DOMINGO 15º (C) Fray Marcos

No aproximarte al que te necesita es alejarte del verdadero Dios

Solo Lucas narra esta parábola del “buen samaritano”. Como todas, no necesita explicación. Lo único que exige es implicación. El oyente tiene que tomar partido después de oírla. Si no lo hace, la narración carece de sentido. Se nos invita a descubrir una manera nueva de ser religioso, siendo más humanos. La relación directa con Dios es imposible y engañosa.

La pregunta, ¿quién es mi prójimo?, presupone que puede haber alguien que no lo es y tendría que amar solo al que lo es. La pregunta presupone que el ser o no ser prójimo depende de alguna circunstancia externa. Esta es la trampa. Debo aproximarme a todo el que me necesita. Si no lo hago estoy fallando a Dios y a mi propio ser.

El relato es típico de la literatura oriental, pero los personajes implicados en él, lo convierten en provocador. Para el sacerdote y el levita, lo primero era Dios y la Ley. Para el samaritano, lo primero era el hombre. El hereje, el idólatra, el impuro, odiado precisamente por no ser religioso, no está sujeto a normas externas, lleva la ley en el corazón.

Desde que tenemos noticias, se ha entendido a Dios como un Ser separado con el que podemos relacionarnos directamente. Ese Dios impone su santa voluntad a las criaturas dando leyes y preceptos puntuales. La verdad es que Dios no tiene voluntad. Ese dios antropomórfico es solo una creación nuestra. El verdadero Dios no dio a nadie ley alguna.

Lo que llamamos voluntad de Dios es la misma realidad de las cosas que las constituye en tales. Desplegar esa esencia es lo que Dios espera de cada realidad. En el hombre se complica porque puede no desplegar su verdadero ser y en lugar de actuar como ser humano puede actuar como un ser inhumano y deteriorar su verdadera naturaleza.

La luz es impensable sin una materia sobre la que se reflejen los fotones. Los espacios intersiderales son inmensos vacíos en absoluta oscuridad, aunque los fotones los traviesan. Esto pasa con Dios, no se le puede ver más que reflejado en las criaturas. La conclusión es clara: No puedo pensar en un Dios al margen de la creación, porque sería un ídolo.

Solo descubriendo la luz que se refleja en mi propio ser, estaré capacitado para verla en los demás. El Dios que descubro en mí, es el mismo que debo descubrir en los demás. Si me doy cuenta de lo que soy en el Todo, veré al otro insertado en el Todo. Si creo que soy una mónada aislada, veré al otro como opuesto a mí y no encontraré motivos para amarlo.

Yo, separado del creador y de las demás criaturas, no soy nada. Lo que constituye mi ser y lo que constituye el ser de los demás, es la misma Realidad, Dios que está fundamentando mi propio ser y el de los demás. Por tanto, no puedo ir en contra de los demás sin ir en contra mía. El día que descubra lo que soy, habré dado un paso hacia el verdadero amor.

El prójimo está siempre ahí. Descubrirlo depende solo de ti. Cuando te aproximas a otro para ayudarle, lo conviertes en próximo. Al hacer a uno prójimo, te estás acercando a Dios. Cada vez que pones al otro en el centro, te acercas a la plenitud de humanidad.

Siempre que das un rodeo para pasar de largo ante el dolor ajeno, te estás alejando de ti mismo y de Dios. La religión que permite vivir ignorando a los demás será siempre falsa.

Fray Marcos

DOMINGO 15º T.O. (C)- José Luis Sicre y Enrique Martínez Lozano

José Luis Sicre

El teólogo listillo y el buen samaritano

El domingo pasado, el envío de los setenta y dos discípulos nos hacía pensar en los miles de personas anónimas que difunden el evangelio en todas partes del mundo. Este domingo, la parábola del buen samaritano nos recuerda a tantísima gente que ha puesto en práctica su enseñanza.

¿Cuántas normas hay que cumplir para salvarse?

Hace años se hizo famoso un libro escrito por el jesuita Jorge Loring, Para salvarte, primera obra en lengua española que alcanzó un millón de ejemplares en vida de su autor. Todo empezó con unos breves apuntes para sus catequesis, pero terminaron convirtiéndose en un enorme volumen de 1084 páginas. Ante tal cúmulo de páginas, el lector puede sentirse como el antiguo israelita, retratado en el Deuteronomio, que considera imposible conocer la voluntad de Dios; o como el legista del evangelio que le pregunta a Jesús qué debe hacer para conseguir la vida eterna.

La respuesta del Deuteronomio es clara: no hay que subir al Himalaya ni atravesar el Atlántico para saber lo que Dios quiere de nosotros. Lo que Dios quiere del israelita está escrito “en el código de esta ley”, que se limita a los capítulos 12-26 del Deuteronomio. No se trata de estudiar mucho sino de convertirse con todo el corazón y toda el alma, y de poner en práctica lo que allí se dice.

Pero al Deuteronomio le ocurrió algo parecido al Para salvarte. Aunque el texto era intocable, y nadie estaba autorizado a quitar ni añadir nada, la interpretación de sus normas fue creciendo de forma incontrolable. En tiempos de Jesús, el judaísmo contaba 613 mandamientos (365 prohibiciones y 248 preceptos) capaces de volver loco a cualquier persona.

Los intentos de sintetizar

Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, de saber qué era lo más importante. A propósito de los famosos rabinos Shammay y Hillel, que vivie­ron pocos años antes de Jesús, se cuenta la siguiente anécdota. Una vez llegó un pagano a Shammay, famoso por su intolerancia, y le dijo: “Me haré prosélito con la condición de que me enseñes toda la Torá mien­tras aguanto a pata coja”. Él, que era sastre, lo echó, amenazándolo con una vara de medir que tenía en la mano. Entonces fue a Hillel, famoso por su tolerancia, que le respondió: “Lo que no te guste, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpreta­ción”. También del Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) se recuerda un esfuer­zo parecido de sintetizar toda la Ley en una sola frase: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo; este es un gran princi­pio general en la Torá”.

En los evangelios hay diversos intentos de simplificar la cuestión con una respuesta breve y drástica. El más famoso es la Regla de oro, con la que cierra el evangelio de Mateo el Sermón del Monte: “Tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros. En esto consiste la ley y los profetas” (Mt 7,12). El tema reaparece en el episodio de hoy, cuando le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento principal.

El legista malintencionado de Lucas

El protagonista del relato de Lucas no viene con buena intención, pretende poner en un aprieto a Jesús; y no plantea una cuestión teórica (“¿cuál es el mandamiento principal?”) sino muy personal: “¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.

Jesús no cae en la trampa. En vez de responder, pregunta: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” Y el legista se ve obligado a reconocer que sabe perfectamente lo que debe hacer: amar a Dios y al prójimo. Jesús, con cierta ironía, le indica que su problema no consiste en saber lo que tiene que hacer, sino en hacerlo.

Aquí podría haber terminado todo. Pero el legista, que tiene la sensación de haber quedado en ridículo, para justificarse plantea una cuestión filosófico-teológica: “¿Y quién es mi prójimo?” Afortunadamente, Jesús no era alemán. No le da una conferencia de Antropología ni le escribe un Manual de quinientas páginas para aclarar esa intrincada cuestión. Se limita a contar la parábola del buen samaritano, que ofrece dos modelos de conducta: la del sacerdote y el levita, que ante el pobre hombre asaltado y malherido por los bandidos dan un rodeo y pasan de largo, y la del samaritano que siente lástima, se acerca, echa aceite y vino en las heridas, las venda, lo monta en su cabalgadura, lo lleva a una posada, lo cuida y paga su estancia. Son siete acciones, basadas todas ellas en el sentimiento inicial de lástima.

Al legista podría resultarle ofensivo que le cuenten un cuento. Pero Jesús no le da tiempo a protestar, pasa directamente al ataque, obligándole a reconocer que lo importante es comportarse como prójimo. Para terminar diciéndole: “Anda, haz tú lo mismo”. Lo importante no es discutir sino actuar.

