33º domingo T.O.- Koinonía

Malaquías 3, 19-20a

Os iluminará un sol de justicia

Mirad que llega el día, ardiente como un horno:

malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir

-dice el Señor de los ejércitos-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz.

Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.

Salmo responsorial: 97

El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.

Tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor. R.

Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes al Señor, que llega para regir la tierra. R.

Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud. R.

2Tesalonicenses 3, 7-12

El que no trabaja, que no coma

Hermanos: Ya sabéis cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo: no vivimos entre vosotros sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie.

No es que no tuviésemos derecho para hacerlo, pero quisimos daros un ejemplo que imitar.

Cuando vivimos con vosotros os lo mandarnos: el que no trabaja, que no coma.

Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada.

Pues a esos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan.

Lucas 21, 5-19

Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»

Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?»

Él contesto: «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: «Yo soy», o bien: «El momento está cerca; no vayáis tras ellos.

Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.

Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.»

Luego les dijo: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.

Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.

Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.

Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.

Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía.

Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Nos vamos acercando ya al final del año litúrgico, y por una lógica probablemente mal aplicada al distribuir los textos bíblicos en el año litúrgico, el tema de las lecturas de este domingo es también sobre el del «final de los tiempos», el «final del mundo». De hecho, en el evangelio hay numerosos pasajes que aluden a este tema, los famosos textos «apocalípticos» (el género «apocalíptico» era muy del gusto de aquellos tiempos).

Durante la historia del cristianismo, también el final del mundo ha sido un tema siempre presente. Formaba parte de la identidad cristiana, diríamos. Ser cristiano implicaba creer que nuestra vida va a acabar con un juicio de Dios sobre nosotros, y también sobre la existencia del mundo como conjunto: Dios decidiría en algún momento -muy probablemente por sorpresa- el final del mundo, y toda humanidad sería convocada a juicio, en el Valle de Josafat por más señas, junto a la muralla oriental del Templo de Jerusalén (lo que convirtió a ese valle en un auténtico cementerio VIP, muy cotizado… y todavía hoy lo es).

Este concepto del «final del mundo» estaba enmarcado (hasta ayer mismo, cuando nosotros éramos niños) dentro del contexto de una cosmovisión que imaginaba a Dios como un «Señor todopoderoso», situado fuera del mundo, encima, en un segundo piso celestial, observando y con frecuencia interviniendo en el mundo, en el que se debatía la humanidad que Él había creado allí para superar una prueba y pasar a continuación a la vida definitiva, que ya no sería aquí en la tierra, sino en otro lugar, en «un cielo nuevo y una tierra nueva», porque la vieja tierra sería destruida con el final del período de prueba de la Humanidad. A continuación, ya todo sería distinto: una «vida eterna» en el cielo -o en el infierno tal vez para algunos-.

Ruboriza hoy –y casi parece caricatura– contar o describir aquella visión que durante siglos se identificó con la doctrina cristiana. Durante milenio y medio al menos la creyeron revelada por Dios mismo . Dudar de ella o de cualquiera de sus detalles era tenido como un pecado (grave) de «falta de fe» y -peor aún- como un desacato a la revelación. Sobre la visión global o el «gran relato» –porque además era realmente un relato– que el cristianismo ofrecía (pecado original, juicio particular, juicio universal, cielo, purgatorio o infierno…) no era permitido dudar.

Hoy nos podemos llevar las manos a la cabeza al caer en la cuenta de qué parte tan grande de toda esta visión estaba constituida por tradiciones mitológicas ancestrales, pensamiento platónico… ¡Genial Platón!, que logró crear una «imagen» del mundo que cautivaría la imaginación de la humanidad por generaciones y generaciones, durante varios milenios, por veinticinco siglos, hasta hoy.

La revolución científica comenzada en el siglo XVI empezó a cuestionar aquella cosmovisión platónico-aristotélica del cristianismo: las esferas celestiales, los siete cielos, la separación entre el mundo perfecto supra-lunar y el imperfecto o corruptible infra-lunar, la descripción tan viva de los «novísimos» (muerte, juicio, infierno y gloria)… Pero lo que en la visión científica iba desmoronándose, se refugiaba en la visión religiosa, como si el cielo aristotélico-platónico formara parte de la fe, aunque el cielo astronómico nos fuera apareciendo como totalmente otro.

Hoy día, con el avance que la ciencia ha realizado, la escatología (rama de la ciencia que trata del «eskhatos, lo último») no sabe dónde colocar eso último, ni cómo conectarlo con lo que hoy sabemos todos. Y por eso cuesta seguir hablando de lo que era «lo último» dentro de las coordenadas teológicas tradicionales: unas realidades últimas conectadas directamente con la «prueba» y el «juicio de Dios» sobre nosotros, y una «vida eterna» vista como el premio o castigo correspondiente… La vida, la muerte, y la posible continuidad o no de la vida… todo ello era planteado en las coordenadas de aquella visión mítica (Dios arriba, que decide crear una humanidad y la pone a prueba para llevar a quienes la superen a la vida eterna…).

Tan internalizada está esta convicción mítica del «Dios que crea a los humanos en una vida provisional para probar si pueden acceder a la vida eterna», que todavía hoy, muchos cristianos no sólo siguen pensando así, sino que no ven la posibilidad de que vida, muerte y más allá de la muerte sean dimensiones existenciales humanas que deban dejar de ser pensadas y «utilizadas» como premios y castigos de Dios a los humanos por su conducta. Muchos predicadores tendrán hoy dificultades para enfocar su homilía superando esa interpretación tradicional…

Pero, afortunadamente, «otro cristianismo es posible». Es posible… porque ya es real: ya lo viven muchos, y algunos incluso dan razón de esa su fe, y su nueva esperanza, desligada de premios y castigos. No es éste el lugar para presentar toda una escatología renovada, pero sí para remitir a tres obras recomendables a quien trate de replantear su fe fuera del paradigma premoderno mítico:

– Roger LENAERS sj, Otro cristianismo es posible, Abya Yala, Quito, Ecuador, 2006 (tiempoaxial.org).

