¡Que no pare! ¡Que no se pare! Así podemos hacer lectura de las palabras del presidente Hoover a los empresarios americanos un año antes del crac del 29: “Tenéis la labor de crear el deseo y transformar a la gente en máquinas de felicidad en constante movimiento”. Con esta cita queremos retomar y dar continuidad al artículo publicado en la Tribuna Abierta del Diario de Noticias de Navarra, ahora hace un año. Porque la cita no tiene desperdicio, es la forma clara con la que el capitalismo de la época se dirigía a sus autores. “Crear el deseo” señala el propósito de destruirlo y dar paso a lo que proclama con sincera rotundidad: transformar la gente en máquinas, pequeñas máquinas, microchips programados para conformar la Gran Máquina que nunca debe detenerse, por mucho que en sus engranajes vayan quedando adheridos los restos que quedan del cansancio, el desánimo y la desesperación. No es menos sincero lo que continúa, cuando afirma que esas máquinas deben ser de felicidad en constante movimiento, porque esta es la clave que asegura la continuidad del sistema programado, el lubricante que mitiga el roce y la fricción: el sujeto-máquina tiene que ser feliz sin poder quedar en ningún momento confrontado a la angustia de su destino como objeto de producción y consumo. Es el “pensamiento positivo” de una psicología que funciona como servicio de mantenimiento del perpetuo movimiento de la Gran Máquina.
Echamos mano de las palabras del poeta que nos pintan, precisamente, esa época de la crisis del 29. Pueda, quizá, servirnos la poesía de contrapunto a las arengas del aniquilamiento: “Yo, solo y errante agotado por el ritmo de los inmensos letreros luminosos de Times Square, huía en este pequeño poema [“Intermedio1910”] del inmenso ejército de ventanas donde ni una sola persona tiene tiempo de mirar una nube o dialogar con una de esas delicadas brisas que tercamente envía el mar sin tener jamás una respuesta” (Conferencia-recital de Federico García Lorca sobre “Poeta en Nueva York” 1929-1930).
Hay que conseguir que el sujeto-pieza se encuentre feliz, que sus pulsiones más sagradas estén canalizadas y ocupadas en la insatisfacción permanente de la noria del consumo, y que en ningún momento tenga el desliz de plantearse la pregunta clave “¿puedo vivir y ser feliz de otra manera?”. Y no sólo que se encuentre feliz: está obligado a serlo, a no estar enfermo o no parecerlo, ya que de lo contrario puede quedar atrapado por la propia maquinaria de la que forma parte. El absentismo entorpece el mecanismo de la máquina.
Pero a veces el sujeto enferma de cansancio, o de miedo, o de locura, o simplemente de evidencia de la estupidez. Todo está previsto, ya contamos con el soma, drogas necesarias, para hacer realidad ese mundo feliz de Huxley. Ahí es donde se ubica el mercado farmacéutico que como tal necesita de un sujeto consumidor para atender las necesidades que el propio mercado crea. El cliente está asegurado: por un lado proporciona el soma suficiente a los trabajadores para que se mantengan satisfechos y sin cuestionamientos de fondo en su puesto de trabajo, al igual que para aquel que sucumbe al desaliento y queda como desecho de las operaciones de reajuste económico, que salvan las crisis epilépticas del capitalismo, siempre se tendrá el sustento que le impida gritarlo o al menos llorarlo y, por el contrario, pueda dormirlo como arrullado por el canto de una nana. Por otro lado se suministrarán los mecanismos necesarios de salud mental con sus tratamientos y drogas que ayuden frente a las crisis de ansiedad, frustraciones, angustias, neurosis… sin otros cuestionamientos y análisis de la incidencia del consumismo en la personalidad, en las relaciones sociales y familiares. Obviamente se trata de no cuestionar el modelo vigente como posible causa de tantos desequilibrios, crisis y violencias individuales, sociales y familiares. La constante producción y administración de psicofármacos sirve para individualizar el problema, controlar la subjetividad y evitar la conciencia de que otro mundo es posible.
El emporio económico de los laboratorios farmacéuticos, a los que las crisis financieras no hacen mella sino que alimentan, es un negocio infalible que les convierte en uno de los amos del mundo actual. Un mercado que se autoabastece con aquello que destruye.
