Urteko 30. igandea – C – José A. Pagola

Grupos de Jesús

Lukas 18,9-14

ONARTEZIN DIRENENTZAT – PARA INACEPTABLES

Bada Jesusen esaldi bat, beraren garaikideak harritu eta eskandalizatu zituen konbentzimendu bat eta jarduera bat islatzen zituena: «Ez dira osasuntsuak sendagile beharra dutenak baizik eta gaixoak… Ez naiz etorri jende zuzenari dei egitera, baizik eta bekatariei». Historikoa da datua: Jesusek ez zion hitz egin jende jainkozaleari, baizik eta jende duingabe eta onartezinari.

Xumea da arrazoia. Jesusek laster atzeman du bere mezua alferrikakoa dela beren erlijioaz seguru eta aserik bizi direnentzat. «Jende zuzenak» ozta-ozta sentitzen du «salbazio» beharra. Aski du Jainkoarentzat eta gainerakoentzat duinekoa dela uste izateak ematen dion lasaitasuna.

Grafikoki dio Jesusek: osasunez eta indarrez betea den pertsonari ez dio ematen buruak sendagileagana joatea. Zertako behar dute Jainkoaren barkazioa beren baitan errugabe sentitzen direnek?, nolatan eskertuko diote bere egundoko maitasunaz eta erruki agortezinaz «babesturik» dauzkala uste dutenek, beraren legeak zorrotz eta xeheki betetzen omen dituztelako?

Bekatari sentitzen denak beste esperientzia bat bizi ohi du. Kontzientzia argia izaten du bere miseriaz. Badaki ezin dela aurkeztu aski duintasunez inoren aurrean; ezta Jainkoaren aurrean ere, ezta bere buruaren aurrean ere. Zer egin dezake den-dena Jainkoaren barkaziotik itxaron baizik? Non aurkituko du salbazioa, bere burua Jainkoaren maitasun infinituaren baitan konfiantzaz ipintzean baizik?

Ez dakit zein iritsiko den lerro hauek irakurtzera. Une honetan zuek zaituztet gogoan: ezgai sentitzen zaretenak gizarteak ezartzen dituen arauen arabera bizitzeko; indarrik ez duzuenak erlijioak ezartzen duen ideal morala bizitzeko; bizitza duingabeak harrapaturik zaudetenak; ez emazteari ez seme-alabei begietara begiratzen ausartzen ez zaretenak; kartzelatik irteten zaretenak berriro bertara joateko; prostituziotik ezin irten zaretenak… Ez ezazue ahaztu sekula: zuentzat etorri da Jesus.

Legeak juzkaturik gertatuko zaretenean, senti ezazue Jainkoak ulertzen zaituztela; gizarteak bazter utzirik gertatuko zaretenean, pentsa ezazue Jainkoak harrera ona egiten dizuela; inork barkatzen ez dizuenean, senti ezazue Jainkoaren barkazioa agortezina dela. Ez duzue merezi. Ez dugu merezi inork. Jainkoa, ordea, horrelakoa da: maitasun eta barkazio. Zuek gozatu eta eskertu ahal izango duzue. Ez ezazue ahaztu sekula: Jesusen arabera, tenplutik garbi publikano hura bakarrik irten zen, bularra kolpatzen zuena, esanez: «Ene Jainko, izan ezazu gupida bekatari honetaz».

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

30 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,9-14)

PARA INACEPTABLES

Hay una frase de Jesús que sin duda refleja una convicción y un estilo de actuar que sorprendieron y escandalizaron a sus contemporáneos: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos… Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». El dato es histórico: Jesús no se dirigió a los sectores piadosos, sino a los indignos e indeseables.

La razón es sencilla. Jesús capta rápidamente que su mensaje es superfluo para quienes viven seguros y satisfechos en su propia religión. Los «justos» apenas tienen sensación de estar necesitados de «salvación». Les basta la tranquilidad que proporciona sentirse dignos ante Dios y ante la consideración de los demás.

Lo dice gráficamente Jesús: a un individuo lleno de salud y fortaleza no se le ocurre acudir al médico. ¿Para qué necesitan el perdón de Dios los que, en el fondo de su ser, se sienten inocentes?, ¿cómo van a agradecer su amor inmenso y su comprensión inagotable quienes se sienten «protegidos» ante él por la observancia escrupulosa de sus leyes?

El que se siente pecador vive una experiencia diferente. Tiene conciencia clara de su miseria. Sabe que no puede presentarse con suficiente dignidad ante nadie; tampoco ante Dios; ni siquiera ante sí mismo. ¿Qué puede hacer sino esperarlo todo del perdón de Dios? ¿Dónde va a encontrar salvación si no es abandonándose confiadamente a su amor infinito?

Yo no sé quién puede llegar a leer estas líneas. En estos momentos pienso en los que os sentís incapaces de vivir de acuerdo con las normas que impone la sociedad; los que no tenéis fuerzas para vivir el ideal moral que establece la religión; los que estáis atrapados en una vida indigna; los que no os atrevéis a mirar a los ojos a vuestra esposa ni a vuestros hijos; los que salís de la cárcel para volver de nuevo a ella; las que no podéis escapar de la prostitución… No lo olvidéis nunca: Jesús ha venido para vosotros.

Cuando os veáis juzgados por la Ley, sentíos comprendidos por Dios; cuando os veáis rechazados por la sociedad, sabed que Dios os acoge; cuando nadie os perdone vuestra indignidad, sentid el perdón inagotable de Dios. No lo merecéis. No lo merecemos nadie. Pero Dios es así: amor y perdón. Vosotros lo podéis disfrutar y agradecer. No lo olvidéis nunca: según Jesús, solo salió limpio del templo aquel publicano que se golpeaba el pecho diciendo: «¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador».

José Antonio Pagola

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30º domingo de tiempo ordinario – Koinonía

Eclesiástico 35, 12-14. 16-18

Los gritos del pobre atraviesan las nubes

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Salmo responsorial: 33

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. R.

El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él. R.

