DOMINGO 28 T.O.  Koinonía

Ofrecemos en primer lugar un comentario tradicional

Entre samaritanos y judíos –habitantes del centro y sur de Israel respectivamente– existía una antigua enemistad, una fuerte rivalidad que se remontaba al año 721 a.C. en el que el emperador Sargón II tomó militarmente la ciudad de Samaría y deportó a Asiria la mano de obra cualificada, poblando la región conquistada con colonos asirios, como nos cuenta el segundo libro de los Reyes (cap. 17). Con el correr del tiempo, éstos unieron su sangre con la de la población de Samaría, dando origen a una raza mixta que, naturalmente, mezcló también las creencias. «Quien come pan con un samaritano es como quien come carne de cerdo (animal prohibido en la dieta judía)», dice la Misná (Shab 8.10). La relación entre judíos y samaritanos había experimentado en los días de Jesús una especial dureza, después de que éstos, bajo el procurador Coponio (6-9 p.C.), hubiesen profanado los pórticos del templo y el santuario esparciendo durante la noche huesos humanos, como refiere el historiador Flavio Josefo en su obra Antigüedades Judías (18,29s); entre ambos grupos dominaba un odio irreconciliable desde que se separaron de la comunidad judía y construyeron su propio templo sobre el monte Garitzín (en el siglo IV a.C., lo más tarde). Hacia el s. II a.C., el libro del Eclesiástico (50,25-26) dice: “Dos naciones aborrezco y la tercera no es pueblo: los habitantes de Seir y Filistea, y el pueblo necio que habita en Siquém (Samaría)”. La palabra «samaritano» era una grave injuria en boca de un judío. Según Jn 8,48 los dirigentes dicen a Jesús en forma de insulto: ¿No tenemos razón en decir que eres un samaritano y que estás loco?

Ésta era la situación en tiempos de Jesús, cuando tiene lugar la escena del evangelio de hoy. Los leprosos vivían fuera de las poblaciones; si habitaban dentro, residían en barrios aislados del resto de la población, no pudiendo entrar en contacto con ella, ni asistir a las ceremonias religiosas. El libro del Levítico prescribe cómo habían de comportarse éstos: “El que ha sido declarado enfermo de afección cutánea andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro, impuro! Mientras le dure la afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13,45-46). El concepto de lepra en la Biblia dista mucho de la acepción que la medicina moderna da a esta palabra, tratándose en muchos casos de enfermedades curables de la piel.

Jesús, al ver a los diez leprosos, los envía a presentarse a los sacerdotes, cuya función, entre otras, era en principio la de diagnosticar ciertas enfermedades, que, por ser contagiosas, exigían que el enfermo se retirara por un tiempo de la vida pública. Una vez curados, debían presentarse al sacerdote para que le diera una especie de certificado de curación que le permitiese reinsertarse en la sociedad. Pero el relato evangélico no termina con la curación de los diez leprosos, pues anota que uno de ellos, precisamente un samaritano, se volvió a Jesús para darle las gracias.

Por lo demás algo parecido había sucedido ya en el libro de los Reyes, donde Naamán, general del ejército del rey sirio, aquejado de una enfermedad de la piel, fue a ver al profeta de Samaría, Eliseo, para que lo librase de su enfermedad. Eliseo, en lugar de recibirlo, le dijo que fuese a bañarse siete veces en el Jordán y quedaría limpio. Naamán, aunque contrariado por no haber sido recibido por el profeta, hizo lo que éste le dijo y quedó limpio. Cuando se vio limpio, a pesar de no pertenecer al pueblo judío, se volvió al profeta para hacerle un regalo, reconociendo al Dios de Israel, como verdadero Dios, capaz de dar vida. Este Dios, además, se manifiesta en Jesús como el siempre fiel a pesar de la infidelidad humana.

Lo sucedido al leproso del evangelio sentaría muy mal a los judíos. De los diez leprosos, nueve eran judíos y uno samaritano. Éste, cuando vio que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Estar a los pies de Jesús es la postura del discípulo que aprende del maestro. Los otros nueve, que eran judíos, demostraron con su comportamiento el olvido de Dios que tenían y la falta de educación, que impide ser agradecidos. Sólo un samaritano -oficialmente heterodoxo, hereje, excomulgado, despreciado, marginado-, volvió a dar gracias. Sólo éste pasó a formar parte de la comunidad de seguidores de Jesús; los otros quedaron descalificados.

Tal vez, los cristianos, estemos demasiado convencidos de que sólo «los de dentro», los de la comunidad, «los católicos», o «los de la parroquia»… somos los que adoptamos los mejores comportamientos. Hay gente mucho mejor fuera de nuestros círculos, incluso en otras iglesias, y hasta en otras religiones, incluso entre quienes dicen que «no creen». En el evangelio de hoy es precisamente alguien venido de fuera, despreciado por los de dentro, el único que sabe reconocer el don recibido de Dios, dando una lección magistral a quienes no supieron agradecer. Aprendamos la lección del samaritano.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 89 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «Los leprosos de Jenín». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/89-los-leprosos-de-jenin/ Ahí se puede recoger el audio, el guión, y un comentario bíblico-teológico.

Añadimos una reflexión crítico-teológica

Utilizar en la liturgia relatos bíblicos sobre la realización de milagros y tomarlos como plataforma para montar sobre ellos una reflexión cristiana que oriente nuestra vida actual, resulta problemático por varias razones. En primer lugar, porque hoy dudamos seriamente de su veracidad histórica, incluso de la de muchos de los milagros atribuidos a Jesús. Pero también y sobre todo porque, aunque nos limitáramos a los milagros que los expertos bíblicos consideran «históricos», los milagros, en sí mismos, resultan «incomprensibles para la mentalidad moderna posterior a Newton», en la que se abandona la visión mágica o precientífica de un mundo con un segundo piso superior desde el que los dioses vigilan e «intervienen» alterando el orden natural de las cosas. En la mentalidad moderna, los relatos religiosos sobre milagros tienen algo en común con la literatura de ficción.

Sólo simbólicamente -más allá pues o al margen de la historicidad o de la ficción- puede extraerse algún mensaje provechoso sobre el relato de la curación de Naamán (leyéndolo entero, no sólo el extracto que selecciona la liturgia de este domingo). Y otro tanto ocurre con el relato de la tercera lectura, la de la curación de los leprosos: fuera del valor ejemplarizante del agradecimiento precisamente del samaritano, poco nos aporta ver a Jesús haciendo ese tipo de milagros, que incluso nos lo alejan de la realidad de su entera y perfecta humanidad.

