¡Que no pare! ¡Que no se pare! Así podemos hacer lectura de las palabras del presidente Hoover a los empresarios americanos un año antes del crac del 29: “Tenéis la labor de crear el deseo y transformar a la gente en máquinas de felicidad en constante movimiento”. Con esta cita queremos retomar y dar continuidad al artículo publicado en la Tribuna Abierta del Diario de Noticias de Navarra, ahora hace un año. Porque la cita no tiene desperdicio, es la forma clara con la que el capitalismo de la época se dirigía a sus autores. “Crear el deseo” señala el propósito de destruirlo y dar paso a lo que proclama con sincera rotundidad: transformar la gente en máquinas, pequeñas máquinas, microchips programados para conformar la Gran Máquina que nunca debe detenerse, por mucho que en sus engranajes vayan quedando adheridos los restos que quedan del cansancio, el desánimo y la desesperación. No es menos sincero lo que continúa, cuando afirma que esas máquinas deben ser de felicidad en constante movimiento, porque esta es la clave que asegura la continuidad del sistema programado, el lubricante que mitiga el roce y la fricción: el sujeto-máquina tiene que ser feliz sin poder quedar en ningún momento confrontado a la angustia de su destino como objeto de producción y consumo. Es el “pensamiento positivo” de una psicología que funciona como servicio de mantenimiento del perpetuo movimiento de la Gran Máquina.