El terremoto de Haití ocurrió hace dos semanas. Lo primero que se me ocurre decir es por qué escribir, y no más bien guardar silencio hasta que los sentimientos se sosieguen y, en cuanto sea posible, se ordenen las ideas. Y es que la desproporción entre lo ocurrido y lo que podemos escribir es infinita. Hay dolor, impotencia y indignación. Y esperamos que emerja y permanezca la compasión. También como humanos y como cristianos nos surge la pregunta: “¿y Dios qué?”. Y en palabras nada retóricas, que las decimos como para poder agarrarnos a algo sólido nos preguntamos también: ¿y Jesús? ¿Qué hizo y qué haría hoy?
Sin embargo, para mí lo más difícil al escribir estas líneas es si y en qué pueden ayudar a los haitianos. Y qué dirán si por casualidad las leen. ¿Se reconocerán de algún modo en ellas, o sentirán que seguimos hablando desde lejos, no “con autoridad”, como hacía Jesús, y sin suficiente compasión?
A continuación vamos a hacer algunas reflexiones acompañadas de relatos y análisis que han aparecido en los periódicos.
1. Datos del terremoto
Recordemos algunos datos gruesos. Los muertos pueden ser 150,000 muertos y los damnificados 4 millones. Epidemias y saqueos pueden asolar todavía más a Puerto Príncipe. Muchos miles de haitianos y haitianas abandonan la isla en barcos de todo tipo. Han perdido a sus familiares y todo lo que tenían. Naciones Unidas dice que es la peor catástrofe en sus más de 60 años de existencia.
Ayuda se ha enviado mucha, pero es difícil repartirla. Abundan las muestras de solidaridad, comprensiblemente, pero también la ambigüedad. ¿Qué buscan las dos divisiones de soldados estadounidenses? ¿Qué harán en los próximos meses o años? ¿Qué se busca con la solidaridad mundial, en muchos sincera, abnegada y ciertamente necesaria, en otros que también les hace salir ante las cámaras de televisión? Y la publicidad Lo que uno hace puede animar a otros a la solidaridad. Pero ¿es eso más eficaz que la advertencia de Jesús de que la mano izquierda no sepa lo que hace la mano derecha? Dicen que los medios han ocultado deliberadamente la solidaridad médica cubana en Haití, crucial en las primeras 72 horas tras el terremoto. ¿Se puede llegar a esa ruindad?
Y así pudiéramos seguir. En lo personal tengo dos miedos. Uno es que en las necesarias discusiones sobre Haití, las causas y consecuencias del terremoto, se genere un dinamismo que lleve al vicio inveterado de querer “tener razón”. Cuando esto ocurre -y ocurre- el sufrimiento de los haitianos pasa a segundo plano y puede llegar a ocupar su lugar natural durante siglos: no existe.
El otro miedo es que, la parábola del pobre Lázaro junto a los ricachones del norte, vigente durante los dos últimos siglos, no desaparezca. Y los ricachote sigamos sin hacer penitencia y vestir con saco y cilicio. Es decir, miedo a que Jesús tenga razón “estas cosas no cambian ni aunque un muerto resucite”.
2. El terremoto en el otro Haití
Como suele ocurrir, y en El Salvador lo sabemos bien, los ricos han salido del terremoto casi indemnes,
sin un rasguño. Los disturbios callejeros por el hambre nunca llegan a la zona. Y el mercado negro no conoce la escasez. Así lo contaba El País una semana después del terremoto.
"En esta zona no hay casi ningún edificio afectado. Y en nuestro hotel, ningún daño". "El almacén lo
teníamos lleno y no hemos notado escasez de ningún producto hasta ahora".
Los niños de los ricos, igual que los pobres, tampoco tienen escuela en Puerto Príncipe. “Aunque ellos estén ilesos y los colegios privados sin daños, no se puede dar clase con la miseria que hay por ahí fuera". Las gasolineras se encuentran atestadas de motoristas y conductores de vehículos, y hay que esperar más de dos horas para llenar el depósito. Pero los ricos pueden salvar el escollo pagando algo más en los puestos callejeros del mercado negro para abastecerse de combustible. La famosa galería de arte Nader, que aparece en todas las guías de viaje como centro de la mejor pintura haitiana, ha cerrado sus puertas estos días. El campo de golf Pétion Ville Club se encuentra tomado desde el sábado por 300 marines de Estados Unidos. Y tienen intención de seguir un buen tiempo instalados por allí. Pequeñas molestias que alterarán durante algún tiempo la vida de los ricos.