– Las «12 tesis del obispo John Shelby SPONG», que pueden ser encontradas en la mayor parte de los buscadores de internet.

– La revista CONCILIUM dedicó recientemente un número monográfico a la «resurrección de los muertos», en noviembre de 2006 (el número 318).

– John Shelby SPONG, Vida eterna: una nueva visión. Más allá de las religiones, más allá del teísmo, más allá de cielo e infierno, 232 pp, publicado en español por la editorial Abya Yala de Quito, en su colección «Tiempo axial» (tiempoaxial.org). El subtítulo lo dice todo sobre la intención y el enfoque de este libro.

Completamos con una referencia tradicional a las tres lecturas de hoy:

Malaquías, a través de un lenguaje apocalíptico, alienta al pueblo justo que sirve enteramente al Señor, indicándoles que ya llegará el día en que se hará sentir la justicia de Dios sobre los que no guardan su ley; que ellos no son los que realmente dirigen el caminar de la historia, sino que es el Dios amante de la vida quien la guía, conduciéndola por el camino de la paz y de la vida. Todos los que caminan por el camino del Señor serán iluminados por el “sol de la justicia” que irradia su luz en medio de la oscuridad, en medio del dolor y la muerte.

El salmo que leemos hoy es un himno al Rey y Señor de toda la Creación, quien dirige con justicia a todos los pueblos de la tierra, quien es amoroso y fiel con el pueblo de Israel. Dios es un Dios justo, que merece ser alabado por todos, pues ha derrotado la muerte y ha posibilitado la vida para todos; por ello toda la Creación lo alaba, celebra la presencia de ese Dios misericordioso y justo en medio del pueblo liberado. Es un salmo de agradecimiento por los beneficios que el pueblo ha recibido por tener su esperanza puesta en el Dios de la Vida.

Muchos de los creyentes de Tesalónica, concretamente las clases altas, pensaron que no debían preocuparse por las cosas de la vida cotidiana, como el trabajo, y que más bien debían esperar, de brazos cruzados, la inminente venida del Señor y dedicarse a la ociosidad. Pablo llama fuertemente la atención sobre esa actitud, pues son personas que viven del trabajo ajeno, son explotadores de los otros (esclavos) y, gracias a ello, acumulan riquezas sin esforzarse en absoluto. Es a ellos a quienes Pablo se dirige con vehemencia: «el que no trabaje que no coma» (v. 10), ya que esta actitud no es propia de la enseñanza de los apóstoles.

Puede ser que la presencia magnífica del Templo de Jerusalén alentara la fe de los judíos hasta el punto de ser más significativos la arquitectura y el poder de la religión que el mismo Dios de Israel; puede ser que fueran más importante los sacrificios, el ritual, la construcción majestuosa… que las actitudes exigidas por el mismo Dios para un verdadero culto a él: la misericordia y la justicia social. Por eso Jesús afirma que el Templo será destruido, pues no posibilita una relación legítima con Dios y con los hermanos, sino que crea grandes divisiones sociales e injusticias. Es importante ir descubriendo en nuestra vida que la experiencia de fe debe estar atravesada por el servicio incondicional a los demás; es así como vamos sintiendo el paso de Dios por nuestra existencia y es así como vamos construyendo el verdadero templo de Dios, el cual no se debe equiparar con edificaciones ostentosas, sino con la Iglesia-comunidad de creyentes que se inspira en la Palabra de Dios y se mantiene firme en la esperanza de Jesús resucitado.

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio: https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/

DOMINGO 32 T.O. (C) – Fray Marcos

(Lc 20,27-38)

 No hay un más allá, sino un más acá eterno. Tengo ya la Vida definitiva aquí y ahora

Estamos en Jerusalén. Lc ya ha narrado la entrada solemne y la purificación del Templo. Sigue la polémica. Los saduceos entran en escena. Solo admitían el Pentateuco como libro sagrado. Tampoco admitían la tradición. No creían en la resurrección y de ahí la pregunta que le hacen. Jesús no responde a la pregunta sino a lo que debían haber preguntado.

La pregunta surge de una visión mítica. Pensar y hablar del más allá en nuestro lenguaje es imposible. Ni siquiera podemos imaginarlo. Puedo imaginar lo que es una montaña de oro, aunque no exista en la realidad, pero tengo que haber percibido por los sentidos lo que es el oro y lo que es una montaña. No tenemos datos objetivos para imaginar el más allá.

El instinto de todo ser vivo, es la permanencia en el ser. Si el ser humano considera la permanencia en el ser como el valor absoluto, también considerará como absoluta su perdida. Todos los intentos por encontrar una solución racional serán inútiles. La única solución posible será descubrir que ya poseo la verdadera y definitiva Vida aquí y ahora.

Pretendemos ser eternos en nuestro yo individual porque no hemos descubierto nuestro verdadero ser. Esa limitación radical no es un fallo, sino mi propia naturale­za; por lo tanto, no es nada que tengamos que lamentar ni de lo que Dios tiene que librarnos, ni ahora ni después. Mis posibilidades de ser solo las puedo desplegar aquí y ahora, a pesar de esa limitación. No creo coherente el postular para el más allá una permanencia de mi biología.

Nuestro ser, aunque lo creemos absoluto, hace siempre referencia a Otro que me tiene que fundamentar, y a los demás que me permiten realizarme. Yo no soy la causa de mí mismo. No tiene sentido que considere mi propia existencia como el valor supremo. Si mi existir se debe al Otro, Él será el valor supremo también para mi ser individual. Si lo que es eterno se relaciona conmigo, esa relación no puede terminar y mi relación con Él será eterna.

Puede parecernos ridículo el planteamiento de los saduceos, pero la inmensa mayoría de los cristianos hoy siguen pensado en un más allá con unos ojos que les permitirán ver a sus seres queridos, con unos brazos que les permitirán abrazarlos y con una legua que les permitirá comunicarse con ellos. Esto es tan ridículo como la propuesta saducea.