La mala idea de la parábola

A muchos les gustaría limitar la parábola al ejemplo del samaritano y dejarnos con buen sabor de boca. Pero Lucas, del que siempre alabamos su bondad, resulta en este caso muy hiriente. No le basta un protagonista, necesita tres. Y los elige con toda la intención: un sacerdote, un levita, un samaritano.

El sacerdote y el levita, los personajes especialmente consagrados a Dios, hacen exactamente lo mismo: dan un rodeo y siguen su camino. ¿Por qué actúan de este modo? ¿Porque son malos y egoístas? No. Porque si el herido no está herido, sino muerto, basta tocarlo para quedar impuro.

La ley es tajante: “El sacerdote no se contaminará con el cadáver de un pariente, a no ser de pariente próximo: madre, padre, hijo, hija, hermano o de su propia hermana soltera, no dada en matrimonio. Queda profanado” (Levítico 21,2-4). Si no pueden contaminarse con un pariente, mucho menos con un desconocido al borde del camino.

Y lo que se deduce es trágico: es la ley de Dios la que impide practicar la misericordia y comportarse como prójimo del herido.

Lucas podría haber buscado como tercer protagonista a un cura progre o a un diácono permanente sin obsesión por la ley. Elige al menos indicado: un samaritano. El personaje más odioso y despreciable para un judío, miembro de un pueblo que, según el libro de los Reyes, “no veneran al Señor ni proceden según sus mandatos y preceptos”. Irónicamente, un representante de este pueblo que no venera al Señor ni procede según sus mandatos y preceptos es quien actúa con misericordia y se comporta como prójimo.

Reflexión actual

Sin caer en la crítica injusta a obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, la parábola nos hace pensar en tantos samaritanos agnósticos, ateos, homosexuales, lesbianas, etc., que se entregan plenamente a personas necesitadas. «Ve, y haz tú lo mismo».

José Luis Sicre

Enrique Martínez Lozano

El amor por encima de la creencia

Elegir a un hereje como protagonista de su parábola, contrastar su comportamiento humano frente a la indiferencia del sacerdote y el levita, y ponerlo de modelo para todo un escriba o doctor de la ley (“Anda y haz tú lo mismo”), pone de relieve la actitud provocativamente abierta, inclusiva y compasiva de Jesús. No importan tanto las creencias o la doctrina “ortodoxa” -viene a decir-, cuanto el amor hecho compasión y cuidado efectivo. Al leer un texto como este, ¡nos parece tan obvio e incontestable su mensaje!… Y, sin embargo, rápidamente nos enredamos en comportamientos marcados por el egocentrismo, el individualismo y la confrontación.

El amor es lo único que nos salva -nos construye interiormente- y lo único que salvará a la humanidad. Al vivirlo, no estamos, en primer lugar, adoptando una exigencia moral, sino dejando que se exprese lo que somos en profundidad. Somos amor. Y, sin embargo, su vivencia no es fruto del voluntarismo, sino de la comprensión experiencial y de la liberación de miedos que nos hacen vivir replegados o encerrados sobre nosotros mismos.

Vivir en amor empieza por escuchar el anhelo interior, que podemos tener olvidado, ignorado o bloqueado, implica ir liberándonos de los propios miedos y necesidades y continúa por dejarnos sentir habitados por los otros. En la medida en que voy abriendo mi corazón, notaré que se puebla de personas, a las que miro con respeto, valoración, admiración y afecto.

Enrique Martínez Lozano

DOMINGO 14º (C) Fray Marcos

El llevar a los demás el evangelio es connatural a vivirlo. Si no vivo lo predicado, trabajaré en balde.

En el relato se puede apreciar que se trata de un claro reflejo a lo que se
practicaba en las primeras comunidades. En ningún evangelio se percibe un
grado de organización suficientemente solida como para llevar a cabo una
programación como esta. Por otra parte, los seguidores de Jesús no se
enteraron de nada hasta la experiencia pascual.

De todas formas, las recomendaciones son una mina para conocer la estructura
de las primeras misiones comunitarias. “De dos en dos”, porque para los
judíos la opinión de uno solo no tenía ningún valor en un juicio, y los
misioneros son, sobre todo, testigos. También, porque el amor exige por lo
menos dos para ser vivido y proclamado.

“Poneos en camino”. La itinerancia es la clase de vida que eligió Jesús
cuando se decidió a proclamar la buena noticia. El anuncio no se puede hacer
sentado. Seguir a Jesús exige una dinámica continuada. Nada se puede
comunicar desde una cómoda instalación personal. La disponibilidad y la
movilidad son exigencias básicas del mensaje.

“Os mando como ovejas en medio de lobos”. Cuando se escribieron los
evangelios, las primeras comunidades cristianas estaban viviendo la
oposición, tanto del mundo judío como del pagano. Esa oposición no impidió
el desarrollo de la misión de predicar.

“Ni talega ni alforja ni sandalias”. La pobreza es signo del abandono de
toda seguridad. Significa no confiar en los medios externos para llevar a
cabo la misión. Se trata de confiar solo en Dios y el mensaje. Tenemos
obligación de utilizar al máximo los medios que la técnica proporciona, pero
no debemos poner nuestra confianza en ellos.

“No os detengáis a saludar a nadie por el camino”. No se trata de negar el
saludo a nadie. En aquella cultura, el saludo llevaba consigo un largo
ceremonial que podía durar horas o días. Esta recomendación quiere destacar
la urgencia de la tarea a realizar.

“Decid primero: ¡Paz! Nuestro concepto de paz no expresa lo esencial.
“Salón” no significaba ausencia de problemas y conflictos, sino la
abundancia de medios para que un ser humano pudiera conseguir su plenitud
humana. Llevar la paz es proporcionar esos medios que hacen al hombre
sentirse a gusto e invitado a humanizar su entorno.

“Comed y bebed de lo que tengan”. Lo más difícil es aceptar la dependencia
de los demás en las necesidades básicas, no poder elegir ni lo que comes ni
con quien comes. Muchos intentos de evangelizar han fracasado por no tener
esto en cuenta.

Curad. Seguimos dando demasiada importancia a la salud corporal. Curar en
este contexto, significa ayudar a un ser humano alcanzar su plenitud. Curar
significa alejar de un ser humano de todo lo que le impide ser él. Las
mayores carencias no son materiales.

“El Reino está cerca”. Ni teología, ni apologética, ni ideología. Lo único
que un ser humano debe saber es que Dios le ama. Dios es (está) en ti.
Descúbrelo y lo tendrás todo. El que proclama el Reino de Dios, tiene que
manifestar que pertenece a ese Reino. Tiene que responder a las necesidades
del otro. Tiene que estar dispuesto al servicio. No debe exigir nada, ni
siquiera la adhesión. Tiene que limitarse a hacer una oferta.

Urteko 14. igandea – C – José A. Pagola

BAIABIDE POBREEKIN-CON MEDIOS POBRES

Egintza ebanjelizatzailea sarritan hartzen dugu doktrina-era gehiegi markatuz. Ebanjelioa eramatea Jesusen dotrina ezagutaraztea izango litzateke: artean ezagutzen ez dutenei edota era eskasegian ezagutzen dutenei.

Gauzak horrela hartzen baditugu, bistakoak izango dira ondorioak. Beste ezer baino lehen «botere-baliabideak beharko ditugu, beste ideologien, moden eta irizpide-korronteen aurrean, gure mezuaren zabalkundea ahalbidetzeko.

Gainera, kristau ondo formatuak beharko dira, doktrina ondo ezagutzen dutenak eta era sarkor eta konbentzigarrian eskualdatzeko gai izango direnak. Beharrezkoak izango ditugu orobat egitura, teknika eta pedagogia egokiak kristau-mezua zabaltzeko.

Azken batean, garrantzizkoa izango da pertsona prestatuen kopurua; baliabide egokienekin, pertsona-kopuru handiena konbentzitzera iritsi ahalko dena. Oso arrazoizkoa da hau guztia, eta balore handiak ditu bere baitan. Baina, Jesusen jardueran eta beraren ekintza ebanjelizatzailean pixka bat sakontzen denean, aski aldatzen dira gauzak.