El Instituto de Danza Lynn Williams Rouzier también ha paralizado sus actividades, aunque el edificio permanece intacto. Pero la vida continúa en lo alto de las colinas más altas de Pétion Ville, donde sólo tiene sentido vivir si uno posee un buen coche. Los tiros y los disturbios callejeros que se desatan por el hambre nunca llegan hasta allí.
Es impresionante constatar la ignorancia total de estas cosas y la carencia de imágenes de la gente rica. Bien lo sabemos aquí. En el terremoto del 2001, un técnico suizo dijo que en su país un terremoto de la misma intensidad hubiese causado seis víctimas, en El Salvador fueron casi 1,000. Y de estas cosas no comentan prácticamente ninguno de los personajes, ellos y ellas, que aparecen en televisión, quienes se pareces mucho a los que no han sufrido nada en Haití y no se parecen nada a los que han sufrido mucho.
3. “Haití ya no existe”
La frase también está tomada El País, y con ello volvemos a lo fundamental.
Una semana después del terremoto Ivania y sus dos hijas formaban parte de un ejército silencioso. Al pasar por la puerta de una morgue privada se tapan la nariz con sus camisetas. Seis cadáveres sin siquiera cubrir se agolpan en el garaje sin rejas de la funeraria. Uno más está tirado en plena acera. Dicen los vecinos con naturalidad que los cuerpos están ahí porque ya dentro no caben más. Ivette se santigua y dice: "Esta ropa que llevo puesta y estas dos hijas que me acompañan son todo lo que tengo. De mis otros cinco hijos no he vuelto a saber desde el día del terremoto". Cuando se le pregunta adónde se dirige, Ivania responde lo que todos: "No sé. A intentar buscar algo de comida. Hace días que no he probado nada".
Todavía se habla del número probable de muertos, del último niño rescatado milagrosamente por un bombero europeo. Pero nadie habla de esa riada interminable de mujeres y hombre silenciosos que deambulan como sonámbulos por una ciudad que, mal que bien, era la suya. Ya no es posible. El terremoto se llevó hasta el último resquicio de vida cotidiana. Tampoco están las autoridades. Ninguna. Sólo existen cadáveres y gente que anda, y niños rotos que lloran toda la noche junto a la tapia del hotel.
Dos bomberos franceses llegados de Niza, solos y sudorosos, introducen una y otra vez sus cuerpos por el esqueleto de un edificio que ya ha arrojado 20 cadáveres. Unas enfermeras belgas hacen lo que pueden ante una avalancha de gente que implora un calmante para sus hijos. La misma avalancha se agolpa ante la puerta de una base militar controlada por la ONU cercana al aeropuerto. Son personas enfermas y heridas que quieren acceder al hospital de campaña instalado allí. El guarda de la puerta va a dejarles entrar, pero un soldado de la ONU se interpone entre la veintena de heridos y el guarda y grita: “No deje entrar más heridos. Es que ya no hay más medicamentos".
Hasta este sábado 16, la ayuda internacional sólo era buena voluntad y poco más. Su imagen más gráfica es la de un camión lleno de bomberos de Los Ángeles con sus trajes azules impolutos y sus cascos amarillos relucientes varados en medio de un caos de tráfico, de gente que quiere huir del infierno en autobuses atestados. De un infierno que empezó a perder la calma. Se escucharon tiros en el centro de la ciudad. En una calle que antes era comercial y ahora es el decorado imposible de una película de dolor y miedo. Fueron los primeros días. Después ha habido éxitos masivos para salir de la ciudad y ha aumentado el volumen de alimentos y medicinas. “Haití ya no existe”.
4. La pobreza
El drama no ha empezado hoy, recuerda Juan Torres López, en un artículo difundido por Serpal, quien hace cuatro años escribió un sangrante artículo sobre Haití. “Ahora mi alma tiembla de nuevo pensando otra vez en tanto sufrimiento”.