¿Cómo permanecerá esa Vida que ya poseo aquí y ahora? Ni lo sé ni puedo saberlo. Lo que de veras me debe importar es el más acá, descubrir que Dios me salva aquí y ahora. Vivenciar que hoy es ya la eternidad para mí. Que la Vida definitiva la poseo ya en plenitud. En la experiencia pascual, los discípulos descubrieron que Jesús estaba vivo. No se trataba de la vida biológica sino la Vida que ya tenía antes de morir, a la que no afectó la muerte.

Los cristianos hemos tergiversado hasta el núcleo central del mensaje de Jesús. Él puso la plenitud del ser humano en el amor, en la entrega total y sin límites a los demás. Nosotros hemos hecho de esa misma entrega una programación. Soy capaz de darme, con tal que me garanticen que esa entrega terminará por redundar en beneficio de mi ego.

«…porque para Él, todos están vivos». ¿No podría ser esa la verdadera plenitud humana? ¿No podríamos encontrar ahí el auténtico futuro del ser humano? ¿Por qué tenemos que empeñarnos en que nos garanticen una permanencia en el ser individual para toda la eternidad? ¿No sería muchísimo más sublime permanecer vivos solo para Él?

Urteko 32. igandea – C – José A. Pagola

BIZIAREN ADISKIDE – AMIGO DE LA VIDA

(Lukas 20,27-38)

«Biziaren adiskide da Jainkoa». Hau da Jesusen oinarrizko konbentzimenduetatik bat. Horregatik, behin batean saduzear-talde batekin ezbaian ari zela –hauek ukatu egiten zuten piztuera-, argiro agertu zien bere fedea: «Jainkoa ez da hildakoen Jainko, biziena baizik».

Jesusek ezin du imajinatu ere Jainkoari bere sorkariak hiltzen ari zaizkiolakoa; urte batzuk bizi ondoren, ezin du imajinatu ere herioa bere seme-alabak barik uzten ari delakoa. Ez da posible. Bizi-iturburu agortezin da Jainkoa. Jainkoak bizidun kreatu ditu bere sorkariak, zaindu egiten ditu, defenditu, gupidatu egiten da beraiez eta berreskuratu egiten du beraien bizia bekatutik eta heriotzatik.

Segur aski, Jesusek ez zuen irakurri sekula Jakinduria liburua, Kristo aurreko 50 urte inguru lehenago Alexandrian idatzia; baina Jesusen mezuak judu jakintsu honen orrialde ahaztezin hau gogoratzen digu, dioena: «Guztiez errukitzen zara zu, den-dena egin dezakezulako; begiak ixten dituzu gizakien bekatuen aurrean, damu daitezen. Izaki guztiak maite dituzu eta ez duzu higuintzen zeuk egina duzun ezer; gauza bat gorroto izan bazenu, ez zenuen kreatuko. Nola eutsiko zioten biziari zuk kreatu ez bazenitu? Baina guztiei barkatzen diezu zuk, Jauna, biziaren adiskide, zeureak dituzulako» (Jakinduria 11,23-26).

Biziaren adiskide da Jainkoa. Horregatik, era duinean bizitzen inola ere ez dakiten edota inola ere ezin duten guztiez gupidatzen da. «Begiak ixteraino» ere iristen da gizakien bekatuen aurrean, biziaren bidea aurkitu ahal dezaten. Ez du higuintzen kreatu duen ezer. Izaki guztiak maite ditu; bestela ez zituen kreatuko. Guztiei barkatzen die, guztiez gupidatzen da, guztiak bizi daitezen nahi du, guztiak bere dituelako.

Eta guk, nolatan ez dugu gehiago maite kreazio osoa? Zergatik ez dugu zaintzen eta defenditzen indartsuago izaki guztien bizia, horrenbesteko hondamen eta oldarretik? Zergatik ez gara gupidatzen hainbat jende «zokoratuz», mundu hau beren etxe izatetik gizarteak baztertu dituenez? Nolatan jarrai dezakegu pentsatzen ezen gure ongizatea garrantzizkoagoa dela hainbat eta hainbat gizon emakumeren bizia baino?, Jainkoak beraientzat ere kreatu duen Lur honetan arrotz eta lekurik gabeko sentitzen baitira.

Sinestezina da gure artean ezin ikusi ahal izatea gure erlijioa zein era absurduan agertzen den: batetik Kreatzaileari eta biziaren Berpiztzaileari kantatzen diogu; bestetik eta aldi berean, beraren sorkarien artean gosea, sufrimendua eta narriadura eragiten dugu.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

32 Tiempo ordinario – C (Lucas 20,27-38)

AMIGO DE LA VIDA

«Dios es amigo de la vida». Esta era una de las convicciones básicas de Jesús. Por eso, discutiendo un día con un grupo de saduceos, que negaban la resurrección, les confesó claramente su fe: «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos».

Jesús no se puede ni imaginar que a Dios se le vayan muriendo sus criaturas; que, después de unos años de vida, la muerte le vaya dejando sin sus hijos e hijas queridos. No es posible. Dios es fuente inagotable de vida. Dios crea a los vivientes, los cuida, los defiende, se compadece de ellos y rescata su vida del pecado y de la muerte.

Probablemente Jesús no leyó nunca el libro de la Sabiduría, escrito hacia el año 50 a. C. en Alejandría, pero su mensaje acerca de Dios recuerda una página inolvidable de este sabio judío que escribe así: «Tú te compadeces de todos, porque lo puedes todo; cierras los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. ¿Cómo conservarían su existencia si tú no los hubieras creado? Pero tú perdonas a todos porque son tuyos, Señor, amigo de la vida» (Sabiduría 11,23-26).

Dios es amigo de la vida. Por eso se compadece de todos los que no saben o no pueden vivir de manera digna. Llega incluso a «cerrar los ojos» a los pecados de los hombres para que descubran de nuevo el camino de la vida. No aborrece nada de lo que ha creado. Ama a todos los seres; de lo contrario no los hubiera hecho. Perdona a todos, se compadece de todos, quiere la vida de todos, porque todos son suyos.