2Timoteo 4, 6-8. 16-18

Ahora me aguarda la corona merecida

Querido hermano:

Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente.

He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.

Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.

La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. Que Dios los perdone.

Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león.

El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo.

A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Lucas 18, 9-14

El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:

«¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.»

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo:

«¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. «

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

 COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

La mayor parte de las parábolas de Jesús tienen como telón de fondo la vida de las aldeas de Galilea y reflejan distintas experiencias de vida del campesinado. Solamente unas pocas se salen de este marco. Y una de éstas es la del fariseo y el recaudador, que se sitúa en contexto urbano y, más en concreto, en la ciudad de Jerusalén, en el recinto del templo, el lugar propicio para obtener la purificación de los pecados.

La influencia y atracción del Templo para los judíos se extendía incluso más allá de las fronteras de Palestina, como lo muestra claramente la obligación del pago del impuesto al Templo por parte de los judíos que no vivían en Palestina. Pagar ese impuesto se había convertido en tiempos de Jesús en un acto de devoción hacia el Templo, porque éste hacía posible que los judíos mantuviesen su relación con Dios.

En tiempos de Jesús, el cobro de impuestos no lo hacían los romanos directamente, sino indirectamente, adjudicando puestos de arbitrios y aduanas a los mejores postores, que solían ser gente de las élites urbanas, de la aristocracia. Estas élites, sin embargo, no regentaban las aduanas, sino que, a su vez, dejaban la gestión de las mismas a gente sencilla, que recibía a cambio un salario de subsistencia. Los recaudadores de impuestos practicaban sistemáticamente el pillaje y la extorsión de los campesinos. Debido a esto, el pueblo tenía hacia estos cobradores de impuestos la más fuerte hostilidad, por ser colaboracionistas con el poder romano. La población los odiaba y los consideraba ladrones. Tan desprestigiados estaban que se pensaba que ni siquiera podían obtener el arrepentimiento de sus pecados, pues para ello tendrían que restituir todos los bienes extorsionados, más una quinta parte, tarea prácticamente imposible al trabajar siempre con público diferente. Esto hace pensar que el recaudador de la parábola era un blanco fácil de los ataques del fariseo, pues era pobre, socialmente vulnerable, virtualmente sin pudor y sin honor, o lo que es igual, un paria considerado extorsionador y estafador.

En su oración, el fariseo aparece centrado en sí mismo, en lo que hace. Sabe lo que no es: ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco es como ese recaudador, pero no sabe quién es en realidad. La parábola lo llevará a reconocer quién es, precisamente no por lo que hace (ayunar, dar el diezmo…), sino por lo que deja de hacer (relacionarse bien con los demás).

El fariseo decimos que ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que gana. Hace incluso más de lo que está mandado en la Torá. Pero su oración no es tan inocente. Lo que parecen tres clases diferentes de pecadores a las que él alude (ladrón, injusto, pecador) se puede entender como tres modos de describir al recaudador. El recaudador, sin embargo, reconoce con gestos y palabras que es pecador y en eso consiste su oración.

El mensaje de la parábola es sorprendente, pues subvierte el orden establecido por el sistema religioso judío: hay quien, como el fariseo, cree estar dentro, y resulta que está fuera; y hay quien se cree excluido, y sin embargo está dentro.

En el relato se ha presentado al fariseo como un justo y ahora se dice que este justo no es reconocido; debe haber algo en él que resulte inaceptable a los ojos de Dios. Sin embargo, el recaudador, al que se nombra con un despectivo “ése”, no es en modo alguno despreciable. ¿Qué pecado ha cometido el fariseo? Tal vez solamente uno: mirar despectivamente al recaudador y a los pecadores que él representa. El fariseo se separa del recaudador y lo excluye del favor de Dios.

Dios, justificando al pecador sin condiciones, adopta un comportamiento diametralmente opuesto al que el fariseo le atribuía con tanta seguridad. El error del fariseo es el de ser “un justo que no es bueno con los demás”, mientras que Dios acoge graciosamente incluso al pecador. Esta parábola proclama, por tanto, la misericordia como valor fundamental del reinado de Dios. Con su comportamiento, el recaudador rompe todas las expectativas y esquemas, desafía la pretensión del fariseo y del Templo con sus medios redentores, y reclama ser oído por Dios, ya que no lo era por el sistema del Templo y por la teología oficial, representada por el fariseo.

Si la interpretación de la parábola es ésta, entonces se puede vislumbrar por qué Jesús fue estigmatizado como «amigo de recaudadores y de pecadores», y por qué fue crucificado finalmente por las élites de Jerusalén con la ayuda de los romanos y el pueblo.

En esta parábola se cumple lo que leemos en la primera lectura del libro del Eclesiástico: “Dios no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja”. Dios está con los que el sistema ha dejado fuera. Como estuvo con Pablo de Tarso, como se lee en la segunda lectura, que, a pesar de no haber tenido quien lo defendiera, sentía que el Señor estaba a su lado, dándole fuerzas.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 80 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El piadoso y el granuja». El audio, el guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/80-el-piadoso-y-el-granuja/

Domingo 29 Ciclo C -José Luis Sicre

FE ADULTA

LOS EJEMPLOS DE TRES MUJERES… Y DE TRES VARONES – José Luis Sicre

El ejemplo de una viuda (Lucas 18, 1-8)

Los cristianos para los que Lucas escribió su evangelio no estaban muy acostumbrados a rezar, quizá porque la mayoría de ellos eran paganos recién convertidos. Lucas se esforzó en inculcarles la importancia de la oración: les presentó a Isabel, María, los ángeles, Zacarías, Simeón, pronunciando las más diversas formas de alabanza y acción de gracias; y, sobre todo, a Jesús retirándose a solas para rezar en todos los momentos importantes de su vida.

El comienzo del evangelio de este domingo parece formar parte de la misma tendencia: “En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola”. En ella, una viuda da ejemplo de constancia en defender sus derechos ante un juez inicuo. Algo que nosotros debemos imitar en nuestra oración.