Lo cual sugiere lo que tantos están diciendo: ¿no es necesaria otra selección litúrgica de textos bíblicos en el actual ordenamiento del año litúrgico? Es cierto que la actual, que lleva unos cincuenta años en vigor, mejoró en mucho la anterior; pero los tiempos cambian -y nosotros con ellos-, y cunde la sensación de que la actual selección necesita ya una urgente actualización. No se tratará sólo de seleccionar textos bíblicos mejores, sino de ampliar los criterios de selección (¿sólo textos bíblicos?), de superar la uniformidad obligatoria (¿todas las comunidades en la Iglesia cada domingo y cada día con los mismos textos?), de utilizar inteligentemente la liturgia también como vehículo de formación (con una ordenación sistemática que permita un itinerario formativo teológico, por ejemplo), de abrir la posibilidad de una liturgia experimental con símbolos y lenguajes nuevos (para los muchísimos, sobre todo jóvenes, que ya no tienen la mínima tolerancia a la simbología litúrgica tradicional), de abrir la posibilidad al enriquecimiento inter-religioso de formas de cultivo de la espiritualidad (una liturgia con más silencio, con menos palabra, con menos ideas, sin homilías regañonas, dando paso a otros tipos de gestos)…

Si nadie lo dice, si nadie da voz al malestar que se percibe al respecto, parece que seguiremos indefinidamente como estamos. Nosotros queremos decirlo. Por lo menos decirlo. Además, ¿no ha invitado el papa Francisco a los jóvenes a que «hagan lío» en la sociedad y en la Iglesia…  En todo caso, una forma de colaborar a hacerlo saber a quien corresponde, es la de tomarse la libertad de cambiarlos, allá donde las condiciones de la comunidad lo permiten –o hasta lo aconsejan–. El ordenamiento litúrgico de los textos, no es -ni de lejos- un dogma de fe, y supuesta la pervivencia de un ordenamiento oficial universal, debiera ser facultativa la posibilidad de acomodarlo en las comunidades locales que quieran aprovecharlo pastoralmente con inteligencia. Porque el ordenamiento litúrgico es para la comunidad, y no ésta para aquél.

¿Será que el papa Francisco ya ha pensado en que no hay por qué arrastrar por más tiempo esta situación? Tal vez él está demasiado ocupado con los problemas de la Curia… Pero no habría por qué perder más tiempo: una buena comisión de pastoralistas de mente abierta y práctica puede hacer excelentes propuestas. Cumplidos ya los 50 años de la liturgia re-ordenada por el Vaticano II, es el momento… no digamos de cambiar, ni de eliminar nada, sino de abrir una puerta a experiencias responsables de grupos, comunidades y personas a quienes obviamente se les ha quedado demasiado chica la ordenación bíblico-litúrgica de este último medio siglo…

Los diez leprosos (Pedro Casaldáliga, sobre el evangelio de hoy)

Eran diez leprosos. Era

esa infinita legión

que sobrevive a la vera

de nuestra desatención.

Te esperan y nos espera

en ellos Tu compasión.

Hecha la cuenta sincera,

¿cuántos somos?, ¿cuántos son?

Leproso Tú y compañía,

carta de ciudadanía

nunca os acaban de dar.

¿Qué Francisco aún os besa?

¿Qué Clara os sienta a la mesa?

¿Qué Iglesia os

DOMINGO 27 (C) – Fray Marcos

(Lc 17,5-12)

Si tuviera fe-confianza no necesitaría cambiar nada. Todo está donde tiene que estar.

La petición que hacen los apóstoles a Jesús, está hecha desde una visión mítica de Dios, del hombre y del mundo. La parábola del simple siervo cuya única obligación es hacer lo mandado, refleja la misma perspectiva. Ni Dios tiene que aumentarnos la fe ni somos unos siervos inútiles ni necesitamos poderes especiales para trasplantar una morera al mar.

No pongas la confianza en ti ni en tus obras, por muy religiosas que sean. Confía solo en la Realidad Última, “Dios”. Los que se pasan la vida acumulando méritos no confían en Dios sino en sí mismos. La salvación por puntos es lo más contrario al evangelio. Ese Señor al que tengo que rendir cuantas tiene que dejar paso al Dios que es el fundamento de mi ser.

No hay un dios fuera a quien servir. Cada uno de nosotros es la manifestación de Dios que a través nuestro puede actuar para hacer un mundo más humano. No hay en mí ningún yo que pueda atribuirse nada. Ni hay fuero un YO al que pueda llamar Dios. Ni Dios puede hacer nada sin mí ni yo puedo hacer nada sin él. ¿De qué puedo gloriarme?

La religión ha metido a Dios en esa dinámica y nos ha conducido a un callejón sin salida. Descubrir lo que realmente somos sería la clave para una total confianza en Él, en la vida, en cada persona. El mismo relato nos da pistas para salir del servilismo al dios cosa.

Jesús no les podía aumentar la confianza, porque aún no la tenían ni en la más mínima expresión. La fe no se puede aumentar ni disminuir, tiene que crecer desde dentro como la semilla. Una confianza a medias no es confianza. Examinando cada una de sus criaturas, podemos comprender lo que Dios ‘está haciendo’ en ellas en cada momento.

Se interpretó la respuesta de Jesús como una promesa de poderes mágicos. La imagen de la morera, tomada al pie de la letra, es absurda. Lo que nos está diciendo el evangelio, es que toda la fuerza de Dios está ya en cada uno de nosotros. El que tiene confianza, podrá desplegar toda esa energía, pero nunca para cambiar la realidad que no nos gusta.

Confiar en Dios es apostar por el hombre, por la realidad tal como es. Es estar construyendo la realidad, y no destruyéndola; es apostar por la vida y no por la muerte: por el amor y no por el odio, por la unidad y no por la división. ¿Por qué tantos que no «creen» nos dan sopas con honda en la lucha por defender la naturaleza, la vida y al hombre?

Confiar en lo que realmente soy me da una libertad absoluta para desplegar todas mis posibilidades humanas. Nuestra fe sigue siendo infantil e inmadura, no tiene nada que ver con lo que propone el evangelio. No queremos madurar en la fe por miedo a las exigencias.

Para nosotros, creer es el asentimiento a unas verdades teóricas, que no comprendemos. Esa idea de fe, como conjunto de doctrinas, es completamen­te extraña tanto al Antiguo Testamento como al Nuevo. En la Biblia, fe es confiar en… Pero incluso esta confianza se entendería mal si no añadimos que tiene que ir acompañada de la fidelidad.

La mini parábola del simple siervo inútil no quiere decir que tenemos que sentirnos siervos y menos aún inútiles, sino que nos advierte que la relación con Dios como si fuésemos esclavos, nos deshumaniza. Es una crítica a la relación del pueblo judío con Dios que estaba basada en el estricto cumplimiento de la Ley que, según ellos salvaba.

