18 de Enero – 2º domingo T.O. – Koinonía

Isaías 49,3.5-6

Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación

El Señor me dijo: «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.» Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza-: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

Salmo responsorial: 39

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Yo esperaba con ansia al Señor; / él se inclinó y escuchó mi grito; / me puso en la boca un cántico nuevo, / un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, / y, en cambio, me abriste el oído; / no pides sacrificio expiatorio, / entonces yo digo: «Aquí estoy.» R.

Como está escrito en mi libro: / «Para hacer tu voluntad.» / Dios mío, lo quiero, / y llevo tu ley en las entrañas. R.

He proclamado tu salvación / ante la gran asamblea; / no he cerrado los labios: / Señor, tú lo sabes. R.

1Corintios 1,1-3

La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesús sean con vosotros

Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros.

Juan 1,29-34

Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: «Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.» Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.»

Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.» Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Las lecturas de este domingo tienen como eje transversal la invitación de Dios a toda la humanidad a asumir como propio el proyecto del Reino, de retarle, en libertad y sinceridad, a una manera nueva ser hombre y mujer, de ser creación y sociedad. El texto que leemos en la primera lectura forma parte del segundo Cántico del Siervo (Is 49,1 – 50,7) en el que se identifica al pueblo de Israel como el servidor de Dios; este Israel mencionado aquí no representa la totalidad del pueblo de Dios, sino que, tal vez, se refiera a aquella pequeña comunidad creyente desterrada en Babilonia, a ese grupo reducido que mantiene viva la esperanza y la fe. Ese grupo que, a pesar de estar lejos de su tierra, mantiene su confianza en Yahvé es el que traerá la salvación a todo el pueblo de Israel y al mundo entero, pues Dios ha puesto sus ojos en él y le ha asignado la misión de expresar a toda la creación su deseo más profundo: salvar a todos sin excepción. El profeta que escribe este cántico marca una gran diferencia en cuanto a la comprensión de la salvación prometida por Yahvé; siendo el tiempo del exilio, el profeta anuncia una salvación para todas las naciones, no únicamente para el pueblo de Israel.

Pablo inicia su carta confirmando la universalidad del Reino de Dios; expresando que el mensaje de salvación es para todos los que en cualquier lugar -y tiempo- invocan el nombre de Jesucristo. Este saludo es dirigido a los cristianos de Corinto; sin embargo, por la manera solemne en que Pablo escribe (a la Iglesia de Dios de Corinto), se puede afirmar que el apóstol se está refiriendo a la única y universal Iglesia de Cristo, que se hace presente históricamente en los creyentes de Corinto. Es decir, que aunque Pablo escriba de manera particular a esta comunidad, su mensaje desborda los límites de espacio y tiempo, adquiriendo en todo momento actualidad y relevancia, pues es una Palabra dirigida a la humanidad entera. Hombres y mujeres hemos recibido la gracia de ser hijos de Dios, por medio de Jesús; hemos sido consagrados por Dios para realizar en nuestras vidas la “vocación santa”, que en nuestro lenguaje correspondería a la “misión” de hacer presente, aquí y ahora, el reino de Dios: hacer de este mundo un lugar más justo y solidario, menos violento y destructor, más libre y fraterno. Quien asume como modo normal de vida este horizonte liberador está invocando el nombre de Jesús.

El evangelio de Juan manifiesta la universalidad de la salvación de Dios por medio de la vida y misión de Jesús de Nazaret, visto éste como cordero de Dios, que se sacrifica, se entrega obedientemente a la voluntad del Padre para salvar de la muerte (del pecado) a toda la Humanidad… Jesús es el enviado del Padre, el ungido por el Espíritu de Dios, el servidor de Yahvé del profeta Isaías (49,3) que tiene como especial misión establecer en el mundo la justicia del reino; es quien verdaderamente trae la salvación de Dios a la humanidad. Juan el Bautista ya había comprendido su propia misión y la misión de Jesús; por tal razón el profeta del desierto dice que detrás de él viene alguien más importante que él, pues el que viene es el Mesías, una Palabra nueva de Dios para el mundo. El Bautista reconoce a Jesús como el Hijo de Dios, y por eso da testimonio de él. Y lo hace -lo recoge así el evangelio de Juan-, con las imágenes de aquel tiempo, unas imágenes que hace mucho tiempo se quedaron sin base y que han perdido incluso parte de su inteligibilidad.

En efecto, hablar de Cordero de Dios, sacrificado, que expía nuestros pecados, que quita «el pecado del mundo» con su sangre, que nos «redime»… es hablar en unas categorías que hoy sólo podemos conocerlas por estudio histórico-bíblico, por cultura especializada religiosa, pero que no se pueden captar en nuestra vida diaria por simple sentido común, por una evidencia que se respira en subconsciente colectivo social, como han de ser captadas las buenas imágenes, las imágenes que están vivas, no las que ya murieron aunque sigan siendo leídas o repetidas. Una tarea pendiente de la comunidad creyente hoy es testimoniar ese encuentro profundo con Jesús con unas metáforas nuevas, para que expresen y comuniquen ese encuentro, que sólo de esa manera se concretizará en una vida fundada entregada al amor, a la Justicia y a la comunión con Naturaleza.

(Recordemos que el lenguaje religioso es siempre metafórico, y que las metáforas no describen la realidad, sino que la aluden simbólicamente, con frecuencia de un modo inexpresable en conceptos. El lenguaje religioso no es de ideas «claras y distintas», como tantas veces ha confundido la teología dogmática, pensando que está describiendo una realidad religiosa ontológica que está ahí como un ob-jeto que puede ser descrito objetivamente… El lenguaje religioso es más bien como la poesía: nos habla con metáforas, imágenes, símbolos… que muchas veces evocan nuestro subconsciente, personal y colectivo. Jesús no puede ser el cordero de Dios, porque no es, en absoluto, un cordero… Sin embargo, para los cristianos de aquel tiempo, decir que lo era, resultaba una afirmación religiosa conmovedora, porque evocaba un gran conjunto de sentimientos, tradiciones, doctrinas, imágenes, etc. Traducir aquella expresión no es traducirla a nuestro idioma actual, sino encontrar genialmente una correspondencia válida con otra imagen o imágenes que pudieran expresar una vivencia religiosa semejante a la que suscitaba esa expresión en aquel tiempo. Pero esto no es fácil hacerlo –si es que es realmente posible–. Mientras, lo que podemos/debemos hacer es no idolatrar aquellas expresiones antiguas, no sentirnos atados, y ser suficientemente creativos para aportar nuestro granito de arena al desarrollo del lenguaje religioso, que también es nuestra responsabilidad).

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 7 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/7-bautismo-en-el-jordan/  Puede ser escuchado en esa misma página.

DOMIGO 1º (A) Bautismo – Fray Marcos

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(Mt 3,13-17)

Celebramos el verdadero nacimiento de Jesús. Éste si es obra del Espíritu.

Empezamos el tiempo ordinario del año litúrgico. Este año recorreremos el evangelio de Mateo. Es lógico que empecemos con el primer relato importante de esa andadura, el bautismo de Jesús. El bautismo, es el primer dato de la vida de Jesús que podemos considerar histórico con gran probabilidad. Sin duda fue muy importante para Jesús.

Hoy en las tres lecturas se habla del Espíritu (de Dios) como determinante de la presencia salvadora de Dios. La presencia de Dios en la historia se lleva a cabo siempre a través de su Espíritu. Dios no puede ser causa segunda. Actúa siempre desde lo hondo del ser y sin violentarlo. Por eso decimos que actúa como Espíritu.

