Jesucristo Rey del universo-DOMINGO 34 T.O. -C- KOINONÍA

2Samuel 5, 1-3

Ungieron a David como rey de Israel

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: «Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel.»»

Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

Salmo responsorial: 121, 1-2. 4-5

Vamos alegres a la casa del Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron:

«Vamos a la casa del Señor»!

Ya están pisando nuestros pies

tus umbrales, Jerusalén. R.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David. R.

Colosenses 1, 12-20

Nos ha trasladado al reino de su Hijo querido

Hermanos: Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.

Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.

Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Lucas 23, 35-43

Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.» Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.» Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.» Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.» Pero el otro lo increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibirnos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.» Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

La fiesta de Cristo Rey fue establecida por la Iglesia en la época del ocaso del Ancien Régime, con objeto de apoyar a las monarquías, las aristocracias, la burguesía, y para oponerse a los nacientes regímenes republicanos, que para las Iglesias representaban, lógicamente, los intereses del pueblo, de los pobres, del liberalismo y de la naciente democracia. Sus orígenes son pues muy discutibles. En todo caso, de los textos bíblicos de la liturgia de esta fiesta no pueden menos que manifestar la manera peculiar en que Cristo sería “Rey”.

Conviene recordar en qué consistían las esperanzas mesiánicas del pueblo judío en el tiempo de Jesús: unos esperaban a un nuevo rey, al estilo de David, tal como es presentado en la primera lectura de hoy. Otros, un caudillo militar que fuera capaz de derrotar el poderío romano. Otros como un nuevo Sumo Sacerdote, que purificaría el Templo. En los tres casos, se esperaba un Mesías triunfante, poderoso.

El salmo que leemos también proclama el modelo davídico de “rey”. Jerusalén, la “ciudad santa” es la ciudad del poder. Eso explica por qué, cuando Jesús anuncia su pasión a los que le siguen, no logran entender por qué tiene que ir a la muerte.

– El evangelio de hoy nos presenta cómo reina Jesús el Cristo: no desde un trono imperial, sino desde la cruz de los rebeldes. La rebelión de Jesús es la más radical de todas: pretende no sólo eliminar un tipo de poder (el romano, o el sacerdotal) para sustituirlo por otro, que con un nombre distinto estaría basado en la misma lógica de dominación y violencia (que era lo que correspondía a las expectativas judías).

Podríamos decir que Jesús es el anti-modelo de rey de los sistemas opresores: no quiere dominar a las demás personas, sino promover, convocar, suscitar, el poder de cada ser humano, de modo que cada una y cada uno de nosotros asumamos responsablemente el peso y el gozo de nuestra libertad.

Uno de los grandes sicólogos del siglo XX, Erich Fromm, plantea, en su libro El miedo a la libertad, que ante la angustia que produce en el ser humano la conciencia de estar separados del resto de la creación, adoptamos dos actitudes igualmente patológicas: dominar a otros, y buscar de quién depender entregándole nuestra libertad. En ambos casos las personas tratamos de, a través de estos mecanismos, disolver esa barrera que nos separa de las otras personas y del resto del universo. El pecado fundamental del ser humano es, según esto, un pecado de poder mal administrado, mal asumido. Y éste es el origen de todos los demás pecados: la avaricia, que conduce a un orden económico injusto; la soberbia, que nos impide ver con claridad nuestros errores y pecados; la mentira, que nos lleva a manipular o a dejarnos manipular; la lujuria, el sexo utilizado como instrumento de poder para “poseer”, oprimir; el miedo, que nos impide levantarnos y caminar sobre nuestros propios pies.

Enmarañados en estas trampas del poder a que nos conduce nuestro “miedo a la libertad”, cuando un régimen opresor de cualquier signo que sea se nos hace insoportable, buscamos cómo derrocarlo… para sustituirlo por otro que sin embargo funciona sobre la misma lógica. Esa es la lógica que Jesús desarticula de manera radical.

Cuando en Getsemaní acuden los soldados y las turbas “de parte de los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo” (Mt 26,47) para prender a Jesús, él no recurre a violencia de ningún tipo. Jesús se niega a ser coronado rey al estilo del “mundo”, luego de la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6,15). La tentación del poder, entendido al estilo de los sistemas opresores persigue a Jesús desde el desierto hasta la cruz. Y desde el desierto hasta la cruz, Jesús rechaza este modelo, denuncia con toda claridad que procede del diablo, del “príncipe de este mundo”, no cae en sus trampas. El costo de esta resistencia no sólo valiente sino lúcida de Jesús es la muerte.

En la cruz Jesús derrota radicalmente al demonio del poder concebido como violencia y opresión por una parte y como dependencia, sumisión y alienación por otra. De este modo que inaugura así un nuevo tipo de relaciones entre las personas y con el universo entero, basadas no en la dominación/dependencia, sino en el respeto mutuo, en la armonía, en la valentía para asumir el peso de la propia libertad responsable.

– En la carta a los Colosenses, Pablo señala cómo a través de Jesús el Cristo (primogénito de todas las criaturas, preexistente y co-creador del universo, cabeza de la iglesia, primicia de la plenitud de la Creación entera) se produce la reconciliación de todos los seres con Dios. Esta y otras expresiones paulinas han dado lugar a interpretaciones erróneas, que consideran que la muerte de Jesucristo en la cruz era el precio que había que pagar para que el Padre, enojado y rencoroso, perdonara a la humanidad pecadora.

Los evangelios nos muestran con claridad por qué y cómo es que Jesús nos reconcilia con el Padre: no porque ese Dios, padre–madre, sea un dios rencoroso, sino porque habíamos perdido el rumbo de la auténtica unidad con Dios y con el universo entero: ésa que no se hace sucumbiendo a nuestro miedo existencia y escudándonos en posiciones de poder (dominante o dependiente) sino superando nuestros miedos, atreviéndonos a presentarnos tal como somos ante Dios, en total pobreza de espíritu, sin escudos protectores que nos impidan ver su rostro.

– Desgraciadamente, ¡cuántas veces en nuestra vida eclesial reproducimos los modelos de “reinado” del mundo, y no los de Dios en Jesucristo! ¡Cuántas veces establecemos relaciones de poder autoritarias en vez de fraternas! ¡Cuántas veces entramos en complicidad con los poderes del sistema, ya sea por acción o por omisión!

