Javier Aisa Gómez de Segura,
periodista especializado en actualidad internacional (Espacio REDO)
Han pasado casi dos años desde que el presidente Obama señaló que Palestina tendría un Estado independiente. A lo largo del tiempo se han sucedido decenas de reuniones y ninguna realidad de paz. Ahora, el secretario de Estado John Kerry propone un nuevo encuentro. En Palestina desconfían de que las palabras del padrino estadounidense causen un efecto negociador auténtico en el gobierno israelí. La elección de Martin Indyk como mediador no es precisamente una señal de que EE.UU. vaya a presionar a Israel para que flexibilice su intransigencia. Indyk fundó el Institute for Near East Policy, una de las instituciones que más defienden a Israel en Washington. Pero, en este momento, a EE.UU. le puede convenir algún tipo de pacto para evitar que más jóvenes se sumen al yihadismo con la causa palestina como banderín de enganche y, en consecuencia, se incremente la tensión regional.
La afinidad de EE.UU. e Israel es un principio sustancial para ambos países. Apoyar y mantener la hegemonía de Israel implica la permanencia de la supervisión que realiza Estados Unidos sobre la región desde finales de la 2ª Guerra Mundial. Encrucijada de tres continentes y de rutas comerciales, todos los presidentes de EE.UU. han exigido disponer de un acceso más fácil y barato a los recursos petrolíferos y de un importante mercado civil y militar, sin grandes competidores. Una de las claves para conseguir este objetivo, ha sido consolidar el denominado “consenso estratégico”: una alianza que englobe a un Israel poderoso y a regímenes árabes más débiles, fragmentados y dependientes. En la actualidad, esta circunstancia significa que las aspiraciones de cambio social y político de las poblaciones de estos países – sean partidarias de estados laicos o con influencia religiosa – queden sujetas a dirigentes políticos y militares que no planteen dificultades a la política exterior norteamericana en esta zona del mundo
Estancamiento es la palabra que define las relaciones entre Palestina e Israel. Netanyahu endurece una concepción de la seguridad basada en la hegemonía económica y militar – no en una paz justa entre las partes – y en la constante y progresiva colonización de Cisjordania y Jerusalén Este. Puede gobernar así en coalición con los nacionalistas radicales de Bait Yehudi – voceros de los colonos – y sin los escaños de las formaciones religiosas ultraortodoxas. En el campo palestino, todavía dividido y enfrentado, la presidencia de Mahmud Abbas ha perdido legitimidad porque su mandato concluyó en enero de 2009. Apenas ha obtenido ventaja de la designación de Palestina como estado observador en la ONU. Tampoco de la próxima decisión de la Unión Europea de excluir de sus programas de cooperación con Israel a las colonias implantadas en los Territorios Ocupados desde 1967.
Además, el devenir de las movilizaciones sociales y políticas árabes no favorece a las reivindicaciones palestinas. El movimiento islamista Hamas recuperó protagonismo y fuerza gracias al apoyo del partido islámico de Erdogan en Turquía, la llegada de los Hermanos Musulmanes al gobierno de Egipto y el peso del islam político en la oposición siria. Sin embargo, el golpe de Estado en El Cairo ha modificado la relación de fuerzas en la zona. El derrocamiento de Morsi y la persecución contra la Hermandad conlleva un factor regional, ya que los mandos del ejército egipcio sostienen una relación estrecha con sus aliados israelíes. La advertencia del dictador sirio Al Assad de que su régimen es la mejor solución – como en Egipto – para vencer a los islamistas contribuye a la marginación de Hamas como posible interlocutor en cualquier mesa negociadora. Por tanto, Israel aplaude, mientras su principal enemigo en Palestina retrocede. No obstante, los israelíes deberían demostrar más cautela, ya que Arabia Saudí – en el país del Nilo, partidaria de la dictadura de Mubarak y ahora de los militares – gana asimismo en su disputa con los Hermanos Musulmanes y ampara con influencia política y petrodólares a los grupos salafíes radicales, combatientes también en Siria y ansiosos por lanzar cohetes contra Israel y sustituir a Hamas en el liderazgo palestino.
De vuelta a las posibles negociaciones, Israel nunca ha aceptado que se pongan sobre la mesa cuestiones fundamentales para un acuerdo que merezca la pena: las fronteras de 1967, antes de la ocupación de Gaza y Cisjordania, como punto de partida; el estatuto de los 4,7 millones de palestinos refugiados; la independencia económica de Palestina, que le permita disponer de moneda y recaudar los impuestos, y la soberanía sobre las fuentes del agua del Jordán y las marítimas, por citar asuntos que se olvidan.
Entretanto, cada intento de negociación se salda en un fiasco e Israel no pierde el tiempo. Acaba de anunciar la concesión del permiso para construir 1.000 nuevas casas en el norte de Cisjordania y cerca de 70 más en Jerusalén Este. El gobierno de Israel alienta la edificación. Los datos no engañan: el Ejecutivo destinó a los asentamientos 127 millones de euros y en 2011, 224 millones. Su población se ha incrementado progresivamente: cada año entre un 4 y un 6% más de habitantes y a un ritmo de un 2% más que en Israel.. En 1987 residían en Cisjordania y Jerusalén Este 50.000 colonos. En 2013 se cuentan 367.000 en la primera y 200.000 en la Ciudad Santa. Benjamin Netanyahu ha indicado que su objetivo es alcanzar el millón de colonos en 2014. Están ubicados en 130 colonias. Asimismo, existen también unos 100 pequeños asentamientos, denominados outpost («puesto avanzado»). Los asentamientos representan en la práctica (con sus límites municipales y regionales) el 42% de las tierras ocupadas de Cisjordania, que a su vez alcanza el 62 % del territorio (zona C en los acuerdos de Oslo en 1993) que no está bajo administración de la Autoridad Nacional Palestina.
La colonización israelí se basa en una política de expansión que pretende apropiarse del máximo territorio palestino. Las colonias, las carreteras que las rodean y enlazan (controladas por Israel) provocan la segmentación de Cisjordania y el hecho consumado de apoderarse de las zonas acuíferas y de las tierras más fértiles. En definitiva, la clave es que Palestina posea el menor espacio territorial, con una administración totalmente subordinada y una población sin derechos de ciudadanía. En Jerusalén se trata de que el número de personas palestinas sea mínimo, con el propósito de que nunca puedan reclamar que el Este de la ciudad tenga el estatuto de capital de Palestina. Un vuelta de tuerca más: el Parlamento israelí blindará su negativa a devolver tierras con un proyecto de ley que prevé un referéndum en caso de un acuerdo de paz.
En estas condiciones, es imposible un Estado palestino viable y cualquier ronda de conversaciones se convertirá en fracaso por enésima vez. Más frustración palestina y menor seguridad para Israel.