Ebanjelioa ez da soilik eta batez ere doktrina bat. Ebanjelioa Jesus bera da: berarekin hasi zen esperientzia gizatiartzaile, salbatzaile, askatzailea. Horregatik, ebanjelizatzea ez da soilik doktrina bat zabaltzea, baizik eta gizartearen bihotzean bertan eta bizitzan presente bihurtzea Jesu Kristo beraren indar salbatzailea. Eta hau ezin egin da nolanahi.

Esperientzia askatzaile hori presente egiteko, baliabiderik hobenak ez dira boterearenak, baizik eta baliabide pobreak, Jesusek berak erabili zituenak: jende zokoratuenari maitasun solidarioa, pertsona bakoitzari harrera ona, Jainkoaren barkazioa eskaintzea, anai-arreba arteko elkartea sortzea, azkenak direnen defentsa…

Beraz, inporta duena lekuko edo testiguak izatea da: beren bizitzan, Jesusengan beragan, era erantzulean onartua denean, ageri ohi den indar gizatiartzailea agertzen eta testigatzen duten lekukoak. Doktrinaz formazio ona izatea garrantzizkoa da, baina soilik ebanjelio-biziera sakonago bat elikatzen duenean.

Testigantzak du erabateko lehentasuna. Egiturak, hain justu, Jesusen jarraitzaileen bizitzaren eta testigantzaren sostengu diren heinean dira beharrezko. Horregatik, inportanteena ez da kopurua ere, baizik eta elkarte batek irradia dezakeen ebanjelio-bizieraren kalitatea. Agian, arreta gehiago eskaini beharko genieke Jesusek bere bidaliei esandako hitzei: «Ez eraman poltsarik, ez zakutorik, ez oinetakorik». Eraman zeuekin nire Espiritua.

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarai

14 Tiempo ordinario – C (Lucas 10,1-12.17-20)

CON MEDIOS POBRES

Con frecuencia entendemos el acto evangelizador de manera excesivamente doctrinal. Llevar el Evangelio sería dar a conocer la doctrina de Jesús a quienes todavía no la conocen o la conocen de manera insuficiente.

Si entendemos las cosas así, las consecuencias son evidentes. Necesitaremos antes que nada «medios de poder» con los que asegurar la propagación de nuestro mensaje frente a otras ideologías, modas y corrientes de opinión.

Además serán necesarios cristianos bien formados, que conozcan bien la doctrina y sean capaces de transmitirla de manera persuasiva y convincente. Necesitaremos también estructuras, técnicas y pedagogías adecuadas para propagar el mensaje cristiano.

En definitiva, será importante el número de personas preparadas que, con los mejores medios, lleguen a convencer al mayor número de personas. Todo esto es muy razonable y encierra, sin duda, grandes valores. Pero, cuando se ahonda un poco en la actuación de Jesús y en su acción evangelizadora, las cosas cambian bastante.

El Evangelio no es solo ni sobre todo una doctrina. El Evangelio es la persona de Jesús: la experiencia humanizadora, salvadora, liberadora que comenzó con él. Por eso evangelizar no es solo propagar una doctrina, sino hacer presente en el corazón mismo de la sociedad y de la vida la fuerza salvadora de la persona de Jesucristo. Y esto no se puede hacer de cualquier manera.

Para hacer presente esa experiencia liberadora, los medios más adecuados no son los de poder, sino los medios pobres de los que se sirvió el mismo Jesús: amor solidario a los más abandonados, acogida a cada persona, ofrecimiento del perdón de Dios, creación de una comunidad fraterna, defensa de los últimos…

Entonces, lo importante es contar con testigos en cuya vida se pueda percibir la fuerza humanizadora que encierra la persona de Jesús cuando es acogida de manera responsable. La formación doctrinal es importante, pero solo cuando alimenta una vida más evangélica.

El testimonio tiene primacía absoluta. Las estructuras son necesarias precisamente para sostener la vida y el testimonio de los seguidores de Jesús. Por eso lo más importante no es tampoco el número, sino la calidad de vida evangélica que puede irradiar una comunidad.

Quizá debamos escuchar con más atención las palabras de Jesús a sus enviados: «No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias». Llevad con vosotros mi Espíritu.

José Antonio Pagola

14º domingo T.O. – Koinonía

Isaías 66, 10-14c

Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz

Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis,

alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto.

Mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos, y apuraréis las delicias de sus ubres abundantes.

Porque así dice el Señor: «Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz,

como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones.

Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán;

como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo, y en Jerusalén seréis consolados.

Al verlo, se alegrará vuestro corazón, y vuestros huesos florecerán como un prado; la mano del Señor se manifestará a sus siervos.»

Salmo responsorial: 65

Aclamad al Señor, tierra entera.

Aclamad al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre; cantad himnos a su gloria; decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!» R.

Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre. Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres. R.

Transformó el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río. Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente. R.

Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo. Bendito sea Dios, que no rechazó mi suplica, ni me retiró su favor. R.

Gálatas 6, 14-18

Yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús

Hermanos: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.

Pues lo que cuenta no es circuncisión o incircuncisión, sino una criatura nueva.

La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma; también sobre el Israel de Dios.

En adelante, que nadie me venga con molestias, porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén.

Lucas 10, 1-12. 17-20

Descansará sobre ellos vuestra paz

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies.

¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.

Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa.» Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.

Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario.

No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de vosotros el reino de Dios.»

Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: «Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el reino de Dios.»

Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo.»

Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.»

Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS: 

Primera lectura. La alegría del pueblo de Israel cuando contempla su renacer después de todas las amarguras del destierro la muestra el tercer Isaías con la figura del parto y los hijos recién nacidos que necesitan de la madre para mamar de sus pechos y recibir sus consuelos, los llevarán en sus brazos y sobre las rodillas los acariciarán. Están en la mano del Señor y como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo.

La figura de Dios Madre es muy querida para los profetas. Sin duda la experiencia familiar del padre, de la madre y de los hijos, es quizás la más admirable y comprensible para todos, cuando se quiere hablar del amor de Dios.

Cuando la Biblia habla de Dios Padre, ciertamente no está determinando el género masculino de la divinidad. Es cierto que esta denominación y esta traducción están condicionadas sociológicamente y sancionadas por una sociedad de carácter varonil. Pero, realmente, a Dios no se le quiere concebir simplemente como a un varón. Sobre todo, en los profetas, Dios presenta rasgos femeninos maternales. La noción de Padre aplicada a Dios, debe interpretarse simbólica­mente. Padre es un símbolo patriarcal -con rasgos maternales-, de una realidad transhumana y transexual que es la primera y la última de todas.

El profeta Oseas en el capítulo undécimo, trae uno de los textos más bellos del Antiguo Testamento. La experiencia del amor de Dios hace decir al profeta que el Señor ha ejercido las tareas de un padre-madre con el pueblo. También otros profetas presentan a Dios con características materno-paternales: un Dios que consuela a los hijos que se marchan llorando, porque los conduce hacia torrentes por vía llana y sin tropiezos (Jer 31,9); un Dios a quien le duele reprenderlos: ¡Si es mi hijo querido Efraín, mi niño, mi encanto! Cada vez que le reprendo me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión (Jer 31,20).

Esa ternura del amor de Dios queda expresada de manera inigualable en la figura de la madre:

¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré (Is 49,15).

Como a un niño a quien su madre consuela, así los consolaré yo (Is 66,13).

Realmente el pueblo se sentía hijo de Yahveh. Desde la primera experiencia salvífica de Dios en la salida de Egipto, el Señor ordenó a Moisés decir al Faraón: Así dice el Señor. Israel es mi hijo primogénito, y yo te ordeno que dejes salir a mi hijo para que me sirva (Ex 4,23). Y esa seguridad que la experiencia de Dios-Padre daba a los israelitas no les permitía sentirse huérfanos porque, si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá (Sal 27, 10).