El modelo de “reinado” que nos presenta el “Cordero degollado” nos interpela y llama a la conversión. No es necesario ni conveniente subrayar la «realeza» de Jesús si ello conlleva tergiversar su auténtico y efectivo proyecto de vida. Hace daño, sobre todo a los más oprimidos, presentar esa imagen monárquica y principesca de un Jesús que, en verdad, dedicó toda su vida y sus energías a desenmascarar y a luchar contra ese tipo de estructuras.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 122 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «Hasta la muerte de cruz». El audio del capítulo, el guión, y su comentario bíblico-teológico, puede ser tomados de aquí: https://radialistas.net/article/122-hasta-la-muerte-de-cruz/

DOMINGO 33(C) Fray Marcos

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(Lc 21,5-19)

El miedo y la esperanza en el futuro no tienen sentido. Dios es un absoluto presente.

Estamos en el penúltimo domingo del año litúrgico. El próximo celebraremos la fiesta de Cristo Rey con el que se remata el ciclo (C). El lenguaje escatológico que emplean los evangelistas es muy difícil de entender hoy. Corresponde a otra manera de ver al hombre, a Dios y el mundo. Es lógico que tuvieran una peculiar manera de ver lo último el «esjatón» que a nosotros nos parece extraña. Debemos hacer un esfuerzo por entenderlo bien.

El pueblo judío estuvo siempre volcado hacia el futuro. La Biblia refleja una tensión, esperando una salvación que solo puede venir de Dios. A Noé se le ofrece algo nuevo después de la destrucción de lo viejo. A Abrahán, salir de su tierra para ofrecerle algo mejor. El Éxodo promete salir de la esclavitud a la libertad. Pero todas las promesas, en realidad, son la expresión de las carencias que el ser humano experimenta.

Los primeros cristianos no tienen inconveniente en utilizar las imágenes que le proporciona la tradición judía. A primera vista parece que entra en esa misma dinámica apocalíptica, muy desarrollada en la época anterior y posterior a la vida de Jesús. El NT pone en boca de Jesús un lenguaje que se apoya en los conocimientos e imágenes que le proporciona el AT.

En tiempo de Jesús se creía que esa intervención definitiva de Dios iba a ser inminente. Las primeras comunidades cristianas acentuaron aún más esta expectativa de final inmediato. Pero en los últimos escritos del NT es ya patente una tensión entre la espera inmediata del fin y la necesidad de preocuparse de la vida presente. Ante la ausencia de acontecimientos en los primeros años del cristianismo, las comunidades se preparan para la permanencia.

Con los conocimientos que hoy tiene el ser humano y el grado de conciencia que ha adquirido, no tiene ninguna necesidad de acudir a la actuación de Dios, ni para destruir el mundo y poder crear otro más perfecto (apocalíptica), ni para enderezar todo lo malo que hay en él para que llegue a su perfección (escatología). Dios no tiene que actuar para ser justo ni inmediatamente después de una injusticia ni en un hipotético último día.

El evangelio de hoy tiene dos partes. Ninguna de ellas se puede atribuir a Jesús. La primera porque el evangelio se escribió veinte años después de la destrucción del templo. Es fácil poner en boca de Jesús una profecía de lo que ya había pasado. La segunda porque en el año 90, los cristianos ya eran acosados por todas partes. Los judíos los persiguieron desde que el templo fue destruido. Los romanos ya estaban también persiguiéndolos.

Lo que percibimos que está mal y no depende del hombre, es fruto de una falta de perspectiva. Una visión que fuera más allá de las apariencias nos convencería de que no hay nada que cambiar en la realidad, sino que tenemos que cambiar nuestra manera de afrontarla. Lo que nos debía preocupar de verdad es lo que está mal por culpa del hombre.

No nos debe extrañar la referencia a la destrucción del templo. Este evangelio está escrito hacia el año 90, por lo tanto, ya se había producido esa catástrofe. Es imposible imaginar hoy lo que supuso la destrucción del tempo. Para los judíos fue el “fin del mundo”. Era lógico asociar ruina con el fin de los tiempos, porque para ellos el templo lo era todo.

En la lectura de hoy podemos apreciar claramente los matices que Jesús introduce en la escatología. A Jesús no le impresiona tanto el fin, como la actitud de cada uno ante la realidad actual (“antes de eso”). ¡Que nadie os engañe! La advertencia vale para hoy. Ni el fin ni las catástrofes tienen importancia ninguna, si sabemos mantener la actitud adecuada.

Lo esencial del mensaje de hoy está en la importancia del momento presente frente a los miedos por un pasado catastrófico o las especulaciones sobre el futuro. Aquí y ahora puedo descubrir mi plenitud. Aquí y ahora puedo tocar la eternidad. Hoy mismo puedo detener el tiempo y llegar a lo absoluto. En un instante puedo vivir la totalidad reflejada en mí.

URTEKO 33. IGANDEA -C- José A. Pagola

GRUPOS DE JESÚS

BUKATUTZAT EMAN – DAR POR TERMINADO

Jesusek Jerusalemera egin duen azken bisita da. Bidelagun dituen batzuek miresgarri jotzen dute «tenpluaren edertasuna». Jesusek, aitzitik, zerbait oso desberdinari erreparatu dio. Bere profeta-begiez era sakonagoan ikusi dute tenplua: leku handios hartan ez dira ari Jainkoaren erreinuari harrera egiten. Horregatik Jesusek bukatutzat eman du: «Kontenplatzen duzuen honi iritsiko zaio egun bat, zeinetan ez baita geratuko harririk harri gainean: den-dena suntsituko dute».

Bat-batean, beraren hitzek hautsi egin dute tenpluaren inguruan bizi duten autoengainua. Eraikin miresgarri hura betikotasunaren sasi-ilusioa elikatzen ari da. Erlijioa bizitzeko era hura, Jainkoaren zuzentasuna onartu gabe eta sufritzen ari direnen aldarriari ezentzuna eginez, engainagarria da eta galkorra: «Hori guztia suntsitu egingo dute».

Jesusen hitzak ez dira irten suminduratik. Askoz gutxiago mespretxutik edo erresuminetik. Lukasek berak esan du apur bat lehenago, Jerusalemera hurbildu eta hiria ikustean, Jesusek «negarrari eman diola». Profetikoa da beraren lantua. Boteretsuek ez dute negarrik egiten. Errukiaren profetak bai.

Jesusek negar egin du Jerusalemen aurrean, hiria inork baino gehiago maite duelako. «Erlijio zaharkitu batengatik» egin du negar, Jainkoaren erreinura irekitzen ez delako. Jesusen malkoek beraren solidaritatea adierazten dute bere herriaren sufrimenduagatik, eta aldi berean sistema erlijioso harekiko errotiko kritika agertzen du, Jainkoaren bisita oztopatzen duelako: Jerusalemek –bakearen hiriak!- «ez du ezagutzen bakera daramana», «beraren begientzat ezkutuan dagoelako».