Aunque fuera un hecho histórico, la manera de contarlo nos lleva más allá de una crónica de sucesos. Lo narran los tres sinópticos, Hechos aluden a él varias veces y Juan hace referencia a él como dato conocido. Si a pesar de las dificultades de encajarlo, se narra en todos los evangelios, es que era una tradición muy antigua.

El relato intenta concentrar en un momento, lo que fue un proceso que duró toda la vida de Jesús. En ningún momento concreto quedó definitivamente clara su trayectoria. No tiene lógica que un simple bautismo marque el punto de inflexión en su vida. Aceptar el bautismo de Juan, era aceptar su doctrina y su actitud vital.

El brevísimo diálogo entre Jesús y Juan rompe todos los esquemas del mesianismo judío. No es el bautizar a Jesús lo que le cuesta aceptar al Bautista, sino el significado de su bautismo. Es muy probable que Jesús fuera discípulo de Juan y que no solo se vio atraído por su doctrina, sino que formó parte del grupo de seguidores.

Con sus constantes referencias al AT, Mateo quiere dejar claro que toda la posible comprensión de la figura de Jesús tiene que partir del AT. La manera de hablar es simbólica. Todo pasó en el interior de Jesús. Lucas nos dice: “y mientras oraba…”

Jesús no fue un extraterrestre, dispensado de la trayectoria que todo ser humano tiene que recorrer para alcanzar su plenitud. Los primeros cristianos tomaron muy en serio la humanidad de Jesús. Jesús necesitó aclarar sus ideas sobre Dios y sobre él

Dios llega siempre desde dentro, no desde fuera. El centro del mensaje de Jesús consiste en invitar a todos los hombres a tener la misma experiencia de Dios, que él tuvo. Después de esa experiencia, Jesús ve con toda claridad que esa es la meta de cualquier ser humano y puede decir a Nicodemo: “hay que nacer de nuevo”.

Los cielos que se abren era la esperanza de todo el AT. (Is 63,16) “¡Ah si se rasgasen los cielos y descendieses!” La comunicación entre lo divino y lo humano se había interrumpida por culpa de la infidelidad del pueblo. Ahora es posible gracias a la fidelidad de Jesús. La distancia entre Dios y el Hombre queda superada para siempre.

Estamos celebrando el verdadero nacimiento de Jesús. Y éste sí que ha tenido lugar por obra del Espíritu Santo. Dejándose llevar por el Espíritu, se encamina él mismo hacia la plenitud humana, marcándonos el camino de nuestra propia plenitud. Pero tenemos que ser muy conscientes de que, solo naciendo de nuevo, naciendo del Espíritu, podremos desplegar todas nuestras posibilidades humanas.

La presencia de Dios en el hombre tiene que darse en aquello que tiene de específicamente humano; no puede ser una inconsciente presencia mecánica. Dios está en todas las criaturas como la base y el fundamento de su ser, pero solo el ser humano puede tomar conciencia de esa realidad y vivirla. Esto es su meta y objetivo último. Jesús consiguió esa meta e intentó que todos la consigamos también.

Jaunaren Bataioa – A – José A. Pagola

JAINKOAREN ESPIRITU ONA – EL ESPÍRITU BUENO DE DIOS

Jesus ez da hutsik dagoen gizon bat, ezta barnez barreiaturik dagoena ere. Ez dihardu Galileako herrixka haietan era arbitrarioan, ezta edozein interesek mugiturik ere. Ebanjelioek argi utzi digute hasieratik ezen Jesus «Jainkoaren Espirituak» eraginik bizi dela eta jokatzen duela.

Ez dute nahi «legeko edozein maisurekin» nahas dezagun, Israel herriaren portaeran ordena gehiago ezartzeaz kezkatua balego bezala. Ez dute nahi sasi-profeta baten pareko egin dezagun, tenpluko erlijioaren eta Erromako boterearen artean oreka ezarri nahi balu bezala.

Ebanjelariek, gainera, nahi dute, inork ez dezala Jesus Bataiatzailearen pareko egin. Inork ez dezala hartu ikasle soiltzat eta basamortuko profeta handi haren lankidetzat. Jainkoaren «Seme maitea» da Jesus. Jainkoaren Espiritua «jaitsi da» beragana. Berak bakarrik «bataia dezake» Espiritu Santuaz.

Biblia-tradizio osoaren arabera, «Jainkoaren Espiritu» hori «Jainkoaren hatsa da, bizi osoa kreatzen eta sostengatzen duena. Bizidunak eraberritzeko eta eraldatzeko Jainkoak duen indarra. Bere seme-alabentzat beti denik eta hoberena bilatzen duen beraren amodiozko energia.

Horregatik, bidalia izan dela sentitzen du Jesusek, ez kondenatzeko, ez suntsitzeko edo madarikatzeko, baizik eta sendatzeko, eraikitzeko eta bedeinkatzeko. Jainkoaren Espirituak bizia sustatzera eta hobetzera bidali du. Jainkoaren «Espiritu» horretaz beterik, jendea «espiritu gaiztotatik» liberatzera jo du, hauek ez baitute egiten kaltetu, esklabo bihurtu eta desgizatiartu besterik.

Lehen kristau-belaunaldiek oso garbi zuten zer izan zen Jesus. Honela laburtu zuten bere jarraitzaileengan grabaturik utzi zuen oroitzapena: «Jainkoak Espiritu Santuaz gantzuturik, on eginez bizi izan zen eta deabruak zapaldurik zituenak sendatuz, Jainkoak berekin baitzuen» (Apostoluen Eginak 10,38).

Zein «espirituk» eragiten digu gaur egun Jesusen jarraitzaileoi? Zein da beraren Eliza mugitzen duen «grina»? Zein da gure elkarteei bizitzera eta jardutera eragiten dien «mistika»? Zer ari gara ereiten eta landatzen munduan? Jesusen Espiritua gugan badago, jende zapaldua, etsia edo gaitzak hertsatua «sendatzen» biziko gara.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarai

Bautismo del Señor – A (Mateo 3,13-17)

EL ESPÍRITU BUENO DE DIOS

Jesús no es un hombre vacío ni disperso interiormente. No actúa por aquellas aldeas de Galilea de manera arbitraria ni movido por cualquier interés. Los evangelios dejan claro desde el principio que Jesús vive y actúa movido por «el Espíritu de Dios».

No quieren que se le confunda con cualquier «maestro de la ley», preocupado por introducir más orden en el comportamiento de Israel. No quieren que se le identifique con un falso profeta, dispuesto a buscar un equilibrio entre la religión del templo y el poder de Roma.

Los evangelistas quieren, además, que nadie lo equipare con el Bautista. Que nadie lo vea como un simple discípulo y colaborador de aquel gran profeta del desierto. Jesús es «el Hijo amado» de Dios. Sobre él «desciende» el Espíritu de Dios. Solo él puede «bautizar» con Espíritu Santo.

Según toda la tradición bíblica, el «Espíritu de Dios» es el aliento de Dios, que crea y sostiene la vida entera. La fuerza que Dios posee para renovar y transformar a los vivientes. Su energía amorosa que busca siempre lo mejor para sus hijos e hijas.

Por eso Jesús se siente enviado no a condenar, destruir o maldecir, sino a curar, construir y bendecir. El Espíritu de Dios lo conduce a potenciar y mejorar la vida. Lleno de ese «Espíritu» bueno de Dios, se dedica a liberar a la gente de «espíritus malignos», que no hacen sino dañar, esclavizar y deshumanizar.

Las primeras generaciones cristianas tenían muy claro lo que había sido Jesús. Así resumían el recuerdo que dejó grabado en sus seguidores: «Ungido por Dios con el Espíritu Santo… pasó por la vida haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hechos de los Apóstoles 10,38).