La paternidad de Dios evocaba también una atención especial y una relación de protección de frente a aquellos que necesitaban ayuda y cuidado. Los profetas muestran la predilección de Dios por los pobres, los pecadores, los huérfanos y las viudas, en una palabra, por todos aquellos que sólo podían esperar la salvación de la intervención amorosa del Padre-Madre que se preocupa más por los hijos desprotegidos y abandonados que por los demás.

Segunda lectura. En la despedida de su carta a los Gálatas, Pablo de manera muy sintética reafirma dos de sus temas preferidos. La salvación no se da por la ley, y el hombre en Cristo es una nueva criatura.

La circuncisión era una muestra clara del cumplimiento de la Ley, pero Pablo les dice a los Gálatas que la salvación no proviene de la ley sino de Cristo. Y se apoya en la Cruz, signo de ignominia para los romanos, los paganos y los judíos, que ahora es el signo de la victoria y de la salvación, y por eso Pablo se gloría en ella, como también todos los cristianos, porque de ella brota la vida.

Circuncidarse o no circuncidarse no es lo importante. Lo importante es renacer como nueva criatura. El mundo de la ley ha muerto. Ya no hay diferencia entre judíos y paganos. Ya no hay circuncisos e incircuncisos, lo único que cuenta es el hombre nuevo, el hombre que es capaz de superar la tragedia del pecado y realizar el proceso de la resurrección de Jesús, para vivir como una persona nueva.

Por segunda vez en el evangelio de Lucas, Jesús envía a sus discípulos a la misión. Ahora la época de la cosecha ha llegado y es necesario muchos obreros para recoger la mies; son setenta y dos, un número que evoca la traducción de los Setenta en Génesis 10, en donde aparecen setenta y dos naciones paganas. Jesús va camino hacia Jerusalén, el camino que debe ser modelo del camino de la Iglesia futura. Salen de dos en dos para que el testimonio tenga valor jurídico según la ley judía (cfr. Dt 17,6; 19,15).

La misión no será fácil; debe llevarse a cabo en medio de la pobreza, sin alforjas ni provisiones. La misión es urgente y nada puede estorbarla, por eso no pueden detenerse a saludar durante el camino; tampoco los discípulos deben forzar a nadie para que los escuchen, pero sí es el deber anunciar la proximidad del Reino.

Este modelo de evangelización es siempre actual. Ciertamente es una tarea difícil si se quiere ser fieles al evangelio de Jesús. Muchas veces por una falsa comprensión de la inculturación se hacen concesiones que van contra la esencia del evangelio.

Cuando los discípulos regresan de la misión están llenos de alegría. Hay una expresión que merece un poco de atención: Hasta los demonios se nos someten en tu nombre. ¿Qué significado tienen los demonios? Una breve explicación del término se dará al final.

Jesús manifiesta su alegría porque se han vencido las fuerzas del mal, porque él rechaza cualquier forma de dominio, y exhorta a sus discípulos a no vanagloriarse por las cosas de este mundo. Lo importante es tener el nombre inscrito en el cielo, es decir participar de las exigencias del Reino y vivir de acuerdo con ellas (cfr. Ex 32,32).

Hay otro motivo de alegría para bendecir la Padre. Sus discípulos son una muestra de que el Reino se revela a los sencillos y humildes. No son los conocimientos lo que permite la experiencia del Reino. Es esa experiencia de Dios por medio del contacto íntimo con Jesús y su seguimiento.

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en su página (https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/) puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio.

FIESTA DE SAN PEDRO Y SAN PABLO-José Luis Sicre y Enrique Martínez Lozano

José Luis Sicre

Una pareja extraña para una fiesta peculiar

Cuando Pablo tuvo un serio altercado con Pedro en Antioquía de Siria, acusándolo casi de estar traicionando a Jesús, no podía imaginar que la Iglesia terminaría celebrando su recuerdo el mismo día. (Para los interesados, el conflicto lo cuenta el mismo Pablo en la carta a los Gálatas 2,11-21). Pero estoy convencido de que le gustaría la idea: lo que pretende la Iglesia al unirlos en una celebración común no es cantar la gloria de ninguno de los dos sino celebrar la obra común que Dios llevó a cabo a través de ellos.

Pedro, el cabecilla

Entre los discípulos de Jesús, Pedro fue sin duda el más lanzado, con el peligro que eso conlleva. Era el cabecilla del grupo, el primero en hablar en cualquier circunstancia, sin miedo a reprender a Jesús cuando anuncia su pasión, sin miedo a llevarle la contraria cuando quiere lavarle los pies o cuando anuncia que todos lo traicionarán. El ser tan lanzado lo sitúa también en el lugar más peligroso, y termina negando a Jesús. Pero, como él mismo termina confesando después de la resurrección: «A pesar de todo, tú sabes que te amo». No es raro que Jesús lo viese como el cabecilla natural del grupo después de su muerte.

Pablo, el hombre universal

Pero la expansión de la Iglesia primitiva es humanamente inconcebible sin la figura de Pablo. Todos hemos leído su conversión. Lo que muchos no conocen es la revelación que Dios le hizo y en la que él tanto insiste en sus cartas: que la buena noticia de Jesús no era sólo para los judíos sino también para todo el mundo; para judíos y paganos. Es cierto que a mediados del siglo I ya hay cristianos en Roma (a ellos les dirige Pablo su famosa carta), pero si el evangelio se extiende por lo que actualmente es Turquía, Grecia, quizá España, es gracias a la labor de Pablo, que recorrió miles de kilómetros y se expuso a toda clase de peligros por llevar la fe en Jesús «hasta los confines de la tierra».

El enfoque de las lecturas

La liturgia concede especial importancia a Pedro, dedicándole las lecturas primera y tercera (evangelio). A Pablo dedica la segunda. En ambos casos se destacan los aspectos de protección divina y misión.

PEDRO: PROTECCIÓN Y MISIÓN

1ª lectura: protección divina

Se expresa a través de un sorprendente milagro: Pedro, a pesar de estar liberado por cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno, es liberado durante la noche por un ángel. Resulta imposible no pensar en la liberación de los israelitas de Egipto, cuando el ángel marcha delante de ellos también durante la noche. Por otra parte, esta es la tercera vez que meten a Pedro en la cárcel, y la segunda que lo saca un ángel. Algo que llama la atención, porque otros cristianos no gozan del mismo grado de protección divina: a Esteban lo apedrean, a Santiago lo degüellan, a Pablo lo persiguen a muerte y tienen que descolgarlo en una espuerta… Por otra parte, el mismo Pedro terminará crucificado según la tradición.

Esta primera lectura, que puede provocar una sonrisa escéptica en muchos cristianos actuales, tiene gran valor simbólico. Basta pensar en los últimos Papas, atados con todo tipo de cadenas y vigilados por numerosos cardenales (más atentos que las cuatro cohortes romanas de Pedro). Buen momento para pedirle a Dios que envíe un ángel a liberar a León.

Evangelio: misión

La misión se cuenta con el famoso episodio de la confesión de Cesarea de Felipe, que parte de la gran pregunta: ¿quién es Jesús? El pasaje se divide en tres partes: 1) lo que piensa la gente; 2) lo que afirma Pedro; 3) la promesa de Jesús a Pedro. Esta tercera parte es exclusiva de Mateo y es la fundamental para la fiesta de hoy. Para no alargarme, me limito a comentar esta parte final y dejo las otras dos para un apéndice.

En los evangelios de Marcos y Lucas, el pasaje de la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe termina con las palabras: «Prohibió terminantemente a los discípulos decirle a nadie que él era el Mesías». Sin embargo, Mateo introduce aquí unas palabras de Jesús a Pedro.

Comienzan con una bendición, que subraya la importancia del título de Mesías que Pedro acaba de conceder a Jesús. Humanamente hablando, Pedro es un hereje o un loco. Para Jesús, sus palabras son fruto de una revelación del Padre. Nos vienen a la memoria lo dicho en 11,25-30: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre se lo quiere revelar».