Sin embargo, el final de la parábola nos depara una gran sorpresa. El acento se desplaza al tema de la justicia, a una comunidad angustiada que pide a Dios que la salve. No se trata de pedir cualquier cosa, aunque sea buena, ni de alabar o agradecer. Es la oración que se realiza en medio de una crisis muy grave. Recordemos que Lucas escribe su evangelio entre los años 80-90 del siglo I. El año 81 sube al trono Domiciano, que persigue cruelmente a los cristianos y promulga la siguiente ley: “Que ningún cristiano, una vez traído ante un tribunal, quede exento de castigo si no renuncia a su religión”.

En este contexto de angustia y persecución se explica muy bien que la comunidad grite a Dios día y noche, y que la parábola prometa que Dios le hará justicia frente a las injusticias de sus perseguidores.

Sin embargo, Lucas termina con una frase desconcertante: «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». En medio de las dificultades y persecuciones, un desafío: que nuestra fe no se limite a cinco minutos o a un comentario, sino que nos impulse a clamar a Dios día y noche.

Los ejemplos de una abuela y de una madre (2 Timoteo 3,14-4,2)

“Desde niño conoces la Sagrada Escritura”, dice Pablo a su querido discípulo y compañero Timoteo en la segunda lectura de hoy. ¿Quién se la dio a conocer? Lo dice el comienzo de la carta: su abuela, Loide, y su madre, Eunice (2 Tim 1,5). Timoteo es un caso curioso: su padre era pagano; su madre, judía, no circuncida a su hijo (como si hoy día no lo bautizase), pero tanto ella como la abuela instruyen al niño en la Sagrada Escritura. Al pasar los años, quizá por no estar circuncidado, se siente más cerca de los cristianos que de los judíos y tiene excelentes relaciones con las comunidades Iconio y Listra. Estas se lo recomiendan a Pablo y le servirá de compañero durante su segundo viaje misional.

El texto litúrgico recuerda las ventajas de la Sagrada Escritura, útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud. Pero recordemos que su conocimiento no le vino a Timoteo de la sinagoga, sino de su abuela y de su madre. No le podrían proporcionar los conocimientos profundos de un escriba, pero le hicieron enorme bien y a nosotros nos dejan un ejemplo muy digno de imitar.

El ejemplo de Moisés, Aarón y Jur (Éxodo 17, 8-13)

En comparación con los ejemplos de las mujeres, el de los varones tiene luces y sombras. Los amalecitas, un pueblo nómada, atacaban a menudo a los israelitas durante su peregrinación por el desierto hacia la Tierra Prometida. Pero Moisés no espera que Dios intervenga para salvarlos; ordena a Josué que los ataque. Lo interesante del relato es que mientras Moisés mantiene las manos en alto, en gesto de oración, los israelitas vencen; cuando las baja, son derrotados. ¿Y si se cansa? A los judíos nunca le faltan ideas prácticas para solucionar el problema.

Este texto se ha elegido porque va en la misma línea del evangelio: orar siempre sin desanimarse. Pero usar la oración para matar amalecitas no parece una idea muy evangélica.

José Luis Sicre

DOMINGO 29 (C) Fray Marcos

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Lc 18,1-8

Dios ni puede ni tiene que hacer justicia al modo humano. Para Él todo está ajustado y en armonía en cada instante.

Comentar las lecturas de Hoy es complicado porque, entendidas literalmente, tenemos que concluir literalmente lo contrario de lo que dicen. La 1ª: el mito de la elección. El Dios de Jesús no puede estar en contra de nadie. La 2ª: El mito de la inspiración. Ninguna Escritura tiene valor absoluto. La 3ª: el mito de la justicia de Dios. Dios no hará nunca justicia humana.

¡Cómo armonizar el relato de hoy con aquellas palabras de Jesús en el evangelio de Mt 38-42 y Lc 27-30! Si te abofetean en una mejilla, preséntale la otra; si te requieren para caminar una milla, acompáñale dos: si te quitan el manto, dales también la túnica; al que te quita lo tuyo, no se lo reclames. Esta es la justicia que Jesús predicaba. Nada que ver con la justicia humana.

Hoy es imprescindible atender al contexto. A continuación del relato de los diez leprosos que hemos leído el domingo pasado, le preguntan a Jesús los fariseos sobre cuándo llegará el Reino de Dios. Jesús responde con afirmaciones sobre el Reino de Dios y sobre su última venida. Desde la perspectiva de ese pequeño apocalipsis, el relato cobra su verdadero sentido.

El reato trata de prevenir cualquier desánimo y el peligro de caer en el desaliento porque la parusía se retrasaba demasiado. Recordemos que la expectativa de un final inmediato, era el ambiente en que se vivió el primer cristianismo, pero las perspectivas nunca se cumplieron y todo el mundo se preguntaba qué había sido de las promesas de Jesús de su vuelta inmediata.

A Dios no tenemos que pedirle nada, porque no puede darnos nada que no nos haya dado ya. Esto no quiere decir que la oración no tenga sentido, quiere decir que tengo que cambiar yo. Dios no puede cambiar en absoluto, es siempre el mismo y no puede adoptar posturas diferentes ante la realidad. Una vez más el antropomorfismo aplicado a Dios nos despista.

Si rezamos, esperando que Dios cambie la realidad: malo. Si esperamos que cambien los demás, malo, malo. Si esperamos que Dios cambie: malo, malo, malo. Y si termino creyendo que Dios me ha concedido lo que le pedía: rematadamente malo. Cualquier argucia es buena, con tal de no vernos obligados a hacer lo único que es posible: cambiar nosotros.

La justicia divina se está realizando en todo momento. Para Él todo está en orden en cada instante. Cuando pedimos a Dios que imponga “justicia” le estamos pidiendo que actúe para restablecer un equilibrio. Para Dios todo está siempre en absoluto equilibrio, no necesita equilibrar nada. Dios está siempre con los oprimidos, pero nunca contra los opresores.

