No esperó ni un minuto. En su primer discurso, el Papa Francisco lanzó un misil a la línea de flotación del ultraconservador gobierno polaco. Ante las autoridades políticas, la sociedad civil y el cuerpo diplomático de Polonia, Bergoglio pidió al Ejecutivo «disponibilidad para recibir a los que huyen de la guerra y el hambre», para así «dar testimonio con los hechos de los valores humanos y cristianos» de los que presume, no sin razón, la nación polaca. Hay que recordar que Polonia es uno de los países que se han opuesto con mayor crudeza a la acogida de los refugiados que huyen del Estado islámico. Abogó por generar «sinergias internacionales» para «encontrar soluciones a los conflictos y las guerras que obligan a las personas a abandonar su hogar».