Jesusen jarduerak gutxi baino argi gehiago dakarkio gaur egungo egoerari. Batzuetan, krisialdietan, gureak bezalakoetan, Jainkoaren erreinuaren berritasun kreatzaileari bideak irekitzeko modu bakarra erlijio ahitua elikatzen duen guztia bukatutzat ematea da, Jainkoak munduan sartu nahi duen bizia eragiteko gai ez delako.

Ez da gauza erraza mendetan barna bizi izandako zerbait bukatutzat ematea. Ez da lortuko betiko eta erabat gorde nahi dutenak kondenatuz. «Negar eginez» lortzen da: izan ere, Jainkoaren erreinura konbertitzeak eskatzen dituen aldaketek jende askori sufriarazten dio. Profetek negar eginez salatzen dute Elizaren bekatua.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

33 Tiempo ordinario – C (Lucas 21,5-19)

DAR POR TERMINADO

Es la última visita de Jesús a Jerusalén. Algunos de los que lo acompañan se admiran al contemplar «la belleza del templo». Jesús, por el contrario, siente algo muy diferente. Sus ojos de profeta ven el templo de manera más profunda: en aquel lugar grandioso no se está acogiendo el reino de Dios. Por eso Jesús lo da por acabado: «Esto que contempláis llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».

De pronto, sus palabras han roto el autoengaño que se vive en el entorno del templo. Aquel edificio espléndido está alimentando una ilusión falsa de eternidad. Aquella manera de vivir la religión sin acoger la justicia de Dios ni escuchar el clamor de los que sufren es engañosa y perecedera: «Todo eso será destruido».

Las palabras de Jesús no nacen de la ira. Menos aún del desprecio o el resentimiento. El mismo Lucas nos dice un poco antes que, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, Jesús «se echó a llorar». Su llanto es profético. Los poderosos no lloran. El profeta de la compasión sí.

Jesús llora ante Jerusalén porque ama la ciudad más que nadie. Llora por una «religión vieja» que no se abre al reino de Dios. Sus lágrimas expresan su solidaridad con el sufrimiento de su pueblo, y al mismo tiempo su crítica radical a aquel sistema religioso que obstaculiza la visita de Dios: Jerusalén –¡la ciudad de la paz!– «no conoce lo que conduce a la paz», porque «está oculto a sus ojos».

La actuación de Jesús arroja no poca luz sobre la situación actual. A veces, en tiempos de crisis, como los nuestros, la única manera de abrir caminos a la novedad creadora del reino de Dios es dar por terminado aquello que alimenta una religión caduca, sin generar la vida que Dios quiere introducir en el mundo.

Dar por terminado algo vivido de manera sacra durante siglos no es fácil. No se hace condenando a quienes lo quieren conservar como eterno y absoluto. Se hace «llorando», pues los cambios exigidos por la conversión al reino de Dios hacen sufrir a muchos. Los profetas denuncian el pecado de la Iglesia llorando.

José Antonio Pagola

 

 

33º domingo T.O.- Koinonía

Malaquías 3, 19-20a

Os iluminará un sol de justicia

Mirad que llega el día, ardiente como un horno:

malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir

-dice el Señor de los ejércitos-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz.

Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.

Salmo responsorial: 97

El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.

Tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor. R.

Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes al Señor, que llega para regir la tierra. R.

Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud. R.

2Tesalonicenses 3, 7-12

El que no trabaja, que no coma

Hermanos: Ya sabéis cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo: no vivimos entre vosotros sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie.

No es que no tuviésemos derecho para hacerlo, pero quisimos daros un ejemplo que imitar.

Cuando vivimos con vosotros os lo mandarnos: el que no trabaja, que no coma.

Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada.

Pues a esos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan.

Lucas 21, 5-19

Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»

Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?»

Él contesto: «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: «Yo soy», o bien: «El momento está cerca; no vayáis tras ellos.

Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.

Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.»

Luego les dijo: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.

Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.

Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.

Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.

Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía.

Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Nos vamos acercando ya al final del año litúrgico, y por una lógica probablemente mal aplicada al distribuir los textos bíblicos en el año litúrgico, el tema de las lecturas de este domingo es también sobre el del «final de los tiempos», el «final del mundo». De hecho, en el evangelio hay numerosos pasajes que aluden a este tema, los famosos textos «apocalípticos» (el género «apocalíptico» era muy del gusto de aquellos tiempos).

Durante la historia del cristianismo, también el final del mundo ha sido un tema siempre presente. Formaba parte de la identidad cristiana, diríamos. Ser cristiano implicaba creer que nuestra vida va a acabar con un juicio de Dios sobre nosotros, y también sobre la existencia del mundo como conjunto: Dios decidiría en algún momento -muy probablemente por sorpresa- el final del mundo, y toda humanidad sería convocada a juicio, en el Valle de Josafat por más señas, junto a la muralla oriental del Templo de Jerusalén (lo que convirtió a ese valle en un auténtico cementerio VIP, muy cotizado… y todavía hoy lo es).

Este concepto del «final del mundo» estaba enmarcado (hasta ayer mismo, cuando nosotros éramos niños) dentro del contexto de una cosmovisión que imaginaba a Dios como un «Señor todopoderoso», situado fuera del mundo, encima, en un segundo piso celestial, observando y con frecuencia interviniendo en el mundo, en el que se debatía la humanidad que Él había creado allí para superar una prueba y pasar a continuación a la vida definitiva, que ya no sería aquí en la tierra, sino en otro lugar, en «un cielo nuevo y una tierra nueva», porque la vieja tierra sería destruida con el final del período de prueba de la Humanidad. A continuación, ya todo sería distinto: una «vida eterna» en el cielo -o en el infierno tal vez para algunos-.

Ruboriza hoy –y casi parece caricatura– contar o describir aquella visión que durante siglos se identificó con la doctrina cristiana. Durante milenio y medio al menos la creyeron revelada por Dios mismo . Dudar de ella o de cualquiera de sus detalles era tenido como un pecado (grave) de «falta de fe» y -peor aún- como un desacato a la revelación. Sobre la visión global o el «gran relato» –porque además era realmente un relato– que el cristianismo ofrecía (pecado original, juicio particular, juicio universal, cielo, purgatorio o infierno…) no era permitido dudar.

Hoy nos podemos llevar las manos a la cabeza al caer en la cuenta de qué parte tan grande de toda esta visión estaba constituida por tradiciones mitológicas ancestrales, pensamiento platónico… ¡Genial Platón!, que logró crear una «imagen» del mundo que cautivaría la imaginación de la humanidad por generaciones y generaciones, durante varios milenios, por veinticinco siglos, hasta hoy.

