Via Crucis, presidido por el Papa en el Coliseo romano, lugar de las persecuciones de los cristianos durante el imperio romano. Al finalizar el rito, Francisco leyó una profunda, sentida y profética oración a la cruz. En ella denunció a los «traficantes de la muerte», a los que matan y queman vivos a nuestros hermanos y a nuestra propia conciencia narcotizada que permite que «el Mediterráneo y el Egeo se hayan convertido en un cementerio».