Urteko 27. igandea – C (Lukas 17,5-10)

por Coordinador – Mario González Jurado

FEDE BIZIAGOA JESUSENGAN

«Handitu iezaguzu fedea». Horixe eskatu diote apostoluek Jesusi: «Gehitu iezaguzu fedea, duguna baino handiago bihurtuz». Sentitu dute txikitatik Israelen bizi izan duten fedea ez dela behar hainbatekoa. Fede tradizional horri «zerbait gehiago» gehitu behar diote Jesusi jarraitzeko. Eta zein Jesus bera baino hobeago beraien fedeari falta zaiona emateko?

Hein batean enigmatikoa den erantzuna eman die Jesusek: «Sinesmena bazenute, mostaza-hazia bezain txikia izanik ere, pikondo honi Atera hortik eta landatu itsasoan esango zeniokete, eta obeditu egingo lizueke». Ikasleek fede-dosi berri bat eskatu diote, baina ez da hori behar dutena. Honetan datza bizi duten problema: bihotzean duten egiazko fedea ez dela iristen «mostaza-hazi» adinakoa izatera ere.

Jesusek diotse: inporta duena ez da fede-kantitatea, kalitatea baizik. Zaindu dezazuela zeuen bihotzean fede bizi, indartsu eta eraginkor bat. Esan duena ulertzeko, arbolak «ateratzeko» adinako fedea eskatzen du: adibidez, pikondoa edo sikomoroa, sendotasunaren eta egonkortasunaren sinbolo den hori, ateratzeko eta ondoren Galileako aintziran «landatzeko».

Kristauok gaur egin behar dugun lehenengo gauza, ez da gure fedea, mendetan barna formulatu dugun doktrina guztiari lotua, «handitzea». Funtsezko gauza, geure baitan Jesusekiko fede bizi eta indartsua eraberritzea da. Inporta duena ez da gauzak sinestea, baizik eta Jesusengan sinestea.

Jesus da Elizan dugun gauzarik hobena, eta gaurko munduari eskaini eta komunikatu diezaiokegun gauzarik hobena. Horregatik, ezer ez kristauentzat premiazkoagorik eta funtsezkoagorik kristautasunaren erdigunean Jesus bera jartzea baino, hau da, geure elkarteen erdigunean eta geure bihotzean.

Horretarako, bera era biziago eta zehatzagoan ezagutu beharra dugu, beraren egitasmoa hobeto ulertu beharra, hondo-hondoko beraren asmoa atzeman beharra, berarekin sintonizatu beharra, bere lehen jarraitzaileengan piztu zuen «sua» berreskuratu beharra, geure burua kutsatu beharra berak Jainkoaz zuen grinaz eta azkenak direnentzat zuen gupidaz. Horrela ez bada, gure fedeak «mostaza hazia» baino txikiagoa izaten jarraituko du. Ezin «aterako ditu» arbolak, ezta berriro «aldatu» ere.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

27 Tiempo ordinario – C (Lucas 17,5-10)

por Coordinador – Mario González Jurado

FE MÁS VIVA EN JESÚS

«Auméntanos la fe». Así le piden los apóstoles a Jesús: «Añádenos más fe a la que ya tenemos». Sienten que la fe que viven desde niños dentro de Israel es insuficiente. A esa fe tradicional han de añadirle «algo más» para seguir a Jesús. ¿Y quién mejor que él para darles lo que falta a su fe?

Jesús les responde con un dicho un tanto enigmático: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esta morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería». Los discípulos le están pidiendo una nueva dosis de fe, pero lo que necesitan no es eso. Su problema consiste en que la fe auténtica que hay en su corazón no llega ni a «un granito de mostaza».

Jesús les viene a decir: lo importante no es la cantidad de fe, sino la calidad. Que cuidéis dentro de vuestro corazón una fe viva, fuerte y eficaz. Para entendernos, una fe capaz de «arrancar» árboles como la higuera o sicómoro, símbolo de solidez y estabilidad, para «plantarlo» en medio del lago de Galilea.

Lo primero que necesitamos hoy los cristianos no es «aumentar» nuestra fe en toda la doctrina que hemos ido formulando a lo largo de los siglos. Lo decisivo es reavivar en nosotros una fe viva y fuerte en Jesús. Lo importante no es creer cosas, sino creerle a él.

Jesús es lo mejor que tenemos en la Iglesia, y lo mejor que podemos ofrecer y comunicar al mundo de hoy. Por eso nada hay más urgente y decisivo para los cristianos que poner a Jesús en el centro del cristianismo, es decir, en el centro de nuestras comunidades y nuestros corazones.

Para ello necesitamos conocerlo de manera más viva y concreta, comprender mejor su proyecto, captar bien su intención de fondo, sintonizar con él, recuperar el «fuego» que él encendió en sus primeros seguidores, contagiarnos de su pasión por Dios y su compasión por los últimos. Si no es así, nuestra fe seguirá más pequeña que «un granito de mostaza». No «arrancará» árboles ni «plantará» nada nuevo.

José Antonio Pagola

27º domingo T.O. Koinonía

Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4

El justo vivirá por su fe

¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches?

¿Te gritaré: «Violencia», sin que me salves?

¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?

El Señor me respondió así: «Escribe la visión, grábala en tablillas, de modo que se lea de corrido.

La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará;

si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse.

El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe.»

Salmo responsorial: 94

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. R.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R.

Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masa en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R.

2Timoteo 1, 6-8. 13-14

No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor

Querido hermano:

Reaviva el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio.

No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero.

Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios.

Ten delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas y vive con fe y amor en Cristo Jesús.

Guarda este precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros.

Lucas 17, 5-10

¡Si tuvierais fe … !

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe.» El Señor contestó: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar.» Y os obedecería. Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: «En seguida, ven y ponte a la mesa»? ¿No le diréis: ‘Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú»? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.»»

Ofrecemos en primer lugar un comentario bíblico tradicional

El profeta Habacuc nos pone en el contexto del diálogo entre el profeta y Dios, donde el primero toma la iniciativa y pregunta a Dios por la raíz del mal y el sufrimiento que lo rodea. La injusticia, la violencia y la desigualdad parecen convertirse en la única forma de vivir de la sociedad en muchos momentos, no sólo de la historia del pueblo de Dios, sino también de la historia de la humanidad. La queja del profeta es clara: no hay justicia; se vive en una violación sistemática de los derechos básicos provocados por la anomia y la confusión de su tiempo. Sin embargo, la respuesta del Señor, ante la situación, no se hace esperar. El Dios de la historia y la creación hace un llamado al “justo” a la fidelidad y a la confianza. Dios se encuentra con el ser humano en la justicia, en la resistencia pacífica y en la esperanza del ser humano en él.