¿Cómo no amamos con más pasión la creación entera? ¿Por qué no cuidamos y defendemos con más fuerza la vida de todos los seres de tanta depredación y agresión? ¿Por qué no nos compadecemos de tantos «excluidos» para los que este mundo no es su casa? ¿Cómo podemos seguir pensando que nuestro bienestar es más importante que la vida de tantos hombres y mujeres que se sienten extraños y sin sitio en esta Tierra creada por Dios para ellos?

Es increíble que no captemos lo absurdo de nuestra religión cuando cantamos al Creador y Resucitador de la vida y, al mismo tiempo, contribuimos a generar hambre, sufrimiento y degradación en sus criaturas.

José Antonio Pagola

32º domingo T.O. – Koinonía

2Macabeos 7, 1-2. 9-14

El rey del universo nos resucitará para una vida eterna

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley.

Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.»

El segundo, estando para morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.»

Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.»

El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos.

Cuando murió este, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida.»

Salmo responsorial: 16

Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mi suplica, que en mis labios no hay engaño. R.

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos, y no vacilaron mis pasos. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. R.

Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme. Yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante. R.

2Tesalonicenses 2, 16-3, 5

El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas

Hermanos: Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.

Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados, porque la fe no es de todos.

El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno.

Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado.

Que el Señor dirija vuestro corazón, para que améis a Dios y tengáis la constancia de Cristo.

Lucas 20, 27-38

No es Dios de muertos, sino de vivos

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»

Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Los saduceos eran los más conservadores en el judaísmo de la época de Jesús. Pero sólo en sus ideas, no en su conducta. Tenían como revelados por Dios sólo los primeros cinco libros de la Biblia, que atribuían a Moisés. Los profetas, los escritos apocalípticos, todo lo referente por tanto al Reino de Dios, a las exigencias de cambio en la historia, a la otra vida… lo consideraban ideas “liberacionistas” de resentidos sociales. Para ellos no existía otra vida, la única vida que existía era la presente, y en ella eran realmente los privilegiados –tal vez por eso, pensaban que no había que esperar otra–.

A esa manera de pensar pertenecían las familias sacerdotales principales, los «ancianos», o sea, los jefes de las familias aristocráticas, y tenían sus propios escribas que, aunque no eran los más prestigiados, les ayudaban a fundamentar teológicamente sus aspiraciones a una buena vida. Las riquezas y el poder que tenían eran muestra de que eran los preferidos de Dios. No necesitaban esperar otra vida. Gracias a eso mantenían una posición cómoda: por un lado, la apariencia de piedad; por otro, un estilo de vida de acuerdo a las costumbres paganas de los romanos, sus amigos, de quienes recibían privilegios y concesiones que agrandaban sus fortunas.

Los fariseos eran lo opuesto a ellos, tanto en sus esperanzas como en su estilo de vida austero y apegado a la ley de la pureza. Una de las convicciones que tenían más firmemente arraigadas era la fe en la resurrección, que los saduceos rechazaban abiertamente por las razones expuestas anteriormente. Pero muchos concebían la resurrección como la mera continuación de la vida terrena, sólo que para siempre, ya sin muerte.

Jesús estaba ya en la recta final de su vida pública. El último servicio que estaba haciendo a la Causa del Reino –en lo que se jugaba la vida–, era desenmascarar las intenciones torcidas de los grupos religiosos de su tiempo. Había declarado a los del Sanedrín incompetentes para decidir si tenían o no autoridad para hacer lo que hacían; a los fariseos y a los herodianos los había tachado de hipócritas, al mismo tiempo que declaraba que el imperio romano debía dejar a Dios el lugar de rey; ahora se enfrentó con los saduceos y dejó en claro ante todos la incompetencia que tenían incluso en aquello que consideraban su especialidad, la ley de Moisés.

La posición de Jesús en este debate con los saduceos puede sernos iluminadora para los tiempos actuales. También nosotros, como la sociedad culta que actualmente somos, podemos reaccionar con frecuencia contra una imagen demasiado fácil de la resurrección. Cualquiera de nosotros puede recordar las enseñanzas que respecto a este tema recibió en su formación cristiana de catequesis infantil, la fácil descripción que hasta hace 50 años se hacía de lo que es la muerte (separación del alma respecto del cuerpo), lo que sería el «juicio particular», el «juicio universal», el purgatorio (si no el limbo, que fue oficialmente «cerrado» por la Comisión Teológica Internacional del Vaticano hace unos pocos años), el cielo y el infierno (¡!)…

La teología (o simplemente la imaginería) cristiana, tenía respuestas detalladas y exhaustivas para todos estos temas. Creía saber casi todo respecto al más allá, y no hacía gala precisamente de sobriedad ni de medida. Muchas personas «de hoy», con cultura filosófica y antropológica (o simplemente con «sentido común actualizado») se ruborizan de haber creído semejantes cosas, y se rebelan, como aquellos saduceos coetáneos de Jesús, contra una imagen tan plástica, tan incontinente, tan maximalista, tan fantasiosa, y para más inri, tan segura de sí misma. De hecho, en el ambiente general del cristianismo, se puede escuchar hoy día un prudente silencio sobre estos temas, otrora tan vivos y hasta tan discutidos. En el acompañamiento a las personas con expectativas próximas de muerte, o en las celebraciones en torno a la muerte, no hablamos ya de la muerte ni de la suerte de los difuntos de la misma manera que hace unas décadas. Algo se está curvando epistemológicamente en la cultura moderna, que nos hace sentir pudorosamente la necesidad de no repetir ya lo que nos fue dicho, sino de revisar y repensar con más continencia lo que podemos decir/saber/esperar.

Como a aquellos saduceos, tal vez hoy Jesús nos dice a nosotros: «no saben ustedes de qué están hablando…». Qué sea el contenido real de lo que hemos llamado tradicionalmente «resurrección», no es algo que se pueda describir, ni detallar, ni siquiera «imaginar». Tal vez es un símbolo que expresa un misterio que apenas podemos intuir, pero no concretar. Una resurrección entendida directa y llanamente como una «reviviscencia», aunque sea espiritual (que es como la imagen funciona de hecho en muchos cristianos formados hace tiempo), hoy no parece sostenible, críticamente hablando.