¿Qué «espíritu» nos anima hoy a los seguidores de Jesús? ¿Cuál es la «pasión» que mueve a su Iglesia? ¿Cuál es la «mística» que hace vivir y actuar a nuestras comunidades? ¿Qué estamos poniendo en el mundo? Si el Espíritu de Jesús está en nosotros, viviremos «curando» a oprimidos, deprimidos o reprimidos por el mal.

José Antonio Pagola

Bautismo del Señor – Ciclo A – Koinonía

Isaías 42, 1-4. 6-7

Mirad a mi siervo, a quien prefiero

Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero.

Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones.

No gritará, no clamará, no voceará por las calles.

La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará.

Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará,

hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas.

Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano,

te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones.

Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión,

y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»

Salmo responsorial: 28

El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor,

aclamad la gloria del nombre del Señor,

postraos ante el Señor en el atrio sagrado. R.

La voz del Señor sobre las aguas,

el Señor sobre las aguas torrenciales.

La voz del Señor es potente,

la voz del Señor es magnífica. R.

El Dios de la gloria ha tronado.

En su templo un grito unánime: «¡Gloria!»

El Señor se sienta por encima del aguacero,

el Señor se sienta como rey eterno. R

Hechos de los apóstoles 10, 34-38

Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo

Lectura del libro de los

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

Lucas 3, 15-16. 21-22

Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.»

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espiritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS:

Hoy celebra la liturgia el bautismo de Jesús. Las lecturas de este día nos ofrecen tres elementos para reflexionar sobre el bautismo en el Señor.

Un primer elemento lo encontramos en el texto de Isaías, quien nos habla de la actitud del siervo de Dios; éste ha sido llamado y asistido por el Espíritu para llevar a cabo una especial misión en el pueblo de Israel: hacer presente con su vida la actitud misma de Dios para con la humanidad; es decir, evidenciar que Dios instaura su justicia y su luz por medio de la debilidad del ser humano. Por tanto, es tarea de todo bautizado testimoniar que Dios está actuando en su vida; signo de ello es su manera de existir en medio de la comunidad; debe ser una existencia que promueva la solidaridad y la justicia con los más débiles, pues en ellos Dios actúa y salva; en ellos se hace presente la liberación querida por Dios.

El segundo elemento está presente en el relato de los Hechos de los Apóstoles. La intención central de este relato es afirmar que el mensaje de salvación, vivido y anunciado por Jesús de Nazaret, es para todos. La única exigencia para ser partícipe de la obra de Dios es iniciar un proceso de cambio (respetar a Dios y practicar la justicia), que consiste en abrirse a Dios y abandonar toda clase de egoísmo para poder ir, en total libertad, al encuentro del otro, pues es en el otro donde se manifiesta Dios. A ejemplo de Jesús, todo bautizado tiene el deber de «pasar por la vida haciendo el bien»; tiene la tarea constante de cambiar, de despojarse de todo interés egoísta para poder así ser testigo de la salvación.

El evangelio de Mateo desarrolla el tercer elemento que identifica el verdadero bautismo: La obediencia a la voluntad del Padre. “La justicia plena” a la que se refiere Jesús en el diálogo con Juan el Bautista manifiestamente la íntima relación existente entre el Hijo de Dios y el proyecto del Padre. Esto significa que el bautismo es la plenitud de la justicia de Dios, ya que las actitudes y comportamientos de Jesús tienen como fin hacer la voluntad de Dios. Esta obediencia y apertura a la acción de Dios afirma su condición de hijo; es hijo porque obedece y se identifica con el Padre. Esta identidad de Jesús con el Padre (ser Hijo de Dios) se corrobora en los sucesos que acompañan el bautismo: el cielo «se abre», desciende el Espíritu, y una voz comunica que Jesús es Hijo predilecto de Dios. Es «hijo» a la manera del siervo sufriente de Isaías (Is 42,1): hijo obediente que se encarna en la historia y participa completamente de la realidad humana. El bautismo, en consecuencia, provoca y muestra la actitud de toda persona abierta a la divinidad y voluntad de Dios; y hace asumir, como modo normal de vida, el llamado a ser hijos de Dios, identificándonos en todo con el Padre y procurando, con nuestro actuar, hacer presente la justicia y el amor de Dios.

Por desgracia, en la actualidad el bautismo se ha limitado al mero rito religioso, desligándolo de la vida y la experiencia de fe de la persona creyente. Se ha olvidado que el bautismo es un hecho fundamental del ser cristiano, pues tendría que ser la expresión de la opción fundamental de la persona, opción que toma a la luz del ejemplo de Jesús y por la que se compromete a ser cristiano.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 7 de la serie «Un tal Jesús», titulado «Bautismo en el Jordán», de los hnos. López Vigil. El audio, el guion y su comentario pueden ser tomados de: http://radialistas.net/category/un-tal-jesus.

Jaunaren Epifania – A – José A. Pagola

(Mateo 2,1-12)

NOR GURTZEN DUGU? – ¿A QUIÉN ADORAMOS?

Magoak «Sortaldetik» datoz, juduei astrologiaren eta beste zientzia bitxi batzuen aberria iradokitzen dien lurraldetik. Paganoak dira. Ez dituzte ezagutzen Israelgo Liburu Santuak, baina bai izarren hizkuntza. Egiaren bila dabiltza eta bideari ekin diote aurkitzeko. Misterioari gida ditzan utzi die, «gurtu» beharra sentitu dute.

Haien presentziak aztoratu egin du Jerusalem osoa. Izar berri baten distira ikusi dute magoek, eta pentsarazi die jaioa dela «juduen erregea» eta hura «gurtzera» datoz. Errege hau ez da Augusto. Ezta Herodes ere. Non dago? Hauxe dute beren galdera.

Herodes «larritu da». Albisteak ez dio eragin inolako pozik. Bera da Erromak «juduen errege» izendatu duena. Jaio berria garbitu beharra du: non dago arerio bitxi hori? «Apaizburuek eta lege-maisuek» ezagutzen dituzte Liburu Santuak eta badakite Betleemen jaiotzekoa dela, baina ez zaie axola haurra eta ez diote bideari ekin hura gurtzeko.

Jarrera hori bera topatuko du Jesusek bere bizitza guztian: areriotasuna eta ukoa botere politikoaren ordezkariengan; axolarik eza eta gogorkeria gidari erlijiosoengan. Jainkoaren erreinuaren eta haren zuzentasunaren bila dabiltzanek bakarrik eskainiko diote harrera ona.

Magoek aurrera egin dute beren bilatze luzean. Tarteka, ezkutatu egiten zaie gidari duten izarra, ziurtasunik gabe utziz. Beste batzuetan, berriro egiten du distira, «egundoko poza» emanez. Azkenean, topatu dute Haurra, eta «ahuspeztuz, gurtu dute». Ondoren, Haurraren zerbitzura jarri dituzte berekin dituzten aberastasunak eta altxorrik baliotsuenak. Haurra fida daiteke hauetaz, beren Errege eta Jaun aitortu baitute.

Itxurazko bere xumetasunean, kontakizun honek galdera erabakitzaileak planteatzen dizkigu: noren aurrean ahuspezten gara?, nola du izena geure izatearen hondoenean adoratzen dugun «jainkoak»? Kristautzat dugu geure burua, baina Betleemeko Haurra adoratuz bizi al gara?, haren oinetan jartzen al ditugu geure aberastasunak eta geure ongizatea?, prest al gaude entzuteko, Jainkoaren erreinuan eta haren zuzentasunean sartzeko egiten digun deia?

Gure bizitzan bada beti Betleemera gidatzen gaituen izar bat.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 Epifanía del Señor – A José A. Pagola

(Mateo 2,1-12)

¿A QUIÉN ADORAMOS?