En la Biblia “hacer justicia” es siempre liberar al oprimido. Ésta era la acción propia de Dios. El pueblo de Israel interpretó los acontecimientos favorables como acción de Dios a su favor. Pero cuando las cosas le iban mal tenían que concluir que se debía a que no habían sido fieles a la Alianza. La verdad es que ante las mayores injusticias, entonces y ahora, Dios guarda silencio.

El silencio de Dios ante tanta injusticia, me obliga a profundizar en la realidad que me desborda y a buscar la verdadera salida, no la salida fácil de una solución externa del problema, sino la búsqueda del verdadero sentido de mi vida en esa circunstancia. La justicia la tengo que hacer yo en mí. La injusticia que me llega del otro no me debe hacer injusto a mí.

Ni siquiera admitimos la posibilidad de entrar en la dinámica del evangelio. Todo lo contrario, tratamos por todos los medios de que Dios se acomode a nuestra manera de pensar y actúe como actuamos nosotros, machacando al injusto. La única manera de ser justo es no practicar ninguna injusticia. Este es el sentido que tiene casi siempre “justicia” en la Biblia.  No me deben preocupar las relaciones con Dios, sino mis relaciones de total entrega a los demás.

Urteko 29. igandea – C – josé A. Pagola

GRUPOS DE JESUS

(Lukas 18,1-8)

NOIZ ARTE IRAUN BEHAR DU HONEK GUZTIAK? ¿HASTA CUÁNDO VA A DURAR ESTO?

Laburra da parabola eta ondo ulertzen da. Bi lagunek betetzen dute eszena, hiri berean bizi dira. «Epaile» batek, Israelen gizaki izateko oinarrizkotzat ematen diren bi jarrera falta ditu. «Ez dio Jainkoari beldurrik» eta «ez zaizkio axola pertsonak». Gizon sorgorra da Jainkoaren ahotsarekiko eta axolagabea zapalduak direnen sufrimenduaren aurrean

«Emakume alarguna» da bestea. Bakarrik bizi da, babestuko lukeen senarrik gabe eta ez du inolako gizarte-sostengurik ere. Biblia-tradizioan, «alargun hauek», umezurtzekin eta atzerritarrekin batean, jenderik babesgabeenen sinbolo dira. Pobreetan pobreenak.

Emakumeak ezin egin du besterik, hertsatu baizik, mugitu baizik behin eta berriz bere eskubideak erreklamatzeko, etsi gabe bere «arerioaren» abusuen aurrean. Bere bizitza guztia oihu bihurtu du: «Egidazu zuzentasuna».

Aldi batez, epaileak ez du erreakzionatu. Ez dio utzi hunkitzen; ez dio kasurik egin nahi izan etengabeko oihu hari. Geroago pentsatzeari eman dio eta jardutea erabaki du. Ez errukiaz, ezta zuzentasunak eraginda ere. Soil-soilik nekea ekiditeko eta hertsapena handiagoetara joan ez dadin.

Hain doilorra eta egoista den epaile batek noizbait ere alargunari zuzentasuna egin badio, Jainkoak, Aita errukitsuak, babesgabeekiko adi eta erne denak, «ez ote die zuzentasuna egingo bere hautatuei, gau eta egun oihuka ari zaizkionei?»

Parabolak, beste ezer baino lehenago, konfiantza izateko mezua dakar. Pobreak ez daude beren zorian bertan behera utziak. Jainkoa ez da sorgor beraien oihuentzat. Bidezkoa da esperantza. Segura da esku hartuko duela. Baina, ez al da ari gehiegi berandutzen?

Horra ebanjelioko galdera kezkagarriaren nondik norakoa. Konfiantza izan behar dugu; etengabe eta etsi gabe dei egin behar diogu Jainkoari; «oihu egin behar diogu» egin diezaiela zuzentasuna inork defenditzen ez dituenei. Baina, «gizonaren Semea etorriko denean, aurkituko ote du lurrean horrelako federik?»

Jainkoari egindako oihua al da gure otoitza?, munduko pobreentzat zuzentasuna eskatuz egina?, ala beste batekin ordezkatu dugu, gure «neu»az betea den beste batekin? Egiten al du durundurik gure liturgian sufritzen ari direnen aldeko deiadarrak ala ongizatearen desioa da entzuten dena, beti ongizate hobeagoa eta seguragoa eskatuz?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

29 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,1-8)

¿HASTA CUÁNDO VA A DURAR ESTO?

La parábola es breve y se entiende bien. Ocupan la escena dos personajes que viven en la misma ciudad. Un «juez» al que le faltan dos actitudes consideradas básicas en Israel para ser humano. «No teme a Dios» y «no le importan las personas». Es un hombre sordo a la voz de Dios e indiferente al sufrimiento de los oprimidos.

La «viuda» es una mujer sola, privada de un esposo que la proteja y sin apoyo social alguno. En la tradición bíblica, estas «viudas» son, junto con los huérfanos y los extranjeros, el símbolo de las gentes más indefensas. Los más pobres de los pobres.

La mujer no puede hacer otra cosa sino presionar, moverse una y otra vez para reclamar sus derechos, sin resignarse a los abusos de su «adversario». Toda su vida se convierte en un grito: «Hazme justicia».

Durante un tiempo, el juez no reacciona. No se deja conmover; no quiere atender aquel grito incesante. Después reflexiona y decide actuar. No por compasión ni por justicia. Sencillamente para evitarse molestias y para que las cosas no vayan a más.

Si un juez tan mezquino y egoísta termina haciendo justicia a esta viuda, Dios, que es un Padre compasivo, atento a los más indefensos, «¿no hará justicia a sus elegidos, que le gritan día y noche?».

La parábola encierra antes que nada un mensaje de confianza. Los pobres no están abandonados a su suerte. Dios no es sordo a sus gritos. Está permitida la esperanza. Su intervención final es segura. Pero ¿no tarda demasiado?