En la segunda carta a Timoteo el autor nos presenta de dónde procede el ser apóstoles del Señor: del plan divino de la salvación de Dios. Los creyentes hoy estamos exigidos a tomar conciencia que hemos recibido del Señor el don de la fe, de la fortaleza y de la caridad; por tanto, este don recibido demanda una respuesta oportuna. Ante la situación tan compleja, adversa y confusa de nuestra situación mundial, los carismas del Espíritu del resucitado se nos dan para dirigir a la comunidad humana con valentía y dar testimonio de la liberación y salvación del Señor. Dichos dones recibidos de la gracia de Dios, son también, tarea humana, y necesitan ser cultivados e incrementados constantemente para evitar caer en el absurdo y la desesperanza.

En el texto de Lucas vemos a los discípulos, conscientes de su poca fe, de su incapacidad para dar su adhesión plena a Jesús y a su mensaje. Por eso le piden que les aumente la fe. Jesús constata en realidad que tienen una fe más pequeña que un grano de mostaza, semilla del tamaño de una cabeza de alfiler. No dan ni siquiera el mínimo, pues con tan mínima cantidad de fe bastaría para hacer lo imposible: arrancar de cuajo con sólo una orden una morera y tirarla al mar. Este mínimo de fe es suficiente para poner a disposición del discípulo la potencia de Dios.

Miro a mi alrededor y pienso que algo no funciona. Tantos cristianos, tantos católicos, tantos colegios religiosos… Y me pregunto: ¿Cuántos creyentes?¿Tenemos fe? ¿O tenemos una serie de creencias, un largo y complicado credo que recitamos de memoria y que poco atañe a nuestras vidas?

Las palabras de Jesús siguen resonando hoy. “Si tuvierais fe como un grano de mostaza…” O lo que es igual: si siguierais mi camino, si vivierais según el Evangelio… tendríais la fuerza de Dios para cambiar el sistema.

Sigo mirando a mi alrededor y veo una Iglesia apegada a sus privilegios, que se codea con los poderes fácticos, que depende en muchos países económicamente del Estado, capaz de echarle un pulso al poder político y vencer, identificada con frecuencia con la derecha o el centro, defensora a ultranza de su estatuto de religión verdadera y prioritaria.

Me vuelvo al evangelio y releo sus páginas: “Vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres, que Dios será tu riqueza, y anda sígueme a mí” (Lc 18,22). “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero este hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Lc 9,58). “No andéis agobiados pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir” (Lc 12,22). “Los reyes de las naciones las dominan y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros nada de eso; al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al más joven, y el que dirige al que sirve” (Lc 22,25-26).

Pobres, libres, sin seguridades, sin poder, como Jesús. Sólo tiene fe quien se adhiere a este estilo de vida evangélico. Quien no, tiene creencias, que para casi nada sirven. Y así no se puede cambiar ni el sistema religioso ni siquiera el mundano.

Tal vez tengamos que reconocer que somos “siervos inútiles”, pues no andamos en el sistema de la fe, sino en el del cumplimiento de las obras de la ley, como los fariseos, que, al final, de su trabajo tienen que considerarse “siervos inútiles”, pero no “hijos de Dios” que es a lo que estamos llamados a ser, como ciudadanos del Reino que todos anhelamos.

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio: https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/

Añadimos una reflexión crítica.

La palabra «fe» es polisémica, tiene varios significados, dependiendo del contexto de su uso. En el evangelio que hoy leemos, es claro que aparece como sinónimo de coraje, decisión, convicción de entrega… y «esa fe» es la que mueve montañas… o traslada moreras, con una eficacia no necesariamente «sobrenatural», sino muchas veces también realmente humana y psicológica.

No hay que confundir ese significado de la palabra «fe» con aquel otro que se nos inculcó en el catecismo infantil: «fe es creer en lo que no se ve», significado dominante en el imaginario cristiano popular tradicional. Confundir estos significados de la palabra nos lleva a pensar que lo que Dios nos estaría pidiendo como prueba máxima en nuestra vida sería una especie de «fideísmo», un poco atractivo «creer lo que no se ve», un aceptar sin pruebas lo que nos dice la religión oficial, un saltar continuamente por encima de nuestra razón o por encima de lo que hoy nos dice la ciencia… para «creer» o «dar por cierto» prioritariamente lo que dice nuestra religión (doctrina, dogmas, catecismo, magisterio…), sin pedir razones, sin cuestionar, obedientemente, como niños, «porque sí».

Obviamente, esta confusión, tan frecuente, es una distorsión del cristianismo, y de la religión misma, en lo que tiene de más básico. ¿Es que Dios puede «jugar al escondite» con la humanidad? ¿Es que, supuestamente, la «prueba máxima» exigida por Dios al ser humano en esta vida, sería «creer en la existencia de un Dios ahí arriba, ahí afuera», una existencia deliberadamente auto-ocultada por él mismo, para probarnos? Ésa es en definitiva la síntesis de una tradicional concepción cristiana de la existencia, la que hemos vivido durante casi dos milenios. Y está todavía presente en el imaginario de muchas personas, de personas que se mantienen cristianas, y de personas que no aguantaron la sensación de incredibilidad que esta visión clásica les suscitaba.

Es hora de matizar bien el sentido de las palabras claves que el evangelio y la Biblia en general nos presentan. No podemos leerlo hoy entendiéndolo como se entendía en el seno del viejo paradigma, que todo lo entendía como obra de un Dios que habría decidido crear al ser humano en esta vida pidiéndole caprichosamente «creer en lo que no se ve»… Aquella concepción, aquel viejo «relato» cristiano, incluso esa imagen de un Dios que tiene esos planes sobre la humanidad, no resisten la mirada crítica de nuestra visión de hoy. No podemos creer en un Dios así. No podemos creer eso (es decir: nos resulta increíble, ininteligible, inverosímil); no podemos aceptar una tal «fe» cristiana.

Dios no juega al escondite, ni a ese ni a ningún otro juego, ni nos obliga a jugar con él. Es seguro que a Dios le agrada que nos tomemos la vida en serio y con pasión, que busquemos con ahínco la verdad, que nos apoyemos en la ciencia, y que hagamos continuamente hipótesis (provisionales hasta que encontremos otras mejores y más plausibles), y que no nos resignemos a pensar que en el centro del significado de nuestra existencia humana figure un llamado a «creer lo que no se ve», ciega e infantilmente.

