Domingo 02 de Noviembre-Fieles Difuntos-Koinonía

Job 19,1.23-27a

Yo sé que está vivo mi Redentor

Respondió Job a sus amigos: «¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá se grabaran en cobre, con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca! Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán.»

Salmo responsorial: 24

A ti, Señor, levanto mi alma.

Recuerda, Señor, que tu ternura / y tu misericordia son eternas; / acuérdate de mí con misericordia, / por tu bondad, Señor. R.

Ensancha mi corazón oprimido / y sácame de mis tribulaciones. / Mira mis trabajos y mis penas / y perdona todos mis pecados. R.

Guarda mi vida y líbrame, / no quede yo defraudado de haber acudido a ti. / La inocencia y la rectitud me protegerán, / porque espero en ti. R.

Filipenses 3,20-21

Transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso

Hermanos: Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.

Marcos 15,33-39;16,1-6

Jesús, dando un fuerte grito, expiró

Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente: «Eloí, Eloí, lamá sabaktaní». (Que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») Algunos de los presentes, al oírlo, decían: «Mira, está llamando a Elías.» Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo: «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.» Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: «Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

[Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?» Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: «No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron.»]

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

El evangelio es pedagogía para la comunidad creyente. Así, el relato de Jesús y Zaqueo no es únicamente otro episodio del ministerio de Jesús en Lucas, sino un paso más en el itinerario de su enseñanza. Jesús visita a Zaqueo y, sin mediar palabra del maestro, éste declara: «Daré la mitad de mis bienes a los pobres, y a quien haya defraudado le devolveré cuatro veces más». Pero ¿qué tiene que ver el proyecto de Jesús y las relaciones económicas? ¿Por qué habla así Zaqueo? Uno de los temas principales en el evangelio de Lucas es la crítica del amor al dinero y al abuso hacia las personas débiles. Una mirada rápida a la proclamación del Jubileo (Lc 4,16-21), las bendiciones a los empobrecidos y maldiciones a los acapadores (Lc 6,20-21 y 24), así como la crítica a la acumulación de bienes y la opulencia (Lc 12,13-21 y 33-34; 18,18-27), evidencian la fuerte oposición entre el proyecto de Jesús y el abuso económico nacido del amor a las riquezas.

Con el relato de Zaqueo el evangelista hace pedagogía: invita a su comunidad a comprender que el seguimiento de Jesús implica reconocer el mal de la avaricia y la opresión, así como la construcción de una sociedad alejada de dichas prácticas. Zaqueo es modelo en dos aspectos. Representa la acumulación injusta que hace más vulnerables especialmente a las personas débiles –era cobrador de impuestos al servicio de las autoridades– encareciendo aún más la vida de sus compatriotas. Pero también Zaqueo es modelo de la persona/comunidad que entiende la fundamental contradicción entre abuso económico y proyecto de Dios, y se ve llamado a cambiar las realidades injustas de su sociedad con actos concretos. Sólo dicha conversión lleva a Jesús a proclamar: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa».

Hoy vivimos bajo una situación grave de opresión económica y culto al dinero, sufrida de manera gravosa y particular por las multitudes de personas en pobreza, miseria y explotación en América Latina. La insistencia en la implementación del modelo capitalista, impuesto a la fuerza por élites políticas y económicas, nos recuerda una vez más la pertinencia de un texto como el de Zaqueo: no llegará la Salvación a nuestra Casa común hasta que no llegue la justicia, hasta que no se devuelva lo defraudado a todas las personas explotadas por el modelo social actual. Dios, como ‘amigo de la vida’ (Sab 11,26), aparece en Lucas como amigo de la vida digna, aquella que da paz, pan, salud y bienestar para todos y todas. ¿Por qué muchas personas reducen la vida digna a la tenencia de bienes?

Domingo 30 Ciclo C – José Luis Sicre

LA JUSTICIA PARCIAL DE DIOS

El Catecismo que estudié de pequeño decía que Dios “premia a los buenos y castiga a los malos”. Pero no concretaba quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Y como nuestra forma de pensar es con frecuencia muy distinta de la de Dios, es probable que los que Dios considera buenos y malos no coincidan con los que nosotros juzgamos como tales.

Dios, un juez parcial a favor del pobre

Esta es la imagen que ofrece la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico. Lo más curioso de este texto es que no lo escribe un profeta, amante de las denuncias sociales y de las críticas a los ricos y poderosos, sino un judío culto, perteneciente a la clase acomodada del siglo II a.C.: Jesús ben Sira. Y la imagen que ofrece de Dios dista mucho de la que tenían bastantes israelitas. No es un Dios imparcial, que juzga a las personas por sus obras; es un Dios parcial, que juzga a las personas por su situación social. Por eso se pone de parte de los pobres, los oprimidos, los huérfanos y las viudas; los seres más débiles de la sociedad. Comienza el autor diciendo: El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial. Pero añade de inmediato, con un toque de ironía: no es parcial contra el pobre. Porque la experiencia de Israel, como la de todos los pueblos, enseña que lo más habitual es que la gente se ponga a favor de los poderosos y en contra de los débiles.

Dios, un juez parcial a favor del humilde

El evangelio de Lucas ofrece el mismo contraste mediante un ejemplo distinto, sin relación con el ámbito económico. La parábola es fácil de entender, pero conviene profundizar en la actitud del fariseo.

La confesión de inocencia

Un niño pequeño, cuando hace una trastada, es frecuente que se excuse diciendo: “Mamá, yo no he sido”. Esta tendencia innata a declararse inocente influyó en la redacción del capítulo 150 del Libro de los muertos, una de las obras más populares del Antiguo Egipto. Es lo que se conoce como la “confesión negativa”, porque el difunto iba recitando una serie de malas acciones que no había cometido. Algo parecido encontramos también en algunos Salmos. Por ejemplo, en el Salmo 26(25),4-5:

No me siento con gente falsa,
con los clandestinos no voy;
detesto la banda de malhechores,
con los malvados no me siento.