Hoy día Haití es el país más pobre del hemisferio norte. De sus ocho y pico millones de habitantes se calcula que unos 3,8 no disponen de ingresos suficientes para sobrevivir y que 2,4 están en situación de insuficiencia alimentaria crónica. El 50% está desempleado y un 52% en situación de pobreza. En la capital, Puerto Príncipe, el 92% de los empleos son informales; en el conjunto del país un 60%. Y para que nos llegue el horror a los que vivimos bien compara lo que es vivir en Haití con lo que es vivir en España. Si lo comparase con El Salvador, no sería tan cruel, pero si lo comparase con Estados Unidos sería todavía peor.
En Haití hace pocos años, el gasto en salud per capita fue de 56 dólares, 1,600 en España; la esperanza de vida sana, unos 43 años, 72 en España; la mortalidad infantil 139 por cada 1,000, en España poco más de 4; por cada 10,000 habitantes, 0,2 médicos, en España unos 4 médicos.
Y otros horrores silenciados. El Fondo Monetario Internacional impuso recortes en los gastos sociales y la deuda externa (a veces para pagar créditos que ni siquiera llegaron a Haití) es económicamente extenuante. Sólo para hacer frente a los intereses se dedica el doble que lo que se gasta en sanidad.
5. La historia
Haití no fue siempre un país pobre. Cuando era colonia francesa proporcionaba a Francia más ingresos que todas sus demás colonias juntas. Allí florecían las artes y era la colonia más rica del mundo.
La dominación española había sido tan desastrosa y cruenta que despobló el país casi por completo y los franceses lo repoblaron con esclavos negros. En 1789 las ideas de la libertad, la igualdad y la fraternidad estallaron en la metrópoli y los esclavos tuvieron la ocurrencia de creerse que eso iba también con ellos, los negros. Después de levantamientos y revueltas en 1804 se abolió la esclavitud. Antes incluso que en Inglaterra, que lo hizo tres años más tarde aunque, por cierto, con tan escasa convicción que hubo de reiterar la abolición en 1832.
A partir de entonces comenzaron los grandes dramas de Haití. La igualitaria y revolucionaria Francia no le reconoció la independencia y le exigió altísimas compensaciones. Estados Unidos la combatió desde el principio y decretó sucesivos bloqueos y embargos. El por otro lado tan reputado Thomas Jefferson dijo que "había que confinar la peste en aquella isla". En 1915 fue invadida por Estados Unidos que en 1918 obligó a cambiar su Constitución porque prohibía vender tierras a los extranjeros. Cuando lograron cobrar las deudas de sus bancos los norteamericanos dejaron Haití en manos de dictaduras sangrientas y miserables, como la de los Douvalier padre e hijo, durante la que murieron asesinadas centenares de miles de personas. En Haití ha habido 42 presidentes y de ellos 29 han sido asesinados y sólo 2 han sido elegidos legítimamente. Como dice Eduardo Galeano, "a Haití, los marines siempre regresan, como la gripe".
Las empresas norteamericanas utilizan su mano de obra baratísima en industrias de embalaje y de poco valor añadido, en las llamadas maquilas, que son verdaderos antros de explotación y muerte. Según un informe del National Labor Comitte de Estados Unidos, más de la mitad de las plantas maquiladoras están contratadas por firmas como Sears, Wal-Mart o Disney que pagan menos de la mitad de lo estipulado, exigen jornadas semanales de hasta 70 horas y contratan habitualmente a niños. No respetan el medio ambiente y los ecosistemas están destrozados. Aunque el nombre de Haití significa "tierra de montañas" hoy día sólo le queda un 3% de su antigua superficie forestal.
Es materialmente imposible resumir en unas líneas la historia de infamias, saqueos, crímenes y desgracias que jalonan la historia de este hermoso país, de la perla que encandiló a Colón y que ahora sufre de nuevo. Aquellos esclavos creyeron que el sueño de la libertad estaba escrito también para los negros y sus amos blancos no se lo perdonaron nunca. Crearon un infierno donde se matan entre ellos y en donde, además, los destroza una lluvia que en lugar de apagarlas aviva las llamas.
6. ¿Y Dios a quien no vemos?
