SÉPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo A. 20 de febrero de 2011

Lecturas:
Lv 19, 1-2. 17-18  
Sal 102, 1-4. 8 y 10. 12-13  
1Cor 3, 16-23  
Mt 5, 38-48

PRIMERAS REFLEXIONES

                La perfección. Un término muy usado en la espiritualidad cristiana. También en la exhortación moral, sobre todo, entre quienes se reivindican como élites cristianas. Es correlato del término de la 1ª lec “santos”, sed santos. Si Dios se define o identifica por la santidad, será imposible proponerla como cosa a nuestro alcance. Y ¿la perfección? Si Dios es perfecto, lo será como Dios, y a nosotros no nos queda otra perfección que la de persona, hombre o mujer, perfectos. La perfección de la que se suele tratar siempre es perfección moral e interior, no corporal ni cuantificable. ¿Por qué el cuerpo no entra en la perfección, por qué las referencias no son estéticas y placenteras en lugar de morales? (A algunos no nos apetece nada ser “como los ángeles de Dios” (Mc 12, 25). La ascética, el dominio de sí, acostumbran ser uno de los ingredientes primeros de la supuesta perfección, como la humildad y el despego de sí mismo. Sus contrarios, ¿por qué no entran en la perfección? Nuestro punto de mira viene condicionado de inicio por una determinada, parcial, y muy discutible, concepción de la persona y de la vida. Esa perfección no encierra indagación alguna sobre la condición humana, ni acepta otra visión que la occidental, ni repara en las contradicciones que arrastra. Parte del dualismo radical de las cosas, necesita del blanco y negro, es incompatible con dudas y matices. Tiene muy claro qué es el hombre y la mujer y, sólo desde ahí, se plantea qué es ser perfecto. Su historia no se desprende con facilidad del engreimiento, la suficiencia, el autoritarismo, las élites. Ignora que a más perfección de esa, más orgullo, más competitividad, más individualismo, más figura y vanidad. Puede que hayamos de revisar esos modelos de perfección cristiana que llamamos “santos” y que dependen tanto de puntos de mira inseparables de la mentalidad mayoritaria del momento, más convencional que evangélica. Lucas propone una versión diferente de esta de Mateo, cuando al hablar de lo que llama el evangelio de hoy “perfectos”, él habla de “compasivos” (Lc 6, 36). Todo ese tinglado de platonismo en calderilla soterrado en la perfección, queda demolido cuando este mismo evangelio de hoy nos ha concretado la perfección de Dios Padre en que “hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos”. ¡Qué perfección tan abierta e indiscriminada! Poco que ver con un “perfectos” que requiere, para concretarse, de otros “imperfectos”, de segregación de “los tantos” y “los cualquiera” (vid Flp 2, 7).

LOS TEXTOS EN SUS CONTEXTOS

                1ª lec, del libro del Levítico, uno de los “cinco” (Pentateuco). Los cinco son llamados “ley” por el pueblo judío. Libro de clara tradición sacerdotal, que incluye la “ley de santidad” en los capítulos 17-26. El texto de hoy forma parte de este bloque. Apela a la santidad de Dios, comunicada en alianza a quien cumple la ley.

                2ª lec, en continuidad con la de domingos anteriores, de la 1ª carta a la comunidad de Corinto. Con el fondo de las tensiones y divisiones en la comunidad, Pablo presenta las razones profundas de la unidad: todos templos del Espíritu y todos, en el afán de poder o influencia, desacreditados, por la sabiduría nueva y paradójica de Dios. Y una espléndida conclusión que resume la historia entera.

                3ª lec, del evangelio de Mateo, de su discurso sobre la nueva ley y justicia 5-7. Continúa directamente el evangelio del domingo pasado. La misma dinámica: la ley, yo (Jesús-nuevo Moisés) y las concreciones de cada caso. Pero hoy, y por dos veces, la razón profunda de toda esta exigencia: el Padre del cielo. (Recordemos que a Jesús le dieron una bofetada y no presentó la otra mejilla, sino que hizo notar la injusticia cometida. También, comparar las frases y expresiones de hoy en 40-42 con las del domingo anterior en 25.)

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Con sinceridad, “si amáis a los que os aman, ¿qué merito tenéis?”. Lo hace cualquiera. No se trata de que los cristianos nos diferenciemos de nadie, pero una pizquita de gracia y sal, una chispita de diferencia y singularidad también nos son imprescindibles. Si lo nuestro es amar a quienes nos aman, ¡vaya viaje! Si no queremos un poquitín a quienes no nos quieren, ni toleramos el fracaso y la angustia un tantico más que otros; si no arrastramos algún miedo menos ni vivimos un tanto de mejor humor, si no somos algo más esperanzados ni entra en nuestro horizonte (y nuestras palabras) la resurrección, si… Podríamos seguir. Partiendo de la gráfica expresión de Jesús hoy “si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis, qué hacéis de extraordinario?”, podemos extender a otros órdenes ese planteamiento, y descubrir con claridad cuál es nuestra calidad cristiana. La condición cristiana muy probablemente se nos escapa en ese poquitín, en ese “plus” sorpresivo, brillante y diferente, que marca nuestra singularidad como cristianos.

                ¿De dónde nace nuestro “plus”? De la certeza de que nuestro desconcertante padre hace salir el sol sobre buenos y malos y deja caer la lluvia sobre justos e injustos. Es que nuestro Dios tiene muchos “plus”. O es todo “plus”. Sobrado. La certeza de tener un padre más allá de todo. Un padre tan enormemente cuidadoso que ejerce de continuo hasta con quienes ni lo tienen en cuenta. Por eso al Padre común del cielo le encanta la gente que con la cartera entrega las llaves, acompaña hasta casa y te sube los paquetes, reza por los que le han hecho una faena sin sentirse superior a ellos, trata de ser bueno sin envidiar a los perfectos. Y cuando según el Padre común del cielo, descubre la vaciedad de los puestos, los homenajes, las condecoraciones, y sospecha que también los injustos los merecen, tiene la certeza de que su nuevo saber de las cosas no viene de los sabios y entendidos (2ª lec), sino de Dios. De ese Dios que lo reunirá todo, buenos y malos, justos e injustos, muertos y sin futuro, en el cuerpo llagado de Jesús y sólo entonces se sentirá satisfecho (2ª lec). Y ese Dios es mi padre. Es tu padre. El nuestro y de todos.

                 J. Javier Lizaur