La profesión de bondad

Existe también la versión positiva, donde la persona enumera las cosas buenas que ha hecho. Encontramos un espléndido ejemplo en el libro de Job, cuando el protagonista proclama (Job 29,12-17):

Yo libraba al pobre que pedía socorro y al huérfano indefenso,
recibía la bendición del vagabundo y alegraba el corazón de la viuda;
de justicia me vestía y revestía,
el derecho era mi manto y mi turbante.
Yo era ojos para el ciego, era pies para el cojo,
yo era el padre de los pobres
y examinaba la causa del desconocido.
Le rompía las mandíbulas al inicuo
para arrancarle la presa de los dientes.

El orgullo del fariseo

Volvamos a la confesión del fariseo: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.» Si el fariseo hubiera sido como Job, se habría limitado a las palabras finales: Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. Pero al fariseo lo come el odio y el desprecio a los demás, a los que considera globalmente pecadores: ladrones, injustos, adúlteros. Sólo él es bueno, y considera que Dios está por completo de su parte.

La humildad del publicano

En el extremo opuesto se encuentra la actitud del publicano. A diferencia de Job, no recuerda sus buenas acciones, que algunas habría hecho en su vida. A diferencia del Libro de los muertos y algunos Salmos, no enumera malas acciones que no ha cometido. Al contrario, prescindiendo de los hechos concretos se fija en su actitud profunda y reconoce humildemente, mientras se golpea el pecho: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. 

En el AT hay dos casos famosos de confesión de la propia culpa: David y Ajab. David reconoce su pecado después del adulterio con Betsabé y de ordenar la muerte de su esposo, Urías. Ajab reconoce su pecado después del asesinato de Nabot. Pero en ambos casos se trata de pecados muy concretos, y también en ambos casos es preciso que intervenga un profeta (Natán o Elías) para que el rey advierta la maldad de sus acciones. El publicano de la parábola muestra una humildad mucho mayor. No dice: “he hecho algo malo”, no necesita que un profeta le abra los ojos; él mismo se reconoce pecador y necesitado de la misericordia divina.

Dios, un juez parcial e injusto

Al final de la parábola, Dios emite una sentencia desconcertante: el piadoso fariseo es condenado, mientras que el pecador es declarado inocente: Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. ¿Debemos decir, en contra del Catecismo, que “Dios premia a los malos y castiga a los buenos”? ¿O, más bien, debemos cambiar nuestros conceptos de buenos y malos, y nuestra imagen de Dios?

José Luis Sicre

DOMINGO 30 T.O. (C) Fray Marcos

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(Lc 18,9-14)

El fariseo despreciaba al publicano. Pero el publicano se despreciaba a sí mismo. Las dos actitudes son destructivas.

El relato de hoy nos invita a ponernos de parte del publicano y en contra del fariseo. La verdad es que el fariseo tiene muchas cosas buenas que pasamos por alto y el publicano tiene muchas cosas malas que olvidamos. Todos somos fariseos y publicanos a la vez. Ni la soberbia ni la falsa humildad pueden llevar a una espiritualidad auténtica.

Lucas en la introducción a la parábola lo deja claro: “por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás” El fariseo se siente excelente y falla en su apreciación. El publicano se cree indigno y también falla. Las dos posturas son falsas porque están hechas desde el falso yo, no desde el verdadero ser.

El publicano se siente pecador y falla al despreciarse a sí mismo, por eso tiene que insistir en pedir un perdón que ya le han concedido. Lo más normal de mundo sería alabar al que era bueno y criticar al malo, pero a los ojos de Dios todo es diferente. Dios es el mismo para los dos. Uno suplica que le acepte a pesar de sus fallos, pero no tiene confianza total. El otro cree tener a Dios de su parte porque lo merecen sus obras.

Dios está cerca de los dos, pero el publicano reconoce que la cercanía de Dios es debida solo al amor incondicional. El fariseo cree que Dios tiene la obligación de amarle porque se lo ha ganado. El publicano está más cerca de Dios a pesar de sus pecados, porque todo lo espera de Él, pero falla porque su confianza es muy limitada y tiene miedo.

Tomar conciencia de que lo que soy de verdad no depende de mí, es la clave para una total seguridad. Dios me está aportando lo que soy desde antes de empezar a existir, es ridículo pensar que pueda merecerlo. Lo que sí puedo y debo hacer es responder conscientemente a ese don y tratar de agradecerlo, desplegándolo en mi vida.

Esto tendrían consecuencias para mi relación con los demás. Amar al que se porta bien no demuestra nada. Es lo que hacemos todos, pero tenemos que superar esa actitud. Si me porto humanamente con aquel que no se lo merece, daré un salto de gigante en mi evolución hacia la plenitud humana. Ser más humanos me hace a la vez, más divino.

Cada oración manifiesta la idea de Dios que tiene uno y otro. Para uno se trata de un Dios justo, que me da lo que merezco. Para el otro, Dios es amor que puede llegar a mí sin merecerlo. Ojo al dato, porque todos estamos más cerca del fariseo que del publicano. ¿Podemos imaginar a Jesús haciendo la oración del publicano o del fariseo?

El desaliento que a veces nos invade es un desenfoque espiritual. Nada tienes que conseguir. Dios ya te lo ha dado todo. No tengas miedo a fallar. Tu ser profundo no lo puede malear nadie, ni siquiera tú mismo. Tus fallos solo demuestran de que no has descubierto lo que eres. Las limitaciones no pueden malograr tus posibilidades de ser.