La actitud de fe a la que Jesús nos llama hoy es la del coraje de combatir la oscuridad, la valentía de buscar la verdad, y el valor para asumir, «visto lo que podemos ver», una decisión interpretativa sobre el mundo y sobre lo que no se puede ver. Todo lo contrario de una «fe del carbonero»… todo lo contrario de una actitud infantil, ciega, cobarde, alienante… Cuando nos recomienda una actitud de fe, lo que Jesús nos pide es una actitud valiente de coraje, de atrevernos a tomar una decisión interpretativa de la existencia, a partir de lo poco o mucho que dan de sí nuestras actuales condiciones de conocimiento. Él también tuvo esa fe: tampoco él veía claro, pero tuvo el coraje de tomar una posición existencial positiva y creativa ante las oscuridades que rodean el mundo y nuestras vidas personales.

NO SE CONVENCERÁN NI AUNQUE RESUCITE UN MUERTO – Fidel Aizpurúa

FE ADULTA

Jesús ha usado mucho el género parabólico como explicación popular de su idea del reino y de la vida misma. Por eso, estos textos conservan una frescura indudable.

Lucas es tajante con los ricos. Cree que su autorreferencialidad no tiene remedio: no piensan más que en ellos mismos, en su beneficio personal, en el de su familia. Los demás no existen. Por eso su convicción final: NO SE CONVENCERÁN NI AUNQUE RESUCITE UN MUERTO.

Es el misterio de la cerrazón humana: no hay maltratador, xenófobo, capitalista, que se convierta. Es un mundo ocupado solamente por el yo y los demás no tienen sitio. Y los pobres, menos.

¿Cómo construir una espiritualidad de la apertura? ¿Cómo no caer en las garras de una manera cerrada de ver el mundo?

  • Mira a Jesús: él es una persona de mente y corazón abiertos: entiende la ley con flexibilidad, comprende las situaciones de los pobres, se abre al mundo de los paganos, es solidario con los dolores ajenos.
  • Escucha incansablemente:porque la apertura pasa por la escucha amante, aquella que escucha a la vez que aprecia y considera los argumentos del otro.
  • Cree en la verdad del otro:porque no tenemos toda la verdad, sino que cada uno aportamos una parte de ella. Apropiarse de la verdad es el primer paso para la tiranía.

Nos conviene leer y releer FT 87 del recordado papa Francisco donde se da el fundamento de la espiritualidad de la apertura el otro: «Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás. Ni siquiera llega a reconocer a fondo su propia verdad si no es en el encuentro con los otros: sólo me comunico realmente conmigo mismo en la medida en que me comunico con el otro. Esto explica por qué nadie puede experimentar el valor de vivir sin rostros concretos a quienes amar. Aquí hay un secreto de la verdadera existencia humana, porque la vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad; y es una vida más fuerte que la muerte cuando se construye sobre relaciones verdaderas y lazos de fidelidad. Por el contrario, no hay vida cuando pretendemos pertenecer sólo a nosotros mismos y vivir como islas: en estas actitudes prevalece la muerte».

Fidel Aizpurúa Donazar

DOMINGO 26 (C) – Fray Marcos

(Lc 16,19-31)

Siempre hay un Lázaro a mi puerta. Si no lo descubro o lo ignoro, la culpa e smía.

Por última vez, después de una insistencia machacona, nos habla Lucas de la riqueza, pero está claro que en materia de riqueza no haremos caso ni aunque resucite un muerto. La parábola va dirigida a los fariseos, que son amigos del dinero. Jesús les dice que, si de verdad creyeran lo que predican, no estarían tan pegados a las riquezas.

Esta parábola es clave para entender lo que dice el evangelio sobre las riquezas. No se puede hablar de ellas en abstracto y la parábola nos obliga a pisar tierra. El rico no tiene en cuenta al pobre y sin esa toma de conciencia nada tiene sentido. Lo único negativo de la parábola es que, mal interpretada, nos ha permitido utilizarla como opio del pobre.

Nos dice lo mismo que Mateo: Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber. Utilizar los textos para seguir hablando de un premio para los pobres y un castigo para los ricos no tiene sentido alguno; a no ser que se busque la resignación de los pobres para que los ricos puedan seguir disfrutando de sus privilegios.

Rico es el que tiene más de lo necesario y puede acumular bienes. Pobre es el que no tiene lo necesario para vivir y pasa necesidad. En el AT la perspectiva es siempre religiosa. Fueron los profetas, empezando por Amós, los que denunciaron la maldad de la riqueza. Su razonamiento es simple: la riqueza se amasa siempre a costa del pobre.

Pobres, en el AT, sobre todo a partir del destierro, eran aquellos que no tenían otro valedor que Dios. No tenían a nadie en quien confiar, pero seguían confiando en Dios. No existe en el AT concepto puramente sociológico de rico y pobre.

Por eso el evangelio da por supuesto que las riquezas son malas sin matizaciones. No se dice que fueran adquiridas injustamente ni que el rico hiciera mal uso de ellas. Si Lázaro no hubiera estado a la puerta, no habría nada que objetar. Pero es precisamente el pobre, el que, con su sola presencia, llena de maldad el lujo y los banquetes del rico.

La actitud de Jesús para con los ricos parece contradictoria. No fue excluyente, sino abierta y de acogida. Admitió la visita de Nicodemo, era amigo de Lázaro, aceptó la invitación de Mateo, acogió con simpatía a Zaqueo, fue a comer a casa de fariseos ricos. No es fácil descubrir las motivaciones profundas de la manera de actuar de Jesús.

El evangelio denuncia una falsa actitud religiosa. Está lejos del capitalismo, pero también del comunismo. Jesús predica el “Reino de Dios”, que consiste en hacer a todos los hombres hermanos. El comunismo despoja al rico por la fuerza, pero mantiene al pobre en su pobreza para seguir justificándose. Jesús quiera hermanos libres y voluntarios.

No basta despoja a los ricos de su riqueza, porque los ahora pobres ocuparían su lugar. El evangelio va mucho más allá de la solución de unas desigualdades sociales, pero también esas injusticias quedarían superadas con un verdadero amor-compasión entre todos.

Ahora entenderemos por qué la incapacidad de cada uno para solucionar el hambre no es excusa para no hacer nada. Nuestra pasividad demuestra que la religión solo intenta sumar seguridad espiritual a las seguridades materiales. Jesús no está pidiendo que soluciones el hambre del mundo, sino que salgas de tu error al confiar en la riqueza.