La revolución científica comenzada en el siglo XVI empezó a cuestionar aquella cosmovisión platónico-aristotélica del cristianismo: las esferas celestiales, los siete cielos, la separación entre el mundo perfecto supra-lunar y el imperfecto o corruptible infra-lunar, la descripción tan viva de los «novísimos» (muerte, juicio, infierno y gloria)… Pero lo que en la visión científica iba desmoronándose, se refugiaba en la visión religiosa, como si el cielo aristotélico-platónico formara parte de la fe, aunque el cielo astronómico nos fuera apareciendo como totalmente otro.

Hoy día, con el avance que la ciencia ha realizado, la escatología (rama de la ciencia que trata del «eskhatos, lo último») no sabe dónde colocar eso último, ni cómo conectarlo con lo que hoy sabemos todos. Y por eso cuesta seguir hablando de lo que era «lo último» dentro de las coordenadas teológicas tradicionales: unas realidades últimas conectadas directamente con la «prueba» y el «juicio de Dios» sobre nosotros, y una «vida eterna» vista como el premio o castigo correspondiente… La vida, la muerte, y la posible continuidad o no de la vida… todo ello era planteado en las coordenadas de aquella visión mítica (Dios arriba, que decide crear una humanidad y la pone a prueba para llevar a quienes la superen a la vida eterna…).

Tan internalizada está esta convicción mítica del «Dios que crea a los humanos en una vida provisional para probar si pueden acceder a la vida eterna», que todavía hoy, muchos cristianos no sólo siguen pensando así, sino que no ven la posibilidad de que vida, muerte y más allá de la muerte sean dimensiones existenciales humanas que deban dejar de ser pensadas y «utilizadas» como premios y castigos de Dios a los humanos por su conducta. Muchos predicadores tendrán hoy dificultades para enfocar su homilía superando esa interpretación tradicional…

Pero, afortunadamente, «otro cristianismo es posible». Es posible… porque ya es real: ya lo viven muchos, y algunos incluso dan razón de esa su fe, y su nueva esperanza, desligada de premios y castigos. No es éste el lugar para presentar toda una escatología renovada, pero sí para remitir a tres obras recomendables a quien trate de replantear su fe fuera del paradigma premoderno mítico:

– Roger LENAERS sj, Otro cristianismo es posible, Abya Yala, Quito, Ecuador, 2006 (tiempoaxial.org).

– Las «12 tesis del obispo John Shelby SPONG», que pueden ser encontradas en la mayor parte de los buscadores de internet.

– La revista CONCILIUM dedicó recientemente un número monográfico a la «resurrección de los muertos», en noviembre de 2006 (el número 318).

– John Shelby SPONG, Vida eterna: una nueva visión. Más allá de las religiones, más allá del teísmo, más allá de cielo e infierno, 232 pp, publicado en español por la editorial Abya Yala de Quito, en su colección «Tiempo axial» (tiempoaxial.org). El subtítulo lo dice todo sobre la intención y el enfoque de este libro.

Completamos con una referencia tradicional a las tres lecturas de hoy:

Malaquías, a través de un lenguaje apocalíptico, alienta al pueblo justo que sirve enteramente al Señor, indicándoles que ya llegará el día en que se hará sentir la justicia de Dios sobre los que no guardan su ley; que ellos no son los que realmente dirigen el caminar de la historia, sino que es el Dios amante de la vida quien la guía, conduciéndola por el camino de la paz y de la vida. Todos los que caminan por el camino del Señor serán iluminados por el “sol de la justicia” que irradia su luz en medio de la oscuridad, en medio del dolor y la muerte.

El salmo que leemos hoy es un himno al Rey y Señor de toda la Creación, quien dirige con justicia a todos los pueblos de la tierra, quien es amoroso y fiel con el pueblo de Israel. Dios es un Dios justo, que merece ser alabado por todos, pues ha derrotado la muerte y ha posibilitado la vida para todos; por ello toda la Creación lo alaba, celebra la presencia de ese Dios misericordioso y justo en medio del pueblo liberado. Es un salmo de agradecimiento por los beneficios que el pueblo ha recibido por tener su esperanza puesta en el Dios de la Vida.

Muchos de los creyentes de Tesalónica, concretamente las clases altas, pensaron que no debían preocuparse por las cosas de la vida cotidiana, como el trabajo, y que más bien debían esperar, de brazos cruzados, la inminente venida del Señor y dedicarse a la ociosidad. Pablo llama fuertemente la atención sobre esa actitud, pues son personas que viven del trabajo ajeno, son explotadores de los otros (esclavos) y, gracias a ello, acumulan riquezas sin esforzarse en absoluto. Es a ellos a quienes Pablo se dirige con vehemencia: «el que no trabaje que no coma» (v. 10), ya que esta actitud no es propia de la enseñanza de los apóstoles.

Puede ser que la presencia magnífica del Templo de Jerusalén alentara la fe de los judíos hasta el punto de ser más significativos la arquitectura y el poder de la religión que el mismo Dios de Israel; puede ser que fueran más importante los sacrificios, el ritual, la construcción majestuosa… que las actitudes exigidas por el mismo Dios para un verdadero culto a él: la misericordia y la justicia social. Por eso Jesús afirma que el Templo será destruido, pues no posibilita una relación legítima con Dios y con los hermanos, sino que crea grandes divisiones sociales e injusticias. Es importante ir descubriendo en nuestra vida que la experiencia de fe debe estar atravesada por el servicio incondicional a los demás; es así como vamos sintiendo el paso de Dios por nuestra existencia y es así como vamos construyendo el verdadero templo de Dios, el cual no se debe equiparar con edificaciones ostentosas, sino con la Iglesia-comunidad de creyentes que se inspira en la Palabra de Dios y se mantiene firme en la esperanza de Jesús resucitado.

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio: https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/

DOMINGO 32 T.O. (C) – Fray Marcos

(Lc 20,27-38)

 No hay un más allá, sino un más acá eterno. Tengo ya la Vida definitiva aquí y ahora

Estamos en Jerusalén. Lc ya ha narrado la entrada solemne y la purificación del Templo. Sigue la polémica. Los saduceos entran en escena. Solo admitían el Pentateuco como libro sagrado. Tampoco admitían la tradición. No creían en la resurrección y de ahí la pregunta que le hacen. Jesús no responde a la pregunta sino a lo que debían haber preguntado.

