos hoy el pan necesario»; «Padre, perdónanos nuestras deudas, pues también nosotros perdonamos a los que nos deben algo».

¿Qué podían hacer contra el hambre que los destruía y contra las deudas que los llevaban a perder sus tierras? Jesús veía con claridad la voluntad de Dios: compartir lo poco que tenían y perdonarse mutuamente las deudas. Solo así nacería un mundo nuevo.

Las fuentes cristianas han conservado el recuerdo de una comida memorable con Jesús. Fue al descampado y tomó parte mucha gente. Es difícil reconstruir lo que sucedió. El recuerdo que quedó fue este: entre la gente solo recogieron «cinco panes y dos peces», pero compartieron lo poco que tenían y, con la bendición de Jesús, pudieron comer todos.

Al comienzo del relato se produce un diálogo muy esclarecedor. Al ver que la gente tiene hambre, los discípulos proponen la solución más cómoda y menos comprometida; «que vayan a las aldeas y se compren algo de comer»; que cada uno resuelva sus problemas como pueda. Jesús les replica llamándolos a la responsabilidad; «Dadles vosotros de comer»; no dejéis a los hambrientos abandonados a su suerte.

No lo hemos de olvidar. Si vivimos de espaldas a los hambrientos del mundo, perdemos nuestra identidad cristiana; no somos fieles a Jesús; a nuestras comidas eucarísticas les falta su sensibilidad y su horizonte, les falta su compasión. ¿Cómo se transforma una religión como la nuestra en un movimiento de seguidores más fiel a Jesús?

Lo primero es no perder su perspectiva fundamental: dejarnos afectar más y más por el sufrimiento de quienes no saben lo que es vivir con pan y dignidad. Lo segundo, comprometernos en pequeñas iniciativas, concretas, modestas, parciales, que nos enseñan a compartir y nos identifican más con el estilo de Jesús.

José Antonio Pagola

Festividad del Cuerpo de Cristo-Koinonía

Génesis 14, 18-20

Sacó pan y vino

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino y bendijo a Abrán, diciendo: «Bendito sea Abrán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos.»

Y Abrán le dio un décimo de cada cosa.

Salmo responsorial: 109, 1. 2. 3. 4

Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies.» R.

Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro: somete en la batalla a tus enemigos. R.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados;

yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora.» R.

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.» R.

1Corintios 11, 23-26

Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor

Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido:

Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.»

Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.»

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Lucas 9, 11b-17

Comieron todos y se saciaron

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»

Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.»

Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.»

Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»

Lo hicieron así, y todos se echaron.

Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

 La primera lectura (Gen 14,18-20) es un antiguo texto, legendario, originalmente quizás de contenido político-militar, en el que el misterioso personaje Melquisedec rey de Salem ofrece a Abraham un poco de pan y vino. Se trata de un gesto de solidaridad: a través de aquel alimento, Abraham y sus hombres pueden reponerse después de volver de la batalla contra cuatro reyes (Gen 14,17). El pasaje, sin embargo, parece contener una escena de carácter religioso, siendo Melquisedec un sacerdote según la praxis teológica oriental.

El gesto podría contener un matiz de sacrificio o de rito de acción de gracias por la victoria. El v. 19, en efecto, conserva las palabras de una bendición. Las palabras de Melquisedec y su gesto ofrecen una nueva luz sobre la vida de Abraham: sus enemigos han sido derrotados y su nombre es ensalzado por un rey-sacerdote. El capítulo 7 de la Carta a los Hebreos ha construido una reflexión en torno a Cristo Sacerdote a la luz de este misterioso texto del Génesis, según la línea teológica ya presente en las palabras que el Sal 110,4 dirige al rey-mesías: “Tú eres sacerdote para siempre al modo de Melquisedec”.

La segunda lectura (1Cor 11,23-26) pertenece a la catequesis que Pablo dirige a la comunidad de Corinto en relación con la celebración de las asambleas cristianas, donde los más poderosos y ricos humillaban y despreciaban a los más pobres. Pablo aprovecha la oportunidad para recordar una antigua tradición que ha recibido sobre la cena eucarística, ya que el desprecio, la humillación y la falta de atención a los pobres en las asambleas estaban destruyendo de raíz el sentido más profundo de la Cena del Señor.

Se coloca así en sintonía con los profetas del Antiguo Testamento que habían condenado con fuerza el culto hipócrita que no iba acompañado de una vida de caridad y de justicia (cf. Am 5,21-25; Is 1,10-20), como también lo hizo Jesús (cf. Mt 5,23-24; Mc 7,9-13). La Eucaristía, memorial de la entrega de amor de Jesús, debe ser vivida por los creyentes con el mismo espíritu de donación y de caridad con que el Señor “entregó” su cuerpo y su sangre en la cruz por “vosotros”.

Esta lectura paulina nos recuerda las palabras de Jesús en la última cena, con las que cuales el Señor interpretó su futura pasión y muerte como “alianza sellada con su sangre” (1 Cor 11,25) y “cuerpo entregado por vosotros” (1 Cor 11,24), misterio de amor que se actualiza y se hace presente “cada vez que coman de este pan y beban de este cáliz” (1 Cor 11,26). La fórmula del cáliz eucarístico, semejante a la fórmula de la última cena en Lucas (Mateo y Marcos reflejan una tradición diversa), está centrada en el tema de la nueva alianza, que recuerda el célebre paso de Jer 31,31-33. Cristo establece una verdadera alianza que se realiza no a través de la sangre de animales derramada sobre el pueblo (Ex 24), sino con su propia sangre, instrumento perfecto de comunión entre Dios y los hombres.

La celebración eucarística abraza y llena toda la historia dándole un nuevo sentido: hace presente realmente a Jesús en su misterio de amor y de donación en la cruz (pasado); la comunidad, obediente al mandato de su Señor, deberá repetir el gesto de la cena continuamente mientras dure la historia “en memoria mía” (1Cor 11,24) (presente); y lo hará siempre con la expectativa de su regreso glorioso, “hasta que él venga” (1 Cor 11,26) (futuro). El misterio de la institución de la Eucaristía nace del amor de Cristo que se entrega por nosotros y, por tanto, deberá siempre ser vivido y celebrado en el amor y la entrega generosa, a imagen del Señor, sin divisiones ni hipocresías.