Los magos vienen del «Oriente», un lugar que evoca en los judíos la patria de la astrología y de otras ciencias extrañas. Son paganos. No conocen las Escrituras Sagradas de Israel, pero sí el lenguaje de las estrellas. Buscan la verdad y se ponen en marcha para descubrirla. Se dejan guiar por el misterio, sienten necesidad de «adorar».

Su presencia provoca un sobresalto en todo Jerusalén. Los magos han visto brillar una estrella nueva que les hace pensar que ya ha nacido «el rey de los judíos» y vienen a «adorarlo». Este rey no es Augusto. Tampoco Herodes. ¿Dónde está? Esta es su pregunta.

Herodes se «sobresalta». La noticia no le produce alegría alguna. Él es quien ha sido designado por Roma «rey de los judíos». Hay que acabar con el recién nacido: ¿Dónde está ese rival extraño? Los «sumos sacerdotes y letrados» conocen las Escrituras y saben que ha de nacer en Belén, pero no se interesan por el niño ni se ponen en marcha para adorarlo.

Esto es lo que encontrará Jesús a lo largo de su vida: hostilidad y rechazo en los representantes del poder político; indiferencia y resistencia en los dirigentes religiosos. Solo quienes buscan el reino de Dios y su justicia lo acogerán.

Los magos prosiguen su larga búsqueda. A veces, la estrella que los guía desaparece dejándolos en la incertidumbre. Otras veces, brilla de nuevo llenándolos de «inmensa alegría». Por fin se encuentran con el Niño y, «cayendo de rodillas, lo adoran». Después, ponen a su servicio las riquezas que tienen y los tesoros más valiosos que poseen. Este Niño puede contar con ellos pues lo reconocen como su Rey y Señor.

En su aparente ingenuidad, este relato nos plantea preguntas decisivas: ¿Ante quién nos arrodillamos nosotros? ¿Cómo se llama el «dios» que adoramos en el fondo de nuestro ser? Nos decimos cristianos, pero ¿vivimos adorando al Niño de Belén? ¿Ponemos a sus pies nuestras riquezas y nuestro bienestar?¿Estamos dispuestos a escuchar su llamada a entrar en el reino de Dios y su justicia?

En nuestras vidas siempre hay alguna estrella que nos guía hacia Belén.

José Antonio Pagola

EPIFANÍA (A) – Fray Marcos

(Mt 2,1-12)

Dios se está manifestando siempre. Pero no por los sentidos, ni por la razón.

Epifanía significa manifestaciones. En el sentido original significó la primera luz que aparece en el horizonte antes de salir el sol. Esa luz se tomó como símbolo de la iluminación espiritual en todas las religiones; por eso la luz viene siempre de oriente.

Toda manifestación de Dios es universal. Dios no puede tener privilegios. No estamos celebrando la fecha de un acontecimiento. Sino la realidad de lo que es Dios y la alegría de poder descubrirlo. Es un relato fantástico que no es original del cristianismo.

La Natividad de Jesús se celebró el 6 de enero en toda la Iglesia durante varios siglos. Más tarde en Occidente se comenzó a celebrar el 25 de diciembre y se reservó la fecha del 6 de enero para celebrar la Epifanía, el Bautismo del Señor y las Bodas de Caná.

Cuando nació Jesús no pasó nada fuera de lo normal. Todo el relato se desarrolla en un lenguaje mateano. Deja muy claro que los de cerca rechazan a Jesús por lo que es, y los de lejos lo buscan y lo aceptan como lo que es: luz que ilumina a todo hombre.

A través de los siglos se ha ido adornando el relato con afirmaciones que no están en el texto, pero que hoy todo el mundo cree. El relato ni dice que eran tres. Mucho menos sus nombres. Ni dice que eran reyes. Ni “Mago” tiene, para nada, el significado que hoy damos a la palabra mago. magoi significaba miembro de la casta sacerdotal.

Los intentos que se han hecho a través de la historia de explicar la posibilidad de un fenómeno celeste que explicara la estrella, no merecen mayor comentario. Ni cometa ni estrella ni conjunción de astros tiene sentido alguno. Se trata de un relato simbólico.

También queda fuera de lógica alguna que se sobresaltase toda Jerusalén con Herodes. El anuncio de un rey distinto solo podía provocar alegría no miedo entre los habitantes de Jerusalén. Mateo piensa en la Jerusalén que dio muerte a Jesús. Para Mateo el rechazo de los judíos es constante y anterior a cualquier manifestación de Jesús.

El miedo de Herodes es también nuestro miedo. El reinado de Dios es una amenaza para nuestro egoísmo. Cuántas veces en nuestra vida hemos dicho: esto no lo creo, cuando queríamos decir: esto no me gusta. Un Dios que reine sin hacernos reinar a nosotros, no nos interesa. Seguiremos sin enterarnos y el encuentro no se producirá.

Los letrados lo saben todo sobre el Mesías, pero, instalados en sus privilegios, no mueven un dedo para comprobarlo. Los paganos adoran al Niño, los judíos intentan matarlo. Los paganos reconocen al Niño, los judíos no lo reconocen.

Las Escrituras pueden indicarnos el camino a seguir cuando atravesamos lugares o tiempos sin estrella. Pero el valor de la Escritura depende de la actitud del que las estudia. A la Biblia hay que acercarse sin prejuicios y abiertos a lo que nos va a decir.

El hombre tiene que dejarse iluminar por su estrella, pero también debe ser guía para los demás. Nuestra obligación es hacer ver a los demás el Dios de Jesús, manifestado en nuestra vida. Hacemos presente a Dios, siempre que vamos en ayuda de los otros.

El relato nos lanza más allá de una iglesia. Dios se manifiesta siempre a todos. En el momento que nos sentimos privilegiados, hemos destrozado el mensaje de esta fiesta. Todos recibimos todo de Dios y todos tenemos la obligación de aprender de los demás y enseñar. Debemos completar nuestra verdad aceptando la verdad de los otros.

Lo que celebramos hoy es la apertura de Dios a todos los hombres. Allí donde haya un ser humano que crece en humanidad, amando a los demás, allí está Dios. No podemos hacer a los gentiles una propuesta para que se conviertan a nuestra religión.

DIOS SE HACE HOMBRE PARA QUE EL HOMBRE SE HAGA DIOS – Africa de la Cruz

FE ADULTA

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios.

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL DOMINGO II DE NAVIDAD – (4.1.2026)

JN 1, 1-18

Las lecturas bíblicas de hoy hablan de la Encarnación (humanización) de Dios y la salvación de los seres humanos. Estos dos términos, como todo lo humano, han ido cambiando en su significado lo largo de la historia. Su evolución responde a la propia evolución biológica y cultural del ser humano. La imagen de la divinidad ha cambiado de ubicación. De un dios ancestral fuera y lejos. (transcendente, fuera del alcance del conocimiento humano) a un Dios cerca y dentro, humanizado, a nuestro alcance vivencial. En este cambio teológico y antropológico, para los cristianos, la vida y mensaje de Jesús de Nazaret es la clave de interpretación. El Dios de Jesús es un Dios encarnado, humanizado. En nosotros y con nosotros. Pero esta enseñanza de Jesús sigue siendo poco escuchada y menos aplicada. Nos resulta menos comprometida la imagen del dios del AT. Al estar lejos y fuera nos basta con adorarle, alabarle (ritos). El Dios de Jesús, en nosotros y entre nosotros, nos compromete. Nos mete en su “baile”, en su proyecto creacional continuo. Nos corresponsabiliza en su proyecto de humanización progresiva de todo ser humano, en su salvación. El concepto de salvación ha tenido una evolución paralela. La Encarnación (humanización) de Dios y la salvación (divinización) del hombre son dos caras de una sola moneda. La salvación humana es consecuencia y efecto de la humanización de Dios, de la encarnación de Dios en todo ser humano. Vivir, experimentar y manifestar esta encarnación divina en nosotros es el significado actual de la salvación.

