La vida pública ya no perdona

En España no se puede estar haciendo las cosas peor desde hace muchos años. La desconfianza se ha instalado en la retina del ciudadano medio como una lentilla colocada en el ojo del miope.

Cuando la política se convierte en un plató de televisión, parece mentira que gente con aspiraciones y experiencia no sepa lo que puede hacer y lo que no. Por ejemplo, aceptar un cargo o aspirar a ejercerlo. En una sociedad transparente en lo secundario, o casi, es imposible evitar que algo no se sepa si el sujeto se expone al ejercicio de un cargo público o adquiere reconocimiento mediático en sus opiniones éticas y políticas. Es imposible evitarlo.

De hecho, uno sabe lo que importa su trabajo a los demás, por las críticas. No hay otra medida más clara. El aplauso lo dan los amigos, las críticas, los adversarios. Porque colarse en unas declaraciones es fácil y cualquiera puede decir, lo siento, me he equivocado y rectifico. Casi nunca las palabras torpes son insalvables cuando detrás de ellas vienen las disculpas, a menos que se trate de una barbaridad o haya hábito de engaño. Pero los hechos, las actuaciones del pasado planificadas y mantenidas con voluntad turbia, no hay quién los borre del currículo. Hay que operar con ellos como precipicios que cortan el paso. Sucede con las aguas y con la vida pública de las personas, es así. Y esto es lo que llama la atención en la sociedad que he dicho transparente en lo banal, o casi, que los profesionales de la vida pública no reconozcan fácilmente lo que no pueden hacer, los caminos que les han quedado vedados para el futuro en ese espacio de lo público.

Ahora bien, ¿es lógico que esto suceda? Sí, es lógico. Si fuera que obedece a una perversión de la democracia en cuanto tal, sería un problema absoluto, pero no es eso, o no principalmente. Los instrumentos de poder en la sociedad de la comunicación son así: viven del error del adversario. Con esto hay que contar. Pero, en el caso español hay más. Sucede que ha habido una conciencia generalizada en todos los ámbitos, y en el político en particular, de que el pasado no cuenta; mejor aún, de que el espacio público tiene unas reglas donde vale casi todo y que, con alguna facilidad, el poder cubre a los suyos y pacta hacer lo propio con sus adversarios. Todo esto con niveles y prácticas distintas según lugares, grupos y sociedades, pues las comparaciones son odiosas y las generalizaciones, más.

Pues bien, dentro de esta conciencia extendida, en la sociedad española se ha ido más lejos de lo que aguantan las costuras de un sistema democrático y social del siglo XXI en Europa…  Leer más…

José Ignacio Calleja en El Diario Vasco, 25 de junio de 2018