El evangelio de hoy relata el episodio de la multiplicación de los panes, que aparece con diversos matices también en los otros evangelios (¡dos veces en Marcos!), lo que demuestra no sólo que el evento posee un cierta base histórica (no necesariamente milagrosa), sino que también es fundamental para comprender la misión de Jesús.

Jesús está cerca de Betsaida y tiene delante a una gran muchedumbre de gente pobre, enferma, hambrienta. Es a este pueblo marginado y oprimido al que Jesús se dirige, “hablándoles del reino de Dios y sanando a los que lo necesitaban” (v. 11). A continuación Lucas añade un dato importante con el que se introduce el diálogo entre Jesús y los Doce: comienza a atardecer (v. 12). El momento recuerda la invitación de los dos peregrinos que caminaban hacia Emaús precisamente al caer de la tarde: “Quédate con nosotros porque es tarde y está anocheciendo” (Lc 24,29). En los dos episodios la bendición del pan acaece al caer el día.

El diálogo entre Jesús y los Doce pone en evidencia dos perspectivas. Por una parte los apóstoles que quieren enviar a la gente a los pueblos vecinos para que se compren comida, proponen una solución “realista”. En el fondo piensan que está bien dar gratis la predicación pero que es justo que cada cual se preocupe de lo material. La perspectiva de Jesús, en cambio, representa la iniciativa del amor, la gratuidad total y la prueba incuestionable de que el anuncio del reino abarca también la solución a las necesidades materiales de la gente.

Al final del v. 12 nos damos cuenta que todo está ocurriendo en un lugar desértico. Esto recuerda sin duda el camino del pueblo elegido a través del desierto desde Egipto hacia la tierra prometida, época en la que Israel experimentó la misericordia de Dios a través de grandes prodigios, como por ejemplo el don del maná. La actitud de los discípulos recuerda las resistencias y la incredulidad de Israel delante del poder de Dios que se concretiza a través de obras salvadoras en favor del pueblo (Ex 16,3-4).

La respuesta de Jesús: “dadles vosotros de comer” (v. 13) es un recurso literario para poner en destaque la misión de los discípulos. Éstos, aquella tarde cerca de Betsaida y a lo largo de toda la historia de la Iglesia, están llamados a colaborar con Jesús, preocupándose por conseguir el pan para sus hermanos. Después de que los discípulos acomodan a la gente, Jesús “tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los iba dando a los discípulos para los distribuyeran entre la gente” (v. 16).

Al final todos quedan saciados y sobran doce canastas (v. 17). El tema de la “saciedad” es típico del tiempo mesiánico. La saciedad es la consecuencia de la acción poderosa de Dios en el tiempo mesiánico (Ex 16,12; Sal 22,27; 78,29; Jer 31,14). Jesús es el gran profeta de los últimos tiempos, que recapitula en sí las grandes acciones de Dios que alimentó a su pueblo en el pasado (Ex 16; 2Re 4,42-44). Los doce canastos que sobran no sólo subraya el exceso del don, sino que también pone en evidencia el papel de “los Doce” como mediadores en la obra de la salvación. Los Doce representan el fundamento de la Iglesia, son como la síntesis y la raíz de la comunidad cristiana, llamada a colaborar activamente a fin de que el don de Jesús pueda alcanzar a todos los seres humanos.

En el texto, como hemos visto, se sobreponen diversos niveles de significado. El milagro realizado por Jesús lo presenta como el profeta de los últimos tiempos. Al mismo tiempo el evento anticipa el gesto realizado por Jesús en la última cena, cuando el Señor dona a la comunidad en el pan y el vino el signo sacramental de su presencia.

TRINIDAD (C) (Jn 16,12-15) Fray Marcos

Con relación a nosotros Trinidad es unidad. No hay un “Padre”, un “Hijo”, un “Espíritu Santo” con los que yo pueda relacionarme aisladamente.

De Dios ni podemos saber nada ni falta que nos hace. La necesidad de explicar a Dios es fruto de la racionalidad que siempre se identifica con mi falso yo. Tenemos que volver a la simplicidad del evangelio y utilizar un lenguaje sencillo, como hacía Jesús. Todo discurso sobre Dios tiene que ir encaminado a la vivencia no a la razón.

“El Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao, el nombre que le podemos dar no es su verdadero nombre”. En nuestra teología hay una corriente apofántica que viene de muy lejos. San Agustín decía ya: si lo entiendes no es Dios. La analogía de la escolástica venía a decir lo mismo: todo lo digamos de Dios es literalmente falso.

Acudir a la revelación para justificar nuestro lenguaje sobre Dios no es más que una escapatoria pueril. Dios puede darse, pero no puede revelarse, porque es nuestra capacidad de comprensión la que falla, no la falta de información. Cualquiera puede vivir lo que Dios es, pero al meterlo en conceptos, esa vivencia queda desfigurada.

Pero, además, lo que la teología nos ha dicho de Dios Trino, se ha dejado entender por la gente sencilla de manera descabellada. Dios se manifiesta siempre como UNO. A nosotros solo llega la Trinidad, no cada una de las “personas” por separado. No estamos hablando de tres en uno sino de una única realidad que es en sí misma relación.

Cuando se habla de la importancia que tiene la Trinidad en la vida cristiana, se está dando una idea falsa de Dios. Mi relación personal con Dios siempre será como UNO. En esta manera de hablar nosotros apropiamos a cada persona una tarea, pero todo en nosotros es obra del único Dios que es Espíritu.

Lo que experimentamos es que Dios es: Dios que es origen, principio, (Padre); Dios que se encarna (Hijo); Dios que se identifica con nosotros (Espíritu). Nos hablan de Dios que no está encerrado en sí mismo, sino que se relaciona dándose totalmente a todos y a la vez permaneciendo Él mismo. Un Dios que está por encima de lo uno y de lo múltiple.