La primera lectura habla de la Sabiduría: “El creador del universo me dio una orden: Pon tu tienda en Jacob, y fija tu heredad en Israel …Y acaba: “arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad” El salmo nos manda repetir varias veces:” El Verbo se hace carne y habita entre nosotros”. La carta a los Efesios habla de la salvación en términos de bendición y unción en Jesucristo. Unción que nos hace hijos como Jesús. El prólogo o epílogo de Juan, con un lenguaje simbólico, esotérico y críptico (más gnóstico), identifica a Dios con la Palabra creadora, el Logos, el Verbo, la Vida, la Luz que ilumina. “En el principio ya existía la Palabra…y la Palabra era Dios. En la Palabra había Vida y la Vida era la luz de los hombres”. Prestemos atención, brevemente, a estos textos y saquemos alguna conclusión que nos ayude para la reflexión que vamos a hacer: La Vida hace comprensible la Palabra. Es decir: La vivencia es el camino para conocer la Palabra, no el discurso mental. La Palabra (la divinidad) se intuye, se experimenta, se vive. El ser humano, por ser finito, limitado y evolutivo, es incapaz de conocer racionalmente lo transcendente, lo divino. Sólo en la vivencia profunda pude encontrarlo.

Mi reflexión hoy tiene tres momentos: 1. Dios se humaniza. Se hace hombre.  2. Para divinizar a todo ser humano. 3. Conclusión consecuente: Encarnación de Dios y Salvación de todo lo creado. Plenitud humana: Don y tarea.

Dios se hace hombre. Se humaniza. Para este momento utilizo lo que aprendí leyendo la obra de José María Castillo La Humanización de Dios. Afirmar que Dios se encarnó, se hizo carne, quiere decir que se hizo uno con lo específicamente humano: la carnalidad, alteridad y libertad, que Dios se humanizó. Dios y el ser humano son inseparables desde el principio de la creación y para toda la eternidad, para siempre. En Dios no hay tiempo. Desde el misterio de la encarnación universal lo divino y lo humano se identifican. Todos los seres humanos son divinos, todos iguales e “hijos de Dios”

Dios se acerca, se aproxima para que le busquemos y le encontremos en nuestro interior y en el interior de los otros seres humanos y la creación entera para que la búsqueda se haga más fácil para que le busquemos en lo cotidiano, dentro y cerca. Con palabras de José Mª Castillo sostengo: “Al Dios de Jesús no se le encuentra en la transcendencia y en la divinidad, sino en la inmanencia y en la humanidad”. Esta es la revolución teológica de Jesús y que hoy sostiene el paradigma post-teísta y el Panenteísmo (Todo en Dios y Dios en todo. En él vivimos, nos movemos y existimos) frente al dios teísta fuera y lejos. Así Dios hace al ser humano partícipe de su naturaleza divina (S: León Magno. S. V) Nos hace hijos. Semejantes a él. Lo más propio del Dios de Jesús es su humanidad sin mezcla de inhumanidad. Dios es amor. Todo bien sin mal alguno. Y esa es la meta de nuestra evolución individual y de la especie humana.

Para que el hombre se haga Dios.  El ser humano es una combinación de cuerpo, mente y espíritu. Es un ser complejo, limitado y en evolución. Nace incompleto, abierto al aprendizaje para hacer posible y necesaria la evolución. Su meta es su compleción o plenitud. Como ser limitado es capaz de hacer el bien y de hacer el mal. Ser humano e inhumano. Es libre y capaz de elegir entre hacer el bien o hacer el mal. Es capaz de la máxima heroicidad y maldad. Desde nuestra fe cristiana confesamos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Que estamos ungidos (capacitados) y bendecidos como hijos de Dios. Ser hijo significa que nos parecemos al padre, que hacemos las cosas del padre, que heredamos su tarea. Dios se humaniza para que el ser humano tome consciencia de su doble naturaleza: humana y divina. Jesús de Nazaret es nuestro modelo de ser humano, nuestro referente. Decía el catecismo que estudié en mi infancia” Jesús vino a darnos ejemplo de vida”. Jesús vivió por nosotros (fr. Marcos) y para nosotros. Jesús “pasó su vida haciendo el bien porque Dios estaba con él”. Imitar el estilo de vida de Jesús es la salvación o liberación de nuestra inhumanidad. Es lograr nuestra plenitud de humanización. Somos ungidos (capacitados) y bendecidos como Jesús. Estamos bendecidos para bendecir como él.  Ser como Jesús es nuestro ideal de ser, ser lo que realmente somos, hijos de Dios. Habitados por su Espíritu que nos empuja a un desarrollo continuado de los talentos recibidos gratuitamente y a utilizarlo coherentemente para su fin: el bien de todos.

Conclusión. Humanización de Dios, humanidad de Jesús y salvación de la humanidad es el proyecto de Dios al crear el universo. Si Dios se ha humanizado para que el ser humano se divinice y se salve, nuestra pregunta y tarea es ¿cómo será esto? Tenemos el protocolo a seguir o el guion para ejecutar: En Jesús y su Evangelio tenemos el modelo a imitar.

Mª África de la Cruz

Eguberri ondoko 2. Igandea – A – José A. Pagola

(Joan 1,1-18)

ARGIA ONARTU GABE BIZI – VIVIR SIN ACOGER LA LUZ

Guztiok ibili ohi gara urtean barna erroreak eta hanka-sartzeak egiten. Gauzak oker kalkulatzen ditugu. Ez ditugu ondo neurtzen geure egintzen ondorioak. Itsualdiak edo zorakeriak eraman gaitzan uzten dugu. Horrelakoak gara. Alabaina, ez dira izaten horiek errorerik handienak. Okerrena, bizitza buruz oker bideraturik edukitzea izaten da. Hona adibide bat.

Guztiok dakigu bizitza erregalu bat dugula. Jaiotzea ez dut nik neuk erabaki. Ez dut nik neuk aukeratu neure burua. Ez ditut nik neuk aukeratu neure gurasoak eta neure herria. Emana dut den-dena. Hartzea da bizitzea bera, hasieratik beretik. Zentzuz bizitzeko era bakarra, emana dudana erantzukizunez onartzea da.

Halaz guztiz, ez dugu beti horrela uste izaten. Uste izaten dugu zor zaigun zerbait dugula bizitza. Geure buruaren jaun eta jabe sentitzen gara. Uste izaten dugu, bizitzeko erarik egokiena, den-dena nork bere buruari begira antolatzea dela. Ni neu naiz inporta duen gauza bakarra edo pertsona bakarra. Zer axola besteak?

Batzuek ez dakite bizitzen eske eta eske baizik. Beti ariko dira eske eta eske. Uste izaten dute ez dutela hartzen sekula ere zor zaiena. Haur asekaitz bezalako izaten dira: inoiz ere konforme ez berekin dutenarekin. Eskatu besterik ez dute egiten, galdatu eta kexatu besterik ez. Doi-doi konturatu gabe, ororen erdigune bihurtzen dute pixkana beren burua. Berak dira sorburu eta arau. Den-dena ezarri dute beren «ego» aren mende. Den-dena behar izaten dute tresna bihurtu beren probetxurako.