En las catástrofes naturales casi siempre, de una u otra forma, sale a relucir “Dios”. Muchas veces para responsabilizarlo. El terremoto de Lisboa en 1755 agudizó esta pregunta en el mundo moderno en trance de ilustración. Se resquebrajó la naturalidad de la fe en Dios. Si Dios no se justifica ante las catástrofes, no merece ser Dios.
Pero el asunto viene de lejos. Epicuro, antes de Cristo, decía ante las catástrofes que o Dios puede evitarlas y no quiere, o quiere evitarlas y no puede. Mal asunto para la divinidad. Job se le quejó a Dios amargamente de que, siendo él hombre justo, hubiese sido tan duramente castigado. Dios le calló la boca: “¿Y quién eres tú para juzgarme?”. Pero el problema continúa, aunque el libro termina con la rendición de Job a Dios. Según Mateo y Marcos Jesús de Nazaret en la cruz se quejó amargamente: “Dios mío ¿por qué me has abandonado?”. Y es la única vez en que no le llama “Padre” -sí lo hace en la cruz según Lucas: ”Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
En los días después del terremoto de Haití en El Salvador se ha escuchado de todo. Además de gritar por enésima vez viene el fin del mundo, algunos, más energúmenos por el tono de voz, han dicho que Haití es un castigo de Dios por nuestros pecados. Otros piden milagros a un Dios todopoderoso: que no ocurran terremotos -o que llueva cuando hay sequía. La mayoría no suele hablar mucho de eso, pero a algunos siempre les queda la inquietud: “qué pasa con Dios”.
En el Nuevo Testamento, Pablo y Juan dijeron cosas audaces ante la cruz de Jesús, terremoto histórico agravado por ser el crucificado Hijo de Dios. No dieron razones para calmar la razón, pero es bueno recordarlo para tomar en serio la hondura del sufrimiento humano inocente, el mayor de los terremotos, y la locura de Dios, la mayor de las locuras. Dios no organiza el sufrimiento de Jesús, pero tampoco lo evita. Dios no está a favor ni en contra, por así decirlo. “Está en la cruz de Jesús”.
No es el momento de explicarlo, y ninguna explicación es capaz de sosegar a la razón. Pero algo queda claro para los que creen en ese Dios. Dios no permanece ajeno y distante del sufrimiento de los seres humanos. Lo que más le duele a Dios es que sufran los seres humanos, no él, Y es importante recordarlo. Un obispo acaba de decir en España que en Europa hay cosas peores que lo que ha ocurrido en Haití. ¿Será la secularización, la increencia, los matrimonios gay, el aborto? Dicho en lenguaje humano, si Dios no hace más para evitar el sufrimiento, histórico y hasta natural, es porque no le dejamos.
Jesús de Nazaret, su Hijo y nuestro Hermano, nos lo hizo ver durante su vida. Lo primero ante el sufrimiento, por causa de un terremoto o por causa de la injusticia- es la compasión, y de ahí que la reacción fundamental ante el terremoto de Haití sea desvivirnos por aliviar los sufrimientos que ha generado y sigue generando. Lo segundo es mantenernos fiel en esa compasión, combatiendo los “terremotos históricos” fabricados por nuestras manos, luchando contra la injusticia y los injustos, contra la mentira y los mentirosos. Y lo tercero la apertura a un don: poder escuchar que una vez Dios venció sobre la injusticia y los terremotos. Devolvió a la vida a Jesús, el inocente y el justo. Nada de eso es fácil, pero es posible.
En palabras sencillas, ante el horror del terremoto de Haití, desde Dios y con Jesús debiéramos adquirir un compromiso de ayudar siempre a los oprimidos, por la naturaleza, por la historia o por una mezcla de ambas cosas, y no olvidarlos nunca, ciertamente no en unas semanas después del 12 de enero. Hagámoslo como lo han hecho los grandes, como Monseñor Romero y los mártires, y no como quienes estos días parecen ”profesionales de la ayuda”, sin arriesgar mucho, hasta llegar a ufanarse de lo que dan, más que samaritanos de verdad. Hagámoslo como Jesús. Sintamos a los haitianos y haitianas como hermanos y hermanas. Expresémosles admiración y agradecimiento por su decisión de seguir viviendo. Y ojalá nos perdonen sino escribimos como debiéramos.
Jon Sobrino
26 de enero, 2010