Lo importante en esta fiesta sería purificar nuestra idea de Dios y ajustarla a la idea que de Él transmitió Jesús. Aquí sí que tenemos tarea por hacer. No podemos comprender a Dios, no porque sea complicado, sino porque es totalmente simple y nuestra manera de conocer es dividiendo y separando. Dios ni se puede ex-plicar ni com-plicar o im-plicar.

El Dios identificado con todos no es útil para ningún poder o institución. Pero debemos tomar conciencia de que ese es el Dios de Jesús. Ese es el Dios Espíritu, tiene como único objetivo llevarnos a la plenitud de la verdad-Vida, empujándonos a ser auténticos.

Lo que acabamos de leer del evangelio de Juan, es la experiencia de los cristianos que llevaban setenta años viviendo esa realidad del Espíritu haciéndose presente en la comunidad. Ellos saben que gracias al Espíritu tienen la misma Vida de Jesús.

Es el Espíritu el que haciéndoles vivir, les enseña lo que es la Vida. Esa Vida es la que desenmascara toda clase de muerte (injusticia, odio, opresión). La experiencia pascual consistió en llegar a la misma vivencia interna de Dios que tuvo Jesús.

Hirutasun Santua – C (Joan 16,12-15

BEHARREZKOA AL DA HIRUTASUNEAN SINESTEA? – ¿ES NECESARIO CREER EN LA TRINIDAD?

Beharrezkoa al da Hirutasunean sinestea?, posible al da?, on al da zerbaitetarako?, ez ote da beharrezkoa ez den eraikuntza intelektual huts bat?, aldatzen al du zerbaitetan gure fedea Jainko hirukoitzean ez sinesteak? Duela bi mende, Emmanuel Kant filosofo ospetsuak idatzi zuen hau: «Ikuspegi praktikotik hartuta, Hirutasunaren doktrina gauza guztiz alferra da».

Ezer ez errealitatetik urrunago. Hirutasunean sinesteak Jainkoaz dugun ikuspegia ez ezik, bizitza ulertzeko dugun modua ere aldatu egiten du. Jainkoaren Hirutasuna aitortzea Jainkoa elkartasun edo komunio eta maitasun-misterio dela sinestea da. Jainkoa ez da izaki hesitu eta atzeman ezineko bat, ezta mugiezin eta axolagabe bat ere. Jainkoaren barnetasun misteriotsua maitasun da soilik, komunikazio da soilik. Ondorioz, errealitatearen azken hondoan, gauza orori zentzua eta existentzia emanez, ez dago Maitasuna baizik. Existitzen den oro Maitasunetik dator.

Aita, jatorriz da Maitasun, maitasun ororen iturburu. Berak eman dio hasiera maitasunari. «Bera bakarrik hasi da motiborik gabe maitatzen; are gehiago, bera da betitik maitatzen hasia dena» (Eberhard Jüngel). Aitak betitik maite du eta betiko, inork eta ezerk kanpotik behartu eta motibatu gabe. «Betidaniko Maitalea da». Maite du eta maitatzen jarraituko du beti. Ez gaitu inoiz ere bere maitasunik eta leialtasunik gabe utziko. Maitasuna bakarrik dario berari. Ondorioa: beraren irudira kreaturik garelarik, maitatzeko kreatuak gara. Maitatuz bakarrik asmatuko dugu existitzen.

Semearen izatea Aitagandik maitasuna hartzean datza. Semea da «betidanik Maitatua dena», mundua kreatu aurretik. Onartzen duen Maitasun da Semea, betidaniko erantzuna Aitaren maitasunari. Jainkoagan, maitatua izaten uztea ez da maitatzea baino gutxiago. Maitasunari harrera egitea ere jainkozko egintza da! Ondorioa: Jainkoaren irudira kreatuak garelarik, kreatuak gara, ez bakarrik maitatzeko, baita maitatuak izateko ere.

Espiritu Santua Aitaren eta Semearen elkartasuna edo komunioa da. Aita maitalearen eta Seme maitatuaren arteko betidaniko maitasuna da bera; berak errebelatzen digu Jainkoaren maitasuna ez dela Aitaren jabetza jeloskorra, ezta Semearen monopolizatze egoista ere. Egiazko maitasuna irekitasuna da beti, dohaina, gainez dagien komunikazioa. Horregatik, Jainkoaren Maitasuna ez da beraren baitan gelditzen, baizik eta komunikatu egiten da eta hedatu beraren sorkarietara. «Jainkoaren maitasuna gure bihotzera isuri du emana dugun Espiritu Santuak» (Erromatarrei 5,5). Ondorioa: Jainkoaren irudira kreatuak garelarik, elkar maitatzeko kreatuak gara, itxura hutseko maitasun egoistak pilatzen eta geure burua haietan hesitzen ibili gabe.

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Santísima Trinidad – C (Juan 16,12-15)

¿ES NECESARIO CREER EN LA TRINIDAD?

¿Es necesario creer en la Trinidad?, ¿se puede?, ¿sirve para algo?, ¿no es una construcción intelectual innecesaria?, ¿cambia en algo nuestra fe si no creemos en el Dios trinitario? Hace dos siglos, el célebre filósofo Immanuel Kant escribía estas palabras: «Desde el punto de vista práctico, la doctrina de la Trinidad es perfectamente inútil».

Nada más lejos de la realidad. La fe en la Trinidad cambia no solo nuestra visión de Dios, sino también nuestra manera de entender la vida. Confesar la Trinidad de Dios es creer que Dios es un misterio de comunión y de amor. No un ser cerrado e impenetrable, inmóvil e indiferente. Su intimidad misteriosa es solo amor y comunicación. Consecuencia: en el fondo último de la realidad, dando sentido y existencia a todo, no hay sino Amor. Todo lo que existe viene del Amor.

El Padre es Amor originario, la fuente de todo amor. Él empieza el amor. «Solo él empieza a amar sin motivos; es más, es él quien desde siempre ha empezado a amar» (Eberhard Jüngel). El Padre ama desde siempre y para siempre, sin ser obligado ni motivado desde fuera. Es el «eterno Amante». Ama y seguirá amando siempre. Nunca nos retirará su amor y fidelidad. De él solo brota amor. Consecuencia: creados a su imagen, estamos hechos para amar. Solo amando acertamos en la existencia.