Urteko 26. igandea – C – José A. Pagola

(Lukas 16,19-31)

HURBILDU GAITEZEN – ACERCARNOS

Lazaro gizajoa han bertan dago, goseak hiltzen «beraren atarian», baina aberatsak ihes egiten die harekiko harreman guztiei eta oparo bizitzen jarraitzen du, haren sufrimenduari ezikusia eginez. Ez du hartzen eskaleagana hurbilduko lukeen ate hori. Azkenean, ordea, jabetu da, izuturik, «egundoko leize-zuloa» dagoela bien artean. Parabola hau senidearen sufrimenduaz bizi izandako axola-gabekeriaz Jesusek egindako kritika zorrotza da.

Geure inguruan gero eta etorkin gehiago ikusten ari gara. Ez dira parabola bateko pertsonaia. Gizon-emakume haragidun eta hezurdun dira. Beren estutasunekin, premiekin eta esperantzekin daude hemen. Zerbitzari dira gure etxeetan, bide egile dira gure kaleetan. Harrera egiten ikasten ari al gara ala nor bere ongizate txikia bizitzen jarraitzen dugu, arrotz gertatzen zaizkigunen sufrimenduaz axolagabe? Axola-gabezia hau galdu, beraiengana hurbilduko gaituzten urratsak eginez bakarrik galduko da.

Edozein abagunez baliatuz hasi gintezke berorietako batekin hitz egiten, adiskidetsu eta lasai-lasai. Eta delako horren mundua, problemak eta asmoa hurbiletik ezagutzen saiatuz. Zein gauza erraza den konturatzea guztiok Lur baten beraren eta Jainko baten beraren seme-alaba garela.

Funtsezko gauza da barrerik ez egitea beraien ohiturez, isekarik ez egitea beraien sinespenez. Beren izatearen hondo-hondoko gauza dituzte horiek guztiak. Beraietako askok harrituko gintuzketen bizi-zentzua, solidaritate-zentzua, jai edo harrera-zentzua dute.

Saihestu beharra dugu edozein hizkuntza diskriminatzaile, ez mespretxatzeko ez kolore, ez arraza, ez sinespen, ez kulturarik. Gizatarrago egingo gaitu askotarikotasunak eragin ohi duen aberastasuna biziro esperimentatzeak. Iritsi da ordua, munduan «herrixka globala» edo guztien «etxe komuna» delakoan bezala bizitzen ikastekoa.

Beren akatsak dituzte, gu bezalakoak dira eta. Eskatu beharra dugu gure kultura errespeta dezaten, baina aitortu beharreko ditugu beraien eskubideak: legaltasuna, lana, etxebizitza edota familiakoak berriro elkartzea. Eta oraino lehenago, hautsi beharrekoa dugu «leize hori», gaur egun herri aberatsak eta pobreak bereizten dituen hori. Gero eta atzerritar gehiago biziko da gurekin. Aukera ona dugu toleranteago, zuzenago eta, hitz batean, gizatarrago izaten ikasteko.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

6 Tiempo ordinario – C

(Lucas 16,19-31)

ACERCARNOS

El pobre Lázaro está allí mismo, muriéndose de hambre «junto a su puerta», pero el rico evita todo contacto y sigue viviendo «espléndidamente» ajeno a su sufrimiento. No atraviesa esa «puerta» que le acercaría al mendigo. Al final descubre horrorizado que se ha abierto entre ellos un «inmenso abismo». Esta parábola es la crítica más implacable de Jesús a la indiferencia ante el sufrimiento del hermano.

Junto a nosotros hay cada vez más inmigrantes. No son «personajes» de una parábola. Son hombres y mujeres de carne y hueso. Están aquí con sus angustias, necesidades y esperanzas. Sirven en nuestras casas, caminan por nuestras calles. ¿Estamos aprendiendo a acogerlos o seguimos viviendo nuestro pequeño bienestar indiferentes al sufrimiento de quienes nos resultan extraños? Esta indiferencia solo se disuelve dando pasos que nos acerquen a ellos.

Podemos comenzar por aprovechar cualquier ocasión para tratar con alguno de ellos de manera amistosa y distendida, y conocer de cerca su mundo de problemas y aspiraciones. Qué fácil es descubrir que todos somos hijos e hijas de la misma Tierra y del mismo Dios.

Es elemental no reírnos de sus costumbres ni burlarnos de sus creencias. Pertenecen a lo más hondo de su ser. Muchos de ellos tienen un sentido de la vida, de la solidaridad, la fiesta o la acogida que nos sorprendería.

Hemos de evitar todo lenguaje discriminatorio para no despreciar ningún color, raza, creencia o cultura. Nos hace más humanos experimentar vitalmente la riqueza de la diversidad. Ha llegado el momento de aprender a vivir en el mundo como la «aldea global» o la «casa común» de todos.

Tienen defectos, pues son como nosotros. Hemos de exigir que respeten nuestra cultura, pero hemos de reconocer sus derechos a la legalidad, al trabajo, a la vivienda o la reagrupación familiar. Y antes aún luchar por romper ese «abismo» que separa hoy a los pueblos ricos de los pobres. Cada vez van a vivir más extranjeros con nosotros. Es una ocasión para aprender a ser más tolerantes, más justos y, en definitiva, más humanos.

José Antonio Pagola

DOMINGO 26 T.O. – KOINONÍA

Amós 6, 1a. 4-7

Los disolutos encabezarán la cuerda de cautivos

Así dice el Señor todopoderoso: «¡Ay de los que se fían de Sión y confían en el monte de Samaria!

Os acostáis en lechos de marfil; arrellanados en divanes,

coméis carneros del rebaño

y terneras del establo;

canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales;

bebéis vino en copas, os ungís con perfumes exquisitos y no os doléis del desastre de José.

Pues encabezarán la cuerda de cautivos y se acabará la orgía de los disolutos.»

1Timoteo 6, 11-16

Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor

Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza.

Combate el buen combate de la fe.

Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos.

En presencia de Dios, que da la vida al universo, y de Cristo Jesús, que dio testimonio ante Poncio Pilato con tan noble profesión: te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que en tiempo oportuno mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver.

A él honor e imperio eterno. Amén.

Lucas 16, 19-31

Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de purpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico.

Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.

Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: «Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. »

Pero Abrahán le contestó: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.»

El rico insistió: «Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.»

Abrahán le dice: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.»

El rico contestó: «No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.

Abrahán le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.»»

 EXPLICACIÓN A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

El profeta Amós denuncia las injusticias de los poderosos que vivían en  lujos y en banquetes y no se afligían por el desastre o ruina «de José». Esta es una denominación de las tribus del Norte (Israel). Tal indiferencia denota una vez más la ceguera de los que se sienten seguros, sin tener en cuenta las advertencias que les hacía el profeta. En el camino al exilio, estos notables irán al frente de los deportados. (No fueron los pobres los que fueron deportados, sino las élites de la clase media y alta).