Pertsonaren bizitza orduan beraren baitan hesitzen da. Jadanik ez da onartzen egun bakoitza erregalu bat dela. Galdu egiten da aitorpena eta esker ona. Ezin bizi izaten da bihotza zabalik. Jarraitzen dute, bai, maitasunaz hitz egiten, baina «maitasunak» jabe izatea esan nahi izaten du, bestea norberarentzat opa izatea, bestea norberaren zerbitzura jartzea.

Bizitza honela bideratzeak Jainkoari itxirik bizitzera eramaten du pertsona. Ezer eta inor onartzeko ezgai bihurtzen du. Ez du sinesten grazian, ez zaio irekitzen ezer berriri, ez du entzuten inongo ahotsik, ez du sumatzen ere bere bizitzan inoren presentziarik. Indibiduo hutsa da den-dena, burutik oinetara. Horregatik da hain larria Joanen ebanjelioko oharpen hau: «Hitza egiazko argia zen, gizaki oro argitzen duena. Mundura etorri zen… eta munduak ez zion antzeman. Bere etxera etorri zen, eta bereek ez zuten onartu». Gure bekatu handia argi hori onartu gabe bizitzean datza.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

2 Domingo de Navidad – C (Juan 1,1-18)

VIVIR SIN ACOGER LA LUZ

Todos vamos cometiendo a lo largo de la vida errores y desaciertos. Calculamos mal las cosas. No medimos bien las consecuencias de nuestros actos. Nos dejamos llevar por el apasionamiento o la insensatez. Somos así. Sin embargo, no son esos los errores más graves. Lo peor es tener planteada la vida de manera errónea. Pongamos un ejemplo.

Todos sabemos que la vida es un regalo. No soy yo quien he decidido nacer. No me he escogido a mí mismo. No he elegido a mis padres ni mi pueblo. Todo me ha sido dado. Vivir es ya, desde su origen, recibir. La única manera de vivir sensatamente es acoger de manera responsable lo que se me da.

Sin embargo, no siempre pensamos así. Nos creemos que la vida es algo que se nos debe. Nos sentimos propietarios de nosotros mismos. Pensamos que la manera más acertada de vivir es organizarlo todo en función de nosotros mismos. Yo soy lo único importante. ¿Qué importan los demás?

Algunos no saben vivir sino exigiendo. Exigen y exigen siempre más. Tienen la impresión de no recibir nunca lo que se les debe. Son como niños insaciables, que nunca están contentos con lo que tienen. No hacen sino pedir, reivindicar, lamentarse. Sin apenas darse cuenta se convierten poco a poco en el centro de todo. Ellos son la fuente y la norma. Todo lo han de subordinar a su ego. Todo ha de quedar instrumentalizado para su provecho.

La vida de la persona se cierra entonces sobre sí misma. Ya no se acoge el regalo de cada día. Desaparece el reconocimiento y la gratitud. No es posible vivir con el corazón dilatado. Se sigue hablando de amor, pero «amar» significa ahora poseer, desear al otro, ponerlo a mi servicio.

Esta manera de enfocar la vida conduce a vivir cerrados a Dios. La persona se incapacita para acoger. No cree en la gracia, no se abre a nada nuevo, no escucha ninguna voz, no sospecha en su vida presencia alguna. Es el individuo quien lo llena todo. Por eso es tan grave la advertencia del evangelio de Juan: «La Palabra era luz verdadera que alumbra a todo hombre. Vino al mundo… y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron». Nuestro gran pecado es vivir sin acoger la luz.

José Antonio Pagola

 

DOM. II NAVIDAD 2 (A) – Fray Marcos

(Jn 1,1-18)

La Palabra volcada sobre Dios. Ni es una sola realidad ni son dos.

Es improbable que este texto haya salido de la pluma de un solo autor. Es más bien un himno litúrgico elaborado a través del tiempo por la comunidad. Pero una comunidad mística, en la que todos los miembros vivían una íntima unión con Dios que expresaban en la liturgia.

Voy a intentar explicar lo que el himno quiso decir, no lo que Dios o el Logos es en sí mismo. Este matiz es muy importante. Para expresar lo que es Dios no tenemos conceptos, mucho menos palabras. pero lo que dice nos da una pista para saber lo que ellos pensaban.

La idea envolvente de todo el relato es la íntima interconexión del lo humano y lo divino. Ésta es la experiencia en la que todos los místicos de todas las religiones y todos los tiempos, coinciden. Se trata de la relación del hombre con el Dios que es la base de su propio ser.

Al principio. La misma palabra con la que empieza el Génesis. La encarnación será la culminación de la creación. En el principio, cuando Dios crea el cielo y la tierra, la Palabra ya existía. El imperfecto indica la duración de una acción. La palabra no comenzó, porque estaba ya allí. Cuando todo pasaba del no ser al ser, la Palabra desde siempre permanecía en el ser.

Ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y Dios era la Palabra. Tres frases con la misma estructura. Construidas con verbo “eimi” y ligadas con la conjunción “kai”. Las tres formadas por los elementos imprescindibles de una oración: sujeto, verbo y complemento. El verbo es el mismo; en español se desdobla en tres: Existía, estaba, era. Empezar la frase con la última palabra de la anterior. Con ello adquiere una cohesión y una fuerza increíbles.

Logos es un término que empleaban ya Homero (relato intenso que hipnotiza) y Heráclito (lo que permanece as pesar de que todo está cambiando), pero el significado que se le da aquí no tiene paralelo en los textos bíblicos ni en la literatura profana. Se trata de un concepto original. Por eso es tan difícil concretar lo que nos quiere decir. Desde un punto de vista intelectual es imposible comprenderlo. Solo después de una experiencia mística se podrá entender.

Logos, Verbo, Palabra, Proyecto expresa el más elevado plan de Dios sobre la creación. Dios obra por su Palabra. Pero la palabra es expresión de una idea. La idea, el plan que Dios tenía era lo primero. Una vez que Dios tiene la idea, pronuncia la palabra y hacer realidad la idea. Dios se vuelca sobre la palabra y no se reserva nada; por eso lo que era Dios lo era la Palabra.

junto a Dios” (pros ton Theon)=volcada sobre Dios. Indica a la vez proximidad y distinción. En íntima unión por relación dinámica, no por identificación. La tercera frase no es nada fácil de comprender. Podía ser: lo que era Dios, lo era la Palabra; y también: Un ser divino era el proyecto. Ni como los judíos ni como los griegos. Por eso nos dice que ni es uno ni son dos.

Ella contenía vida, y la vida era la luz del hombre. La Vida es primero que la luz. La ilumina­ción viene precisamente porque ha llegado la Vida. El Génesis dice que la Luz fue lo primero. La idea de que la Vida es anterior a la luz, es clave para entender el evangelio de Jn.

El mundo no la reconoció. Los suyos no la acogieron. Para el AT el pecado era no obedecer a Dios. Para Juan, es no reconocer a Jesús. No hay que entenderlo en el sentido intelectual griego, sino en el sentido semita. Conocimien­to que entraña una actitud de fidelidad

A cuantos le recibieron, los ha hecho capaces de hacerse hijos de Dios. Se trata de una afirmación rotunda Y desorbitada. Dios es siempre Padre, pero el ser hijo depende de cada ser humano. Ninguna de las ideas de hijo sirve para comprender lo que Juan quiere decir. La fe en Jesús nos capacita para actuar como Dios, para hacer presente a Dios, para ser hijos.

Si creen en su nombre En ningún caso se trata de aceptar unas verdades teóricas. Para la Biblia lo que importa es la persona. Tener fe, es confiar en la persona; es vivir que el otro es para ti y tú para el otro. Tendríamos que unir dos palabras: confianza en, y fidelidad a...

