La muerte de Jesús no fue un acto de expiación a Dios por los pecados de los hombres, ni un acto de devoción, ni de ofrenda sacrificial. El Dios verdadero no puede necesitar ni exigir esas cosas a nadie, ni menos a su propio Hijo. Jesús no murió por Dios, porque a Dios no le hacía falta para nada la muerte de su Hijo. Jesús murió por su compromiso con el pueblo, murió por denunciar a los opresores del pueblo, tanto políticos como sobre todo religiosos oficiales “que ataban cargas pesadas, y las echaban a las espaldas de la gente sin arrimar ni un dedo para ayudar a llevarlas” (Ver Mateo 23,4). Leer más (Faustino Vilabrille)