La pregunta surge de una visión mítica. Pensar y hablar del más allá en nuestro lenguaje es imposible. Ni siquiera podemos imaginarlo. Puedo imaginar lo que es una montaña de oro, aunque no exista en la realidad, pero tengo que haber percibido por los sentidos lo que es el oro y lo que es una montaña. No tenemos datos objetivos para imaginar el más allá.

El instinto de todo ser vivo, es la permanencia en el ser. Si el ser humano considera la permanencia en el ser como el valor absoluto, también considerará como absoluta su perdida. Todos los intentos por encontrar una solución racional serán inútiles. La única solución posible será descubrir que ya poseo la verdadera y definitiva Vida aquí y ahora.

Pretendemos ser eternos en nuestro yo individual porque no hemos descubierto nuestro verdadero ser. Esa limitación radical no es un fallo, sino mi propia naturale­za; por lo tanto, no es nada que tengamos que lamentar ni de lo que Dios tiene que librarnos, ni ahora ni después. Mis posibilidades de ser solo las puedo desplegar aquí y ahora, a pesar de esa limitación. No creo coherente el postular para el más allá una permanencia de mi biología.

Nuestro ser, aunque lo creemos absoluto, hace siempre referencia a Otro que me tiene que fundamentar, y a los demás que me permiten realizarme. Yo no soy la causa de mí mismo. No tiene sentido que considere mi propia existencia como el valor supremo. Si mi existir se debe al Otro, Él será el valor supremo también para mi ser individual. Si lo que es eterno se relaciona conmigo, esa relación no puede terminar y mi relación con Él será eterna.

Puede parecernos ridículo el planteamiento de los saduceos, pero la inmensa mayoría de los cristianos hoy siguen pensado en un más allá con unos ojos que les permitirán ver a sus seres queridos, con unos brazos que les permitirán abrazarlos y con una legua que les permitirá comunicarse con ellos. Esto es tan ridículo como la propuesta saducea.

¿Cómo permanecerá esa Vida que ya poseo aquí y ahora? Ni lo sé ni puedo saberlo. Lo que de veras me debe importar es el más acá, descubrir que Dios me salva aquí y ahora. Vivenciar que hoy es ya la eternidad para mí. Que la Vida definitiva la poseo ya en plenitud. En la experiencia pascual, los discípulos descubrieron que Jesús estaba vivo. No se trataba de la vida biológica sino la Vida que ya tenía antes de morir, a la que no afectó la muerte.

Los cristianos hemos tergiversado hasta el núcleo central del mensaje de Jesús. Él puso la plenitud del ser humano en el amor, en la entrega total y sin límites a los demás. Nosotros hemos hecho de esa misma entrega una programación. Soy capaz de darme, con tal que me garanticen que esa entrega terminará por redundar en beneficio de mi ego.

«…porque para Él, todos están vivos». ¿No podría ser esa la verdadera plenitud humana? ¿No podríamos encontrar ahí el auténtico futuro del ser humano? ¿Por qué tenemos que empeñarnos en que nos garanticen una permanencia en el ser individual para toda la eternidad? ¿No sería muchísimo más sublime permanecer vivos solo para Él?

Urteko 32. igandea – C – José A. Pagola

BIZIAREN ADISKIDE – AMIGO DE LA VIDA

(Lukas 20,27-38)

«Biziaren adiskide da Jainkoa». Hau da Jesusen oinarrizko konbentzimenduetatik bat. Horregatik, behin batean saduzear-talde batekin ezbaian ari zela –hauek ukatu egiten zuten piztuera-, argiro agertu zien bere fedea: «Jainkoa ez da hildakoen Jainko, biziena baizik».

Jesusek ezin du imajinatu ere Jainkoari bere sorkariak hiltzen ari zaizkiolakoa; urte batzuk bizi ondoren, ezin du imajinatu ere herioa bere seme-alabak barik uzten ari delakoa. Ez da posible. Bizi-iturburu agortezin da Jainkoa. Jainkoak bizidun kreatu ditu bere sorkariak, zaindu egiten ditu, defenditu, gupidatu egiten da beraiez eta berreskuratu egiten du beraien bizia bekatutik eta heriotzatik.

Segur aski, Jesusek ez zuen irakurri sekula Jakinduria liburua, Kristo aurreko 50 urte inguru lehenago Alexandrian idatzia; baina Jesusen mezuak judu jakintsu honen orrialde ahaztezin hau gogoratzen digu, dioena: «Guztiez errukitzen zara zu, den-dena egin dezakezulako; begiak ixten dituzu gizakien bekatuen aurrean, damu daitezen. Izaki guztiak maite dituzu eta ez duzu higuintzen zeuk egina duzun ezer; gauza bat gorroto izan bazenu, ez zenuen kreatuko. Nola eutsiko zioten biziari zuk kreatu ez bazenitu? Baina guztiei barkatzen diezu zuk, Jauna, biziaren adiskide, zeureak dituzulako» (Jakinduria 11,23-26).

Biziaren adiskide da Jainkoa. Horregatik, era duinean bizitzen inola ere ez dakiten edota inola ere ezin duten guztiez gupidatzen da. «Begiak ixteraino» ere iristen da gizakien bekatuen aurrean, biziaren bidea aurkitu ahal dezaten. Ez du higuintzen kreatu duen ezer. Izaki guztiak maite ditu; bestela ez zituen kreatuko. Guztiei barkatzen die, guztiez gupidatzen da, guztiak bizi daitezen nahi du, guztiak bere dituelako.

Eta guk, nolatan ez dugu gehiago maite kreazio osoa? Zergatik ez dugu zaintzen eta defenditzen indartsuago izaki guztien bizia, horrenbesteko hondamen eta oldarretik? Zergatik ez gara gupidatzen hainbat jende «zokoratuz», mundu hau beren etxe izatetik gizarteak baztertu dituenez? Nolatan jarrai dezakegu pentsatzen ezen gure ongizatea garrantzizkoagoa dela hainbat eta hainbat gizon emakumeren bizia baino?, Jainkoak beraientzat ere kreatu duen Lur honetan arrotz eta lekurik gabeko sentitzen baitira.

Sinestezina da gure artean ezin ikusi ahal izatea gure erlijioa zein era absurduan agertzen den: batetik Kreatzaileari eta biziaren Berpiztzaileari kantatzen diogu; bestetik eta aldi berean, beraren sorkarien artean gosea, sufrimendua eta narriadura eragiten dugu.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

32 Tiempo ordinario – C (Lucas 20,27-38)

AMIGO DE LA VIDA

«Dios es amigo de la vida». Esta era una de las convicciones básicas de Jesús. Por eso, discutiendo un día con un grupo de saduceos, que negaban la resurrección, les confesó claramente su fe: «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos».

