Iosu Moracho, en nombre del Comité Cristiano de Solidaridad con América Latina
El 12 de enero, en Haití, la gente se levantó de madrugada, como todos los días, y se fue a la vida. Pero a media tarde, a las cinco menos diez -los colegios cierran a las cinco-, la tierra se estremeció con dolores de parto, y el terremoto despertó todos los gritos y todos los llantos.
La tierra en la que uno nace es una piel amada; cuando tiembla, esa piel se desgarra y esa ruptura llega hasta el corazón. Haití es hoy un corazón roto, un corazón desolado.
Sólo desde el silencio desgarrador de la vivencia de la intemperie se puede estremecer solidariamente nuestro corazón.
Ayer Haití no existía. Los invisibles nunca existen cuando el río no suena. Hoy, dicen, Haití ya no existe. Ya no… Y, sin embargo, Haití sí existe. Dolor y miseria. Dignidad. Humanidad a gritos. Latido profundo de la tierra que gime.
¡Ay de ti y de mí si Haití no existiera!
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