La Iglesia no tiene solución, si no cambia el clero

Suprimir el clero, tal como ahora mismo está organizado y gestionado. Mientras ‘hacerse cura’ sea ‘hacer carrera’, la Iglesia seguirá estando rota.

El papa Francisco acaba de publicar una carta, dirigida al «pueblo de Dios», en la que denuncia los abusos sexuales que no pocos clérigos vienen cometiendo contra menores de edad desde hace ya bastantes años. «Un crimen que genera hondas heridas de dolor» sobre todo en las víctimas, dice el papa.

Este asunto es gravísimo, como bien sabemos. Grave para las víctimas. Grave para quienes lo cometen. Grave para la sociedad y para la Iglesia. Por eso se han escritos cientos de artículos y no pocos libros alertando del peligro que todo esto entraña. Y ofreciendo soluciones de todo tipo. No voy a ponerme ahora a discutir quién tiene razón – y quién no la tiene – en el análisis y solución de este enorme problema. ¿Quién soy yo para eso?

Sólo creo que puedo (y debo) decir algo que me parece fundamental. El papa Francisco no duda en decir que el «crimen», que son los mencionados abusos sexuales, han sido cometidos «por un notable número de clérigos y personas consagradas». Pero, cuando se refiere a las consecuencias, el mismo papa dice que «el clericalismo, sea favorecido por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial». Es decir, el clericalismo ha roto la Iglesia, la tiene destrozada. Y una Iglesia rota, termina rompiendo hasta las conciencias de los culpables y la vida de los más débiles.

No es lo mismo hablar de «clero» que de «clericalismo». El diccionario de la Rae dice que «clericalismo» es la «intervención excesiva del clero en la vida de la Iglesia, que impide el ejercicio de los derechos de los demás miembros del pueblo de Dios». El papa hace bien en responsabilizar, no tanto al «clero», sino más propiamente al «clericalismo». Y digo que el papa hace bien, al utilizar esta distinción lingüística, porque de sobra sabemos que, si hablamos del «clero», no se puede generalizar. Por todo el mundo, hay «hombres de Iglesia» (clérigos) que son sencillamente ejemplares y hasta heroicos.

Otra cosa es si hablamos de «clericalismo». Porque la teología y el derecho eclesiástico están pensados y gestionados de manera que «inevitablente» todo «hombre de Iglesia», que no sea un santo o un héroe, termina ejerciendo el más refinado y quizá brutal «clericalismo». Por la sencilla razón de que, si cumple con lo que le impone la «teología» y el «derecho» de la Iglesia, no tiene más remedio que «impedir el ejercicio de los derechos de los demás». Por ejemplo, tiene que impedir que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres. Y así, tantas y tantas otras cosas.

¿Tiene esto solución? Claro que la tiene.     Leer más…

José María Castillo en Religión Digital, 21 de agosto de 2018