Pablo exhorta a su amigo Timoteo a que permanezca siempre firme en su fe, en busca de la justicia, la piedad, la caridad. Teniendo en cuenta el llamado de atención que hace Pablo en el versículo 10, donde afirma que la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar por él, se extraviaron de la fe y se atormentaron con muchos sufrimientos, enseguida viene la otra exhortación al discípulo que huya de estas cosas y el llamado a vivir de los valores del Reino. Pablo invita a Timoteo a que conserve el mandato del Señor, a que se mantenga firme en su compromiso y busque siempre la vida eterna a la que ha sido llamado y a la que ha hecho profesión solemne delante de muchos testigos.

Leemos hoy una parábola del evangelio de Lucas. Se llamaba Lázaro (nombre derivado del hebreo el’azar que significa “Dios ayuda”), aunque en vida no gozó, al parecer, de la ayuda divina. Le tocó en desgracia ser mendigo, como a tantos millones de seres humanos hoy, estar postrado en el portal de la casa de un rico sin nombre, uno de tantos, al que tradicionalmente se le ha calificado de “epulón”, o sea, “banqueteador”.

Lázaro o “Dios ayuda” tenía en realidad pocas aspiraciones: se contentaba con llenarse el estómago con lo que tiraban de la mesa del rico, las migajas de pan en las que los señores se limpiaban las manos a modo de servilletas. Pero ni siquiera esto pudo conseguirlo, pues nadie le hizo entrar a la sala del banquete. Para colmo, unos perros callejeros, animales considerados impuros y en estado semisalvaje, tan comunes en la antigüedad, se le acercaban para lamerle las llagas. Imposible mayor marginación: pobreza e impureza de la mano. Nada dice el evangelio de las creencias religiosas de este hombre, con razones sobradas para dudar seriamente de la reconocida compasión divina para con el pobre y el oprimido. Tal vez ni siquiera tuviese tiempo ni ganas de pararse a pensar en semejantes disquisiciones teológicas.

Tanto al rico como al pobre les llegó la hora de la muerte, a partir de la cual se cambiarían en el más allá las tornas, como pensaban los fariseos. Aunque, dicho sea de paso, con esto del “más allá”, quienes hacían de la religión baluarte de conservadurismo e inmovilismo han invitado mil veces a la resignación, tildada de “cristiana”, a la paciencia y al mantenimiento de situaciones injustas a los que las sufrían; en el más allá -se decía- Dios dará a cada uno su merecido. Aunque siempre cabe pensar: ¿y por qué no ya desde el más acá?

Para muchos predicadores, satisfechos con la imagen de un Dios que “premia a los buenos y castiga a los malos”, como el dios que profesaban los fariseos, la parábola terminaba en el más allá contemplando el triunfo del pobre y la caída del rico. Apenas se comentaba la última escena, clave importante para comprender su mensaje. De ser así, esta parábola sería una invitación a aceptar cada uno su situación, a resignarse, a cargar con su cruz, a no rebelarse contra la injusticia, a esperar un más allá en el que Dios arregle todos los desarreglos y desmesuras humanas. Entendido así, el mensaje evangélico se hermanaría con un conformismo a ultranza que ayuda a mantener el desorden establecido, la injusticia humana y las clases sociales enfrentadas.

Pero esta parábola no es una promesa para el futuro. Mira a la vida presente y va dirigida a los cinco hermanos del rico, que continuaban –después de la muerte de su hermano y de Lázaro– en la abundancia y el despilfarro. Por eso, el rico, alarmado por lo que espera a sus hermanos si siguen viviendo de espaldas a los pobres, pide a Abrahán que envíe a Lázaro a su casa, a sus hermanos, para que los prevenga, no sea que acaben en el mismo lugar de tormento. Para cambiar la situación en que viven sus hermanos, el rico epulón piensa que hace falta un milagro: que un muerto vaya a verlos. Crudo realismo de quien conoce la dinámica del dinero, que cierra el corazón humano a la evidencia de la palabra profética, al dolor y al sufrimiento del pobre, a la exigencia de justicia, al amor e incluso a la voz de Dios. El dinero deshumaniza. Me remito a la experiencia de cada uno.

Bien lo sabía el profeta Amós cuando amenazaba a los ricos que se acostaban en lechos de marfil, arrellanados en divanes y se daban a la gran vida entre comilonas, música, vino abundante y perfumes exquisitos, sin dolerse del sufrimiento de los pobres (Am 6,1a.4-7). Aquellos fingían devoción a Dios y veneración hacia la ciudad santa y el templo, creyendo de este modo contentar a Dios y quedar justificados. Pero el verdadero Dios no es amigo de una religión que separa el culto de la vida, el incienso de la práctica del amor al prójimo. Este Dios, según el libro del Deuteronomio, comparte suerte con el pobre, el huérfano, la viuda y el extranjero; con todos aquellos a quienes los poderosos les han arrebatado el derecho a una vida vivida con dignidad.

La parábola no puede tener más actualidad en el año 2016, año en que las estadísticas dicen que va a producirse un fenómeno estadístico importante: el 1% más rico de la población del mundo va a superar su propio récord patrimonial, que estaba en el 49% de la riqueza del mundo, y va a pasar a ser el 50%; ya se han hecho con la riqueza de medio mundo. El actual sistema mundial privilegia la desigualdad. El mundo actual no es bueno para los muchos Lázaros.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 37 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/37-el-grito-de-lazaro/  Ahí puede ser escuchado, y de ahí puede tomarse el guión, el audio y un comentario bíblico-teológico.

EL QUE ES FIEL EN LO POCO, TAMBIÉN EN LO MUCHO ES FIEL – Fidel Aizpurúa

FE ADULTA

El evangelio tiene páginas que, unas veces, todo el mundo entiende y otras cuesta un poco más sacarles el jugo. Pero siempre podemos apuntar un beneficio para nuestra espiritualidad, para el cultivo de la interioridad.

El evangelio de hoy previene contra la irresistible tentación del dinero. Bien lo vemos en la vida de hoy. Pero elabora también lo que podíamos llamar una “espiritualidad de lo poco”: EL QUE ES FIEL EN LO POCO, TAMBIÉN EN LO MUCHO ES FIEL. Nosotros tendemos a lo mucho. Creemos que teniendo mucho, sabiendo mucho, viajando mucho, hallaremos felicidad. Pero el evangelio sugiere que en lo poco hay un secreto, una sabiduría. El evangelio siempre a contrapelo, siempre contracultural.

¿No ha situado Jesús mismo su vida en lo poco? Pocos bienes, poco éxito, pocos discípulos, pocos aplausos, poco agradecimiento, etc. Así anunciaba la hermosura de un reino humilde, de una mesa donde los poco considerados tienen un puesto. Nosotros hemos magnificado su vida, pero, bien mirada, es poca cosa.