El ser del Hijo consiste en recibir el amor del Padre. Él es el «Amado eternamente», antes de la creación del mundo. El Hijo es el Amor que acoge, la respuesta eterna al amor del Padre. El misterio de Dios consiste, pues, en dar y también en recibir amor. En Dios, dejarse amar no es menos que amar. ¡Recibir amor es también divino! Consecuencia: creados a imagen de ese Dios, estamos hechos no solo para amar, sino para ser amados.

El Espíritu Santo es la comunión del Padre y del Hijo. Él es el Amor eterno entre el Padre amante y el Hijo amado, el que revela que el amor divino no es posesión celosa del Padre ni acaparamiento egoísta del Hijo. El amor verdadero es siempre apertura, don, comunicación desbordante. Por eso, el Amor de Dios no se queda en sí mismo, sino que se comunica y se extiende hasta sus criaturas. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Romanos 5,5). Consecuencia: creados a imagen de ese Dios, estamos hechos para amarnos, sin acaparar y sin encerrarnos en amores ficticios y egoístas.

José Antonio Pagola

 

Santísima Trinidad 15 de junio – Koinonía

Proverbios 8, 22-31

Antes de comenzar la tierra, la sabiduría fue engendrada

Así dice la sabiduría de Dios: «El Señor me estableció al principio de sus tareas, «al comienzo de sus obras antiquísimas.

En un tiempo remotísimo fui formada, antes de comenzar la tierra.

Antes de los abismos fui engendrada, antes de los manantiales de las aguas.

Todavía no estaban aplomados los montes, antes de las montañas fui engendrada.

No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones del orbe.

Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, y fijaba las fuentes abismales.

Cuando ponía un límite al mar, cuyas aguas no traspasan su mandato; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como aprendiz,

yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia:

jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres.»

Salmo responsorial: 8

Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? R.

Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos. R.

Todo lo sometiste bajo sus pies: rebaños de ovejas y toros, y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar, que trazan sendas por el mar. R.

Romanos 5, 1-5

A Dios, por medio de Cristo, en el amor derramado con el Espíritu

A Dios, por medio de Cristo, en el amor derramado con el Espíritu

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 1-5

Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios.

Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia, virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Juan 16, 12-15

Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.

Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.

Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

(Comentario homilético elaborado en un ciclo anterior por Mons. Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua).

La revelación de Dios como misterio trinitario constituye el núcleo fundamental y estructurante de todo el mensaje del Nuevo Testamento. El misterio de la Santísima Trinidad antes que doctrina ha sido evento salvador. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han estado siempre presentes en la historia de la humanidad, donando la vida y comunicando su amor, introduciendo y transformando el devenir de la historia en la comunión divina de las Tres personas. Por eso se puede hablar de una preparación de la revelación de la Trinidad divina antes del cristianismo, tanto en la experiencia del pueblo de la antigua alianza tal como lo atestiguan los libros del Antiguo Testamento, como en las otras religiones y en los eventos de la historia universal.

El Nuevo Testamento, más que una doctrina elaborada sobre la Trinidad, nos muestra con claridad una estructura trinitaria de la salvación. La iniciativa corresponde al Padre, que envía, entrega y resucita a su Hijo Jesús; la realización histórica se identifica con la obediencia de Jesús al Padre, que por amor se entrega a la muerte; y la actualización perenne es obra del don del Espíritu, que después de la resurrección es enviado por Jesús de parte del Padre y que habita en el creyente como principio de vida nueva configurándolo con Jesús en su cuerpo que es la Iglesia.

La primera lectura (Prov 8,22-31) es un himno a la sabiduría divina considerada en su doble dimensión trascendente e inmanente. La Sabiduría es trascendente pues ella es el proyecto de Dios, su voluntad, sus designios, su Palabra, su Espíritu; pero también es encarnada ya que el proyecto divino se realiza en la creación y en la historia, la voluntad de Dios se manifiesta en la Escritura y a través de su Espíritu se convierte en una realidad interior al ser humano. De esta forma la reflexión sapiencial bíblica supera la simplificación panteísta o dualista en su visión de Dios.

En los vv. 22-25 el autor bíblico nos sitúa “antes” de la creación, en la eternidad de Dios, presentando la Sabiduría como una realidad divina y trascendente, anterior a todas las realidades cósmicas: “El Señor me creó al principio de sus tareas, antes de sus obras más antiguas… cuando no había océanos, fui engendrada, cuando no existían los manantiales ricos de agua”. En los vv. 26-31 la Sabiduría parecer ser una realidad creada pues aparece contemporánea a la creación. La Sabiduría está presente también en el ser humano, en su inteligencia, en su felicidad: “Cuando consolidaba los cielos allí estaba yo, cuando trazaba la bóveda sobre la superficie del océano, cuando señalaba al mar su límite… a su lado estaba yo como confidente, día tras día lo alegraba y jugaba sin cesar en su presencia; jugaba con el orbe de la tierra, y mi alegría era estar con los seres humanos”.

Este himno ha llegado a ser en la tradición cristiana un preanuncio de la encarnación de la Palabra (Jn 1), que “al principio estaba junto a Dios, todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuando llegó a existir” (Jn 1,2-3), y que al final de los tiempos “se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).

La segunda lectura (Rom 5,1-5) es una especie de declaración paulina de sabor trinitario sobre la situación del ser humano que ha sido justificado gracias a la fe en Cristo: “Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo… y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (vv. 1.5). Pablo afirma la dimensión trinitaria de la vida creyente. Reconciliados con Dios por la fe, estamos en una situación de “paz” y de “esperanza”, paz que supera la tribulación y esperanza que transforma el presente.

El evangelio (Jn 16,12-15) constituye la quinta promesa del Espíritu en el evangelio de Juan. Se habla del Espíritu como defensor (“Paráclito”) y como maestro, llamándolo “Espíritu de la verdad”. La verdad es la palabra de Jesús y el Espíritu aparece con la misión de “llevar a la verdad completa”, es decir, ayudar a los discípulos a comprender todo lo dicho y enseñado por Jesús en el pasado, haciendo que su palabra sea siempre viva y eficaz, capaz de iluminar en cada situación histórica la vida y la misión de los discípulos.