Cuando te sientas abrumado por tus fallos, tienes que descubrir que para Dios eres siempre el mismo, único, irrepetible, necesario para el mundo y para Dios. La autoestima es imprescindible para poder desarrollar lo que verdaderamente eres en lo más profundo de tu ser, pero nunca puede apoyarse en las cualidades que puedes tener o no tener, que son accidentales, porque te llevarán a una rotunda ansiedad.

Urteko 30. igandea – C – José A. Pagola

Grupos de Jesús

Lukas 18,9-14

ONARTEZIN DIRENENTZAT – PARA INACEPTABLES

Bada Jesusen esaldi bat, beraren garaikideak harritu eta eskandalizatu zituen konbentzimendu bat eta jarduera bat islatzen zituena: «Ez dira osasuntsuak sendagile beharra dutenak baizik eta gaixoak… Ez naiz etorri jende zuzenari dei egitera, baizik eta bekatariei». Historikoa da datua: Jesusek ez zion hitz egin jende jainkozaleari, baizik eta jende duingabe eta onartezinari.

Xumea da arrazoia. Jesusek laster atzeman du bere mezua alferrikakoa dela beren erlijioaz seguru eta aserik bizi direnentzat. «Jende zuzenak» ozta-ozta sentitzen du «salbazio» beharra. Aski du Jainkoarentzat eta gainerakoentzat duinekoa dela uste izateak ematen dion lasaitasuna.

Grafikoki dio Jesusek: osasunez eta indarrez betea den pertsonari ez dio ematen buruak sendagileagana joatea. Zertako behar dute Jainkoaren barkazioa beren baitan errugabe sentitzen direnek?, nolatan eskertuko diote bere egundoko maitasunaz eta erruki agortezinaz «babesturik» dauzkala uste dutenek, beraren legeak zorrotz eta xeheki betetzen omen dituztelako?

Bekatari sentitzen denak beste esperientzia bat bizi ohi du. Kontzientzia argia izaten du bere miseriaz. Badaki ezin dela aurkeztu aski duintasunez inoren aurrean; ezta Jainkoaren aurrean ere, ezta bere buruaren aurrean ere. Zer egin dezake den-dena Jainkoaren barkaziotik itxaron baizik? Non aurkituko du salbazioa, bere burua Jainkoaren maitasun infinituaren baitan konfiantzaz ipintzean baizik?

Ez dakit zein iritsiko den lerro hauek irakurtzera. Une honetan zuek zaituztet gogoan: ezgai sentitzen zaretenak gizarteak ezartzen dituen arauen arabera bizitzeko; indarrik ez duzuenak erlijioak ezartzen duen ideal morala bizitzeko; bizitza duingabeak harrapaturik zaudetenak; ez emazteari ez seme-alabei begietara begiratzen ausartzen ez zaretenak; kartzelatik irteten zaretenak berriro bertara joateko; prostituziotik ezin irten zaretenak… Ez ezazue ahaztu sekula: zuentzat etorri da Jesus.

Legeak juzkaturik gertatuko zaretenean, senti ezazue Jainkoak ulertzen zaituztela; gizarteak bazter utzirik gertatuko zaretenean, pentsa ezazue Jainkoak harrera ona egiten dizuela; inork barkatzen ez dizuenean, senti ezazue Jainkoaren barkazioa agortezina dela. Ez duzue merezi. Ez dugu merezi inork. Jainkoa, ordea, horrelakoa da: maitasun eta barkazio. Zuek gozatu eta eskertu ahal izango duzue. Ez ezazue ahaztu sekula: Jesusen arabera, tenplutik garbi publikano hura bakarrik irten zen, bularra kolpatzen zuena, esanez: «Ene Jainko, izan ezazu gupida bekatari honetaz».

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

30 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,9-14)

PARA INACEPTABLES

Hay una frase de Jesús que sin duda refleja una convicción y un estilo de actuar que sorprendieron y escandalizaron a sus contemporáneos: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos… Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». El dato es histórico: Jesús no se dirigió a los sectores piadosos, sino a los indignos e indeseables.

La razón es sencilla. Jesús capta rápidamente que su mensaje es superfluo para quienes viven seguros y satisfechos en su propia religión. Los «justos» apenas tienen sensación de estar necesitados de «salvación». Les basta la tranquilidad que proporciona sentirse dignos ante Dios y ante la consideración de los demás.

Lo dice gráficamente Jesús: a un individuo lleno de salud y fortaleza no se le ocurre acudir al médico. ¿Para qué necesitan el perdón de Dios los que, en el fondo de su ser, se sienten inocentes?, ¿cómo van a agradecer su amor inmenso y su comprensión inagotable quienes se sienten «protegidos» ante él por la observancia escrupulosa de sus leyes?

El que se siente pecador vive una experiencia diferente. Tiene conciencia clara de su miseria. Sabe que no puede presentarse con suficiente dignidad ante nadie; tampoco ante Dios; ni siquiera ante sí mismo. ¿Qué puede hacer sino esperarlo todo del perdón de Dios? ¿Dónde va a encontrar salvación si no es abandonándose confiadamente a su amor infinito?

Yo no sé quién puede llegar a leer estas líneas. En estos momentos pienso en los que os sentís incapaces de vivir de acuerdo con las normas que impone la sociedad; los que no tenéis fuerzas para vivir el ideal moral que establece la religión; los que estáis atrapados en una vida indigna; los que no os atrevéis a mirar a los ojos a vuestra esposa ni a vuestros hijos; los que salís de la cárcel para volver de nuevo a ella; las que no podéis escapar de la prostitución… No lo olvidéis nunca: Jesús ha venido para vosotros.