De ahí la pregunta inquietante del evangelio. Hemos de confiar; hemos de invocar a Dios de manera incesante y sin desanimarnos; hemos de «gritarle» que haga justicia a los que nadie defiende. Pero, «cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

¿Es nuestra oración un grito a Dios pidiendo justicia para los pobres del mundo o la hemos sustituido por otra, llena de nuestro propio yo? ¿Resuena en nuestra liturgia el clamor de los que sufren o nuestro deseo de un bienestar siempre mejor y más seguro?

José Antonio Pagola

Domingo 29 T.O. Ciclo C   Koinonía

Éxodo 17,8-13

Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel

En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín.

Moisés dijo a Josué: «Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón maravilloso de Dios en la mano.»

Hizo Josué lo que le decía Moisés, y atacó a Amalec; mientras Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte.

Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía baja, vencía Amalec. Y, como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado.

Así sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol.

Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada.

Salmo responsorial: 120

El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. R.

No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel. R.

El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha; de día el sol no te hará daño, ni la luna de noche. R.

El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma; el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre. R.

2Timoteo 3, 14-4, 2

El hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena

Querido hermano: Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo aprendiste y que desde niño conoces la sagrada Escritura; ella puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación.

Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena.

Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir.

Lucas 18, 1-8

Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.

En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario.»

Por algún tiempo se llegó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.»»

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

 Comentario a los textos bíblicos:

Jesús propuso esta parábola para invitar a sus discípulos a no desanimarse en su intento de implantar el reinado de Dios en el mundo. Para implantarlo, además de trabajar duro, deberán ser constantes en la oración, como la viuda lo fue en pedir justicia hasta ser escuchada por aquél juez que hacía oídos sordos a su súplica. Su constancia, rayana en la pesadez, llevó al juez a hacer justicia a la viuda, liberándose de este modo de ser importunado por ella.

Esta parábola del evangelio tiene un final feliz, como tantas otras parábolas, aunque no siempre sucede así en la vida. Porque, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado de por vida suplicando al Dios del cielo? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que nadie les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios, cuándo va a intervenir en este mundo de desorden e injusticias «legales»? ¿Cómo permite el Dios de la paz y el amor esas guerras tan sangrientas y crueles, el demencial armamento militar, el derroche de recursos que destruyen el medio ambiente, el hambre, la desigualdad creciente entre países y entre ciudadanos?

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama “padre”, para pedirle que “venga a nosotros tu reinado”. Desde la noche oscura de ese mundo, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

O tal vez haya que cancelar para siempre esa imagen de Dios, a la que dan poca base las páginas evangélicas. Porque, leyéndolas, da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni impasible –o al menos no ejerce como tal-, sino débil, sufriente, “padeciente”. El Dios cristiano se revela más dando la vida que imponiendo una determinada conducta a los humanos. Marcha en la lucha reprimida y frustrada de sus pobres, y no está a la cabeza de los poderosos.

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su camino hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar hasta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores. Sólo la oración lo mantendrá en esperanza.

No andamos dejados de la mano de Dios. Por la oración sabemos que Dios está con nosotros. Y esto nos debe bastar para seguir insistiendo sin desfallecer. Lo importante es la constancia, la tenacidad. Moisés tuvo esa experiencia. Mientras oraba, con las manos elevadas en lo alto del monte, Josué ganaba en la batalla; cuando las bajaba, esto es, cuando dejaba de orar, los amalecitas, sus adversarios, vencían. Los compañeros de Moisés, conscientes de la eficacia de la oración, le ayudaron a no desfallecer, sosteniéndole los brazos para que no dejase de orar. Y así estuvo –con los brazos alzados, esto es, orando insistentemente-, hasta que Josué venció a los amalecitas. De modo ingenuo, un tanto «escenificado», se resalta en este texto la importancia de permanecer en oración, de insistir ante Dios.

En la segunda lectura Pablo también recomienda a Timoteo ser constante, permaneciendo en lo aprendido en las Sagradas Escrituras, de donde se obtiene la verdadera sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación. El encuentro del cristiano con Dios debe realizarse a través de «la Escritura, útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud». De este modo estaremos equipados para realizar toda obra buena. El cristiano debe proclamar esta palabra, insistiendo a tiempo y a destiempo, reprendiendo y reprochando a quien no la tenga en cuenta, exhortando a todos, con paciencia y con la finalidad de instruir en el verdadero camino que se nos muestra en ella.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 74 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El juez y las viudas». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/74-el-juez-y-las-viudas/

A quienes tienen una mentalidad «moderna», en la que ya no imaginamos a Dios como un alguien que está «ahí afuera», y «ahí arriba» manejando los acontecimientos de este mundo, el sentido de «la oración de petición» se nos ha ido transformando. En un primer momento damos menos valor a la oración de petición: descubrimos su carácter «egoísta», y su intención de «utilizar a Dios», «servirse de él» más que de «servirle». Llega un momento en que asimilamos esta situación de estar en el mundo sin un «Dios tapa-agujeros», y ya casi no le vemos sentido a estar recurriendo a él en cada apuro que tengamos. Vamos tratando de asumir este estar en el mundo «etsi deus non daretur» (Grotius), como si dios no existiera. No significa no creer en Dios, en absoluto; sino creer en Dios de otra manera, creer que Dios no es un tapagujeros nuestro. Como dijo Bonhoeffer: nos sentimos «llamados a vivir ante Dios pero sin dios», es decir, sin poder/querer echar mano de Él; el Dios verdadero quiere que seamos adultos, que asumamos nuestra propia responsabilidad.