El Espíritu tiene una función “didáctica” y “hermenéutica” con relación a la palabra de Jesús. El Espíritu Santo no propone una nueva revelación, sino que conduce a una total comprensión de la persona y del mensaje del Señor Resucitado. El Espíritu, por tanto, “guía” (v. 13) hacia la “Verdad” de Jesús, es decir, hacia su revelación, de tal forma que la podamos conocer en plenitud.

Esta función del Espíritu con relación a Jesús y a su palabra define la profunda relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu: la Revelación es perfectamente una porque tiene su origen en el Padre, es realizada por el Hijo y se perfecciona en la Iglesia con la interpretación del Espíritu. Por eso Jesús dice que “el Espíritu no hablará por su cuenta, sino que dirá únicamente lo que ha oído… todo lo que les dé a conocer, lo recibirá de mí”. Jesús será siempre el Revelador del Padre; el Espíritu de la Verdad, en cambio, hace posible que la revelación de Cristo penetre con profundidad en el corazón del creyente.

PENTECOSTÉS (C) (Jn 20,19-23) Fray Marcos

El Espíritu no tiene que venir de ninguna parte. No hay parte donde no esté

Pentecostés, es una fiesta eminentemente pascual. Sin la presencia de Dios como Espíritu, la experiencia pascual no hubiera sido posible. La totalidad de nuestro ser está empapada de Dios-Espíritu. Siempre es el Espíritu el que nos lleva a la unidad y por lo tanto el que nos invita a superar la diversidad que es fruto de nuestro falso yo.

No tiene sentido pensar en un espectáculo de luz y sonido. Lucas nos está hablando de la experiencia de la primera comunidad, no está haciendo una crónica periodística. En el relato utiliza los símbolos que había utilizado ya el AT: Fuego, ruido, viento. Los efectos no se reducen al círculo de Jesús, salen a la calle, donde hay hombres de todo país.

El Espíritu está no tiene que venir de ninguna parte. Lucas narra cinco venidas del Espíritu. Las lecturas que hemos leído nos dan suficientes pistas para no despistarnos. En la primera (viento, ruido, fuego), hace referencia a la teofanía del Sinaí. La fiesta de Pentecostés conmemoraba la alianza. La Ley ha sido sustituida por el Espíritu.

Hemos dicho tantas cosas sobre el Espíritu que nuestra tarea es “desdecir”, es decir, descubrir las cosas sin sentido que hemos repetido hasta la saciedad. El Espíritu no es una entidad separada que anda haciendo de la suyas separada del Padre y el Hijo

Dios Espíritu no es un personaje distinto del Padre y del Hijo, que anda por ahí haciendo de las suyas. Se trata del Dios UNO más allá de toda imagen. No es un don que nos regala el Padre o el Hijo sino Dios como DON absoluto. No es una realidad que tenemos que obtener, sino el fundamento más profundo de mi ser del que surge todo lo que soy.

Todo lo que fue Jesús, se debió al Espíritu: «concebido por el Espíritu.» «Nacido del Espíritu.» «Desciende sobre él el Espíritu.» «Ungido con el Espíritu.» Está claro que la figura de Jesús no podría entenderse sin el Espíritu. Pero no es menos cierto que no podríamos descubrir lo que es el Espíritu si no fuera por lo que Jesús nos ha revelado.

No se trata de entrar en un mundo diferente, acotado para un reducido número de personas, a las que se premia con el don del Espíritu. Es una realidad que se ofrece a todos como la más alta posibilidad de alcanzar una plenitud humana que todos debíamos tener como meta, si, quedamos en la exclusiva valoración de la materia.

La experiencia del Espíritu es individual, pero empuja siempre a la construcción de la comunidad. El Espíritu se otorga siempre “para el bien común”. En contra de lo que nos cuentan, no se da el Espíritu a los apóstoles, sino a todos los seguidores de Jesús.

El Espíritu no produce personas uniformes como si fuesen fruto de una clonación. Es esta otra trampa para justificar toda clase de sometimientos. El Espíritu es una fuerza vital que potencia en cada uno las diferentes cualidades y aptitudes. La pretendida uniformidad es la consecuencia de nuestros miedos y falta de confianza en el Espíritu.

En la celebración de la eucaristía debíamos poner más atención a esa presencia del Espíritu. Durante siglos el momento más importante de la celebración fue la epíclesis (la invocación del Espíritu sobre el pan y el vino. Solo mucho más tarde se confirió un poder especial (que ha llegado a ser mágico) a las palabras que hoy llamamos “consagración”.

Mendekoste – C (Joan 20,19-23) – José A. Pagola

JAINKOAREN ESPIRITUAZ BIZITZEKO ARTEA

Kristauak ez dira sekula umezurtz sentitu. Jesusen heriotzak utzi duen hutsunea Berpiztuaren Espirituaren presentzia biziak bete du. Jaunaren Espirituak betetzen du fededunaren bizia. Gurekin bizi den egiaren Espiritua gugan dago, eta egian bizitzeko artea erakusten digu.

Egiazko fededun baten bizitza eratzen duena ez da ongizatearen antsia, ezta arrakasta iristeko borroka ere, ezta ideal bati esaneko izatea ere, baizik eta Espirituaren eraginpean Jainkoaren egiaren bila poz-pozik ibiltzea.

Egiazko fededuna ez da erortzen, ez legalismoan ez anarkian, baizik eta bihotz garbiaz egiaren bila bizi ohi da. Halakoaren bizitza ez dute egituratzen debekuek, baizik eta Espirituak animatzen eta sustatzen du baikor.