Jesús no se puede ni imaginar que a Dios se le vayan muriendo sus criaturas; que, después de unos años de vida, la muerte le vaya dejando sin sus hijos e hijas queridos. No es posible. Dios es fuente inagotable de vida. Dios crea a los vivientes, los cuida, los defiende, se compadece de ellos y rescata su vida del pecado y de la muerte.

Probablemente Jesús no leyó nunca el libro de la Sabiduría, escrito hacia el año 50 a. C. en Alejandría, pero su mensaje acerca de Dios recuerda una página inolvidable de este sabio judío que escribe así: «Tú te compadeces de todos, porque lo puedes todo; cierras los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. ¿Cómo conservarían su existencia si tú no los hubieras creado? Pero tú perdonas a todos porque son tuyos, Señor, amigo de la vida» (Sabiduría 11,23-26).

Dios es amigo de la vida. Por eso se compadece de todos los que no saben o no pueden vivir de manera digna. Llega incluso a «cerrar los ojos» a los pecados de los hombres para que descubran de nuevo el camino de la vida. No aborrece nada de lo que ha creado. Ama a todos los seres; de lo contrario no los hubiera hecho. Perdona a todos, se compadece de todos, quiere la vida de todos, porque todos son suyos.

¿Cómo no amamos con más pasión la creación entera? ¿Por qué no cuidamos y defendemos con más fuerza la vida de todos los seres de tanta depredación y agresión? ¿Por qué no nos compadecemos de tantos «excluidos» para los que este mundo no es su casa? ¿Cómo podemos seguir pensando que nuestro bienestar es más importante que la vida de tantos hombres y mujeres que se sienten extraños y sin sitio en esta Tierra creada por Dios para ellos?

Es increíble que no captemos lo absurdo de nuestra religión cuando cantamos al Creador y Resucitador de la vida y, al mismo tiempo, contribuimos a generar hambre, sufrimiento y degradación en sus criaturas.

José Antonio Pagola

32º domingo T.O. – Koinonía

2Macabeos 7, 1-2. 9-14

El rey del universo nos resucitará para una vida eterna

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley.

Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.»

El segundo, estando para morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.»

Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.»

El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos.

Cuando murió este, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida.»

Salmo responsorial: 16

Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mi suplica, que en mis labios no hay engaño. R.

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos, y no vacilaron mis pasos. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. R.

Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme. Yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante. R.

2Tesalonicenses 2, 16-3, 5

El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas

Hermanos: Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.

Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados, porque la fe no es de todos.

El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno.

Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado.

Que el Señor dirija vuestro corazón, para que améis a Dios y tengáis la constancia de Cristo.

Lucas 20, 27-38

No es Dios de muertos, sino de vivos

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»

Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Los saduceos eran los más conservadores en el judaísmo de la época de Jesús. Pero sólo en sus ideas, no en su conducta. Tenían como revelados por Dios sólo los primeros cinco libros de la Biblia, que atribuían a Moisés. Los profetas, los escritos apocalípticos, todo lo referente por tanto al Reino de Dios, a las exigencias de cambio en la historia, a la otra vida… lo consideraban ideas “liberacionistas” de resentidos sociales. Para ellos no existía otra vida, la única vida que existía era la presente, y en ella eran realmente los privilegiados –tal vez por eso, pensaban que no había que esperar otra–.

A esa manera de pensar pertenecían las familias sacerdotales principales, los «ancianos», o sea, los jefes de las familias aristocráticas, y tenían sus propios escribas que, aunque no eran los más prestigiados, les ayudaban a fundamentar teológicamente sus aspiraciones a una buena vida. Las riquezas y el poder que tenían eran muestra de que eran los preferidos de Dios. No necesitaban esperar otra vida. Gracias a eso mantenían una posición cómoda: por un lado, la apariencia de piedad; por otro, un estilo de vida de acuerdo a las costumbres paganas de los romanos, sus amigos, de quienes recibían privilegios y concesiones que agrandaban sus fortunas.

Los fariseos eran lo opuesto a ellos, tanto en sus esperanzas como en su estilo de vida austero y apegado a la ley de la pureza. Una de las convicciones que tenían más firmemente arraigadas era la fe en la resurrección, que los saduceos rechazaban abiertamente por las razones expuestas anteriormente. Pero muchos concebían la resurrección como la mera continuación de la vida terrena, sólo que para siempre, ya sin muerte.

Jesús estaba ya en la recta final de su vida pública. El último servicio que estaba haciendo a la Causa del Reino –en lo que se jugaba la vida–, era desenmascarar las intenciones torcidas de los grupos religiosos de su tiempo. Había declarado a los del Sanedrín incompetentes para decidir si tenían o no autoridad para hacer lo que hacían; a los fariseos y a los herodianos los había tachado de hipócritas, al mismo tiempo que declaraba que el imperio romano debía dejar a Dios el lugar de rey; ahora se enfrentó con los saduceos y dejó en claro ante todos la incompetencia que tenían incluso en aquello que consideraban su especialidad, la ley de Moisés.

La posición de Jesús en este debate con los saduceos puede sernos iluminadora para los tiempos actuales. También nosotros, como la sociedad culta que actualmente somos, podemos reaccionar con frecuencia contra una imagen demasiado fácil de la resurrección. Cualquiera de nosotros puede recordar las enseñanzas que respecto a este tema recibió en su formación cristiana de catequesis infantil, la fácil descripción que hasta hace 50 años se hacía de lo que es la muerte (separación del alma respecto del cuerpo), lo que sería el «juicio particular», el «juicio universal», el purgatorio (si no el limbo, que fue oficialmente «cerrado» por la Comisión Teológica Internacional del Vaticano hace unos pocos años), el cielo y el infierno (¡!)…

La teología (o simplemente la imaginería) cristiana, tenía respuestas detalladas y exhaustivas para todos estos temas. Creía saber casi todo respecto al más allá, y no hacía gala precisamente de sobriedad ni de medida. Muchas personas «de hoy», con cultura filosófica y antropológica (o simplemente con «sentido común actualizado») se ruborizan de haber creído semejantes cosas, y se rebelan, como aquellos saduceos coetáneos de Jesús, contra una imagen tan plástica, tan incontinente, tan maximalista, tan fantasiosa, y para más inri, tan segura de sí misma. De hecho, en el ambiente general del cristianismo, se puede escuchar hoy día un prudente silencio sobre estos temas, otrora tan vivos y hasta tan discutidos. En el acompañamiento a las personas con expectativas próximas de muerte, o en las celebraciones en torno a la muerte, no hablamos ya de la muerte ni de la suerte de los difuntos de la misma manera que hace unas décadas. Algo se está curvando epistemológicamente en la cultura moderna, que nos hace sentir pudorosamente la necesidad de no repetir ya lo que nos fue dicho, sino de revisar y repensar con más continencia lo que podemos decir/saber/esperar.