¿Cómo construir una espiritualidad de lo poco?

  • Disfruta de los detalles: en los detalles anida el amor. Saber disfrutar de las cosas pequeñas, ser cuidadoso en los detalles, no permitir que hagamos nada defectuoso.
  • Celebra lo cotidiano:porque no es necesario salirse del marco sencillo de cada día para orar, contemplar, celebrar, hablar bien, gozar.
  • Cree con sencillez: no compliquemos inútilmente las cosas, creamos de manera sencilla en el evangelio, creamos sencillamente en la cercanía de Jesús a nuestra vida

A veces los grandes teólogos dicen cosas hermosas sobre la espiritualidad de lo poco. Miremos lo que decía el teólogo K. Rahner: «La más pequeña sonrisa pura y delicada, que brota de no importa donde, desde un corazón recto, ante cualquier tontería de este mundo, refleja una imagen y un rayo de Dios. Es una señal del Dios vencedor, señor de la historia y de la eternidad. Del Dios cuya sonrisa nos demuestra que todo en definitiva es bueno». No es mal apostolado, ahora en verano y durante todo el año, el apostolado de la sonrisa. Es poco, pero es algo muy valioso.

Fidel Aizpurúa Donazar

21 de septiembre de 2025

JESUSEN LOGIKA – LA LÓGICA DE JESÚS- José A. Pagola

JESUSEN LOGIKA – LA LÓGICA DE JESÚS

Jesus jadanik pertsona heldua zen, Antipasek Tiberiadesen txanpon berria zirkulazioan ipini zuenean. Dudarik gabe, moneta propioa egin ahal izateak aurrerapena adierazten zuen Galilean, baina ez zuen lortu gizarte zuzenago eta orekatuago bat eragitea. Alderantziz gertatu zen.

Hirietako aberatsek aukera ona zuten orduan beren negozioetan lasaiago aritzeko. Moneta sortu izanak aukera ematen zien segurtasuna, ohorea eta boterea ematen zizkien urre eta zilar-monetak «metatzeko». Horregatik deitzen zioten altxor horri «mammona», segurtasuna ematen duen dirua.

Bitartean, laborariek doi-doi eskuratu zitzaketen brontzezko edo kobrezko, balio eskaseko, moneta batzuk. Pentsaezina zen herrixka batean mammona metatzea. Aski zuten bizirautea, beren artean produktu apal batzuk trukatuz. Kasik beti gertatu ohi denez, aurrerapenak botere handiagoa ematen zien aberatsei eta zerbait gehiago zanpatzen zituen pobreak. Horrela, ez zen posible Jainkoaren erreinua eta beraren zuzentasuna onartzea. Jesus ez zen isildu: «Zerbitzari batek ezin zerbitza ditzake bi nagusi; izan ere, bata zerbitzatuko du eta besteari ez dio kasurik egingo… Ezin zerbitza ditzakezue Jainkoa eta Dirua (mammona)». Hautatu egin behar izaten da. Ez dago beste aukerarik.

Biribil-biribila da Jesusen logika. Norbait Diruaren uztarpean bizi bada, bakar-bakarrik dirua metatzeari emanik, ezin zerbitzatuko du Jainkoa, guztientzat, azkenak direnekin hasita, bizitza zuzenagoa eta duinagoa nahi duen Jainkoa.

Jainkoarena izateko ez da aski herri hautatuko kide izatea, ezta tenpluan kultua eskaintzea ere. Ezinbestekoa da Diruaren aurrean libre eustea eta mundua gizatiarrago egiteko Jainkoaren deia entzutea.

Zerbaitek huts egiten du herrialde aberatsen kristautasunean, gai baikara ongizatea gero eta gehiago handitzen jarduteko, Jesusen mezuaren interpelazioak eta munduko pobreen sufrimenduak hunki gaitzaten utzi gabe. Zerbaitek huts egiten du ezinezko den hau sustatu nahi dugunean: Jainkoari kultua eta Ongizateari kultua.

Zerbait gaizki doa Jesusen Elizan, Jainkoari leial izatea eta aberastasunei kultua ematea ezinezko direla geure hitzaz eta bizitzaz aldarrikatu ordez, erlijio burges eta lasaigarri bat garatuz jendearen kontzientzia lotarazteari ematen badiogu.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

25 Tiempo ordinario – C (Lucas 16,1-13)

por Coordinador – Mario González Jurado

LA LÓGICA DE JESÚS

Jesús era ya adulto cuando Antipas puso en circulación monedas acuñadas en Tiberíades. Sin duda, la monetización suponía un progreso en el desarrollo de Galilea, pero no logró promover una sociedad más justa y equitativa. Fue al revés.

Los ricos de las ciudades podían ahora operar mejor en sus negocios. La monetización les permitía «atesorar» monedas de oro y plata que les proporcionaban seguridad, honor y poder. Por eso llamaban a ese tesoro «mammona», dinero «que da seguridad».

Mientras tanto, los campesinos apenas podían hacerse con algunas monedas de bronce o cobre, de escaso valor. Era impensable atesorar mammona en una aldea. Bastante tenían con subsistir intercambiándose entre ellos sus modestos productos.

Como ocurre casi siempre, el progreso daba más poder a los ricos y hundía un poco más a los pobres. Así no era posible acoger el reino de Dios y su justicia. Jesús no se calló: «Ningún siervo puede servir a dos amos, pues se dedicará a uno y no hará caso del otro… No podéis servir a Dios y al Dinero (mammona)». Hay que escoger. No hay alternativa.

La lógica de Jesús es aplastante. Si uno vive subyugado por el Dinero, pensando solo en acumular bienes, no puede servir a ese Dios que quiere una vida más justa y digna para todos, empezando por los últimos.

Para ser de Dios no basta formar parte del pueblo elegido ni darle culto en el templo. Es necesario mantenerse libre ante el Dinero y escuchar su llamada a trabajar por un mundo más humano.

Algo falla en el cristianismo de los países ricos cuando somos capaces de afanarnos por acrecentar más y más nuestro bienestar sin sentirnos interpelados por el mensaje de Jesús y el sufrimiento de los pobres del mundo. Algo falla cuando pretendemos vivir lo imposible: el culto a Dios y el culto al Bienestar.

Algo va mal en la Iglesia de Jesús cuando, en vez de gritar con nuestra palabra y nuestra vida que no es posible la fidelidad a Dios y el culto a la riqueza, contribuimos a adormecer las conciencias desarrollando una religión burguesa y tranquilizadora.

José Antonio Pagola