Basándose en esta revelación, no en los méritos de Pedro, Jesús le comunica unas promesas: 1) sobre él edificará su Iglesia; 2) le dará las llaves del Reino de Dios; 3) como consecuencia de lo anterior, lo que él decida en la tierra será refrendado en el cielo.

Las afirmaciones más sorprendentes son la primera y la tercera. En el AT, la «roca» es Dios. En el NT, la imagen se aplica a Jesús. Que el mismo Jesús diga que la roca es Pedro supone algo inimaginable, que difícilmente podrían haber inventado los cristianos posteriores. (La escapatoria de quienes afirman que Jesús, al pronunciar las palabras «y sobre esta piedra edificaré mi iglesia» se refiere a él mismo, no a Pedro, es poco seria).

La segunda afirmación («te daré las llaves del Reino de Dios») se entiende recordando la promesa de Is 22,22 al mayordomo de palacio Eliaquín: «Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá». Se concede al personaje una autoridad absoluta en su campo de actividad. Curiosamente, el texto de Mateo cambia de imagen, y no habla luego de abrir y cerrar sino de atar y desatar. Pero la idea de fondo es la misma.

El texto contiene otra afirmación importantísima: la intención de Jesús de formar una nueva comunidad, que se mantendrá eternamente. Todo lo que se dice a Pedro está en función de esta idea.

¿Por qué pone de relieve Mateo este papel de Pedro? ¿Le guía una intención eclesiológica, para indicar cómo concibe Jesús a su comunidad? ¿O tienen una finalidad mucho más práctica? Ambas ideas no se excluyen, y la teología católica ha insistido básicamente en la primera: Jesús, consciente de que su comunidad necesita un responsable último, encomienda esta misión a Pedro y a sus sucesores.

Es posible que haya también de fondo una idea más práctica, relacionada con el papel de Pedro en la iglesia primitiva. Uno de los mayores conflictos que se plantearon desde el primer momento fue el de la aceptación o rechazo de los paganos en la comunidad, y las condiciones requeridas para ello. Los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de estos problemas. En su solución desempeñó un papel capital Pedro, enfrentándose a la postura de otros grupos cristianos conservadores (Hechos 10-11; 15). En aquella época, en la que Pedro no era «el Papa», ni gozaba de la «infalibilidad pontificia», las palabras de Mateo suponen un espaldarazo a su postura en favor de los paganos. «Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo». Es Pedro el que ha recibido la máxima autoridad y el que tiene la decisión última.

PABLO: PROTECCIÓN Y MISIÓN

De Pablo se podrían haber elegido infinidad de textos, dada la abundancia de sus cartas y lo mucho que cuenta de él el libro de los Hechos. La liturgia ha elegido un breve pasaje, muy autobiográfico, de la segunda carta a Timoteo. A punto de morir, Pablo recuerda su intensa actividad apostólica y espera el premio prometido. Al mismo tiempo, es consciente de que siempre contó con la ayuda y la fuerza del Señor. Igual que a Pedro lo liberó milagrosamente, a él lo ha librado también de la boca del león, no milagrosamente, sino después de naufragios, azotes, apedreamientos, hambre y sed.

APÉNDICE: las dos primeras partes del evangelio

Lo que piensa la gente

Jesús plantea una encuesta: quién dice la gente que es él. Un lector moderno con cierta cultura bíblica pensará que el resultado no puede ser más descorazonador. Para la gente, Jesús no es un personaje real, sino un muerto que ha vuelto a la vida, se trate de Juan Bautista, Elías, Jeremías o de otro profeta. De estas opiniones, la más «teológica» y con mayor fundamento sería la de Elías, ya que se esperaba su vuelta, de acuerdo con Malaquías 3,23: «Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible; reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra».

Al lector moderno le puede resultar interesante que el pueblo vea a Jesús en la línea de los antiguos profetas, en lo que pueden influir muchos aspectos: su poder (como en los casos de Moisés, Elías y Eliseo), su actuación pública, muy crítica con la institución oficial, su lenguaje claro y directo, su lugar de actuación, no limitado al estrecho espacio del culto…

Sin embargo, cuando se conoce la época de Jesús, la visión anterior resulta inadecuada. En la mentalidad popular, el título de «profeta» tiene fuertes connotaciones políticas; significa que la gente ve a Jesús como un libertador. Flavio Josefo nos ha dejado testimonio de varios «profetas» surgidos por entonces. Su visión es muy negativa, pero interesante:

«Hombre engañadores e impostores, que bajo apariencia de inspiración divina realizaban innovaciones y cambios, induciendo a la multitud a actos de fanatismo religioso y la llevaban al desierto, como si allí Dios les hubiese mostrado los signos de la libertad inminente. Félix envió caballería e infantes contra estos, matando a gran cantidad. Mayor desgracia fue la que trajo sobre los judíos el falso profeta egipcio. Efectivamente, llegó al país un hombre charlatán, que, habiéndose ganado reputación de profeta, reunió a casi treinta mil de los seducidos por él; desde el desierto los llevó al monte de los Olivos, desde donde, según decía, podía penetrar a la fuerza en Jerusalén, vencer a la guarnición romana e imponerse como tirano sobre el pueblo» (Guerra de los Judíos II, 258-263).

Esta mentalidad popular del profeta como libertador político es la que comparten los discípulos de Emaús; para ellos, Jesús era «un profeta poderoso en obras y en palabras… nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel» (Lc 24,19-21).

Lo que afirma Pedro

Jesús quiere saber si sus discípulos comparten esta mentalidad o tienen una idea distinta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Es una pena que Pedro se lance inmediatamente a dar la respuesta, porque habría sido interesantísimo conocer las opiniones de los demás.

Según Mc 8,29, la respuesta de Pedro se limita a las palabras «Tú eres el Mesías». Mt añade «el Hijo de Dios vivo». ¿Aporta algo especial este añadido? Según algunos, Pedro confesaría no sólo la misión salvadora de Jesús (Mesías), sino también su filiación divina (Hijo de Dios). Sin embargo, esta teoría no es tan clara como parece. El rey de Israel -y por tanto el Mesías- era presentado desde antiguo como «Hijo de Dios» o «Hijo del Altísimo». En el fondo, parece que Mateo no añade nada nuevo. En cualquier caso, hay un dato indiscutible: confesar a Jesús como «Hijo de Dios» ya lo habían hecho los discípulos después de verlo caminar sobre las aguas (14,33). Por consiguiente, la novedad no reside aquí, sino en el título de Mesías. En su origen, el Mesías era el rey de Israel, al que se ungía derramando aceite sobre la cabeza. Con el paso del tiempo, especialmente en los siglos II y I a.C., la imagen del Mesías fue adquiriendo rasgos cada vez más sorprendentes, como se advierte en los Salmos 17 y 18 de Salomón (de origen fariseo, no forman parte de la Biblia). De él se esperaba la liberación política de Israel y la instauración de una sociedad de justicia, paz en entrega al Señor.

Por consiguiente, la confesión de Pedro reviste una importancia y novedad enormes. Además, es importante advertir que se sitúa inmediatamente después del episodio de fariseos y saduceos, representantes del judaísmo oficial, que no aceptan a Jesús. Pedro, contra la opinión oficial, ve en Jesús al salvador del pueblo elegido por Dios.

José Luis Sicre

LO QUE SE HALLA EN JUEGO

Enrique Martínez Lozano

Domingo XIII del TO

Lc  9, 51-62

El carácter hiperbólico -tan del gusto oriental- de las respuestas que el evangelista pone en boca de Jesús tiene una finalidad manifiesta: subrayar la prioridad absoluta de lo que se halla en juego. Carece, por tanto, de sentido una lectura literalista que se apresura a sacar conclusiones que poco o nada tienen que ver con el sentido del texto.

¿Y qué es exactamente lo que se halla en juego, aquello que hace relegar a un segundo plano valores tan importantes como enterrar a los muertos o ser amoroso con la propia familia?

