Antes de la visita del Papa Francisco a México, expresé que tenía gran esperanza pero al mismo tiempo un temor a la desilusión. Ambas cosas se vieron cumplidas de algún modo. Mi esperanza de que el Papa hablara fuerte tuvo su positiva respuesta. Francisco habló claro y fuerte sobre la desigualdad, la injusticia, la violencia contra la gente más pobre, la corrupción. Pero, luego de escucharlo hablar en Brasil y en los Estados Unidos y de leer sus mensajes en el Vaticano, sentí una gran desilusión. Creí que Francisco sería también más directo ante ciertas circunstancias que aquí vivimos. Francisco ha dicho lo que tenía que decir. Francisco ha creído en nosotros. Francisco, nos ha lanzado el reto, pero El Papa debería dejar de ser jefe de Estado.