Tal vez nos vendría bien a nosotros una sacudida como la que dio Jesús a los saduceos. Antes de que nuestros contemporáneos pierdan la fe en la resurrección y con ella, de un golpe, toda la fe, sería bueno que hagamos un serio esfuerzo por purificar nuestro lenguaje en torno la resurrección y por poner por delante, modesta y pudorosamente, su carácter mistérico. Fe sí, pero no una fe perezosa y fundamentalista, sino una fe seria, sobria, crítica y responsable. Hay libros adecuados para actualizarse y profundizar en estos temas, que recomendamos más abajo.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 97 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El fuego de la Gehenna». El audio del capítulo, el guión, y su comentario bíblico-teológico, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/article/97-el-fuego-de-la-gehenna/

 

DIFUNTOS (Jn 3, 3-7) – Fray Marcos

Dia de recuerdo y agradecimiento. Lo que somos se lo debemos a otros.

Este año podemos celebrar la fiesta de los difuntos como Dios manda. Es muy significativa la identificación que ha hecho el pueblo de esta fiesta de “todos los santos” con la de “todos los difuntos”, hasta el punto de que para muchos son una sola fiesta.

El nacimiento a vida biológica y la muerte son las dos caras de la misma moneda. No puede existir una sin la otra. Sin muerte no hay vida. El miedo no tiene ningún sentido. Todo lo que de mí se consume es escoria, lo que vale de veras, permanecerá siempre.

La celebración de la eucaristía, bien entendida, puede ayudarnos a encontrar el verdadero sentido de esta celebración. Es el sacramento de la unidad, o del amor que es lo mismo. En él podemos experimentar que algo nos une a Dios y a los demás, vivos o muertos. La mejor manera de sentirnos unidos a nuestros difuntos, es sentirnos unidos a Dios.

Es curioso que la principal celebración de nuestra religión sea la celebración de una muerte. Celebración alegre y gozosa, porque sabemos que a la vez que muerte, es también vida. Pero, además, ‘eucaristía en griego significa ‘acción de gracias’ y esta es el profundo significado que tiene recordar a nuestros seres queridos fallecidos.

El agradecimiento no debe limitarse a los padres, abuelos, bisabuelos, etc. sino a todos los seres vivos que han permitido que yo esté aquí en este momento. No podemos imaginar la cantidad de muertes que han sido necesarias para que mi vida sea posible. Desde la primera arquea hasta mí, ha tenido que mantenerse la cadena de la vida.

Si un solo eslabón se hubiera roto en el proceso, yo no estaría aquí. Si tenemos en cuenta que los primeros seres vivos duraban solo unas horas, y que han pasado cerca de catorce mil millones de años, podemos pensar que miles de billones de vida fueron necesarias para que mi vida surgiera. Mi vida dependió de ellas y a todas debo estar agradecido.

Tratemos de descubrir ese futuro desde Dios. ¿Por qué nos empeñamos en imaginar un más allá conforme a nuestra limitación actual? Pretender que permanezca nuestra condición de criatura limitada no tiene mucho sentido. Lo contingente es perecedero. Lo único que permanece de nosotros es lo que ya tenemos de trascendente.

Alguien ha dicho: Amar es decirle al otro: no morirás. Si el que ama es Dios, tú permanecerás para siempre. Aquello por el que conectamos con Dios, nos hace eternos. Ese punto no puede ser lo biológico. Permaneceré en la medida que muera a mi ego.

Cuando Jesús le dice a Nicodemo: “hay que nacer de muevo”, le está invitando a encontrar una Vida (con mayúscula) trascendente, la del Espíritu. Una Vida que ya poseemos mientras desplegamos nuestra vida (con minúscula), la biológica.

Esa Vida es la verdadera, la definitiva, porque la biológica termina sin remedio, pero la espiritual no tiene fin. Cada vez que oigamos en la Escritura “vida eterna”, debemos entender: Vida definitiva, que es el aspecto más interesante de la vida del más acá.

TODOS SANTOS (C) – Fray Marcos     

(Mt 5, 1-12)

Todos santos, porque lo que soy no depende de mí. Depende de Dios, único Santo.

Hoy me siento incapaz de armonizar el sentido que hemos dado a esta fiesta con el evangelio. En la colecta se habla de “los méritos de todos los santos”. El domingo pasado, el fariseo, que se sentía con derechos, no salió justificado del templo. Esa interpretación de la santidad como superioridad moral no tiene nada que ver con el evangelio.

Hace ya algunos años que vengo titulando esta fiesta como “todos santos”. Hoy añado “y pecadores” porque sin ese añadido, lo podemos entender mal. Me ayudó mucho a este matiz el oírle al Papa Francisco decir: “soy un pecador”. Lo que hace el Papa es manifestar su fina espiritualidad. Esta idea ya la había desarrollado Lutero, siendo criticado por ello.

Estamos dando un vuelco a la idea que teníamos de “santo”. A ello ha contribuido no poco el afán de la institución en las últimas décadas por declarar santos, incluso a centenares. Toda inflación supone siempre una devaluación. También han ayudado a esta nueva idea de santo, los métodos utilizados en los procesos de canonización, no siempre convincentes.

Santo no es el perfecto, sino el pecador que reconoce la necesidad que tiene de un Dios que le ame sin merecerlo. Solo cuando uno se siente pecador, está cerca de Dios. Y al contrario solo en la medida que un ser humano es santo puede sentirse pecador. Que nadie caiga en la tentación de aspirar a la “santidad”. Aspirad solo a ser cada día más humanos.

No tenemos que pensar en los “santos” canonizados, sino en todos los hombres que descubrieron la marca de lo divino en ellos, aunque no hayan pensado en la santidad. No se trata de celebrar los “méritos” de personas extraordinarias, sino de reconocer la presencia de Dios, el único Santo, en cada uno de nosotros. El único mérito es siempre de Dios.