El propio Jesús parece que se refería a ello con una expresión polisémica, absolutamente nuclear y característica del evangelio: el “Reino de Dios”. Con tal expresión se alude, tanto a la urgencia de construir un “mundo nuevo”, caracterizado por la vivencia de la fraternidad -uno de los ejes de todo el mensaje de Jesús-, como a la comprensión de lo que realmente somos -el “tesoro escondido” del que habla en sus parábolas-.

Una (inapropiada) lectura literalista se enreda al entrar en comparaciones entre los valores que aparecen en el relato. Pero el mensaje no va por ahí. Lo prioritario -viene a decir- es que llegues a comprender lo que realmente eres… y todo lo demás “se te dará por añadidura”.

Ahora bien, esa tarea prioritaria requiere motivación firme y dedicación constante, consciente además de que se te podrán caer todos los apoyos: no te quedará ni “una piedra donde poder reclinar la cabeza”. El camino que conduce a la comprensión de lo que somos nos irá desnudando de todo aquello que habíamos ido colocando en un primer plano. Y es justamente esa experiencia de desnudez la que nos hará anclarnos en lo realmente, aquello que somos en profundidad, lo que nunca nació y nunca morirá. Esto es lo que se halle en juego, ya que, como dijera el mismo Jesús en otra ocasión, “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida” (Mt 16,26).

Enrique Martínez Lozano

29 Junio 2025. Fiesta de San Pedro y San Pablo. Fray Marcos

(Mt 16,13-19)

Columnas que siendo tan diferentes sostiene el mismo templo. Los dos, a su manera, interpretan el mismo Jesús

Hay constancia de que ya en el s IV, se celebraba una fiesta en honor de S. Pedro y S. Pablo. No es fácil descubrir las razones que llevaron a aquellos primeros cristianos a unir en una misma celebración litúrgica, dos figuras tan distintas. Esta muy clara la complementariedad de las dos personalidades.

Pedro es la figura más destacada de las personalidades el NT. Su nombre aparece 182 veces. Aun así, sabemos poco de su vida. Muchas referencias de los evangelios son acomodaciones hechas después de que se le consideró cabeza.

Pablo es la persona mejor documentada. Es el único apóstol del que podemos hacer una biografía casi completa. Los Hechos nos cuentan las peripecias del apóstol con precisiones minuciosas Aunque se presenta como hecho fundamental de su vida la misteriosa caída del caballo, la realidad fue mucho más prosaica.

Después de estar varios años “dando coces contra el aguijón”, un buen día cayó del burro (el caballo no se menciona). Su conversión no supuso ningún cambio de actitud; pasó de ser un fanático fariseo a ser un fanático cristiano. Predicó un Jesús idealizado, poco que ver con el Jesús que Pedro conocía muy bien.

Pedro no pierde ocasión de manifestar su oposición a lo que decía Jesús. Se niega a aceptar un Jesús que tiene que ir a la muerte. En la Cena se a que su “jefe” le lave los pies. Un poco más tarde, en el momento más difícil para Jesús, le niega tres veces, que quiere decir que le niega absolutamente, sin paliativos.

Pablo fue un fanático de su religión, aunque desde la perspectiva de la diáspora greco-romana, que tenía susu peculiaridad. Por defender el judaísmo se convirtió en perseguidor de todos aquellos que seguían a Cristo, la mayor herejía surgida del judaísmo. También su formación personal fue completamente diferente.

Pedro era simplemente un pescador, sin ninguna preparación, pero testarudo y sincero. Pablo era un intelectual. Había pasado por la universidad, que entonces era el estudio de la Ley. Uno con su sencillez y espontaneidad judía y el otro con su agudeza intelectual gentil, construyen la misma y única Iglesia.

Esa dificultad que tuvieron Pedro y Pablo para seguir a Jesús, puede ser de mucha ayuda para nosotros hoy. Pedro, antes de la experiencia pascual, siguió a un Jesús acomodándolo a sus ideales e intereses de buen judío. Pablo, antes de la caída del caballo servía al Dios del AT que estaba a años luz del Dios de Jesús.

La dificultad que los dos experimentaron para aceptar la figura de Jesús, hace más creíble la sincera adhesión a su persona. No sirve de nada seguir a Jesús sin haberse identificado con él. Solo después de haber superado nuestros prejuicios, estaremos preparados para aceptar el verdadero mensaje de Jesús.

Urteko 13. igandea – C – José A. Pagola

(Lukas 9,51-63)

Grupos de Jesús

JESUSI JARRAITU – SEGUIR A JESÚS

Jesusi «jarraitu» delako hori metafora bat da, ikasleek Galileako bideetan ikasi zutena. Beraientzat hau esan nahi du zehazki: ez galdu Jesus begi-bistatik, ez geratu geldi eta planto eginik, Jesusengandik urrun; bide egin, mugitu eta ibili beraren ondoren. Jesusi «jarraituko diot» esateak mugimendu-dinamika eskatzen du. Horregatik, mugimendu-eza Eliza baitan gaixotasun hilgarria da: hil egiten du Jesusi jarraitzeko irrika, beraren bizitza, beraren asmoa eta beraren zoria partekatuz.

Lehen kristau-belaunaldiek ez zuten ahaztu sekula, kristau izatea Jesusi «jarraitzea» dela eta Jesus bezala bizitzea dela. Funtsezko gauza da hau. Horregatik ematen die Lukasek halako garrantzia Jesusen hiru esapideri.

Lehen esapidea. Jesusi jarraitzera deliberaturik datorkion bati ohartarazi dio: «Gizakiaren Semeak ez du, atsedeteko, burua non jarri». Bizirauteko senak, gizarte moderno honen baitan, segurtasuna bilatzera garamatza kristauak gaur egun. Hierarkia lehiatzen ari da, nola berreskuratuko beheratzen ari den sostengu soziala. Kristau-elkarteak galtzen ari dira garrantzia eta indarra ingurumenean inolako eraginik izan ahal izateko. Ez dakigu «non etzan burua». Jesusi nola jarraitu ikasteko unea da, era apalagoan eta zaurgarriagoan, baina baita egiazkoago eta benetakoagan ere.

Bigarren esapidea. Lehenik aitari lur ematera joaten uzteko eskatu dion bati erantzun dio Jesusek: «Utzi hildakoei beren hildakoei lur ematen; zu, zoaz Jainkoaren erregetza hots egitera». Elizan, sarri, zabar bizi ohi gara iraganeko ohiturak eta betebeharrak direla-eta, gaur egun ebanjelio-biziera eragiteko gai ez badira ere. Badira artzainak, «hildakoak hobiratzera emanik bizi direnak, berak ere hildako-edo izango balira bezala». Jesusengana itzultzeko garaia da, gauza guztien gainetik Jainkoaren erregetza bilatzeko ordua. Horrela bakarrik ipiniko gara egiazko jarreran, fedea Jesusek nahi zuen bezala ulertu eta bizitzeko.

Hirugarren esapidea. Beste bati esan zion: «Goldeari eskua ezarri baina atzera begira jarraitzen duena ez da on Jainkoaren erreinurako». Jainkoaren erreinua ezin da hots egin atzera begira jarrita bakarrik. Sormena ito edo ebanjelio-imajinazioa hiltzen denean, berritasun oro arriskutsutzat eman eta erlijio geldo edo estatiko bat sustatzen denean, eragozten ari gara Jesusi biziki jarraitzea. Beste behin, bila aritzeko garaia da «ardo berria zahagi berrietan». Jesusek eskatzen zuena da.

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

13 Tiempo ordinario – C (Lucas 9,51-62)

SEGUIR A JESÚS

«Seguir» a Jesús es una metáfora que los discípulos aprendieron por los caminos de Galilea. Para ellos significa en concreto: no perder de vista a Jesús; no quedarse parados lejos de él; caminar, moverse y dar pasos tras él. «Seguir» a Jesús exige una dinámica de movimiento. Por eso el inmovilismo dentro de la Iglesia es una enfermedad mortal: mata la pasión por seguir a Jesús compartiendo su vida, su causa y su destino.