La Palabra se hizo carne. La “carne” no es ya lo contrario del Espíritu, sino su aliado. Carne era el aspecto más bajo de la criatura humana, pero era también lo que hacía posible el Espíritu. La carne es lo común a todo ser humano en eso más bajo está Dios encarnado.

Santa María Madre de Dios-Año Nuevo- Koinonía

Números 6,22-27

Invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré

El Señor habló a Moisés: «Di a Aarón y a sus hijos: Ésta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz». Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.»

Salmo responsorial: 66

El Señor tenga piedad y nos bendiga.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, / ilumine su rostro sobre nosotros; / conozca la tierra tus caminos, / todos los pueblos tu salvación. R.

Que canten de alegría las naciones, / porque riges el mundo con justicia, / riges los pueblos con rectitud / y gobiernas las naciones de la tierra. R.

Oh Dios, que te alaben los pueblos, / que todos los pueblos te alaben. / Que Dios nos bendiga; que le teman / hasta los confines del orbe. R.

Gálatas 4,4-7

Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer

Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abbá! (Padre).» Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Lucas 2,16-21

Encontraron a María y a José, y al niño. A los ocho días, le pusieron por nombre Jesús

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.

Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Litúrgicamente, hoy es la fiesta de «Santa María Madre de Dios»; es también la «octava de Navidad», y por tanto el recuerdo de «la circuncisión de Jesús», celebración judía que se celebraba al octavo día del nacimiento de los niños, y en la que se les imponía el nombre. Para nosotros, hombres y mujeres de hoy, esos tres componentes de la festividad litúrgica de hoy nos aparecen como muy lejanos, extraños, tal vez irrelevantes para nuestra vida… tanto por el lenguaje que en que son expresados, como por el «imaginario religioso» al que pertenecen…

Pero, por otra parte, hoy es también el primer día del año civil, «¡Año Nuevo!», y la Jornada Mundial por la Paz, celebración esta que, aunque originalmente procede una iniciativa eclesiástica católica, ha alcanzado una notable aceptación en la sociedad, gozando ya de un cierto estatuto civil.

Como se puede ver, pues, hay una buena distancia entre la conmemoración litúrgica y los motivos «modernos» de celebración. Esta distancia, que se repite en otras fechas, con bastante frecuencia, habla por sí misma de la necesidad de «actualizar» el calendario litúrgico, y, mientras esa tarea no sea acometida oficialmente por quien corresponde, será preciso que los agentes de pastoral tengan creatividad y audacia para reinterpretar el pasado, abandonar lo que está muerto, y recrear el espíritu y a veces la letra misma y los símbolos de las celebraciones.

Pero veamos en primer lugar los textos bíblicos que la ordenación litúrgica posconciliar asignó a este día.

Nm 2,22-27 es la llamada bendición aaronítica (de Aarón), porque se afirma que Dios la reveló a Moisés para que éste a su vez la enseñara a Aarón y a sus hijos, los sacerdotes de Israel, para que con ella bendijeran al pueblo. Seguramente fue usada ampliamente en el antiguo Israel. Incluso se ha encontrado grabada en plaquetas metálicas para llevar al cuello, o atada de algún modo al cuerpo, como una especie de amuleto. Arqueológicamente dichas plaquetas datan de la época del 2º templo, es decir, del año 538 AC en adelante. Bien nos viene una bendición de parte de Dios al comenzar el año: que su rostro amoroso brille sobre todos nosotros como prenda de paz. La paz tan anhelada por la humanidad entera, y lamentablemente tan esquiva. Pero es que no basta con que Dios nos bendiga por medio de sus sacerdotes. No basta que él nos muestre su rostro. Aquí no se trata de bendiciones mágicas sino de un llamado a empeñarnos también nosotros en la consecución y construcción de la paz: con nosotros mismos, en nuestro entorno familiar, con los cercanos y los lejanos, con la naturaleza tan maltratada por nuestras codicias; paz con Dios, Paz de Dios.

Buen comienzo del año éste de la bendición. El refrán popular ha consagrado ese deseo de «volver a comenzar» que sentimos todos al llegar esta fecha: «Año nuevo, vida nueva». Uno quisiera olvidar los errores, limpiarse de las culpas que molestan en la propia conciencia, estrenar una página nueva del libro de su vida, y empezarla con buen pie, dando rienda suelta a los mejores deseos de nuestro corazón… Por eso es bueno comenzar el año con una bendición en los labios, después de escuchar la bendición de Dios en su Palabra.

Bendigamos al Señor por todo lo que hemos vivido hasta ahora, y por el nuevo año que pone ante nuestros ojos: nuevos días por delante, nuevas oportunidades, tiempo a nuestra disposición… Alabemos al Señor por la misericordia que ha tenido con nosotros hasta ahora. Y también porque nos va a permitir ser también nosotros una bendición en este nuevo año que comienza: bendición para los hermanos y bendición para Dios mismo. Año nuevo, vida nueva, bendición de Dios.

Gál 4,4-7 es una apretada síntesis de lo que Pablo nos enseña en tantos otros pasajes de sus cartas. En primer lugar, nos dice que el tiempo que vivimos es de plenitud, porque en él Dios ha enviado a su Hijo, no de cualquier manera, sino «nacido de mujer y nacido bajo la ley», es decir, semejante en todo a nosotros, en nuestra humanidad y en nuestros condicionamientos históricos. Pero este abajamiento del Hijo de Dios, nos ha alcanzado la más grande de las gracias: la de llegar a ser, todos nosotros los seres humanos, sin exclusión alguna, hijos de Dios, capaces de llamarlo «Abba», es decir, Padre. Nuestra condición filial fundamenta una nueva dignidad de seres humanos libres, herederos del amor de Dios. Parecerían hermosas palabras, nada más, frente a tantos sufrimientos y miserias que todavía experimentamos, pero se trata de que pongamos de nuestra parte para que la obra de Jesucristo se haga realidad. Se trata de que nos apropiemos de nuestra dignidad de hijos libres, rechazando los males personales y sociales que nos agobian, luchando juntos contra ellos. Esto implica una tarea y una misión: la de hacernos verdaderos hijos de Dios, a nosotros y a nuestros hermanos que desconocen su dignidad.

Nacido de mujer, nacido bajo la ley, nos recuerda Pablo (Gál 4,4). Nació en la debilidad, en la pobreza, fuera de la ciudad, en la cueva, porque no hubo para ellos lugar en la posada… Nace en la misma situación que el conjunto del pueblo, los sencillos, los humildes, los sin poder.

Este nacimiento real y concreto es asumido por Dios para abrazar en el amor a todos los que la tradición había dejado fuera. Es la visita real de aquel que, por simple misericordia, nos da la gracia de poder llamar a Dios con la familiaridad de Abba -«papito»- y la posibilidad de considerar a todos los hombres y mujeres hermanos muy amados.

En Jesús, nacido de María -la mujer que aceptó ser instrumento en las manos de Dios para iniciar la nueva historia- todos los seres humanos hemos sido declarados hijos y no esclavos, hemos sido declarados coherederos, por voluntad del Padre. La bendición o benevolencia de Dios para los seres humanos da un gran paso: Dios ya no bendice con palabras, ahora bendice a todos los seres humanos y aun a toda la creación, con la misma persona de su Hijo, que se hace hermano de todos. Y nadie queda marginado de su amor.

«Ha aparecido la bondad de Dios» en Jesús, y es hora de alegría estremecida, para hacer saber al mundo -y a la creación misma- que Dios ha florecido en nuestra tierra y todos somos depositarios de esa herencia de felicidad.