En todos los tiempos han existido y siguen existiendo personas que descubriendo su autentico ser, ha sido capaces de darse a los demás y de hacer así un mundo más humano. En este mundo hay lugar también para el optimismo, porque la inmensa mayoría de los hombres son buenas personas, que intentan por todos los medios hacer felices a los demás.

Eso no quiere decir que no tengan fallos. Una de las actitudes que más nos humanizan es precisamente el aceptar las limitaciones, en nosotros mismos. A veces ese reconocimiento se convierte en una tortura, pero debe ser una liberación. Jesús no exigió la perfección a sus seguidores, solo les pedía que descubrieran el amor gratuito de Dios en ellos.

En esta fiesta celebramos la “bondad”, se encuentre donde se encuentre. Es una fiesta de optimismo, porque, a pesar de los telediarios, Hay mucho bien en el mundo si sabemos descubrirlo. Es cierto que mete más ruido uno tocando el tambor que mil callando. Por eso nos abruma el ruido que hace el mal y no nos queda espacio para descubrir el bien.

Cuando hemos puesto la santidad en lo extraordinario, nos hemos salido de todo marco de referencia evangélico. Si creemos que santo es aquel que hace lo que nadie es capaz de hacer, o deja de hacer lo que todos hacemos, ya hemos caído en la trampa del falso yo.

Todos somos santos, aunque la inmensa mayoría no lo hemos descubierto todavía. Somos santos por lo que Dios es para nosotros, no por lo que nosotros somos para Dios. La creencia de que la santidad consiste en desplegar las virtudes, no nace del evangelio.

Urteko 31. igandea – C – José A. Pagola

(Lukas 19,1-10)

ABERATSAREN SALBAZIOA

Gizarte-maila erosoko aski kristau dira deseroso sentitzen direnak «moda» honekin: Elizan pobreen alde hainbeste hitz egitearekin. Ez dute ulertzen nolatan izan daitekeen Ebanjelioa haientzat bakarrik. Eta, ondorioz, aberatsek honela bakarrik ulertzen al dutela Ebanjelioa: beraien interesen mehatxu bezala eta beraien aberastasunen interpelazio bezala.

Uste dute hau guztia ez dela demagogia merke bat baizik, ez dela Ebanjelioaren sasiko ideologizazioa baizik eta, azken batean, «ezkerraren politika egitea» baizik. Izan ere, ikus dezagun: Jesus ez al zitzaien denei maila berean agertzen? Ez al zituen onartzen behartsuak eta aberatsak maitasun bat beraz? Ez al zien eskaini salbazioa guztiei?

Bai, noski, guztiengana hurbildu da Jesus salbazioa eskainiz. Baina ez modu berean guztiengana. Eta, zehazki, aberatsengana hurbildu da beste ezer baino lehen beren aberastasunetatik «salbatzeko».

Jerikon, aberats baten etxean gelditu da Jesus ostatuz. Gizonak pozik onartu du. Ohorea da berarentzat bere etxean harrera egitea Nazareteko Maisuari. Jesusekin topo egin eta beraren mezua entzutean, aberatsa aldatu egin da. Konturatu da gauzarik inportanteena ez dela metatzea baizik eta partekatzea, eta erabaki du bere ondasunen erdia pobreei ematea. Jabetu da lapurtu dienei zuzentasuna egin behar diela, eta gaindika itzultzera konprometitu da. Soilik orduan aldarrikatu du Jesusek: «Gaur etxe honetan salbazioa gauzatu da».

Aberatsari ez zaio eskaini salbatzeko beste biderik: daukana partekatzea bakarrik premian diren pobreekin. Bere ondasunekin egin dezakeen «kristau-konbertsio errentagarri» bakarra da.

Xumea da arrazoia. Ezinezkoa da mundu senidezkoago bat, aberatsek jarreraz aldatzen ez badira eta beren ondasunak murriztea onartzen ez badute, gaur egungo sistema ekonomikoak pobretu dituenen mesedetan.

Hau da aberatsei eskaintzen zaien salbazio-bidea. «Haiek laguntza orduan bakarrik har dezakete: beren pobretasuna onartu eta behartsuen elkartean sartzeko prest jarriko direnean, modu berezian berek indarkeriaz miseriara eraman dituztenen elkartean» (Jürgen Moltmann).

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

31 Tiempo ordinario – C (Lucas 19,1-10)

LA SALVACIÓN DEL RICO

Son bastantes los cristianos de posición acomodada que se sienten molestos por esta «moda» que ha entrado en la Iglesia de hablar tanto de los pobres. No entienden que el Evangelio pueda ser buena noticia solo para ellos. Y, por tanto, solo pueda ser escuchado por los ricos como amenaza para sus intereses y como interpelación de su riqueza.

Les parece que todo esto no es sino demagogia barata, ideologización ilegítima del Evangelio y, en definitiva, «hacer política de izquierdas». Porque, vamos a ver: ¿no se acercaba Jesús a todos por igual? ¿No acogía a pobres y a ricos con el mismo amor? ¿No ofreció a todos la salvación?

Ciertamente, Jesús se acerca a todos ofreciendo la salvación. Pero no de la misma manera. Y, en concreto, a los ricos se les acerca para «salvarlos» antes que nada de sus riquezas.

En Jericó, Jesús se hace hospedar en casa de un rico. El hombre lo recibe con alegría. Es un honor para él acoger al Maestro de Nazaret. Al encontrarse con Jesús y escuchar su mensaje, el rico va a cambiar. Descubre que lo importante no es acaparar, sino compartir, y decide dar la mitad de sus bienes a los pobres. Descubre que tiene que hacer justicia a los que ha robado, y se compromete a restituir con creces. Solo entonces Jesús proclama: «Hoy ha sido la salvación de esta casa».

Al rico no se le ofrece otro camino de salvación sino el de compartir lo que posee con los pobres que lo necesitan. Es la única «inversión cristianamente rentable» que puede hacer con sus bienes.

La razón es sencilla. No es posible un mundo más fraterno si los ricos no cambian de actitud y aceptan reducir sus bienes en beneficio de los empobrecidos por el actual sistema económico.