Las primeras generaciones cristianas nunca olvidan que ser cristiano es «seguir» a Jesús y vivir como él. Esto es lo fundamental. Por eso Lucas le da tanta importancia a tres dichos de Jesús.

Primer dicho. A uno que se le acerca decidido a seguirle Jesús le advierte así: «El Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza». El instinto por sobrevivir en medio de la sociedad moderna nos está llevando hoy a los cristianos a buscar seguridad. La jerarquía se afana por recuperar un apoyo social que va decreciendo. Las comunidades cristianas pierden peso y fuerza para influir en el ambiente. No sabemos «dónde reclinar la cabeza». Es el momento de aprender a seguir a Jesús de manera más humilde y vulnerable, pero también más auténtica y real.

Segundo dicho. A uno que le pide ir antes a enterrar a su padre Jesús le dice: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». En la Iglesia vivimos con frecuencia distraídos por costumbres y obligaciones que provienen del pasado, pero no ayudan a generar hoy vida evangélica. Hay pastores que se sienten como «muertos que se dedican a enterrar muertos». Es el momento de volver a Jesús y buscar primero el reino de Dios. Solo así nos colocaremos en la verdadera perspectiva para entender y vivir la fe como quería él.

Tercer dicho. A otro le dice: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios». Mirando solo para atrás no es posible anunciar el reino de Dios. Cuando se ahoga la creatividad o se mata la imaginación evangélica, cuando se controla toda novedad como peligrosa y se promueve una religión estática, estamos impidiendo el seguimiento vivo a Jesús. Es el momento de buscar, una vez más, «vino nuevo en odres nuevos». Lo pedía Jesús.

José Antonio Pagola

Domingo XIII del Tiempo Ordinario-Ciclo C- KOINONÍA

1 Reyes 19,16b.19-21: Eliseo se levantó y marchó tras Elías

Salmo 16: Señor, tú eres la parte de mi herencia y de mi copa

Gálatas 5,1.13-18: Su vocación es la libertad

Lucas 9,51-62: Te seguiré adonde vayas

 Narra la vocación de un profeta, Eliseo, un rico campesino. Estaba arando su finca con doce yuntas de bueyes cuando lo encuentra Elías. Éste le echa encima su manto y con esto adquiere sobre él como cierto derecho. Eliseo no sabe negarse; sacrifica la pareja de bueyes con que araba, abandona su familia y se pone al servicio de Dios. Se dan en el caso de Eliseo las condiciones de una vocación especial: llamada de Dios, respuesta a la llamada, ruptura con el pasado y nuevo género de vida al servicio de su misión.

Nunca como hoy el ser humano ha sido tan sensible a la libertad; el ser humano prefiere la pobreza y la miseria antes que la falta de libertad. Pablo dice con relación a este tema: el cristiano es libre: la vocación cristiana es vocación a la libertad, esta libertad nos la conquistó Cristo; la libertad se expresa y alcanza su plenitud en el amor; ante el peligro de que muchos seres humanos caigan en el libertinaje so pretexto de libertad, Pablo les advierte que la verdadera libertad, la que viene del Espíritu, libera de la esclavitud de la carne y del egoísmo.

El tema fundamental del evangelio es la presentación de tres vocaciones. Lucas las coloca en el marco del viaje de Jesús y sus discípulos hacia Jerusalén. Jesús, al que quiere seguirle le exige: despego de los bienes y comodidades materiales, pues el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza; llamamiento de Dios; ruptura con el pasado y el presente, incluso con la propia familia, y seguimiento. Todo esto para que el discípulo quede libre y disponible para poder anunciar el Reino de Dios.

Las lecturas de hoy tienen un tema común: las exigencias de la vocación. En ellas descubrimos cómo subyace la necesidad del desprendimiento, de la renuncia, del abandono de las cosas y personas como exigencia para seguir a Jesús. Por eso, no existe respuesta a la llamada para ponerse al servicio del Reino de Dios, en aquellos que anteponen a Jesús sus condiciones o intereses personales.

El Evangelio nos dice que el desprendimiento exigido por Jesús a los tres candidatos a su seguimiento, es radical e inmediato. Se tiene, incluso, la impresión de una cierta dureza de parte de Jesús. Pero todo está puesto bajo el signo de la urgencia. Jesús ha iniciado “el viaje hacia Jerusalén”. Esta “subida” interminable (que ocupa 10 capítulos en el evangelio de Lucas) no se encuadra en una dimensión estrictamente geográfica, sino teológica: Jesús se encamina decididamente hacia el cumplimiento de su misión.

El viaje de Jesús a Jerusalén no es un viaje turístico. El maestro exige a los discípulos la conciencia del riesgo que comparte esa aventura: “la entrega de la propia vida”.

Se diría que Jesús hace todo lo posible para desanimar a los tres que pretenden seguirle a lo largo del camino. Parece que su intención es más la de rechazar que la de atraer, desilusionar más que seducir. En realidad, él no apaga el entusiasmo, sino las falsas ilusiones y los triunfalismos mesiánicos. Los discípulos deben ser conscientes de la dificultad de la empresa, de los sacrificios que comporta y de la gravedad de los compromisos que se asumen con aquella decisión.

Por tanto, «seguir a Jesús en radicalidad» exige:

– Disponibilidad para vivir en la inseguridad: “No tener nada, no llevar nada”. No se pone el acento en la pobreza absoluta, sino en la itinerancia. El discípulo lo mismo que Jesús, no puede programar, organizar la propia vida según criterios de exigencias personales, de “confort” individual.

– Ruptura con el pasado, con las estructuras sociales, políticas, económicas y culturales que atan y generan la muerte. Es necesario que los nuevos discípulos miren adelante, que anuncien el Reino, para que desaparezca el pasado y viva el proyecto de Jesús.

– Decisión irrevocable. Nada de vacilaciones, nada de componendas, ninguna concesión a las añoranzas y recuerdos del pasado, el compromiso es total, definitivo, la elección irrevocable.

Hoy como ayer, Jesús sigue llamando a hombres y mujeres que dejándolo todo se comprometen con la causa del Evangelio y, tomando el arado sin mirar hacia atrás, entregan la propia vida en la construcción de un mundo nuevo donde reine la justicia y la igualdad entre los seres humanos.

Por otra parte, observamos una nota de tolerancia y paciencia pedagógica en el evangelio de hoy. Un celo apasionado de los discípulos es capaz de pensar en traer fuego a la tierra para consumir a todos los que no acepten a Jesús… Llevados por su celo no admiten que otros piensen de manera diversa, ni respetan el proceso personal o grupal que ellos llevan. Jesús «les reprocha» ese celo. Simplemente marcha a otra aldea, sin condenarlos y, mucho menos, sin desear que les caiga fuego.

El seguimiento de Jesús es una invitación y un don de Dios, pero al mismo tiempo exige nuestra respuesta esforzada. Es pues un don y una conquista. Una invitación de Dios, y una meta que nos debemos proponer con tesón. Pero sólo por amor, por enamoramiento de la Causa de Jesús, podremos avanzar en el seguimiento. Ni las prescripciones legales, ni los encuadramientos jurídicos, ni las prescripciones ascéticas pueden suplir el papel que el amor, el amor directo a la Causa de Jesús y a Dios mismo a través de la persona de Jesús, tiene que jugar insustituiblemente en nuestras vidas llamadas.

Una vez que ese amor se ha instalado en nuestras vidas, todo lo legal sigue teniendo su sentido, pero es puesto en su propio lugar: relegado a un segundo plano. «Ama y haz lo que quieras», decía san Agustín; porque si amas, no vas a hacer «lo que quieras», sino lo que debes, lo que el Dios amado espera de ti. Es la libertad del amor, sus dulces ataduras.