Como a aquellos saduceos, tal vez hoy Jesús nos dice a nosotros: «no saben ustedes de qué están hablando…». Qué sea el contenido real de lo que hemos llamado tradicionalmente «resurrección», no es algo que se pueda describir, ni detallar, ni siquiera «imaginar». Tal vez es un símbolo que expresa un misterio que apenas podemos intuir, pero no concretar. Una resurrección entendida directa y llanamente como una «reviviscencia», aunque sea espiritual (que es como la imagen funciona de hecho en muchos cristianos formados hace tiempo), hoy no parece sostenible, críticamente hablando.

Tal vez nos vendría bien a nosotros una sacudida como la que dio Jesús a los saduceos. Antes de que nuestros contemporáneos pierdan la fe en la resurrección y con ella, de un golpe, toda la fe, sería bueno que hagamos un serio esfuerzo por purificar nuestro lenguaje en torno la resurrección y por poner por delante, modesta y pudorosamente, su carácter mistérico. Fe sí, pero no una fe perezosa y fundamentalista, sino una fe seria, sobria, crítica y responsable. Hay libros adecuados para actualizarse y profundizar en estos temas, que recomendamos más abajo.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 97 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El fuego de la Gehenna». El audio del capítulo, el guión, y su comentario bíblico-teológico, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/article/97-el-fuego-de-la-gehenna/

 

DIFUNTOS (Jn 3, 3-7) – Fray Marcos

Dia de recuerdo y agradecimiento. Lo que somos se lo debemos a otros.

Este año podemos celebrar la fiesta de los difuntos como Dios manda. Es muy significativa la identificación que ha hecho el pueblo de esta fiesta de “todos los santos” con la de “todos los difuntos”, hasta el punto de que para muchos son una sola fiesta.

El nacimiento a vida biológica y la muerte son las dos caras de la misma moneda. No puede existir una sin la otra. Sin muerte no hay vida. El miedo no tiene ningún sentido. Todo lo que de mí se consume es escoria, lo que vale de veras, permanecerá siempre.

La celebración de la eucaristía, bien entendida, puede ayudarnos a encontrar el verdadero sentido de esta celebración. Es el sacramento de la unidad, o del amor que es lo mismo. En él podemos experimentar que algo nos une a Dios y a los demás, vivos o muertos. La mejor manera de sentirnos unidos a nuestros difuntos, es sentirnos unidos a Dios.

Es curioso que la principal celebración de nuestra religión sea la celebración de una muerte. Celebración alegre y gozosa, porque sabemos que a la vez que muerte, es también vida. Pero, además, ‘eucaristía en griego significa ‘acción de gracias’ y esta es el profundo significado que tiene recordar a nuestros seres queridos fallecidos.

El agradecimiento no debe limitarse a los padres, abuelos, bisabuelos, etc. sino a todos los seres vivos que han permitido que yo esté aquí en este momento. No podemos imaginar la cantidad de muertes que han sido necesarias para que mi vida sea posible. Desde la primera arquea hasta mí, ha tenido que mantenerse la cadena de la vida.

Si un solo eslabón se hubiera roto en el proceso, yo no estaría aquí. Si tenemos en cuenta que los primeros seres vivos duraban solo unas horas, y que han pasado cerca de catorce mil millones de años, podemos pensar que miles de billones de vida fueron necesarias para que mi vida surgiera. Mi vida dependió de ellas y a todas debo estar agradecido.

Tratemos de descubrir ese futuro desde Dios. ¿Por qué nos empeñamos en imaginar un más allá conforme a nuestra limitación actual? Pretender que permanezca nuestra condición de criatura limitada no tiene mucho sentido. Lo contingente es perecedero. Lo único que permanece de nosotros es lo que ya tenemos de trascendente.

Alguien ha dicho: Amar es decirle al otro: no morirás. Si el que ama es Dios, tú permanecerás para siempre. Aquello por el que conectamos con Dios, nos hace eternos. Ese punto no puede ser lo biológico. Permaneceré en la medida que muera a mi ego.

Cuando Jesús le dice a Nicodemo: “hay que nacer de muevo”, le está invitando a encontrar una Vida (con mayúscula) trascendente, la del Espíritu. Una Vida que ya poseemos mientras desplegamos nuestra vida (con minúscula), la biológica.

Esa Vida es la verdadera, la definitiva, porque la biológica termina sin remedio, pero la espiritual no tiene fin. Cada vez que oigamos en la Escritura “vida eterna”, debemos entender: Vida definitiva, que es el aspecto más interesante de la vida del más acá.

TODOS SANTOS (C) – Fray Marcos     

(Mt 5, 1-12)

Todos santos, porque lo que soy no depende de mí. Depende de Dios, único Santo.

Hoy me siento incapaz de armonizar el sentido que hemos dado a esta fiesta con el evangelio. En la colecta se habla de “los méritos de todos los santos”. El domingo pasado, el fariseo, que se sentía con derechos, no salió justificado del templo. Esa interpretación de la santidad como superioridad moral no tiene nada que ver con el evangelio.

Hace ya algunos años que vengo titulando esta fiesta como “todos santos”. Hoy añado “y pecadores” porque sin ese añadido, lo podemos entender mal. Me ayudó mucho a este matiz el oírle al Papa Francisco decir: “soy un pecador”. Lo que hace el Papa es manifestar su fina espiritualidad. Esta idea ya la había desarrollado Lutero, siendo criticado por ello.

Estamos dando un vuelco a la idea que teníamos de “santo”. A ello ha contribuido no poco el afán de la institución en las últimas décadas por declarar santos, incluso a centenares. Toda inflación supone siempre una devaluación. También han ayudado a esta nueva idea de santo, los métodos utilizados en los procesos de canonización, no siempre convincentes.

Santo no es el perfecto, sino el pecador que reconoce la necesidad que tiene de un Dios que le ame sin merecerlo. Solo cuando uno se siente pecador, está cerca de Dios. Y al contrario solo en la medida que un ser humano es santo puede sentirse pecador. Que nadie caiga en la tentación de aspirar a la “santidad”. Aspirad solo a ser cada día más humanos.

No tenemos que pensar en los “santos” canonizados, sino en todos los hombres que descubrieron la marca de lo divino en ellos, aunque no hayan pensado en la santidad. No se trata de celebrar los “méritos” de personas extraordinarias, sino de reconocer la presencia de Dios, el único Santo, en cada uno de nosotros. El único mérito es siempre de Dios.