Espirituaren esperientzia hau bizi duenean, fededuna konturatzen da kristau izatea ez dela kontzientzia estutzen eta torturatzen duen zama bat; aitzitik, Espirituari bere maitasun kreatzaileaz gida gaitzan uztea dela: gugan bizi den eta, geure egoismotik ez, baizik eta maitasunetik jaio ohi den eta berez bezala biziarazten gaituen Espirituak gida gaitzan, alegia. Berezkotasuna, zeinetan kristauak uko egiten baitie probetxu egoistei eta Espirituaren gozamenean jartzen baitu bere konfiantza. Berezkotasun hori birsortzea da, birjaiotzea eta Jainkoaren egiarantz etengabe birnorabidetzea.

Espirituaren baitako bizi berri honek ez du esanahi barne bizitza bakarrik, jainkozaletasun eta otoitz-giroko bizitza bakarrik. Jainkoaren egiak bizitza berriko estilo bat eragiten du gugan, gezurretik eta egoismotik sortzen den bizitza-estiloari kontra egiten diona. Bizi garen gizartean gezurrari diplomazia deitzen diote, ustiapen edo esplotazioari negozio, erantzukizun-ezari jasankortasun, zuzengabekeriari ezarritako ordenu, sexuari maitasun, arbitrariotasunari askatasun, errespetu-ezari egiatasun.

Nekez uler edo onar dezake gizarte honek Espirituak zigilaturiko bizierarik. Baina Espiritu hau da fededuna babesten duena eta egiarantz bide egiten laguntzen diona, gizarte-gezurretik, gure egoismoen fartsatik eta jasankortasun-gabeziatik liberatuz.

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarai

Pentecostés – C (Juan 20,19-23)

por Coordinador – Mario González Jurado

EL ARTE DE VIVIR DESDE EL ESPÍRITU DE DIOS

Nunca los cristianos se han sentido huérfanos. El vacío dejado por la muerte de Jesús ha sido llenado por la presencia viva del Espíritu del Resucitado. Este Espíritu del Señor llena la vida del creyente. El Espíritu de la verdad que vive con nosotros está en nosotros y nos enseña el arte de vivir en la verdad.

Lo que configura la vida de un verdadero creyente no es el ansia de bienestar ni la lucha por el éxito, ni siquiera la obediencia a un ideal, sino la búsqueda gozosa de la verdad de Dios bajo el impulso del Espíritu.

El verdadero creyente no cae ni en el legalismo ni en la anarquía, sino que busca con el corazón limpio la verdad. Su vida no está programada por prohibiciones, sino que viene animada e impulsada positivamente por el Espíritu.

Cuando vive esta experiencia del Espíritu, el creyente descubre que ser cristiano no es un peso que oprime y atormenta la conciencia, sino que es dejarnos guiar por el amor creador del Espíritu que vive en nosotros y nos hace vivir con una espontaneidad que nace, no de nuestro egoísmo, sino del amor. Una espontaneidad en la que uno renuncia a sus intereses egoístas y se confía al gozo del Espíritu. Una espontaneidad que es regeneración, renacimiento y reorientación continua hacia la verdad de Dios.

Esta vida nueva en el Espíritu no significa únicamente vida interior de piedad y oración. La verdad de Dios genera en nosotros un estilo de vida nuevo, enfrentado al estilo de vida que brota de la mentira y el egoísmo. Vivimos en una sociedad donde a la mentira se le llama diplomacia; a la explotación, negocio; a la irresponsabilidad, tolerancia; a la injusticia, orden establecido; al sexo; amor; a la arbitrariedad, libertad; a la falta de respeto, sinceridad.

Difícilmente puede esta sociedad entender o aceptar una vida acuñada por el Espíritu. Pero es este Espíritu el que defiende al creyente y le hace caminar hacia la verdad, liberándolo de la mentira social, la farsa y la intolerancia de nuestros egoísmos.

José Antonio Pagola

Domingo 08 de Junio, Pentecostés – Koinonía

Hechos de los apóstoles 2,1-11

Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos preguntaban: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»

1Corintios 12,3b-7.12-13

Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo

Hermanos: Nadie puede decir «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todo hemos bebido de un solo Espíritu.

Juan 20,19-23

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en su casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS:

Nota 1: Este año, como ciclo C, hay otras lecturas posibles este día; consúltese esta fecha en el calendario litúrgico (http://www.servicioskoinonia.org/biblico/calendario).

Nota 2: Como casi todas, Pentecostés no es una fiesta originariamente cristiana (propuesta por Jesús), ni siquiera israelita (decidida por Israel), sino una celebración que es parte de una cultura religiosa que siempre está en evolución, y se acomoda y se enriquece con el transcurso del tiempo y la sucesión de las distintas vivencias del pueblo. Como «Fiesta de las Semanas» o «de la Cincuentena», en Israel fue una fiesta netamente agraria, que celebraba el inicio de la cosecha. Se celebraba siete semanas (cincuenta días, Pente-costés) a partir de la Pascua, para dar gracias a Dios por la nueva cosecha (cf. Ex 23,16;34,22; Lv 23,15-21; Dt 16,9-12). En el judaísmo tardío se transformó en festividad plenamente religiosa: pasó a ser memoria del don de la Ley en el Sinaí al pueblo liberado de Egipto. Para recordar o estudiar la interesante «prehistoria» de las festividades cristianas, casi desconocida, y muy iluminadora, recomendamos el clásico libro de Thierry MAERTENS, «Fiesta en honor de Yahvé». (Puede ser recogido en la biblioteca de Koinonía: servicioskoinonia.org/biblioteca).

Sugerencias para la homilía (Escritas para el Diario Bíblico Latinoamericano en un ciclo anterior por el biblista Silvio Báez, actual obispo auxiliar de Managua, a quien agradecemos).

El Espíritu es la misma vida de Dios. En la Biblia es sinónimo de vitalidad, de dinamismo y novedad. El Espíritu animó la misión de Jesús y se encuentra también a la raíz de la misión de la Iglesia. El evento de Pentecostés nos remonta al corazón mismo de la experiencia cristiana y eclesial: una experiencia de vida nueva con dimensiones universales.