Cuando os veáis juzgados por la Ley, sentíos comprendidos por Dios; cuando os veáis rechazados por la sociedad, sabed que Dios os acoge; cuando nadie os perdone vuestra indignidad, sentid el perdón inagotable de Dios. No lo merecéis. No lo merecemos nadie. Pero Dios es así: amor y perdón. Vosotros lo podéis disfrutar y agradecer. No lo olvidéis nunca: según Jesús, solo salió limpio del templo aquel publicano que se golpeaba el pecho diciendo: «¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador».

José Antonio Pagola

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30º domingo de tiempo ordinario – Koinonía

Eclesiástico 35, 12-14. 16-18

Los gritos del pobre atraviesan las nubes

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Salmo responsorial: 33

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. R.

El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él. R.

2Timoteo 4, 6-8. 16-18

Ahora me aguarda la corona merecida

Querido hermano:

Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente.

He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.

Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.

La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. Que Dios los perdone.

Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león.

El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo.

A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Lucas 18, 9-14

El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:

«¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.»

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo:

«¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. «

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

 COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

La mayor parte de las parábolas de Jesús tienen como telón de fondo la vida de las aldeas de Galilea y reflejan distintas experiencias de vida del campesinado. Solamente unas pocas se salen de este marco. Y una de éstas es la del fariseo y el recaudador, que se sitúa en contexto urbano y, más en concreto, en la ciudad de Jerusalén, en el recinto del templo, el lugar propicio para obtener la purificación de los pecados.

La influencia y atracción del Templo para los judíos se extendía incluso más allá de las fronteras de Palestina, como lo muestra claramente la obligación del pago del impuesto al Templo por parte de los judíos que no vivían en Palestina. Pagar ese impuesto se había convertido en tiempos de Jesús en un acto de devoción hacia el Templo, porque éste hacía posible que los judíos mantuviesen su relación con Dios.

En tiempos de Jesús, el cobro de impuestos no lo hacían los romanos directamente, sino indirectamente, adjudicando puestos de arbitrios y aduanas a los mejores postores, que solían ser gente de las élites urbanas, de la aristocracia. Estas élites, sin embargo, no regentaban las aduanas, sino que, a su vez, dejaban la gestión de las mismas a gente sencilla, que recibía a cambio un salario de subsistencia. Los recaudadores de impuestos practicaban sistemáticamente el pillaje y la extorsión de los campesinos. Debido a esto, el pueblo tenía hacia estos cobradores de impuestos la más fuerte hostilidad, por ser colaboracionistas con el poder romano. La población los odiaba y los consideraba ladrones. Tan desprestigiados estaban que se pensaba que ni siquiera podían obtener el arrepentimiento de sus pecados, pues para ello tendrían que restituir todos los bienes extorsionados, más una quinta parte, tarea prácticamente imposible al trabajar siempre con público diferente. Esto hace pensar que el recaudador de la parábola era un blanco fácil de los ataques del fariseo, pues era pobre, socialmente vulnerable, virtualmente sin pudor y sin honor, o lo que es igual, un paria considerado extorsionador y estafador.

En su oración, el fariseo aparece centrado en sí mismo, en lo que hace. Sabe lo que no es: ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco es como ese recaudador, pero no sabe quién es en realidad. La parábola lo llevará a reconocer quién es, precisamente no por lo que hace (ayunar, dar el diezmo…), sino por lo que deja de hacer (relacionarse bien con los demás).

El fariseo decimos que ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que gana. Hace incluso más de lo que está mandado en la Torá. Pero su oración no es tan inocente. Lo que parecen tres clases diferentes de pecadores a las que él alude (ladrón, injusto, pecador) se puede entender como tres modos de describir al recaudador. El recaudador, sin embargo, reconoce con gestos y palabras que es pecador y en eso consiste su oración.

El mensaje de la parábola es sorprendente, pues subvierte el orden establecido por el sistema religioso judío: hay quien, como el fariseo, cree estar dentro, y resulta que está fuera; y hay quien se cree excluido, y sin embargo está dentro.

En el relato se ha presentado al fariseo como un justo y ahora se dice que este justo no es reconocido; debe haber algo en él que resulte inaceptable a los ojos de Dios. Sin embargo, el recaudador, al que se nombra con un despectivo “ése”, no es en modo alguno despreciable. ¿Qué pecado ha cometido el fariseo? Tal vez solamente uno: mirar despectivamente al recaudador y a los pecadores que él representa. El fariseo se separa del recaudador y lo excluye del favor de Dios.

Dios, justificando al pecador sin condiciones, adopta un comportamiento diametralmente opuesto al que el fariseo le atribuía con tanta seguridad. El error del fariseo es el de ser “un justo que no es bueno con los demás”, mientras que Dios acoge graciosamente incluso al pecador. Esta parábola proclama, por tanto, la misericordia como valor fundamental del reinado de Dios. Con su comportamiento, el recaudador rompe todas las expectativas y esquemas, desafía la pretensión del fariseo y del Templo con sus medios redentores, y reclama ser oído por Dios, ya que no lo era por el sistema del Templo y por la teología oficial, representada por el fariseo.

Si la interpretación de la parábola es ésta, entonces se puede vislumbrar por qué Jesús fue estigmatizado como «amigo de recaudadores y de pecadores», y por qué fue crucificado finalmente por las élites de Jerusalén con la ayuda de los romanos y el pueblo.