Una homilía para la celebración de hoy también podrá enfocarse desde el núcleo de la libertad religiosa. Jesús no acepta la intolerancia de los discípulos, que quisieran imponer a fuego la aceptación a su maestro. Y Pablo nos recuerda la vocación universal (de los cristianos y de todos los humanos, y de todos los pueblos) a la libertad, a vivir sin coacción su propia identidad, su propia cultura, su propia religión… El Vaticano II tomó decisiones históricas respecto a la libertad religiosa. Las posiciones de «cristiandad», de unión con el poder político, no son conformes con el evangelio. Y todo ello exige de los cristianos unas actitudes nuevas desde el fondo de nuestro corazón.

El evangelio de hoy es dramatizado en los capítulos 82 y 91 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión, el audio y el comentario teológico correspondiente pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/82-en-una-aldea-de-samaria/  y  https://radialistas.net/91-la-hora-de-jerusalen/

JESÚS ALIMENTA, LA COMUNIDAD RECUERDA-BENDECIR Y COMPARTIR.

Fiesta del Corpus Christi

Ciclo C

La institución de la Eucaristía se celebra el Jueves Santo. ¿Qué sentido tiene dedicar otra fiesta al mismo misterio? Podríamos decir que, en el Jueves Santo, el protagonismo es de Jesús, que se entrega. En la fiesta del Corpus, el protagonismo es de la comunidad cristiana, que reconoce y agradece públicamente ese regalo. Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.

En el ciclo C, las lecturas centran la atención en el compromiso del cristiano con Jesús, al que debe recordar continuamente con gratitud (2ª lectura), porque él lo sigue alimentando igual que alimentó a la multitud (evangelio).

1ª lectura. ¿El primer anuncio de la Eucaristía? (Gn 14,18-20)

El c.14 del Génesis cuenta una batalla casi mítica de cinco reyes contra cuatro, en la que termina tomando parte Abrán (no es una errata, el nombre se lo cambió más tarde Dios en el de Abrahán). Al volver victorioso, devuelve al rey de Salén (Jerusalén) los prisioneros que le habían hecho. Y su rey, Melquisedec, «le sacó pan y vino» y lo bendijo. A nosotros puede parecernos traído por los pelos el que se elige esta lectura por el simple hecho de mencionar al pan y el vino, pero los Padres de la Iglesia y los artistas han visto siempre en esta escena un anuncio de la eucaristía, como la mejor ofrenda que se nos puede hacer.

2ª lectura. “En recuerdo mío” (1 Corintios 11,23-26)

Dos veces insiste Pablo, al recordar la institución de la Eucaristía, en que hay que realizarla «en memoria mía». Evoca la imagen de un padre o una madre que, antes de morir, entrega un foto suya a los hijos diciéndoles: «acuérdate de mí». Lo que pide Jesús es que recordemos todo lo que hizo por nosotros a lo largo de su vida. La Eucaristía nos obliga a echar una mirada al pasado y agradecer lo que hemos recibido de él. Pablo no omite la mirada al pasado, pero la limita a la muerte de Jesús, su acto supremo de entrega; y la proyecta luego al futuro, «hasta que vuelva».

Pablo escribe estas palabras a propósito de los desórdenes que se habían introducido en la celebración de la Eucaristía en Corinto, donde algunos se emborrachaban o hartaban de comer mientras otros pasaban hambre. Por eso les advierte seriamente: cuando celebráis la cena del Señor, no celebráis una comida normal y corriente; estáis recordando el momento último de la vida de Jesús, su entrega a la muerte por nosotros. Celebrar la eucaristía es recordar el mayor acto de generosidad y de amor, incompatible con una actitud egoísta.

Evangelio. Segundo anuncio de la Eucaristía (Lc, 9,11b-17)

Si la lectura del Génesis ha sido considerada el primer anuncio de la Eucaristía, la multiplicación de los panes es el segundo. Lucas, siguiendo a Marcos con pequeños cambios, describe una escena muy viva, en la que la iniciativa la toman los discípulos. Le indican a Jesús lo que conviene hacer y, cuando él ofrece otra alternativa, objetan que tienen poquísima comida. La orden de recostarse en grupos de cincuenta simplifica lo que dice Marcos, que divide a la gente en grupos de cien y de cincuenta. Esta orden tan extraña se comprende recordando la organización del pueblo de Israel durante la marcha por el desierto en grupos de mil, cien, cincuenta y veinte (Éx 18,21.25; Dt 1,15). También en Qumrán se organiza al pueblo por millares, centenas, cincuentenas y decenas (1QS 2,21; CD 13,1). Es una forma de indicar que la multitud que sigue a Jesús equivale al nuevo pueblo de Israel y a la comunidad definitiva de los esenios.

Jesús realiza los gestos típicos de la eucaristía: alza la mirada al cielo, bendice los panes, los parte y los reparte. Al final, las sobras se recogen en doce cestos.

¿Cómo hay que interpretar la multiplicación de los panes?

Podría entenderse como el recuerdo de un hecho histórico que nos enseña sobre el poder de Jesús, su preocupación no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales.

Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena. Se trata de una multitud enorme, cinco mil personas, sin tener en cuenta que Lucas no habla de mujeres y niños, como hace Mateo. En aquella época, la “ciudad” más grande de Galilea era Cafarnaúm, con unos mil habitantes. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona. Incluso la propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios Hipercor y Alcampo para alimentar de pronto a tanta gente.

Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes y peces, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por solo doce personas (unas mil por camarero, si incluimos mujeres y niños) plantea grandes problemas. Además, ¿cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para recibir nuevos trozos cada vez que se acaban? Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan lo más mínimo de lo sucedido?

Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta el evangelio. ¿Se basa el relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por los evangelistas para transmitir una enseñanza?

El trasfondo del Antiguo Testamento

Lucas, muy buen conocedor del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos episodios bíblicos.

En primer lugar, la imagen de una gran multitud en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés. Pero hay también otro relato sobre Eliseo que le vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

? Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

? ¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

? Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor»

(2 Re 4,42-44).

Lucas podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que lo siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo antiguamente. Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder es mucho mayor: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

¿Sigue saciando Jesús nuestra hambre?

Aquí entra en juego un aspecto del relato que parece evidente: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: “Tomad y comed… tomad y bebed”. Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte. Lucas volverá sobre este tema al final de su evangelio, en el episodio de los discípulos de Emaús, cuando reconocen a Jesús “al partir el pan” y recobran todo el entusiasmo que habían perdido.

 José Luis Sicre

BENDECIR Y COMPARTIR

Enrique Martínez Lozano

Fiesta del Corpus

Lc  9, 11-17

La persona feliz es buena: bendice y comparte. Parece claro, a pesar de no hacerlo consciente, que quien no bendice a los demás, tampoco sabe bendecirse a sí mismo; y quien no comparte con otros, tampoco sabe tenerse en cuenta a sí mismo.

Bendecir significa, literalmente, “decir bien”. Y se requiere haber aprendido a “decirse bien” a sí mismo para hacerlo con los demás. Quien dice mal de otros -en el extremo: maldecir- no se ama a sí mismo, por más que parezca lo contrario. Más que amarse limpia y humildemente, lo que hace es vivir acorazado en un caparazón narcisista, que utiliza como refugio. Solo cuando aprenda a amarse de manera genuina, estará en paz con él, podrá bendecirse y bendecirá a los demás.

Compartir requiere -sea de manera explícita o simplemente intuitiva- comprender lo que somos. Al comprender lo que soy, comprendo que soy no-otro de los demás, y empezaré a querer para ellos lo mismo que quiero para mí, y no les haré a ellos lo que no quisiera que me hicieran a mí.

Cuando no sabemos compartir -vivir empatía y compasión-, no sabemos qué somos. Lo que hacemos entonces es resguardarnos en el antes mencionado caparazón narcisista, con nuestros temores inconfesados y nuestras necesidades básicas no resueltas. Dado que no nos queremos bien, pensaremos que nunca tenemos bastante, por lo que viviremos acaparando y replegados sobre nosotros mismos.

La bendición y el amor nacen de la comprensión de lo que somos. Y, a su vez, constituyen un test cierto del nivel real de la misma.