La primera lectura (Hch 2,1-11) es el relato del evento de Pentecostés. En ella se narra el cumplimiento de la promesa hecha por Jesús al final del evangelio de Lucas y al inicio del libro de los Hechos (Lc 24,49: “Por mi parte, les voy a enviar el don prometido por mi Padre… quédense en la ciudad hasta que sean revestidos de la fuerza que viene de lo alto”; Hch 1,5.8: “Ustedes serán bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días… ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo”).

Con esta narración Lucas profundiza un aspecto fundamental del misterio pascual: Jesús resucitado ha enviado el Espíritu Santo a la naciente comunidad, capacitándola para una misión con horizonte universal. El relato inicia dando algunas indicaciones relativas al tiempo, al lugar y a las personas implicadas en el evento. Todo ocurre “al llegar el día de Pentecostés” (Hch 2,1). Pentecostés es una fiesta judía conocida como “fiesta de las semanas” (Ex 34,22; Num 28,26; Dt 16,10.16; etc.) o “fiesta de la cosecha” (Ex 23,16; Num 28,26; etc.), que se celebraba siete semanas después de la pascua.

Parece ser que en algunos ambientes judíos en época tardía, en esta fiesta se celebraban las grandes alianzas de Dios con su pueblo, particularmente la del Sinaí que estaba directamente relacionada con el don de la Ley. Aunque Lucas no desarrolla esta temática en el relato de Pentecostés, seguramente conocía esta tradición y es probable que haya querido asociar el don del Espíritu, enviado por Cristo resucitado, al don de la Ley recibido en el Sinaí. En la comunidad de Qumrán, contemporánea a Jesús, Pentecostés había llegado a ser la fiesta de la Nueva Alianza que aseguraba la efusión del Espíritu de Dios al nuevo pueblo purificado (cf. Jer 31,31-34; Ez 36).

El texto de los Hechos da otra indicación: “estaban todos juntos en un mismo lugar” (Hch 2,1). Con estas palabras se quiere sugerir que los presentes estaban unidos, no sólo en un mismo sitio, sino con el corazón. Aunque no se habla de una reunión cultual, no sería extraño que Lucas imaginara a los creyentes en oración, esperando la venida del Espíritu, de la misma forma que Jesús estaba orando cuando el Espíritu bajó sobre él en el bautismo (Lc 3,21: “Mientras Jesús oraba… el Espíritu Santo bajó sobre él”; Hch 1,14: “Solían reunirse de común acuerdo para orar en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús y de los hermanos de éste”).

Lucas utiliza en primer lugar el símbolo del viento para hablar del don del Espíritu: “De repente vino del cielo un ruido, semejante a una ráfaga de viento impetuoso y llenó la casa donde se encontraban” (Hch 2,2). Aunque los discípulos estaban a la espera del cumplimiento de la promesa del Señor resucitado, el evento ocurre “de repente” y, por tanto, en forma imprevisible. Es una forma de decir que se trata de una manifestación divina, ya que el actuar de Dios no puede ser calculado ni previsto por el ser humano. El ruido llega “del cielo”, es decir, del lugar de la trascendencia, desde Dios. Su origen es divino. Y es como el rumor de una ráfaga de viento impetuoso.

El evangelista quería describir el descenso del Espíritu Santo como poder, como potencia y dinamismo y, por tanto, el viento era un elemento cósmico adecuado para expresarlo. Además, tanto en hebreo como en griego, espíritu y viento se expresan con una misma palabra (hebreo: ruah; griego: pneuma). No es extraño, por tanto, que el viento sea uno de los símbolos bíblicos del Espíritu. Recordemos el gesto de Jesús en el evangelio, cuando “sopla” sobre los discípulos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,22), o la visión de los esqueletos calcinados narrada en Ezequiel 37, donde el viento–espíritu de Dios hace que aquellos huesos se revistan de tendones y de carne, recreando el nuevo pueblo de Dios.

“Entonces aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos” (Hch 2,3). Lucas se sirve luego de otro elemento cósmico que era utilizado frecuentemente para describir las manifestaciones divinas en el Antiguo Testamento: el fuego, que es símbolo de Dios como fuerza irresistible y trascendente. La Biblia habla de Dios como un “fuego devorador” (Dt 4,24; Is 30,27; 33,14); “una hoguera perpetua” (Is 33,14). Todo lo que entra en contacto con él, como sucede con el fuego, queda transformado. El fuego es también expresión del misterio de la trascendencia divina. En efecto, el ser humano no puede retener el fuego entre sus manos, siempre se le escapa; y, sin embargo, el fuego lo envuelve con su luz y lo conforta con su calor. Así es el Espíritu: poderoso, irresistible, trascendente.

El evento extraordinario expresado simbólicamente en los vv. 2-3 se explicita en el v. 4: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. Dios mismo llena con su poder a todos los presentes. No se les comunica un auxilio cualquiera, sino la plenitud del poder divino que se identifica en la Biblia con esa realidad que se llama: el Espíritu. Se trata de un evento único que marca la llegada de los tiempos mesiánicos y que permanecerá para siempre en el corazón mismo de la Iglesia. Desde este momento el Espíritu será una presencia dinámica y visible en la vida y la misión de la comunidad cristiana.

La fuerza interior y transformadora del Espíritu, descrita antes con los símbolos del viento y del fuego, se vuelve ahora capacidad de comunicación que inaugura la eliminación de la antigua división entre los seres humanos a causa de la confusión de lenguas en Babel (Gen 11). “Y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les concedía expresarse” (v. 4). En Jerusalén, no en la casa donde están los discípulos, ni en el espacio cerrado de unos pocos elegidos, sino en el espacio abierto donde hay gente de todos las naciones (v. 5), en la plaza y en la calle, el Espíritu reconstruye la unidad de la humanidad entera e inaugura la misión universal de la Iglesia.

El pecado condenado en el relato de la torre de Babel es la preocupación egoísta de los seres humanos que se cierran y no aceptan la existencia de otros grupos y otras sociedades, sino que desean permanecer unidos alrededor de una gran ciudad cuya torre toque el cielo. El Espíritu debe venir continuamente para perdonar y renovar a los seres humanos para que no se repitan más las tragedias causadas por el racismo, la cerrazón étnica y los integrismos religiosos.

