“Con mucha frecuencia los obispos creemos que tenemos la razón, normalmente creemos que la tenemos siempre, lo que pasa es que no siempre tenemos la verdad, sobre todo la verdad teológica, de modo que os pido (a los teólogos) que no nos dejéis en una especie de dogmática ignorancia” (Pedro Casaldáliga, 1995, en el XVI Congreso de Teología).
Vienen a cuento estas palabras a propósito de las consideraciones que dos obispos de Madrid han hecho en contra de la Ley –aprobada en la Asamblea de Madrid – que desaprueba toda discriminación por razón de la orientación e identidad sexual.
Resulta ilógico más que preocupante que todavía en los obispos resulte normal este sentirse poseedores de la verdad. Ilógico si admitimos que estamos en el siglo XXI, transcurridos 50 años después de la celebración del concilio Vaticano II, que dio un giro de 90 grados en la interpretación del patrimonio doctrinal de La Iglesia , en el modo de situarse en la sociedad y relacionarse con ella y en el espíritu de tratar y resolver los problemas con otras instancias socioculturales y políticas.
“La Iglesia, clamaba Juan XXXIII, demostrará que percibe el ritmo del tiempo”. Y Pablo VI: “El concilio se presenta con el decidido propósito de rejuvenecer las normas que regulan sus estructuras canónicas y sus formas rituales” , “También nosotros –y más que nadie- somos promotores del hombre”. Y el mismo Concilio: “La experiencia del pasado, el proceso científico, los tesoros escondidos de las diversas culturas , permiten conocer más fondo la naturaleza humana, abren nuevos caminos para la verdad y aprovechan a la Iglesia” (GS, 44).
En ese camino hemos avanzado y lo está haciendo ahora con fuerza el Papa Francisco, aunque le toque –y nos toque a todos- calibrar y superar más que lamentar la magnitud involucionista del posconcilio.
Los temas humanos –todos y el de la orientación e identidad sexual es uno de ellos- requieren un tratamiento humano, como explica muy bien el teólogo E. Scchillebeeckx: “Estoy en contra de ciertas posiciones éticas de la Iglesia oficial, que se hacen pasar por cristianas pero que, de hecho, no lo son. Piénsese en el exasperado fixismo respecto a la sexualidad y matrimonio… No hay revelación con respecto a la ética; esta es un proceso humano”, “ Y así en lo que respecta a la homosexualidad no existe una ética cristiana. Es un problema humano, que debe ser resuelto de forma humana. No hay normas específicamente cristianas para juzgar la homosexualidad. Hay homosexuales por naturaleza. ¿Qué se puede decir? No hay aún un “consenso” sobre la materia, pero decir que la discriminación en la vida social está éticamente permitida, esto no; esto va contra el cristianismo. Recurrir a la Biblia para condenar la homosexualidad no es justo. Comprendo que es necesario reflexionar mucho y ser cautos, pero ni la condena ni la discriminación son cristianos. Estas personas sufren” ( Soy un teólogo feliz, pp. 107-110).
La respuesta a lo dicho en este caso, por los obispos de Alcalá de Henares y Getafe, está más que alumbrada. No por ser obispos, dejan de ser humanos ni les asiste el derecho a presentar su visión antropológica como válida universalmente. Pensar racionalmente y actuar libre y responsablemente son rasgos que caracterizan a todo ser humano y lo hacen idóneo para interpretar lo que es la ley natural. Cuál sea el contenido de ésta compete estudiarlo también a los obispos pero no en exclusiva: “La cultura, por tener su origen inmediato en la índole racional y social del hombre, requiere constantemente una justa libertad para dersarrollarse y una legítima facultad de obrar, según su derecho y sus propios principios. …Exige respeto y goza de un específica inviolabilidad” (GS, 59) .
La ley aprobada en la Asamblea de Madrid no niega la diferencia sexual existente entre varón y mujer, pero sí que niega que el totum de la sexualidad humana pueda reducirse al binomio varón-mujer, dejando fuera otros espacios y estados de relación intersexual humana.
En este sentido, la pauta de un católico, marcada por el concilio Vaticano II, es la de trabajar en colaboración con las ciencias humanas, en la seguridad de que, según anunciaban al final los padres conciliares en su mensaje a los hombres el pensamiento y la ciencia: “Vuestro camino es el nuestro. No podíamos dejar de encontraros….Nunca quizá, gracias a Dios, se ha mostrado tan claramente como hoy la posibilidad de un acuerdo profundo entre la verdadera y la verdadera fe, servidoras ambas de la única verdad”.