En esta parábola se cumple lo que leemos en la primera lectura del libro del Eclesiástico: “Dios no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja”. Dios está con los que el sistema ha dejado fuera. Como estuvo con Pablo de Tarso, como se lee en la segunda lectura, que, a pesar de no haber tenido quien lo defendiera, sentía que el Señor estaba a su lado, dándole fuerzas.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 80 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El piadoso y el granuja». El audio, el guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/80-el-piadoso-y-el-granuja/

Domingo 29 Ciclo C -José Luis Sicre

FE ADULTA

LOS EJEMPLOS DE TRES MUJERES… Y DE TRES VARONES – José Luis Sicre

El ejemplo de una viuda (Lucas 18, 1-8)

Los cristianos para los que Lucas escribió su evangelio no estaban muy acostumbrados a rezar, quizá porque la mayoría de ellos eran paganos recién convertidos. Lucas se esforzó en inculcarles la importancia de la oración: les presentó a Isabel, María, los ángeles, Zacarías, Simeón, pronunciando las más diversas formas de alabanza y acción de gracias; y, sobre todo, a Jesús retirándose a solas para rezar en todos los momentos importantes de su vida.

El comienzo del evangelio de este domingo parece formar parte de la misma tendencia: “En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola”. En ella, una viuda da ejemplo de constancia en defender sus derechos ante un juez inicuo. Algo que nosotros debemos imitar en nuestra oración.

Sin embargo, el final de la parábola nos depara una gran sorpresa. El acento se desplaza al tema de la justicia, a una comunidad angustiada que pide a Dios que la salve. No se trata de pedir cualquier cosa, aunque sea buena, ni de alabar o agradecer. Es la oración que se realiza en medio de una crisis muy grave. Recordemos que Lucas escribe su evangelio entre los años 80-90 del siglo I. El año 81 sube al trono Domiciano, que persigue cruelmente a los cristianos y promulga la siguiente ley: “Que ningún cristiano, una vez traído ante un tribunal, quede exento de castigo si no renuncia a su religión”.

En este contexto de angustia y persecución se explica muy bien que la comunidad grite a Dios día y noche, y que la parábola prometa que Dios le hará justicia frente a las injusticias de sus perseguidores.

Sin embargo, Lucas termina con una frase desconcertante: «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». En medio de las dificultades y persecuciones, un desafío: que nuestra fe no se limite a cinco minutos o a un comentario, sino que nos impulse a clamar a Dios día y noche.

Los ejemplos de una abuela y de una madre (2 Timoteo 3,14-4,2)

“Desde niño conoces la Sagrada Escritura”, dice Pablo a su querido discípulo y compañero Timoteo en la segunda lectura de hoy. ¿Quién se la dio a conocer? Lo dice el comienzo de la carta: su abuela, Loide, y su madre, Eunice (2 Tim 1,5). Timoteo es un caso curioso: su padre era pagano; su madre, judía, no circuncida a su hijo (como si hoy día no lo bautizase), pero tanto ella como la abuela instruyen al niño en la Sagrada Escritura. Al pasar los años, quizá por no estar circuncidado, se siente más cerca de los cristianos que de los judíos y tiene excelentes relaciones con las comunidades Iconio y Listra. Estas se lo recomiendan a Pablo y le servirá de compañero durante su segundo viaje misional.

El texto litúrgico recuerda las ventajas de la Sagrada Escritura, útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud. Pero recordemos que su conocimiento no le vino a Timoteo de la sinagoga, sino de su abuela y de su madre. No le podrían proporcionar los conocimientos profundos de un escriba, pero le hicieron enorme bien y a nosotros nos dejan un ejemplo muy digno de imitar.

El ejemplo de Moisés, Aarón y Jur (Éxodo 17, 8-13)

En comparación con los ejemplos de las mujeres, el de los varones tiene luces y sombras. Los amalecitas, un pueblo nómada, atacaban a menudo a los israelitas durante su peregrinación por el desierto hacia la Tierra Prometida. Pero Moisés no espera que Dios intervenga para salvarlos; ordena a Josué que los ataque. Lo interesante del relato es que mientras Moisés mantiene las manos en alto, en gesto de oración, los israelitas vencen; cuando las baja, son derrotados. ¿Y si se cansa? A los judíos nunca le faltan ideas prácticas para solucionar el problema.

Este texto se ha elegido porque va en la misma línea del evangelio: orar siempre sin desanimarse. Pero usar la oración para matar amalecitas no parece una idea muy evangélica.

José Luis Sicre

DOMINGO 29 (C) Fray Marcos

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Lc 18,1-8

Dios ni puede ni tiene que hacer justicia al modo humano. Para Él todo está ajustado y en armonía en cada instante.

Comentar las lecturas de Hoy es complicado porque, entendidas literalmente, tenemos que concluir literalmente lo contrario de lo que dicen. La 1ª: el mito de la elección. El Dios de Jesús no puede estar en contra de nadie. La 2ª: El mito de la inspiración. Ninguna Escritura tiene valor absoluto. La 3ª: el mito de la justicia de Dios. Dios no hará nunca justicia humana.

¡Cómo armonizar el relato de hoy con aquellas palabras de Jesús en el evangelio de Mt 38-42 y Lc 27-30! Si te abofetean en una mejilla, preséntale la otra; si te requieren para caminar una milla, acompáñale dos: si te quitan el manto, dales también la túnica; al que te quita lo tuyo, no se lo reclames. Esta es la justicia que Jesús predicaba. Nada que ver con la justicia humana.

Hoy es imprescindible atender al contexto. A continuación del relato de los diez leprosos que hemos leído el domingo pasado, le preguntan a Jesús los fariseos sobre cuándo llegará el Reino de Dios. Jesús responde con afirmaciones sobre el Reino de Dios y sobre su última venida. Desde la perspectiva de ese pequeño apocalipsis, el relato cobra su verdadero sentido.