La oración continúa teniendo sentido, obviamente, pero «otro sentido» que el de andar estableciendo transacciones («yo te doy para que tú me des») con el «dios de ahí arriba», que supuestamente va a mejorarnos la salud, o a facilitarnos alguna dificultad del camino removiendo los obstáculos. La oración es otra cosa, es para otra finalidad, y sigue siendo bien necesaria, como la respiración, pero no sirve para remediar problemas de nuestra vida diaria, ni para hacer «milagros». Por otra parte, «después de Copérnico y Newton, ya no hay milagros». Aunque, en el mundo de Einstein y de la física cuántica todo es un sorprendente milagro…

Diríamos que, con una «segunda ingenuidad», cabe permitirnos una forma leve (light) de oración de petición: aquella forma de oración en la que sabemos que no pretendemos realmente una «transacción» con Dios, ni ponerlo de nuestro lado (que en el fondo es querer influir a Dios, querer hacerle cambiar de actitud), sino simplemente permitirnos expresar ante Dios y ante nosotros mismos nuestras preocupaciones, anhelos, utopías… Como un desahogo personal, con una «forma teísta» de «hablar con el Misterio», como un modo de colocar nuestras preocupaciones en el contexto de la voluntad de Dios y de consolidar nuestra búsqueda de esa Voluntad.

Sobre la oración de petición y su necesaria reconsideración, ya se ha escrito mucho, y probablemente lo hemos estudiado bien. Lo que nos toca ahora es irnos haciendo más y más consecuentes. Adultos responsables, que tratan de vivir consecuentemente «ante Dios, sin Dios», entregados totalmente a la causa, apasionados, sin utilizar atajos fáciles.

UNA MUJER DE ENTRE EL GENTÍO – Fidel Aizpurúa

FE ADULTA

Leer la Palabra con detalle puede aportarnos mucha luz. Leer con detalle es leer con amor.

Dice el texto de hoy que la alabanza a la madre y a la creyente que es María sale de UNA MUJER DE ENTRE EL GENTÍO. Es una mujer la que ha captado la grandeza de María que es ser madre de Jesús y que ha provocado la aseveración de Jesús de que es más importante ser creyente que ser madre. Una mujer de entre el gentío nos ha llevado del aprecio a María a la fe del creyente.

Es evidente el importante papel que las mujeres juegan en la vida eclesial y el problema que no terminamos de solucionar, el lugar de las mujeres en la Iglesia. Por eso, hay que seguir en el camino marcado por el recordado Papa Francisco que decía que “la Iglesia es mujer”.

¿Cómo valorar el papel de las mujeres en la vida cristiana?

  • Agradezcamos a las mujeres su fidelidad en la fe:agradezcámoselo a nuestras abuelas, a nuestras madres, a nuestras maestras, a nuestras catequistas. Por ellas hemos llegado a la fe y con su fe nos mantenemos en el seguimiento de Jesús.
  • Pidámosles que sigan con nosotros:que no se cansen, que no tiren la toalla, que no que no abandonen esta Iglesia tan deliberadamente conformada con una mentalidad masculina.
  • Creamos en que la igualdad es posible: contra todo clericalismo, contra el patriarcalismo que todo lo ha contaminado, contra una ideología que no cambia porque defiende sus intereses. En la comunidad cristiana nadie es más que nadie y nadie es menos que nadie.

Cada vez se escuchan más voces que demandan en la Iglesia igualdad entre hombres y mujeres. Son voces desde el gentío que hacen visible la presencia de las mujeres en la Iglesia y marcan el futuro a seguir. Esta semana nos decían las noticias que una mujer ocupa el cargo máximo de la jerarquía anglicana habiendo sido nombrada arzobispa de Canterbury. ¿Cuándo veremos eso en nuestra Iglesia Católica?

Celebramos una fiesta de María muy arraigada en nuestro país. Celebrar es comprometerse a que la igualdad sea la pauta general de la comunidad cristiana. Y por eso hay que superar el continuado pecado de injusticia y de desigualdad que aún sufren las mujeres cristianas. No será imposible si nos damos a la tarea.

Fidel Aizpurúa Donazar

FALTA DE FE Y SOBRA DE PRESUNCIÓN

FE ADULTA

José Luis Sicre

Domingo 27 Ciclo C

Después de la parábola del rico y Lázaro, leída el domingo pasado, Lucas empalma cuatro enseñanzas de Jesús a propósito del escándalo, el perdón, la fe y la humildad. Son frases muy breves, sin aparente relación entre ellas, pronunciadas por Jesús en distintos momentos. De esas cuatro enseñanzas, el evangelio de este domingo ha seleccionado solo las dos últimas, sobre la fe y la humildad (Lucas 17,5-10).

Menos fe que un ateo

Cuenta Lucas que un día los apóstoles le pidieron a Jesús: «Auméntanos la fe».  Ya que no eran grandes teólogos, ni habían estudiado nuestro catecismo, su preocupación no se centra en el Credo ni en un conjunto de verdades. Si leemos el evangelio de Lucas desde el comienzo hasta el momento en el que los apóstoles formulan su petición, encontramos cuatro episodios en los que se habla de la fe:

  • Jesús, viendo la fede cuatro personas que le llevan a un paralítico, lo perdona y lo cura (5,20).
  • Cuando un centurión le pide a Jesús que cure a su criado, diciendo que le basta pronunciar una palabra para que quede sano, Jesús se admira y dice que nunca ha visto una fe tan grande, ni siquiera en Israel (7,9).
  • A la prostituta que llora a sus pies, le dice: “Tu fete ha salvado” (7,50).
  • A la mujer con flujo de sangre: “Hija, tu fete ha salvado” (8,48).

En todos estos casos, la fe se relaciona con el poder milagroso de Jesús. La persona que tiene fe es la que cree que Jesús puede curarla o curar a otro.

Pero la actitud de los apóstoles no es la de estas personas. Cuando una tempestad amenaza con hundir la barca en el lago, no confían en el poder de Jesús, piensan que morirán ahogados. Y Jesús les reprocha: “¿Dónde está vuestra fe? (8,25). La petición del evangelio de hoy, “auméntanos la fe”, empalmaría muy bien con ese episodio de la tempestad calmada: “tenemos poca fe, haz que creamos más en ti”. Jesús, como en otras ocasiones, responde de forma irónica y desconcertante: “Vuestra fe no llega ni al tamaño de un grano de mostaza”.

