SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo A. 13 de febrero de 2011

Lecturas:
Sir 15, 16-21  
Sal 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34  
1Cor 2, 6-10  
Mt 5, 17-37

PRIMERAS REFLEXIONES

                El texto del evangelio de hoy resulta inesperadamente largo; más, tratándose de un discurso. Tras la reforma de la liturgia de la Iglesia por el Vaticano II, surge periódicamente la duda sobre la extensión de los textos que se proclaman. Con frecuencia son demasiado breves. Sólo algunos, más largos (los de catequesis bautismales en el ciclo A de cuaresma, los de la pasión y algunos otros). E incluso en estos casos suele señalarse la posibilidad de recortarlos. Los  muy breves puede que no consigan la atención precisa, pues para cuando nos centramos, ya han concluido. Los más largos pueden conducir a distraernos o perder la concentración. ¿Cuál es la dimensión adecuada? La de la atención y el corazón. Cualquiera de las liturgias no romanas son mucho más largas. Entre nosotros, abusamos de la brevedad y aligeramos la exigencia; hacemos valer como excusa hasta el clima. Son malos hábitos que arrastramos, cuando de celebraciones litúrgicas se trata. Debemos recuperar la sensación de que un tiempo para Dios y la comunidad no ha de ser breve sino quizá lo contrario. Asumamos la importancia de la palabra de Dios y el hábito de acogerla y saborearla. Lo positivo de su abundancia. Que los textos conviene no se desvinculen de sus contextos. Y, con todas estas condiciones, resultará que sería mejor acostumbrarnos a textos más largos, a liturgias de la palabra de más duración, y no por la extensión de las homilías. A que, por cierto, lo importante es la palabra y no la homilía que la comenta.

 

         

                El evangelio de este ciclo A, el de Mateo, está empeñado en subrayar la importancia de la ley, frente a otras tendencias (¿Pablo?) que se la negaban. Todos quedan dentro del reino, pero queda en último lugar quiene no dan importancia a la ley y en puesto preferente quien enseña a cumplirla. Aun así, amando tan intensamente a la ley y buscando su perfección, hay que ser mejores que los fariseos que dicen hacer lo mismo. Para este evangelio, Jesús, el Maestro, lleva la ley hasta su perfección más alta, sobre todo en este discurso de los capítulos 5-7. Quedará la duda sobre la legitimidad de este intento. Vale para la física y la lógica y para nuestras cuestiones más sencillas (¿salud, dinero, amor?) que el aumento de la cantidad puede  transformar lo real hasta convertirlo en algo nuevo y diferente. Tanta acumulación (cantidad), de algo trae consigo, no más de lo mismo, sino algo que ya es otra cosa diversa de la que partimos. Esta “nueva ley” tan forzada a su perfección, ¿seguirá mereciendo el nombre de ley? ¿Es ley cuando nace ya del corazón (Jer 31, 33), cuando está tan interiorizada que sólo el Padre del cielo puede descubrirla?

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec pertenece a uno de los libros más tardíos del Testamento primero. Su autor, Jesús ben Sira, lo redacta a comienzos del S. II a C. para salvaguardar la doctrina tradicional en medio de la cultura helenista dominante. El texto de hoy nos coloca en la tradición de tener que elegir entre vida y muerte (Dt 30, 19-20) al guardar sus mandatos o no. Y Dios responde según la elección.

                La 2ª lec continúa la primera carta a los corintios. Aquí, el orden anterior ha quedado invertido y la vieja sabiduría desacreditada. Tras la cruz, sólo el Espíritu inicia en la nueva  hasta sumergirnos en la profundidad última de Dios.

                El evangelio sigue el discurso de Jesús en Mt 5-7, centrado ahora en la ley y su plenitud, en las obras de la nueva justicia. Hoy quedan recogidos tres mandatos antiguos, los tres quedan precisados o corregidos por Jesús y, menos el último, tienen una concreción en “tú” que señala algo que el seguidor de Jesús ha de asumir y concretar según el momento, bajo su responsabilidad. (En este texto queda recogida la célebre expresión “excepto en caso de ‘impureza’” que da ocasión a que las iglesias ortodoxas acepten el divorcio en esas ocasiones.)

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Hemos escuchado un evangelio bien exigente en la violencia y la fuerza, en el matrimonio, en las expresiones y juramentos. Muchos creen que la exigencia que presenta sirve para obligarnos a descubrir nuestra miseria, nuestra imposibilidad de cumplirlo. No parece fuera esa la intención de Jesús, que llama a los cansados y agobiados (Mt 11, 28). Otros hacen notar que sólo la graciosa, benevolente ayuda de Dios resuelve lo que no podemos nosotros. Con tal ayuda podemos arriesgarnos con estas exigencias. Son exigencias tan altas, pues buscan alzar a los humanos a cimas que encierran en sí, pero que ni ellos mismos saben descubrir. Puede que esas exigencias tan sólo recojan y potencien lo mejor de nosotros mismos. Quieren ayudarnos a descubrir cómo las altas instancias de la llamada de Dios se resuelven en las concretas circunstancias de cada día: en la liturgia que no ha de proseguir sin reconciliación, en las miradas y deseos como semilla de adulterio, en nuestras apelaciones a los divino lejos del sencillo sí o no.

                ¿Cómo entendemos las bienaventuranzas, cómo todo este discurso? ¿Un nuevo reglamento, un código de circulación cristiana, una ley evidente en sus aplicaciones? Siempre, para ser cristianos, los caminos humanos han de encerrar libertad y han de hacerla real en cada persona. Entre la instancia suprema, la llamada, de las palabras de Jesús y nuestra limitada vida de cada día se abre un espacio enorme, abierto a nuestra libertad e iniciativa. Las palabras, sí sagradas, de Jesús son referencia, luz, horizonte. Hacia ellas nuestra atención persistente, nuestro oído atento. Sin ellas, la desorientación es completa. Pero con ellas no todo está resuelto, solucionado y respondido. Nuestra libertad y el Espíritu de Dios están conjuntamente concernidos en la respuesta a las complejas cuestiones de cada día. Tan hermoso mensaje como el del evangelio de hoy, y no tenemos cómo actuar esta tarde, en concreto, ni con los hijos, ni con los ancianos, ni con nosotros mismos.

                Pablo estaba bien seguro sobre la nueva ley. Se atrevía a escribir a los de Roma que “amar es cumplir la ley entera” (Rom 13, 10). Puede que al autor del evangelio de hoy le sonara a otro más de los “nada importantes del reino” que no enseñan los preceptos. Si amamos, que ya es decir, las palabras de Jesús serán vinculantes para, con nuestra libertad, adoptar decisiones correctas. Y no hace falta jurarlas, sino decir sí o no, que el resto viene del Maligno.

                 J. Javier Lizaur