Este es el camino de salvación que se les ofrece a los ricos. «Ellos solo pueden recibir ayuda cuando reconocen su propia pobreza y están dispuestos a entrar en la comunidad de los pobres, especialmente de aquellos que ellos mismos han reducido a la miseria por la violencia» (Jürgen Moltmann).

José Antonio Pagola

 

Domingo 02 de Noviembre-Fieles Difuntos-Koinonía

Job 19,1.23-27a

Yo sé que está vivo mi Redentor

Respondió Job a sus amigos: «¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá se grabaran en cobre, con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca! Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán.»

Salmo responsorial: 24

A ti, Señor, levanto mi alma.

Recuerda, Señor, que tu ternura / y tu misericordia son eternas; / acuérdate de mí con misericordia, / por tu bondad, Señor. R.

Ensancha mi corazón oprimido / y sácame de mis tribulaciones. / Mira mis trabajos y mis penas / y perdona todos mis pecados. R.

Guarda mi vida y líbrame, / no quede yo defraudado de haber acudido a ti. / La inocencia y la rectitud me protegerán, / porque espero en ti. R.

Filipenses 3,20-21

Transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso

Hermanos: Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.

Marcos 15,33-39;16,1-6

Jesús, dando un fuerte grito, expiró

Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente: «Eloí, Eloí, lamá sabaktaní». (Que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») Algunos de los presentes, al oírlo, decían: «Mira, está llamando a Elías.» Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo: «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.» Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: «Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

[Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?» Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: «No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron.»]

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

El evangelio es pedagogía para la comunidad creyente. Así, el relato de Jesús y Zaqueo no es únicamente otro episodio del ministerio de Jesús en Lucas, sino un paso más en el itinerario de su enseñanza. Jesús visita a Zaqueo y, sin mediar palabra del maestro, éste declara: «Daré la mitad de mis bienes a los pobres, y a quien haya defraudado le devolveré cuatro veces más». Pero ¿qué tiene que ver el proyecto de Jesús y las relaciones económicas? ¿Por qué habla así Zaqueo? Uno de los temas principales en el evangelio de Lucas es la crítica del amor al dinero y al abuso hacia las personas débiles. Una mirada rápida a la proclamación del Jubileo (Lc 4,16-21), las bendiciones a los empobrecidos y maldiciones a los acapadores (Lc 6,20-21 y 24), así como la crítica a la acumulación de bienes y la opulencia (Lc 12,13-21 y 33-34; 18,18-27), evidencian la fuerte oposición entre el proyecto de Jesús y el abuso económico nacido del amor a las riquezas.

Con el relato de Zaqueo el evangelista hace pedagogía: invita a su comunidad a comprender que el seguimiento de Jesús implica reconocer el mal de la avaricia y la opresión, así como la construcción de una sociedad alejada de dichas prácticas. Zaqueo es modelo en dos aspectos. Representa la acumulación injusta que hace más vulnerables especialmente a las personas débiles –era cobrador de impuestos al servicio de las autoridades– encareciendo aún más la vida de sus compatriotas. Pero también Zaqueo es modelo de la persona/comunidad que entiende la fundamental contradicción entre abuso económico y proyecto de Dios, y se ve llamado a cambiar las realidades injustas de su sociedad con actos concretos. Sólo dicha conversión lleva a Jesús a proclamar: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa».

Hoy vivimos bajo una situación grave de opresión económica y culto al dinero, sufrida de manera gravosa y particular por las multitudes de personas en pobreza, miseria y explotación en América Latina. La insistencia en la implementación del modelo capitalista, impuesto a la fuerza por élites políticas y económicas, nos recuerda una vez más la pertinencia de un texto como el de Zaqueo: no llegará la Salvación a nuestra Casa común hasta que no llegue la justicia, hasta que no se devuelva lo defraudado a todas las personas explotadas por el modelo social actual. Dios, como ‘amigo de la vida’ (Sab 11,26), aparece en Lucas como amigo de la vida digna, aquella que da paz, pan, salud y bienestar para todos y todas. ¿Por qué muchas personas reducen la vida digna a la tenencia de bienes?

Domingo 30 Ciclo C – José Luis Sicre

LA JUSTICIA PARCIAL DE DIOS

El Catecismo que estudié de pequeño decía que Dios “premia a los buenos y castiga a los malos”. Pero no concretaba quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Y como nuestra forma de pensar es con frecuencia muy distinta de la de Dios, es probable que los que Dios considera buenos y malos no coincidan con los que nosotros juzgamos como tales.

Dios, un juez parcial a favor del pobre

Esta es la imagen que ofrece la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico. Lo más curioso de este texto es que no lo escribe un profeta, amante de las denuncias sociales y de las críticas a los ricos y poderosos, sino un judío culto, perteneciente a la clase acomodada del siglo II a.C.: Jesús ben Sira. Y la imagen que ofrece de Dios dista mucho de la que tenían bastantes israelitas. No es un Dios imparcial, que juzga a las personas por sus obras; es un Dios parcial, que juzga a las personas por su situación social. Por eso se pone de parte de los pobres, los oprimidos, los huérfanos y las viudas; los seres más débiles de la sociedad. Comienza el autor diciendo: El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial. Pero añade de inmediato, con un toque de ironía: no es parcial contra el pobre. Porque la experiencia de Israel, como la de todos los pueblos, enseña que lo más habitual es que la gente se ponga a favor de los poderosos y en contra de los débiles.

Dios, un juez parcial a favor del humilde

El evangelio de Lucas ofrece el mismo contraste mediante un ejemplo distinto, sin relación con el ámbito económico. La parábola es fácil de entender, pero conviene profundizar en la actitud del fariseo.

La confesión de inocencia

Un niño pequeño, cuando hace una trastada, es frecuente que se excuse diciendo: “Mamá, yo no he sido”. Esta tendencia innata a declararse inocente influyó en la redacción del capítulo 150 del Libro de los muertos, una de las obras más populares del Antiguo Egipto. Es lo que se conoce como la “confesión negativa”, porque el difunto iba recitando una serie de malas acciones que no había cometido. Algo parecido encontramos también en algunos Salmos. Por ejemplo, en el Salmo 26(25),4-5:

No me siento con gente falsa,
con los clandestinos no voy;
detesto la banda de malhechores,
con los malvados no me siento.