El reato trata de prevenir cualquier desánimo y el peligro de caer en el desaliento porque la parusía se retrasaba demasiado. Recordemos que la expectativa de un final inmediato, era el ambiente en que se vivió el primer cristianismo, pero las perspectivas nunca se cumplieron y todo el mundo se preguntaba qué había sido de las promesas de Jesús de su vuelta inmediata.

A Dios no tenemos que pedirle nada, porque no puede darnos nada que no nos haya dado ya. Esto no quiere decir que la oración no tenga sentido, quiere decir que tengo que cambiar yo. Dios no puede cambiar en absoluto, es siempre el mismo y no puede adoptar posturas diferentes ante la realidad. Una vez más el antropomorfismo aplicado a Dios nos despista.

Si rezamos, esperando que Dios cambie la realidad: malo. Si esperamos que cambien los demás, malo, malo. Si esperamos que Dios cambie: malo, malo, malo. Y si termino creyendo que Dios me ha concedido lo que le pedía: rematadamente malo. Cualquier argucia es buena, con tal de no vernos obligados a hacer lo único que es posible: cambiar nosotros.

La justicia divina se está realizando en todo momento. Para Él todo está en orden en cada instante. Cuando pedimos a Dios que imponga “justicia” le estamos pidiendo que actúe para restablecer un equilibrio. Para Dios todo está siempre en absoluto equilibrio, no necesita equilibrar nada. Dios está siempre con los oprimidos, pero nunca contra los opresores.

En la Biblia “hacer justicia” es siempre liberar al oprimido. Ésta era la acción propia de Dios. El pueblo de Israel interpretó los acontecimientos favorables como acción de Dios a su favor. Pero cuando las cosas le iban mal tenían que concluir que se debía a que no habían sido fieles a la Alianza. La verdad es que ante las mayores injusticias, entonces y ahora, Dios guarda silencio.

El silencio de Dios ante tanta injusticia, me obliga a profundizar en la realidad que me desborda y a buscar la verdadera salida, no la salida fácil de una solución externa del problema, sino la búsqueda del verdadero sentido de mi vida en esa circunstancia. La justicia la tengo que hacer yo en mí. La injusticia que me llega del otro no me debe hacer injusto a mí.

Ni siquiera admitimos la posibilidad de entrar en la dinámica del evangelio. Todo lo contrario, tratamos por todos los medios de que Dios se acomode a nuestra manera de pensar y actúe como actuamos nosotros, machacando al injusto. La única manera de ser justo es no practicar ninguna injusticia. Este es el sentido que tiene casi siempre “justicia” en la Biblia.  No me deben preocupar las relaciones con Dios, sino mis relaciones de total entrega a los demás.

Urteko 29. igandea – C – josé A. Pagola

GRUPOS DE JESUS

(Lukas 18,1-8)

NOIZ ARTE IRAUN BEHAR DU HONEK GUZTIAK? ¿HASTA CUÁNDO VA A DURAR ESTO?

Laburra da parabola eta ondo ulertzen da. Bi lagunek betetzen dute eszena, hiri berean bizi dira. «Epaile» batek, Israelen gizaki izateko oinarrizkotzat ematen diren bi jarrera falta ditu. «Ez dio Jainkoari beldurrik» eta «ez zaizkio axola pertsonak». Gizon sorgorra da Jainkoaren ahotsarekiko eta axolagabea zapalduak direnen sufrimenduaren aurrean

«Emakume alarguna» da bestea. Bakarrik bizi da, babestuko lukeen senarrik gabe eta ez du inolako gizarte-sostengurik ere. Biblia-tradizioan, «alargun hauek», umezurtzekin eta atzerritarrekin batean, jenderik babesgabeenen sinbolo dira. Pobreetan pobreenak.

Emakumeak ezin egin du besterik, hertsatu baizik, mugitu baizik behin eta berriz bere eskubideak erreklamatzeko, etsi gabe bere «arerioaren» abusuen aurrean. Bere bizitza guztia oihu bihurtu du: «Egidazu zuzentasuna».

Aldi batez, epaileak ez du erreakzionatu. Ez dio utzi hunkitzen; ez dio kasurik egin nahi izan etengabeko oihu hari. Geroago pentsatzeari eman dio eta jardutea erabaki du. Ez errukiaz, ezta zuzentasunak eraginda ere. Soil-soilik nekea ekiditeko eta hertsapena handiagoetara joan ez dadin.

Hain doilorra eta egoista den epaile batek noizbait ere alargunari zuzentasuna egin badio, Jainkoak, Aita errukitsuak, babesgabeekiko adi eta erne denak, «ez ote die zuzentasuna egingo bere hautatuei, gau eta egun oihuka ari zaizkionei?»

Parabolak, beste ezer baino lehenago, konfiantza izateko mezua dakar. Pobreak ez daude beren zorian bertan behera utziak. Jainkoa ez da sorgor beraien oihuentzat. Bidezkoa da esperantza. Segura da esku hartuko duela. Baina, ez al da ari gehiegi berandutzen?

Horra ebanjelioko galdera kezkagarriaren nondik norakoa. Konfiantza izan behar dugu; etengabe eta etsi gabe dei egin behar diogu Jainkoari; «oihu egin behar diogu» egin diezaiela zuzentasuna inork defenditzen ez dituenei. Baina, «gizonaren Semea etorriko denean, aurkituko ote du lurrean horrelako federik?»

Jainkoari egindako oihua al da gure otoitza?, munduko pobreentzat zuzentasuna eskatuz egina?, ala beste batekin ordezkatu dugu, gure «neu»az betea den beste batekin? Egiten al du durundurik gure liturgian sufritzen ari direnen aldeko deiadarrak ala ongizatearen desioa da entzuten dena, beti ongizate hobeagoa eta seguragoa eskatuz?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

29 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,1-8)

¿HASTA CUÁNDO VA A DURAR ESTO?

