ÚLTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo C. 21 de noviembre de 2010

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
Lecturas:
2S 5, 1-3  
Sal121, 1-2. 4-5  
Col 1, 12-20  
Lc 23, 35-43

PRIMERAS REFLEXIONES

                El domingo próximo, ya adviento. Luego, Navidad. Y ¿la novedad? ¿La acercaremos?

                Tengo un problema personal cuando intento “traducir” a palabras aceptablemente actuales la aclamación “tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre”. Y debe de ser una aclamación tan importante como antigua, pues sabemos que figura en los manuscritos primeros como parte final del padrenuestro. (Así la conservan en su plegaria la mayoría de las iglesias evangélicas.) No digamos la aclamación del libro del Apocalipsis “la alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios” (Ap 7, 12) Y todas estas palabras intentan expresar algo del señorío, del control o dominio completo de Dios y su Cristo sobre el universo. Acumulan palabras muy importantes para decir con entusiasmo y convicción la profunda relación de Dios y el cosmos; el carácter singular y único, universal e irrepetible, de Cristo Jesús que la ha establecido y la mantiene. Cierto que cada una de esas palabras, en su origen, corresponde a fragmentos de experiencia vividos como decisivos, al menos para quien las formula. Luego, se agrupan todas en el intento de comunicar algo fundamental y absoluto, alcanzado en la fe. ¿Cómo decir hoy cosas tan importantes que, sin perder ni grandeza ni excepcionalidad, mantengan su carácter de confesión completa de fe, su presunción de resumir en ella  la relación de Dios con el mundo? El triunfo mismo, que sería otra de las cosas que queremos expresar con esas palabras, tiene mucho de dualista y de grandeza de uno a costa del otro.

                Parecido, con el título de Jesucristo que hoy celebramos: rey. ¿Es expresivo? ¿Recoge de manera total y positiva el papel de Jesús en la salvación que aporta? ¿Está exento de condicionamientos y resonancias políticas que, en lugar de prestarle aclaración, lo pueden oscurecer? El himno de Flp lo intenta de manera más genérica quizá y dice que “le dio el nombre sobre todo nombre”. ¿Es acaso más válida hoy? ¿Qué diríamos nosotros, partiendo de nuestra fe, con palabras actuales,  sobre Jesucristo? ¿Que da de sí esa fe, al expresarse?

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec presenta la figura del rey David, convertido en rey modelo de toda realeza. Pastor del pueblo, justo, músico, piadoso. Siempre aspirará Israel a encontrar de nuevo su figura en cualquier rey. También la figura del Mesías tomará trazos suyos. La lectura de hoy recoge una de las tradiciones sobre el comienzo de su reinado. Otras se encuentran en 1S 16 y 2S 2, 4.2ª lec, un himno a la primacía de Cristo sobre la creación entera (incluyendo “Tronos, dominaciones, principados y potestades”) y sobre la Iglesia. Él centra el reino de la luz, y es la plenitud y la paz .El Ev sigue siendo de Lc, como en todo el ciclo que terminamos (C). Lc presenta la muerte de Jesús -como luego la de Esteban (Hch 7, 54-60)- bajo los signos del perdón y la confianza final en Dios. Las burlas al crucificado aparecen también en Mt, pero aquí participa en ellas uno de los crucificados con él. Por otra parte, sobre la cruz hay un letrero proclamando rey de los judíos a Jesús. Este es uno de los datos de su muerte aceptado como real por la crítica histórica.

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Dice el evangelio de S. Juan que “Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo Rey, se retiró a la montaña él solo” (Jn 6, 15). Huyó tanto y tan bien que cuando lo alcanzaron y le colocaron el título sobre la cabeza, lo tenían ya muerto. Tanto escapar para que no lo nombraran rey y, mientras agoniza, es un malhechor quien lo titula rey de nuevo y hasta le pide un lugar en el reino. Suena como un juego cruel e inoportuno que Jesús, sin fuerzas y a punto de morir, se lo tome en serio y le prometa sitio en el paraíso, él, un agonizante en la cruz. Este será nuestro punto de partida en la fiesta de hoy. Una cruz y un humillado agonizante en ella. Es de él de quien hablamos cuando proclamamos un rey nuestro.

                Es difícil hacernos cargo con realismo de uno que muere ajusticiado en la cruz. Su soledad, su desnudez, su completo fracaso, son evidentes. De la dignidad humana no queda ahí sino la realidad última y profunda que puede resaltar en el dolor. Ha desaparecido toda su apariencia. Se ríen y le humillan hasta el extremo sus triunfantes enemigos, se mofan de sus pretensiones, repiten con crueldad sus títulos. Como quienes le han colocado, tan tarde y mal, el letrero de rey de los judíos. Somos su pueblo, su grupo, su comunidad de seguidores y, a los veinte siglos de su muerte, le celebramos y cantamos como nuestro rey, como nuestro señor. Pero, cada vez que le decimos rey y que son suyos el poder y la gloria, para que no se nos escape corriendo, hacemos presente con viveza la escena de la cruz. Y con el credo, afirmamos, porque nos lo creemos, que su reino no tendrá fin. Para nosotros son el dolor y la muerte las que parecen no tener fin. Proclamar rey a alguien que tan a fondo se ha hundido en el dolor y la muerte quiere decir que sobre ellos, que parecen tan poderosos como inevitables, afirmamos la vida, Dios, emergiendo entre ellos. Han quedado atrás el sonrojo y la destrucción de los humanos, porque uno de ellos se alza en pie sobre tanta pena, erguido y habitado de nuevo con el soplo creador de Dios. Es el primogénito de entre los muertos de la 2ª lec, es el primero absoluto. Desde él, Cristo Jesús, a todos nos arrastra Dios y nos deja en su reino. Y con él y con nosotros se eleva la creación entera, hasta los “tronos, dominaciones, principados, y potestades”  que ni sabemos qué son, pero que serán salvados con todo y para siempre en el esplendor y la belleza absolutos del reino. Cristo Jesús es centro de todo, es señor servidor, es rey triunfador de toda indignidad. Ayer, hoy y siempre. Se acuerda de nosotros, todos y cada uno, con nuestros cabellos (domingo anterior), ahora que está en Dios, ahora que preside el reino. Muy humildemente, muy de verdad, acuérdate de nosotros, Señor, hoy que estás en tu reino.

                 J. Javier Lizaur