¿Qué puede motivar una respuesta tan dura a una petición tan buena? El texto no lo dice. Pero podemos aventurar una idea: lo que pretende Lucas es dar un severo toque de atención a los responsables de las comunidades cristianas. La historia demuestra que muchas veces los papas, obispos, sacerdotes y religiosos/as nos consideramos por encima del resto del pueblo de Dios, como las verdaderas personas de fe y los modelos a imitar. No sería raro que esto mismo ocurriese en la iglesia antigua, y Lucas nos recuerda las palabras de Jesús: “No presumáis de fe, no tenéis ni un gramo de ella”.

Ni las gracias ni propina

En línea parecida iría la enseñanza sobre la humildad. El apóstol, el misionero, los responsables de las comunidades, pueden sufrir la tentación de pensar que hacen algo grande, excepcional. Jesús vuelve a echarles un jarro de agua fría contando una parábola con trampa. Al principio, el lector u oyente se siente un gran propietario, que dispone de criados a los que puede dar órdenes. Al final, le dicen que el propietario es Dios, y él es un pobre siervo, que se limita a hacer lo que le mandan. Si fuese un camarero, no debería esperar que le den las gracias ni propina. Un lenguaje duro, hiriente, muy típico del que usa Jesús con sus discípulos.

¿Dios no lee el periódico ni ve el telediario? (Hab 1,2-3; 2, 2-4)

Basta recordar lo ocurrido esta semana para preguntarse si a Dios le preocupa lo que nos ocurre. Gaza, Ucrania, Yemen, tifón en Hong Kong, inundaciones destructoras en el norte de Italia y sur de Francia, narcotráfico…

El profeta Habacuc, en el siglo VII-VI a.C. se planteó este problema, pero centrándose en la tragedia producida por las invasiones sucesivas de los grandes imperios: Asiria, Egipto y Babilonia.

El profeta comienza quejándose a Dios. No comprende que contemple impasible las desgracias de su tiempo, la opresión del faraón y de su marioneta, el rey Joaquín. Y el Señor le responde que piensa castigar a los opresores egipcios mediante otro imperio, el babilonio (1,5-8). Pero esta respuesta de Dios es insatisfactoria: al cabo de poco tiempo, los babilonios resultan tan déspotas y crueles como los asirios y los egipcios. Y el profeta se queja de nuevo a Dios: le duele la alegría con la que el nuevo imperio se apodera de las naciones y mata pueblos sin compasión. No comprende que Dios «contemple en silencio a los traidores, al culpable que devora al inocente». Y así, en actitud vigilante, espera una nueva respuesta de Dios.

La visión que llegará sin retrasarse es la de la destrucción de Babilonia, el injusto que será castigado por Dios. El justo es el pueblo judío y todos los que confíen en la acción salvadora del Señor. El mensaje de Habacuc es un grito de esperanza y de fe en un futuro mejor. Aunque hoy día, más que al pueblo judíos, habría que dirigírselo a los de Gaza, Ucrania, Yemen…

Este tema no tiene relación con la petición de los discípulos. Pero las palabras finales, “el justo vivirá por su fe”, tuvieron mucha importancia para san Pablo, que las relacionó con la fe en Jesús. Este puede ser el punto de contacto con el evangelio. Porque, aunque nuestra fe no llegue al grano de mostaza ni esperemos cambiar montañas de sitio, esa pizca de fe en Jesús nos da la vida, y es bueno seguir pidiendo: “auméntanos la fe”.

José Luis Sicre

Urteko 28. igandea – José A. Pagola

ESKER ONEKO BIZITZA – VIDA AGRADECIDA

Badira beren bizitza triste eta erreta bizi ohi dutenak. Beraien begiek etsigarri dena bakarrik, ia, ikusten dute beti. Ez dute begirik ikusteko, halaz guztiz, gaizkia baino ugariagoa dela ongia. Ez dakite preziatzen hainbat eta hainbat keinu jator, eder; ezta miresten ere munduan egunero edozein lekutan gertatzen diren gauza onak. Agian, ilun ikusten dute dena, gauzen gain beren iluntasuna bera proiektatzen dutelako.

Beste batzuk jarrera kritikoan bizi dira beti. Beren inguruan duten alde ezkorrari begira bizi ohi dute beren bizitza. Ezer ez dago beraien auzi kritikotik kanpo. Pertsona argi, zoli edo zorrotz eta objektibotzat hartu ohi dute beren burua. Alabaina, ez dute inoiz ere laudatzen, miresten edo eskertzen. Gaitza nabarmentzea eta gaitzestea dute beren egiteko guztia.

Beste batzuek gauza guztiak bost axola zaizkiela ematen dute beren bizia. Soilik berentzat probetxugarri dutenari botatzen dizkiote begiak. Ez dira harritzen doako ezertaz. Ez diote uzten inori maita ditzan, ezta bedeinka ditzan ere. Beren munduan trikua bezala bil-bil eginik, aski izaten dute beren ongizate koxkorra, unetik unera tristeagoa eta egoistagoa, defenditzearekin. Halakoen bihotzetik ez da isurtzen sekula santa esker onik.

Jende asko era monotono eta aspergarrian bizi ohi da. Beren bizitza errepikatze hutsa izaten dute: ordutegi bera, lan bera, lagunarte bera, solasaldi bera. Inoiz ez dute ikusten paisaia berririk beren bizitzan. Ez dute estreinatzen egun berririk. Ez zaie gertatzen inoiz ere gauza desberdinik, beren espiritua eraberrituko dienik. Ez dute asmatzen era berririk pertsonak maitatzeko. Halakoen bihotzak ez daki gorespena zer den.