Lc 2,16-21, en el lenguaje «intencionado» que por ser un género literario (“evangelio de la infancia”) utiliza con sus signos, Jesús no nace entre los grandes y poderosos del mundo sino, muy en la línea de Lucas, entre los pequeños y los humildes; como los pastores de Belén, que no son meras figuras decorativas de nuestros «belenes», pesebres o nacimientos, sino que eran, en los tiempos de Jesús, personas mal vistas, con fama de ladrones, de ignorantes y de incapaces de cumplir la ley religiosa judía. A ellos en primer lugar llaman los «ángeles» a saludar y a adorar al Salvador recién nacido. Ellos se convierten en pregoneros de las maravillas de Dios que habían podido ver y oír por sí mismos. Algo similar pasa con María y José: no eran una pareja de nobles ni de potentados, eran apenas un humilde matrimonio de artesanos, sin poder ni prestigio alguno. Pero María, la madre, «guardaba y meditaba estos acontecimientos en su corazón», y seguramente se alegraba y daba gracias a Dios por ellos, y estaba dispuesta a testimoniarlo delante de los demás, como lo hizo delante de Isabel, entonando el Magníficat.

Todo ello dentro de una composición teológica más elaborada de lo que su aparente ingenuidad pudiera insinuar. En todo caso, la simplicidad, la pobreza, la llaneza del relato y de lo relatado casan perfectamente con el espíritu de la Navidad.

La «maternidad divina de María», motivo oficial de la celebración litúrgica de hoy, y uno de los tres «dogmas» marianos -si se puede hablar así-, es una formulación que hace tiempo «chirría» en los oídos de quien la escucha desde una imagen de Dios adulta y crítica. Como ocurre con tantos otros «dogmas» y tradiciones tenidas como tales, el pueblo cristiano las ha amalgamado fantásticamente con los evangelios, llegando a pensar que provienen directamente del evangelio.

Pablo no conoció a Jesús, ni tampoco se encontró con María. El versículo Gál 4,4 que hoy leemos, es «todo lo que Pablo dice de María». Ni siquiera cita su nombre. En el cristianismo, la maternidad divina de María es, claramente, una construcción eclesial: ni los evangelios ni Pablo saben nada de ella, y no será formulada ni «declarada» hasta el siglo V.

En este contexto, es importante desempolvar y recordar la historia de tal «dogma», con la conocida «manipulación» del concilio de Éfeso, en el año 431, cuando Cirilo de Alejandría forzó y consiguió la votación antes de que llegaran los padres antioqueños, que representaban en el Concilio la opinión contraria. Se dice que el Pueblo cristiano acogió con entusiasmo esta declaración mariana, pero hay que añadir que se trata de los habitantes de Éfeso, la ciudad de la antigua «Gran Diosa Madre», la originaria diosa-virgen Artemisa, Diana… La fórmula de Éfeso, en cualquier caso, ha sido siempre tenida como sospechosa de concebir la filiación divina y la encarnación en términos «monofisitas», que hasta cosifican a Dios, como si se pudiera procrear a Dios y no más bien a un hombre en el que, en cuanto Hijo de Dios, Dios mismo se nos hace patente a la fe… (Nos estamos refiriendo a lo que dice Hans Küng, en Ser cristiano, Cristiandad, Madrid 1977, pág. 584ss).

El título «madre de Dios» no es bíblico, como es sabido. Para el evangelio María es siempre, nada más y nada menos que «la madre de Jesús», un título tan entrañable, real e histórico, que acabará sepultado y abandonado en la historia bajo un montón de otros títulos y advocaciones construidos eclesiásticamente. San Agustín (siglos IV y V) todavía no conoce himnos ni oraciones ni festividades marianas. El primer ejemplo de una invocación directa a María lo encontramos en el siglo V, en el himno latino Salve Sancta Parens.

La Edad Media europea dará rienda suelta a su imaginario teológico y devocional respecto de María. Mientras los primitivos Padres de la Iglesia todavía hablan de las posibles imperfecciones morales de María, en el siglo XII aparece la opinión de su exención del pecado, tanto del personal como del «original». En el mismo siglo XII aparece el Avemaría. El ángelus en el XIII. El rosario en el XIII-XIV. El mes de María y el mes del rosario en el XIX-XX. Los puntos culminantes de esta evolución serán la definición de la «inmaculada concepción de María» (1854, por Pío IX) y la definición de la «asunción de María en cuerpo y alma al cielo» (1950, por Pío XII). Momentos finales de este apogeo mariano son la «consagración del mundo al Corazón de María» en 1942 y 1954, por Pío XII.

Pero todo este marianismo remitió con sorprendente rapidez con el Concilio Vaticano II, que renunció a nuevos «dogmas» y desechó la anterior mariología «cristotípica» (característica de la escuela mariológica española preconciliar), dando paso a una comprensión mariológica mucho más sobria, bíblica e histórica, en la línea «eclesiotípica» (de la escuela alemana principalmente). Aunque la veneración a María (hyper-dulía), superior a la tributada a los santos (dulía), siempre fue distinguida teóricamente de la dada a Dios (latría), lo cierto es que en la religiosidad popular muchas veces María fungió como un verdadero «correlato femenino de la divinidad», y su condición de criatura, de discípula de Jesús y miembro de la Iglesia casi fueron olvidadas (en forma paralela a lo que ocurrió con Jesús respecto de su humanidad).

Hoy, la imagen conciliar de María que la Iglesia tiene es la de «la madre de Jesús», desmitificada, despojada de tantas adherencias fantásticas como se le habían puesto encima a lo largo de la historia: María es una cristiana, muy cercana a Jesús, una «discípula» suya, un destacado miembro de la Iglesia: la «madre de Jesús», en un título insustituible que le da el mismo evangelio, y a cuyo uso muchos creyentes vuelven en la actualidad, prefiriéndolo al creado en el siglo V. La Constitución dogmática Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, en su capítulo octavo (nn. 52-69) ofrece todavía la mejor síntesis de la mariología para nuestros tiempos. El Concilio Vaticano II nos sigue marcando el camino, también en mariología. A la hora de predicar sobre María, debemos remitirnos, necesariamente, a ese capítulo octavo de la Lumen Gentium.

Concluimos. Seguimos estando en tiempo de Navidad, tiempo en el que la ternura, el amor, la fraternidad, el cariño familiar… se nos hacen más palpables que nunca. La ternura de Dios hacia nosotros, que se expresó en el niño de Belén, inunda nuestra vida, en las luces de colores, los adornos navideños, los villancicos y las reuniones familiares. Todo ayuda a ello en este tiempo todavía de Navidad. Dejemos recalar estos sentimientos en nuestro corazón, para que perduren a lo largo de todo el año.

Al comenzar el año, al poner el pie por primera vez en este nuevo regalo que el Señor nos hace en nuestra vida, vamos a agradecerle con todo el corazón la alegría de vivir, la oportunidad maravillosa que nos da de seguir amando y siendo amados, y la capacidad que nos ha dado para cambiar y rectificar.

Otro enfoque válido y provechoso de la homilía podría orientarse hacia el tema de la Jornada Mundial de la Paz… así como hacia el hecho del Año Nuevo, que si bien es algo simplemente convencional, astronómicamente insignificante, tiene el valor simbólico inevitable y profundo de recordarnos el inexorable paso del tiempo…

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 135 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. En su página (https://radialistas.net/135-fiesta-con-los-pastores/) pueden recogerse el guion, un comentario excelente de los autores, y el audio.

La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene un capítulo, el 19, que se titula «¿Madre de Dios?», que puede ser útil para suscitar un diálogo-debate sobre el tema. Su guion y su audio puede recogerse en https://radialistas.net/19-madre-de-dios/ Es importante consultar la información complementaria que la serie ofrece a esta entrevista nº 19.