El Espíritu de Pentecostés inaugura una nueva experiencia religiosa en la historia de la humanidad: la misión universal de la Iglesia. La palabra de Dios, gracias a la fuerza del Espíritu, será pronunciada una y otra vez a lo largo de la historia en diversas lenguas y será encarnada en todas las culturas. El día de Pentecostés, la gente venida de todas las partes de la tierra “les oía hablar en su propia lengua” (Hch 2,6.8). El don del Espíritu que recibe la Iglesia, al inicio de su misión, la capacita para hablar de forma inteligible a todos los pueblos de la tierra.

En el evangelio se narra la aparición del Señor Resucitado a los discípulos el día de pascua. Todo el relato está determinado por una indicación temporal (es el primer día de la semana) y una indicación espacial (las puertas del lugar donde están los discípulos están cerradas).

La referencia al primer día de la semana, es decir, el día siguiente al sábado (el domingo), evoca las celebraciones dominicales de la comunidad primitiva y nuestra propia experiencia pascual que se renueva cada domingo. La indicación de las puertas cerradas quiere recordar el miedo de los discípulos que todavía no creen, y al mismo tiempo quiere ser un testimonio de la nueva condición corporal de Jesús que se hará presente en el lugar. Jesús atravesará ambas barreras: las puertas exteriores cerradas y el miedo interior de los discípulos. A pesar de todo, están juntos, reunidos, lo que parece ser en la narración una condición necesaria para el encuentro con el Resucitado; de hecho Tomás sólo podrá llegar a la fe cuando está con el resto del grupo.

Jesús “se presentó en medio de ellos” (v.19). El texto habla de “resurrección” como venida del Señor. Cristo Resucitado no se va, sino que viene de forma nueva y plena a los suyos (cf. Jn 14,28: “me voy y volveré a vosotros”; Jn 16,16-17) y les comunica cuatro dones fundamentales: la paz, el gozo, la misión, y el Espíritu Santo.

Los dones pascuales por excelencia son la paz (el shalom bíblico) y el gozo (la járis bíblica), que no son dados para el goce egoísta y exclusivo, sino para que se traduzcan en misión universal. La  misión que el Hijo ha recibido del Padre ahora se vuelve misión de la Iglesia: el perdón de los pecados y la destrucción de las fuerzas del mal que oprimen al ser humano. Para esto Jesús dona el Espíritu a los discípulos.  En el texto, en efecto,  sobresale el tema de la nueva creación: Jesús “sopló sobre ellos”, como Yahvé cuando creó al ser humano en Gen 2,7 o como Ezequiel que invoca el viento de vida sobre los huesos secos (Ez 37).

Con el don del Espíritu el Señor Resucitado inicia un mundo nuevo, y con el envío de los discípulos se inaugura un nuevo Israel que cree en Cristo y testimonia la verdad de la resurrección. Como “seres humanos nuevos”, llenos del aliento del Espíritu en virtud de la resurrección de Jesús, deberán continuar la misión del “Cordero que quita el pecado del mundo”: la misión de la Iglesia que continúa la obra de Cristo realiza la renovación de la humanidad como en una nueva obra creadora en virtud del poder vivificante del Resucitado.

QUEDAOS EN LA CIUDAD – Fidel Aizpurúa

FE ADULTA

A veces es preciso intentar hacer lecturas “inhabituales” para que el texto pueda adquirir luz y, desde ahí, iluminar nuestra vida cristiana.

En la escena que hemos leído se dice a los discípulos después de la resurrección de una forma tajante: QUEDAOS EN LA CIUDAD. Alude a la ciudad de Jerusalén. Parece que, tras la muerte de Jesús, el discipulado quiera marcharse a su tierra, a Galilea. Volver a lo de siempre, olvidar el fracaso de Jesús, creer que lo de Jesús ha sido un mal sueño.

Por eso se les conmina a quedarse en la ciudad hasta que el Espíritu, las situaciones de la vida, marquen las pautas a seguir. Quedarse en la ciudad, ejercer la ciudadanía en la forma nueva de una vida creyente en Jesús. Fe y ciudadanía han de ir unidas. El Espíritu toma a la ciudadanía como mediación necesaria. No se puede ser creyente fuera de la ciudadanía.

¿Cómo podemos ser nosotros hoy ciudadanos creyentes?

  • Cumpliendo nuestras obligaciones ciudadanas:fiscales, legales, judiciales. Un cristiano que no cumple con sus obligaciones ciudadanas contradice su fe, la desvirtúa y su antitestimonio es una siembra de sal.
  • Cuidando la ciudad: sintiéndola como cosa y como casa propia, teniendo por ella el mismo cuidado que el que tenemos por nuestra propia vivienda. Y esto, hasta en los detalles.
  • Siendo buenos vecinos:cosa nada despreciable porque se trata de ser bueno (como Dios es bueno) y ser vecino (cercano como Dios en su encarnación). No nos parezca exagerado: nuestro comportamiento vecinal es el lenguaje de un estilo de fe u otro.

Hace unos días decía el Papa León: «La falta de fe lleva a menudo consigo a dramas como la pérdida del sentido de la vida, el olvido de la misericordia, la violación de la dignidad humana en sus formas más dramáticas, la crisis de la familia y tantas heridas más que acarrean no poco sufrimiento en nuestra sociedad». Es posible que todo esto sea cierto. Pero la causa de estas negativas consecuencias también es la carencia de sentido ciudadano.

Tal vez hemos llegado a creer que una fe espiritual era la que no tocaba ni se manchaba con las realidades terrenas. Es una equivocación: justamente en lo terreno, en la historia humana, ha de cobrar rostro nuestra fe, singularmente en la historia de sus sufrimientos. El de Gaza es ahora prioritario: “Gritemos alto y claro contra el drama humanitario que ocurre en Gaza por la acción del Gobierno de Israel. No cabe el silencio usando el argumento de que el Gobierno de España lo utiliza como escudo para ocultar otros problemas” (presidente de la Conferencia Episcopal Española). Cuestión de humanidad y de ciudadanía.

Fidel Aizpurúa Donazar