Bizitza esker onez bizitzeko, beharrezkoa da bizia ontzat hartzea; munduari maitasunez eta adeitasunez begiratzea; ezkortasunez, desengainuz edo axola-gabeziaz beteak diren begiak garbitzea, pertsonengan eta gauzetan on, eder eta miresgarri dena balioesteko. San Paulo esaten ari denean: «Jainkoaren aintza goresteko kreatu gaitu», esaten ari da zein den gure bizitzaren zentzurik eta arrazoirik sakonena. Lukasek dakarren pasadizoan, Jesus harritu egin da lepradun guztietatik bakarra etorri delako «eskerrak emanez» eta «Jainkoa goretsiz». Bakarra izan da sendatu izateaz liluratu dena eta esker ona aitortu duena.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

28 Tiempo ordinario – C (Lucas 17,11-19)

VIDA AGRADECIDA

Hay quienes caminan por la vida con aire triste y amargado. Su mirada se fija siempre en lo desalentador. No tienen ojos para ver que, a pesar de todo, lo bueno abunda más que lo malo. No saben apreciar tantos gestos nobles, hermosos y admirables que suceden todos los días en cualquier parte del mundo. Tal vez lo ven todo oscuro porque proyectan sobre las cosas su propia oscuridad.

Otros viven siempre en actitud crítica. Se pasan la vida observando lo negativo que hay a su alrededor. Nada escapa a su juicio. Se consideran personas lúcidas, perspicaces y objetivas. Sin embargo nunca alaban, admiran o agradecen. Lo suyo es destacar el mal y condenar.

Otros hacen el recorrido de la vida indiferentes a todo. Solo tienen ojos para lo que sirve a sus propios intereses. No se dejan sorprender por nada gratuito, no se dejan querer ni bendecir por nadie. Encerrados en su mundo, bastante tienen con defender su pequeño bienestar cada vez más triste y egoísta. De su corazón no brota nunca el agradecimiento.

Muchos viven de manera monótona y aburrida. Su vida es pura repetición: el mismo horario, el mismo trabajo, las mismas personas, la misma conversación. Nunca descubren un paisaje nuevo en sus vidas. Nunca estrenan día nuevo. Nunca les sucede algo diferente que renueve su espíritu. No saben amar de manera nueva a las personas. Su corazón no conoce la alabanza.

Para vivir de manera agradecida es necesario reconocer la vida como buena; mirar el mundo con amor y simpatía; limpiar la mirada cargada de negativismo, pesimismo o indiferencia para apreciar lo que hay de bueno, hermoso y admirable en las personas y en las cosas. Cuando san Pablo dice que «hemos sido creados para alabar la gloria de Dios», está diciendo cuál es el sentido y la razón más profunda de nuestra existencia. En el episodio narrado por Lucas, Jesús se extraña de que solo uno de los leprosos vuelva «dando gracias» y «alabando a Dios». Es el único que ha sabido sorprenderse por la curación y reconocerse agraciado.

José Antonio Pagola

 

 

DOMINGO 28 (C) – Fray Marcos

(Lc 17,11-19)

 Esperas de Dios curación o salvación. Las seguridades salvan solo a falso yo.

Jesús va de camino hacia Jerusalén. En esa subida se va haciendo presente la salvación, no solo al final del camino como nos han hecho creer. Jesús sale al encuentro de los oprimidos y esclavizados de cualquier clase. Se preocupa de todo el que encuentra en su camino y tiene dificultades para ser él mismo. Sin la compasión de Jesús, el relato sería imposible.

No debíamos decir ‘diez leprosos’, sino diez leprosos curados, uno salvado. En el texto vemos que la fe abarca no solo la confianza sino la respuesta, fidelidad. Es la respuesta que completa la fe que salva. La confianza cura, la fidelidad salva. Mientras el hombre no responde con su propio reconocimiento y entrega, no se produce la verdadera liberación.

Es el único pasaje del evangelio que distingue curación y salvación. Por eso es tan importante para descubrir el sentido de los milagros. El objetivo último de un milagro no era curar, sino la salvación que Jesús estaba haciendo presente. Por esta razón no debemos dar importancia ninguna a la historicidad de esos relatos. Son todos símbolos de salvación.

La lepra era el máximo exponente de la marginación. La lepra es muy peligrosa. Al no tener clara la diferencia entre lepra y otras infecciones de la piel, se declaraba lepra cualquier síntoma sospechoso. De ahí que muchas de esas enfermedades se curaran espontáneamente. Tal vez por eso Jesús podía declarar a uno libre de lepra.

En este relato podemos apreciar la diferencia entre el judaísmo y la primera comunidad cristiana. En efecto, el fundamento de la religión judía era el cumplimiento estricto de la Ley. Si un judío cumplía la Ley, Dios estaría obligado a cumplir su promesa de salvación. Para los cristianos, lo esencial era el don gratuito de Dios y el agradecimiento de la persona.

En este relato encontramos una de las ideas centrales de todo el evangelio. La necesidad de una religiosidad que sea vida y no solamente programación y acomodación a unas normas externas. Se llega a insinuar que las instituciones religiosas pueden ser un impedimento para el desarrollo integral de la persona. El samaritano no estaba obligado a cumplir la Ley.

Solo uno volvió para dar gracias. Solo uno se dejó llevar por el impulso vital. Los nueve restantes se sintieron obligados a cumplir la ley. Para los nueva volver a formar parte del organigrama religioso y social, era la única salvación que esperaban. Los nueve vuelven a someterse a la institución. Vuelven a encontrarse con el dios del templo y de la Ley.

Los nueve fueros curados, pero no encontraron la verdadera salvación; porque tenían suficiente con la liberación de la lepra y la recuperación del estatus social. Todos nos sentimos inclinados a buscar la salvación en las seguridades externas y a conformarnos con ello. Hemos metido a Dios en esa dinámica y solo esperamos de Él que nos de seguridades.

La gratuidad absoluta de Dios no solo exige nuestra gratitud, sino que nos obliga a imitarle en una total disponibilidad y entrega sincera los demás. Esa gratuidad no puede estar condicionada por nada. Se debe aplicar a todos y en todas las circunstancias. “la flor no tiene porqué – florece porque florece – no se cuida de sí misma – ni pregunta si la ven”.

No sé si somos conscientes de que “eucaristía” significa acción de gracias. En ella repetimos más de quince veces “Señor ten piedad”, como los diez leprosos. Salvación es reconocer y agradecer a Dios lo que Él es. El evangelio de hoy tenía que motivarnos para celebrar conscientemente esta eucaristía. Que sea una manifestación de agradecimiento y fidelidad.