La parábola es breve y se entiende bien. Ocupan la escena dos personajes que viven en la misma ciudad. Un «juez» al que le faltan dos actitudes consideradas básicas en Israel para ser humano. «No teme a Dios» y «no le importan las personas». Es un hombre sordo a la voz de Dios e indiferente al sufrimiento de los oprimidos.

La «viuda» es una mujer sola, privada de un esposo que la proteja y sin apoyo social alguno. En la tradición bíblica, estas «viudas» son, junto con los huérfanos y los extranjeros, el símbolo de las gentes más indefensas. Los más pobres de los pobres.

La mujer no puede hacer otra cosa sino presionar, moverse una y otra vez para reclamar sus derechos, sin resignarse a los abusos de su «adversario». Toda su vida se convierte en un grito: «Hazme justicia».

Durante un tiempo, el juez no reacciona. No se deja conmover; no quiere atender aquel grito incesante. Después reflexiona y decide actuar. No por compasión ni por justicia. Sencillamente para evitarse molestias y para que las cosas no vayan a más.

Si un juez tan mezquino y egoísta termina haciendo justicia a esta viuda, Dios, que es un Padre compasivo, atento a los más indefensos, «¿no hará justicia a sus elegidos, que le gritan día y noche?».

La parábola encierra antes que nada un mensaje de confianza. Los pobres no están abandonados a su suerte. Dios no es sordo a sus gritos. Está permitida la esperanza. Su intervención final es segura. Pero ¿no tarda demasiado?

De ahí la pregunta inquietante del evangelio. Hemos de confiar; hemos de invocar a Dios de manera incesante y sin desanimarnos; hemos de «gritarle» que haga justicia a los que nadie defiende. Pero, «cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

¿Es nuestra oración un grito a Dios pidiendo justicia para los pobres del mundo o la hemos sustituido por otra, llena de nuestro propio yo? ¿Resuena en nuestra liturgia el clamor de los que sufren o nuestro deseo de un bienestar siempre mejor y más seguro?

José Antonio Pagola

Domingo 29 T.O. Ciclo C   Koinonía

Éxodo 17,8-13

Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel

En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín.

Moisés dijo a Josué: «Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón maravilloso de Dios en la mano.»

Hizo Josué lo que le decía Moisés, y atacó a Amalec; mientras Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte.

Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía baja, vencía Amalec. Y, como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado.

Así sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol.

Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada.

Salmo responsorial: 120

El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. R.

No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel. R.

El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha; de día el sol no te hará daño, ni la luna de noche. R.

El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma; el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre. R.

2Timoteo 3, 14-4, 2

El hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena

Querido hermano: Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo aprendiste y que desde niño conoces la sagrada Escritura; ella puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación.

Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena.

Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir.

Lucas 18, 1-8

Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.

En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario.»

Por algún tiempo se llegó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.»»

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

 Comentario a los textos bíblicos:

Jesús propuso esta parábola para invitar a sus discípulos a no desanimarse en su intento de implantar el reinado de Dios en el mundo. Para implantarlo, además de trabajar duro, deberán ser constantes en la oración, como la viuda lo fue en pedir justicia hasta ser escuchada por aquél juez que hacía oídos sordos a su súplica. Su constancia, rayana en la pesadez, llevó al juez a hacer justicia a la viuda, liberándose de este modo de ser importunado por ella.

Esta parábola del evangelio tiene un final feliz, como tantas otras parábolas, aunque no siempre sucede así en la vida. Porque, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado de por vida suplicando al Dios del cielo? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que nadie les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios, cuándo va a intervenir en este mundo de desorden e injusticias «legales»? ¿Cómo permite el Dios de la paz y el amor esas guerras tan sangrientas y crueles, el demencial armamento militar, el derroche de recursos que destruyen el medio ambiente, el hambre, la desigualdad creciente entre países y entre ciudadanos?

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama “padre”, para pedirle que “venga a nosotros tu reinado”. Desde la noche oscura de ese mundo, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

O tal vez haya que cancelar para siempre esa imagen de Dios, a la que dan poca base las páginas evangélicas. Porque, leyéndolas, da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni impasible –o al menos no ejerce como tal-, sino débil, sufriente, “padeciente”. El Dios cristiano se revela más dando la vida que imponiendo una determinada conducta a los humanos. Marcha en la lucha reprimida y frustrada de sus pobres, y no está a la cabeza de los poderosos.

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su camino hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar hasta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores. Sólo la oración lo mantendrá en esperanza.

No andamos dejados de la mano de Dios. Por la oración sabemos que Dios está con nosotros. Y esto nos debe bastar para seguir insistiendo sin desfallecer. Lo importante es la constancia, la tenacidad. Moisés tuvo esa experiencia. Mientras oraba, con las manos elevadas en lo alto del monte, Josué ganaba en la batalla; cuando las bajaba, esto es, cuando dejaba de orar, los amalecitas, sus adversarios, vencían. Los compañeros de Moisés, conscientes de la eficacia de la oración, le ayudaron a no desfallecer, sosteniéndole los brazos para que no dejase de orar. Y así estuvo –con los brazos alzados, esto es, orando insistentemente-, hasta que Josué venció a los amalecitas. De modo ingenuo, un tanto «escenificado», se resalta en este texto la importancia de permanecer en oración, de insistir ante Dios.