En todos los tiempos han existido y siguen existiendo personas que descubriendo su autentico ser, ha sido capaces de darse a los demás y de hacer así un mundo más humano. En este mundo hay lugar también para el optimismo, porque la inmensa mayoría de los hombres son buenas personas, que intentan por todos los medios hacer felices a los demás.

Eso no quiere decir que no tengan fallos. Una de las actitudes que más nos humanizan es precisamente el aceptar las limitaciones, en nosotros mismos. A veces ese reconocimiento se convierte en una tortura, pero debe ser una liberación. Jesús no exigió la perfección a sus seguidores, solo les pedía que descubrieran el amor gratuito de Dios en ellos.

En esta fiesta celebramos la “bondad”, se encuentre donde se encuentre. Es una fiesta de optimismo, porque, a pesar de los telediarios, Hay mucho bien en el mundo si sabemos descubrirlo. Es cierto que mete más ruido uno tocando el tambor que mil callando. Por eso nos abruma el ruido que hace el mal y no nos queda espacio para descubrir el bien.

Cuando hemos puesto la santidad en lo extraordinario, nos hemos salido de todo marco de referencia evangélico. Si creemos que santo es aquel que hace lo que nadie es capaz de hacer, o deja de hacer lo que todos hacemos, ya hemos caído en la trampa del falso yo.

Todos somos santos, aunque la inmensa mayoría no lo hemos descubierto todavía. Somos santos por lo que Dios es para nosotros, no por lo que nosotros somos para Dios. La creencia de que la santidad consiste en desplegar las virtudes, no nace del evangelio.

Urteko 31. igandea – C – José A. Pagola

(Lukas 19,1-10)

ABERATSAREN SALBAZIOA

Gizarte-maila erosoko aski kristau dira deseroso sentitzen direnak «moda» honekin: Elizan pobreen alde hainbeste hitz egitearekin. Ez dute ulertzen nolatan izan daitekeen Ebanjelioa haientzat bakarrik. Eta, ondorioz, aberatsek honela bakarrik ulertzen al dutela Ebanjelioa: beraien interesen mehatxu bezala eta beraien aberastasunen interpelazio bezala.

Uste dute hau guztia ez dela demagogia merke bat baizik, ez dela Ebanjelioaren sasiko ideologizazioa baizik eta, azken batean, «ezkerraren politika egitea» baizik. Izan ere, ikus dezagun: Jesus ez al zitzaien denei maila berean agertzen? Ez al zituen onartzen behartsuak eta aberatsak maitasun bat beraz? Ez al zien eskaini salbazioa guztiei?

Bai, noski, guztiengana hurbildu da Jesus salbazioa eskainiz. Baina ez modu berean guztiengana. Eta, zehazki, aberatsengana hurbildu da beste ezer baino lehen beren aberastasunetatik «salbatzeko».

Jerikon, aberats baten etxean gelditu da Jesus ostatuz. Gizonak pozik onartu du. Ohorea da berarentzat bere etxean harrera egitea Nazareteko Maisuari. Jesusekin topo egin eta beraren mezua entzutean, aberatsa aldatu egin da. Konturatu da gauzarik inportanteena ez dela metatzea baizik eta partekatzea, eta erabaki du bere ondasunen erdia pobreei ematea. Jabetu da lapurtu dienei zuzentasuna egin behar diela, eta gaindika itzultzera konprometitu da. Soilik orduan aldarrikatu du Jesusek: «Gaur etxe honetan salbazioa gauzatu da».

Aberatsari ez zaio eskaini salbatzeko beste biderik: daukana partekatzea bakarrik premian diren pobreekin. Bere ondasunekin egin dezakeen «kristau-konbertsio errentagarri» bakarra da.

Xumea da arrazoia. Ezinezkoa da mundu senidezkoago bat, aberatsek jarreraz aldatzen ez badira eta beren ondasunak murriztea onartzen ez badute, gaur egungo sistema ekonomikoak pobretu dituenen mesedetan.

Hau da aberatsei eskaintzen zaien salbazio-bidea. «Haiek laguntza orduan bakarrik har dezakete: beren pobretasuna onartu eta behartsuen elkartean sartzeko prest jarriko direnean, modu berezian berek indarkeriaz miseriara eraman dituztenen elkartean» (Jürgen Moltmann).

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

31 Tiempo ordinario – C (Lucas 19,1-10)

LA SALVACIÓN DEL RICO

Son bastantes los cristianos de posición acomodada que se sienten molestos por esta «moda» que ha entrado en la Iglesia de hablar tanto de los pobres. No entienden que el Evangelio pueda ser buena noticia solo para ellos. Y, por tanto, solo pueda ser escuchado por los ricos como amenaza para sus intereses y como interpelación de su riqueza.

Les parece que todo esto no es sino demagogia barata, ideologización ilegítima del Evangelio y, en definitiva, «hacer política de izquierdas». Porque, vamos a ver: ¿no se acercaba Jesús a todos por igual? ¿No acogía a pobres y a ricos con el mismo amor? ¿No ofreció a todos la salvación?

Ciertamente, Jesús se acerca a todos ofreciendo la salvación. Pero no de la misma manera. Y, en concreto, a los ricos se les acerca para «salvarlos» antes que nada de sus riquezas.

En Jericó, Jesús se hace hospedar en casa de un rico. El hombre lo recibe con alegría. Es un honor para él acoger al Maestro de Nazaret. Al encontrarse con Jesús y escuchar su mensaje, el rico va a cambiar. Descubre que lo importante no es acaparar, sino compartir, y decide dar la mitad de sus bienes a los pobres. Descubre que tiene que hacer justicia a los que ha robado, y se compromete a restituir con creces. Solo entonces Jesús proclama: «Hoy ha sido la salvación de esta casa».

Al rico no se le ofrece otro camino de salvación sino el de compartir lo que posee con los pobres que lo necesitan. Es la única «inversión cristianamente rentable» que puede hacer con sus bienes.

La razón es sencilla. No es posible un mundo más fraterno si los ricos no cambian de actitud y aceptan reducir sus bienes en beneficio de los empobrecidos por el actual sistema económico.

Este es el camino de salvación que se les ofrece a los ricos. «Ellos solo pueden recibir ayuda cuando reconocen su propia pobreza y están dispuestos a entrar en la comunidad de los pobres, especialmente de aquellos que ellos mismos han reducido a la miseria por la violencia» (Jürgen Moltmann).

José Antonio Pagola