SEXTO DOMINGO DE PASCUA. Ciclo A. 29 de mayo de 2011

Lecturas:
Hch 8, 5-8. 14-17  
Sal 65, 1-7. 16 y 20  
1P 3, 15-18  
Jn 14, 15-21

PRIMERAS REFLEXIONES

      Hoy, un texto muy conocido sobre la esperanza: estamos llamados a dar razón de nuestra esperanza. El texto bien conocido también de Hb (11, 1) vincula fe y esperanza de manera que se explican y necesitan mutuamente. Hoy es más urgente que nunca el tema de la esperanza. Nuestro testimonio más válido y real es esperanza. Bien sencillo, asequible a todo creyente. El talante de quien espera. Un autobús, un amigo, o al Señor. Ese aire de que algo va a llegar, algo viene. Cunden las razones y los motivos para la desesperanza, incluso para la desesperación. Sólo quien no deja espacio alguno a la mínima reflexión y vive la inmediatez imposible del presente escapa a la sensación de apuro y angustia. La gente lúcida conoce los peligros múltiples que nos acechan. Pero todos queremos la esperanza. No que podamos argumentarla mucho, que la podamos hacer acudir al entramado de racionalidades; pero se entrevé posible y se vive como imprescindible y única. Por eso su urgencia. Nuestro servicio al mundo lo es de esperanza. No de optimismo, que pretende bases más lógicas y racionales, y por ello cuestionables. La esperanza hodierna debe incluir un espacio para la razón que invalide la alternativa de la imposición y la fuerza. No le resulta suficiente ni la hegemonía de la razón e intelección abstracta, ni la reducción al puro voluntarismo del que más puede. Todo esperanza, horizontes positivos más allá de lo inmediato. La esperanza no se impone, no apabulla, siempre será la “niña esperanza” de Peguy. Exige en su presentación “mansedumbre, respeto y buena conciencia” (2ª lec). Es chispa de luz que brilla en un lugar tenebroso, 2P 1, 19. Es ancla, sujeta en el otro lado de lo real, Hb 6, 18-19. Es firme y perseverante en los tiempos difíciles y duros hasta crecerse en su misma negación (Rom  4, 18). Merece la pena descubrir teologías de la esperanza, formas de hablar de ella y con ella, que develen a Dios. Mostrar con sencillez que vivimos en esperanza. Y a quien la pide, no a todo el mundo y hasta aburrirlos.

      Otro momento de reflexión o experiencia será el “abogado defensor” (Ev.). A él se ha de confiar por entero el cliente si desea una defensa eficaz, conoce la verdad última de algunos asuntos, carga con la defensa de otro, convencido de que podrá sacarla adelante. Aconseja, acompaña, ayuda, aboga. El evangelio de Juan atribuye al Santo Espíritu ese papel de “paráclito”. Como defensor, conoce la verdad, consuela, acompaña. El Espíritu Santo.

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

      Continuamos la lectura del libro de los Hechos, siguiendo los pasos de uno de aquellos “diáconos”, que nos descubría la 1ª lec del domingo pasado. Ha llegado a Samaria. No olvidemos la marginación de esta región respecto al templo y el sacerdocio, y respecto a la reagrupación pretendida por el grupo fariseo, tras la destrucción del templo. Hay signos, anuncio de la palabra, y recepción explícita del Espíritu, aun tras un primer bautismo.

      También la 2ª lectura continúa con el texto bautismal de la 1ª carta de Pedro. Se mantiene la argumentación sobre el sufrimiento, como si se tratara de algo natural, casi familiar, para los primeros seguidores del asunto Jesús. La resurrección se entiende como lo más natural, dada la continuidad del Espíritu.

      El evangelio pertenece, como el domingo anterior, al capítulo 14 del cuarto evangelio. La parte última de los diálogos de despedida. Presenta al Espíritu y sus tareas en la comunidad. Incluye una demostración de que ésta no es huérfana y lo demuestra por exceso: está incluida, por la resurrección-vuelta, en el amor mismo del Padre y del Hijo.

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

      Últimamente es frecuente vernos desvalidos, solos, incomprendidos. No será bueno insistir tanto en esos aspectos que nos convirtamos en perseguidos. Pero la soledad del cristiano, y del creyente en general, es patente. No encaja del todo en prácticamente ningún sitio. Colabora con todos sin identificarse por completo con alguien. Sentirnos desamparados, ¿no incluye una gran falta de fe en el Espíritu, nuestro abogado defensor? En todo y a todo nos acompaña, vive y está con nosotros. Consuela, defiende, protege, nos presta palabras, y alienta la difícil esperanza. Los que caminan con los ojos cerrados y los oídos tapados no lo conocen. Nosotros sí, hacemos muchas cosas con él, a cualquier hora nos inspira. Rezamos, pensamos, afirmamos la esperanza y nos queremos. No es posible sentirnos solos, nunca lo estamos, pues es él quien hace todo eso en nosotros y con nosotros. Nos falta atención como para percibir la suave brisa del Espíritu; ni nos enteramos.

      Amar a Jesús, guardar sus mandatos es hacer sitio a su Espíritu. Jesús se nos fue. (La verdad es que lo abandonamos.) Dejamos de verlo. Nos lo mataron. Volvimos a verlo, a encontrarlo. Nos sentimos vivos de verdad y a todo eso lo llamamos resurrección del Señor. Es lo que celebramos una y otra vez en estas fiestas de Pascua, ya tan avanzadas. Lo que celebramos todos los domingos, lo que descubrimos y vivimos de continuo en nuestra vida cristiana. Amamos a Jesús, guardamos sus mandatos. Descubrimos al Espíritu haciendo con nosotros todo eso. Nos ayuda siempre y da la cara por nosotros, tan impresentables en ocasiones. ¿De qué hablamos en este ver y no ver, en este escuchar y no oír, en este ir y venir  del que podemos hacer hasta chistes? Nada más y nada menos que del misterio total, del absoluto continuo, que, con Jesús, llamamos amor. El Padre ama a Jesús, nosotros amamos a Jesús, el Padre nos ama a nosotros, Jesús se identifica con nosotros, que le amamos y escuchamos, el Espíritu lo abrazo, lo impregna todo. Y a ese todo lo nombramos como amor. Lo real, todavía no bien comprendido: amor y todo amor. El Padre, Jesús, nosotros y el Espíritu. Lo que se nos va revelando. Lo que vamos descubriendo. Razonando la esperanza.

      J. Javier Lizaur