Pedro Miguel Ansó Esarte
Un creyente debe estar en condiciones de explicitar con la mayor claridad posible, y de un modo razonado, aquello en lo que cree. Y esto significa, en mi opinión, ser capaz de desnudarse intelectualmente y discriminar entre lo que un día se le transmitió y lo que realmente ha asumido y elaborado personalmente. No sería un mal punto de partida que un creyente pudiera explicar, con absoluta sinceridad, su imagen de Dios. Quizás pueda pensarse que constituye una osadía o una pérdida de tiempo, en los tiempos que corren, abordar el tema de Dios. Trataré de demostrar, sin embargo, que no es tema baladí ni pasatiempo de diletante. Por el contrario, el tema forma parte de nuestro acervo cultural desde nuestros orígenes y tiene poderosas consecuencias de índole personal, social y política. Todo depende de la imagen que nos hayamos construido de él en nuestro universo mental.
Lejos queda ya el tema de la existencia o no de Dios. Ríos de tinta con pruebas y argumentos ontológicos, montañas de intrincadas razones que desde la Filosofía y la Teología han tratado de conocer lo incognoscible. Empeños tan laboriosos como vanos de domeñar conceptualmente lo que sólo es accesible vivencialmente. Dios está ahí, incrustado medularmente en nuestra civilización. Es una de las más importantes creaciones culturales que, como otras, están hechas a nuestra imagen y semejanza. Y es uno de los conceptos que tenemos que revisar si creemos que es posible hoy seguir hablando de Dios.