El psiquiatra y ensayista Guillermo Rendueles, partiendo de la pasada reconversión industrial en Asturias, comenta algunos efectos de ésta. Jubilaciones a los 45 años auspiciadas por la impotencia sindical que únicamente puede decir que “hiciésemos lo que hiciésemos, la fábrica cerraba”, creando una clase ociosa que recibe dinero por nada “se vieron viviendo un tiempo vacío que recalentaba toda su malaria cotidiana -familia, mala vecindad, consumo de alcohol- hasta entonces contenida por la rutina del trabajo” (Diagonal del 11 al 24 de junio de 2009). El 30 % de esta población obrera asturiana, acude hoy a los centros de Salud Mental, pasando del viejo orgullo proletario identitario a una personalidad “pasiva dependiente, tutelada por los “psi” donde buscan pastillas y consejos que hagan soportable el desastre.
En el mismo artículo Rendueles también comenta el plan del ministro de Sanidad y el de Trabajo del Reino Unido que se anuncia como “Health, work and well-being” (Salud, trabajo y bienestar) que lejos de estar encaminado a la oferta de trabajo, se dirige a la creación de unidades de ayuda psicológica donde 3.600 psicólogos se ocupan de mantener en forma, más o menos adecuada (“hacemos lo que podemos”), la fuerza de trabajo de reserva y a la vez reparar los daños de la parte activa en aras a disminuir el absentismo laboral. En Francia las empresas facilitan unos vales similares al cheque comida para que el trabajador, afectado por estrés laboral, se gestione la ayuda que considere oportuna. En EE.UU., siempre tan ahorradores, sólo ofrece en la red una “Guía para reducir el malestar asociado a la crisis económica”, con la consabida retahíla de consejos “positivos”: otra perspectiva de análisis, identificar las cosas positivas que se tienen en la vida, buenos hábitos (pocas angulas y chuletones) etc. Lo que Rendueles nos viene a señalar, es que bajo toda esta maraña burocrática con lo que nos encontramos es con “dispositivos de producción de identidad destinados a individualizar el sufrimiento producido por la crisis (…) evitando así cualquier estrategia colectiva”. Podemos decir, mantener el conflicto en la estricta intimidad individual y que no surja con toda su crudeza, con el consiguiente peligro de tránsito de la pasividad a la acción colectiva.
Treinta y tres con seis millones de antidepresivos se vendieron en España en febrero de 2010, lo que señala un incremento del 10 % entre febrero de 2007 (fecha aproximada de comienzo de la crisis actual) y febrero de 2010, según datos publicados por la farmacéutica Pfizer. De 30,8 millones de unidades en 2007 a 33,6 millones en 2010. También aumenta, aunque en menor medida, el consumo de tranquilizantes que pasa de 51,4 millones a 52,2. Un mercado en auge basado en la promesa de felicidad servida en 20 mg/día de fluoxetina (Prozac) o fórmulas similares y más actuales, ya que hablamos de una producción en continuo desarrollo tecnológico. Consumir felicidad en formato pastilla.
Y es que el modelo, intencionadamente programado por los amos del mundo, no deja nada sin resolver aunque tenga que utilizar los mecanismos más sofisticados para adormecer o destruir la disidencia a la felicidad del consumismo, especialmente todo aquello que suponga salir del individualismo bien promocionado desde la competitividad, la propiedad privada y la ruptura de los lazos colectivos, aun conllevando un incremento acelerado de frustraciones y aniquilamiento del sentido de la vida.
Qué pasaría si frente a este paradigma instituido se nos colara por la rendija de la posibilidad otro pensamiento y otra cultura, la de la no acumulación, la de la reciprocidad, la del intercambio, la de tener menos es más, la de la mirada a los otros, la de que lo que no quieras para ti no se lo hagas a los otros, la del consumo sólo para cubrir las necesidades universalizables, la del respeto a la diversidad, la de la insumisión a las horas extras para ganar más y más consumir, la de la terapia que opera salud solo con mirarse en los ojos de los otros y compartir sufrimientos, luchas y sueños. Tal vez el trauma, cualquier trauma, comenzaría a tener visos de solución y la visibilidad de la esperanza encaminaría la búsqueda de la felicidad en otra dimensión más satisfactoria individual y colectivamente.
Qué pasaría si cada uno de los seres humanos atrapados en el devenir cotidiano del consumismo nos preguntásemos ¿puedo vivir y ser feliz de otra manera? Hagamos la prueba.
Emilio Puchol Hernández
José María García Bresó
Miembros de DaleVuelta, Movimiento por el Decrecimiento