La profesión de bondad

Existe también la versión positiva, donde la persona enumera las cosas buenas que ha hecho. Encontramos un espléndido ejemplo en el libro de Job, cuando el protagonista proclama (Job 29,12-17):

Yo libraba al pobre que pedía socorro y al huérfano indefenso,
recibía la bendición del vagabundo y alegraba el corazón de la viuda;
de justicia me vestía y revestía,
el derecho era mi manto y mi turbante.
Yo era ojos para el ciego, era pies para el cojo,
yo era el padre de los pobres
y examinaba la causa del desconocido.
Le rompía las mandíbulas al inicuo
para arrancarle la presa de los dientes.

El orgullo del fariseo

Volvamos a la confesión del fariseo: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.» Si el fariseo hubiera sido como Job, se habría limitado a las palabras finales: Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. Pero al fariseo lo come el odio y el desprecio a los demás, a los que considera globalmente pecadores: ladrones, injustos, adúlteros. Sólo él es bueno, y considera que Dios está por completo de su parte.

La humildad del publicano

En el extremo opuesto se encuentra la actitud del publicano. A diferencia de Job, no recuerda sus buenas acciones, que algunas habría hecho en su vida. A diferencia del Libro de los muertos y algunos Salmos, no enumera malas acciones que no ha cometido. Al contrario, prescindiendo de los hechos concretos se fija en su actitud profunda y reconoce humildemente, mientras se golpea el pecho: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. 

En el AT hay dos casos famosos de confesión de la propia culpa: David y Ajab. David reconoce su pecado después del adulterio con Betsabé y de ordenar la muerte de su esposo, Urías. Ajab reconoce su pecado después del asesinato de Nabot. Pero en ambos casos se trata de pecados muy concretos, y también en ambos casos es preciso que intervenga un profeta (Natán o Elías) para que el rey advierta la maldad de sus acciones. El publicano de la parábola muestra una humildad mucho mayor. No dice: “he hecho algo malo”, no necesita que un profeta le abra los ojos; él mismo se reconoce pecador y necesitado de la misericordia divina.

Dios, un juez parcial e injusto

Al final de la parábola, Dios emite una sentencia desconcertante: el piadoso fariseo es condenado, mientras que el pecador es declarado inocente: Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. ¿Debemos decir, en contra del Catecismo, que “Dios premia a los malos y castiga a los buenos”? ¿O, más bien, debemos cambiar nuestros conceptos de buenos y malos, y nuestra imagen de Dios?

José Luis Sicre

DOMINGO 30 T.O. (C) Fray Marcos

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(Lc 18,9-14)

El fariseo despreciaba al publicano. Pero el publicano se despreciaba a sí mismo. Las dos actitudes son destructivas.

El relato de hoy nos invita a ponernos de parte del publicano y en contra del fariseo. La verdad es que el fariseo tiene muchas cosas buenas que pasamos por alto y el publicano tiene muchas cosas malas que olvidamos. Todos somos fariseos y publicanos a la vez. Ni la soberbia ni la falsa humildad pueden llevar a una espiritualidad auténtica.

Lucas en la introducción a la parábola lo deja claro: “por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás” El fariseo se siente excelente y falla en su apreciación. El publicano se cree indigno y también falla. Las dos posturas son falsas porque están hechas desde el falso yo, no desde el verdadero ser.

El publicano se siente pecador y falla al despreciarse a sí mismo, por eso tiene que insistir en pedir un perdón que ya le han concedido. Lo más normal de mundo sería alabar al que era bueno y criticar al malo, pero a los ojos de Dios todo es diferente. Dios es el mismo para los dos. Uno suplica que le acepte a pesar de sus fallos, pero no tiene confianza total. El otro cree tener a Dios de su parte porque lo merecen sus obras.

Dios está cerca de los dos, pero el publicano reconoce que la cercanía de Dios es debida solo al amor incondicional. El fariseo cree que Dios tiene la obligación de amarle porque se lo ha ganado. El publicano está más cerca de Dios a pesar de sus pecados, porque todo lo espera de Él, pero falla porque su confianza es muy limitada y tiene miedo.

Tomar conciencia de que lo que soy de verdad no depende de mí, es la clave para una total seguridad. Dios me está aportando lo que soy desde antes de empezar a existir, es ridículo pensar que pueda merecerlo. Lo que sí puedo y debo hacer es responder conscientemente a ese don y tratar de agradecerlo, desplegándolo en mi vida.

Esto tendrían consecuencias para mi relación con los demás. Amar al que se porta bien no demuestra nada. Es lo que hacemos todos, pero tenemos que superar esa actitud. Si me porto humanamente con aquel que no se lo merece, daré un salto de gigante en mi evolución hacia la plenitud humana. Ser más humanos me hace a la vez, más divino.

Cada oración manifiesta la idea de Dios que tiene uno y otro. Para uno se trata de un Dios justo, que me da lo que merezco. Para el otro, Dios es amor que puede llegar a mí sin merecerlo. Ojo al dato, porque todos estamos más cerca del fariseo que del publicano. ¿Podemos imaginar a Jesús haciendo la oración del publicano o del fariseo?

El desaliento que a veces nos invade es un desenfoque espiritual. Nada tienes que conseguir. Dios ya te lo ha dado todo. No tengas miedo a fallar. Tu ser profundo no lo puede malear nadie, ni siquiera tú mismo. Tus fallos solo demuestran de que no has descubierto lo que eres. Las limitaciones no pueden malograr tus posibilidades de ser.

Cuando te sientas abrumado por tus fallos, tienes que descubrir que para Dios eres siempre el mismo, único, irrepetible, necesario para el mundo y para Dios. La autoestima es imprescindible para poder desarrollar lo que verdaderamente eres en lo más profundo de tu ser, pero nunca puede apoyarse en las cualidades que puedes tener o no tener, que son accidentales, porque te llevarán a una rotunda ansiedad.