En la segunda lectura Pablo también recomienda a Timoteo ser constante, permaneciendo en lo aprendido en las Sagradas Escrituras, de donde se obtiene la verdadera sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación. El encuentro del cristiano con Dios debe realizarse a través de «la Escritura, útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud». De este modo estaremos equipados para realizar toda obra buena. El cristiano debe proclamar esta palabra, insistiendo a tiempo y a destiempo, reprendiendo y reprochando a quien no la tenga en cuenta, exhortando a todos, con paciencia y con la finalidad de instruir en el verdadero camino que se nos muestra en ella.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 74 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El juez y las viudas». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/74-el-juez-y-las-viudas/

A quienes tienen una mentalidad «moderna», en la que ya no imaginamos a Dios como un alguien que está «ahí afuera», y «ahí arriba» manejando los acontecimientos de este mundo, el sentido de «la oración de petición» se nos ha ido transformando. En un primer momento damos menos valor a la oración de petición: descubrimos su carácter «egoísta», y su intención de «utilizar a Dios», «servirse de él» más que de «servirle». Llega un momento en que asimilamos esta situación de estar en el mundo sin un «Dios tapa-agujeros», y ya casi no le vemos sentido a estar recurriendo a él en cada apuro que tengamos. Vamos tratando de asumir este estar en el mundo «etsi deus non daretur» (Grotius), como si dios no existiera. No significa no creer en Dios, en absoluto; sino creer en Dios de otra manera, creer que Dios no es un tapagujeros nuestro. Como dijo Bonhoeffer: nos sentimos «llamados a vivir ante Dios pero sin dios», es decir, sin poder/querer echar mano de Él; el Dios verdadero quiere que seamos adultos, que asumamos nuestra propia responsabilidad.

La oración continúa teniendo sentido, obviamente, pero «otro sentido» que el de andar estableciendo transacciones («yo te doy para que tú me des») con el «dios de ahí arriba», que supuestamente va a mejorarnos la salud, o a facilitarnos alguna dificultad del camino removiendo los obstáculos. La oración es otra cosa, es para otra finalidad, y sigue siendo bien necesaria, como la respiración, pero no sirve para remediar problemas de nuestra vida diaria, ni para hacer «milagros». Por otra parte, «después de Copérnico y Newton, ya no hay milagros». Aunque, en el mundo de Einstein y de la física cuántica todo es un sorprendente milagro…

Diríamos que, con una «segunda ingenuidad», cabe permitirnos una forma leve (light) de oración de petición: aquella forma de oración en la que sabemos que no pretendemos realmente una «transacción» con Dios, ni ponerlo de nuestro lado (que en el fondo es querer influir a Dios, querer hacerle cambiar de actitud), sino simplemente permitirnos expresar ante Dios y ante nosotros mismos nuestras preocupaciones, anhelos, utopías… Como un desahogo personal, con una «forma teísta» de «hablar con el Misterio», como un modo de colocar nuestras preocupaciones en el contexto de la voluntad de Dios y de consolidar nuestra búsqueda de esa Voluntad.

Sobre la oración de petición y su necesaria reconsideración, ya se ha escrito mucho, y probablemente lo hemos estudiado bien. Lo que nos toca ahora es irnos haciendo más y más consecuentes. Adultos responsables, que tratan de vivir consecuentemente «ante Dios, sin Dios», entregados totalmente a la causa, apasionados, sin utilizar atajos fáciles.

UNA MUJER DE ENTRE EL GENTÍO – Fidel Aizpurúa

FE ADULTA

Leer la Palabra con detalle puede aportarnos mucha luz. Leer con detalle es leer con amor.

Dice el texto de hoy que la alabanza a la madre y a la creyente que es María sale de UNA MUJER DE ENTRE EL GENTÍO. Es una mujer la que ha captado la grandeza de María que es ser madre de Jesús y que ha provocado la aseveración de Jesús de que es más importante ser creyente que ser madre. Una mujer de entre el gentío nos ha llevado del aprecio a María a la fe del creyente.

Es evidente el importante papel que las mujeres juegan en la vida eclesial y el problema que no terminamos de solucionar, el lugar de las mujeres en la Iglesia. Por eso, hay que seguir en el camino marcado por el recordado Papa Francisco que decía que “la Iglesia es mujer”.

¿Cómo valorar el papel de las mujeres en la vida cristiana?

  • Agradezcamos a las mujeres su fidelidad en la fe:agradezcámoselo a nuestras abuelas, a nuestras madres, a nuestras maestras, a nuestras catequistas. Por ellas hemos llegado a la fe y con su fe nos mantenemos en el seguimiento de Jesús.
  • Pidámosles que sigan con nosotros:que no se cansen, que no tiren la toalla, que no que no abandonen esta Iglesia tan deliberadamente conformada con una mentalidad masculina.
  • Creamos en que la igualdad es posible: contra todo clericalismo, contra el patriarcalismo que todo lo ha contaminado, contra una ideología que no cambia porque defiende sus intereses. En la comunidad cristiana nadie es más que nadie y nadie es menos que nadie.

Cada vez se escuchan más voces que demandan en la Iglesia igualdad entre hombres y mujeres. Son voces desde el gentío que hacen visible la presencia de las mujeres en la Iglesia y marcan el futuro a seguir. Esta semana nos decían las noticias que una mujer ocupa el cargo máximo de la jerarquía anglicana habiendo sido nombrada arzobispa de Canterbury. ¿Cuándo veremos eso en nuestra Iglesia Católica?

Celebramos una fiesta de María muy arraigada en nuestro país. Celebrar es comprometerse a que la igualdad sea la pauta general de la comunidad cristiana. Y por eso hay que superar el continuado pecado de injusticia y de desigualdad que aún sufren las mujeres cristianas. No será imposible si nos damos a la tarea.

Fidel Aizpurúa Donazar