No basta con mantener las prácticas, normas y costumbres de siempre. La tarea más importante de la Iglesia en este momento es ofrecer y contagiar esperanza.
Es un hecho que estamos viviendo un tiempo demasiado convulso, inseguro, incierto. No hablo sólo de España. Me refiero a la cantidad de malas noticias que nos llegan a todas horas. Hasta el extremo de que cuando el progreso científico, tecnológico, industrial es mayor, también es mayor el desorden, el miedo, la inseguridad y, sobre todo, el sufrimiento que tienen que soportar millones de seres humanos, en este «mundo desbocado», como lo definió el conocido sociólogo Anthony Giddens, al referirse al hecho patente de la «globalización».
Así las cosas, yo me pregunto ¿cuál tendría que ser la tarea principal de la religión y, por eso, de la Iglesia en este momento?
Está visto que no basta con mantener las prácticas religiosas, las ceremonias sagradas, las normas y costumbres de siempre. Todo eso, hasta ahora, no ha servido para hacer más soportable – y menos aún para mejorar – la vida tan desagradable que la mayoría de la humanidad tiene que aguantar. Y hablo, no sólo de los pobres. De sobra sabemos que las clases medias se van debilitando y hasta los privilegiados de la sociedad se ven enfrentados a problemas y situaciones que, hace tan solo unos años, no se podían imaginar.
Insisto en lo que he dicho. La religión que se limita a perpetuarse no arregla este mundo. ¿Qué hacer, entonces?
Desde hace unos años, le vengo dando vueltas al proyecto en torno al «humanismo», la «humanización» o simplemente la «humanidad». Sobre estos temas, he publicado varios libros. Que me parece que son provechosos para no pocas personas. El cristianismo enseña que, para salvar al mundo, Dios «se humanizó». Eso, y no otra cosa, es lo que los cristianos llamamos el Misterio de la Encarnación. Pero ¿basta con eso? Leer más…
José María Castillo en Religión Digital, 29 de abril de 2018