Lecturas:
Si 24, 1-2. 8-12
Sal 147, 12-15. 19-20
Ef 1, 3-6. 15-18
Jn 1, 1-18
PRIMERAS REFLEXIONES
La palabra recoge el pensamiento y el deseo. Da acceso al inaccesible interior. Presta vías exteriores a lo más íntimo y propio. La palabra establece comunicación, abre posibilidades de encuentro, rompe la soledad. La palabra dice, pero la palabra crea. Crea, y no sólo las relaciones que genera, sino que crea elementos nuevos, crea cosas. Las crea y luego las mantiene, sólo ella las puede mantener. Si cuento un sueño, lo convierto en más real; si ordeno algo, provoco cumplimiento o incumplimiento bien verificables. Si insulto o alabo, modifico y creo realidades nuevas, creo de la nada, creo peligrosamente. Repitiendo cualidades o defectos de una persona, las voy haciendo reales, contribuyo a su verdad o falsedad. La palabra encierra un infinito de novedades, es depositaria del universo entero. Ella lo nombra y lo crea en sus inagotables variaciones. Palabras fuertes y palabras débiles, con peso específico y vacías. Todas son palabras e incluso las más vanas poseen status de realidad.
Para tener acceso al himno del evangelio de hoy es preciso primero tener bien claro cuál es el juego que dan las palabras, su inmenso valor, su necesidad imperiosa. Requiere contar con la experiencia de cuántos mundos desvela, cómo los crea y los sustenta. Cuanto existe, sin la palabra que lo designa, no existiría. Con ella, cuanto existe se multiplica sin límites, se extiende, abarca todo y da lugar a realidades insospechadas en la infinidad de símbolos y referencias. Con palabras se entiende el universo, se pone orden donde no puede haberlo. Una palabra lo contiene todo, lo propone y se hace real, lo resume todo y lo asume todo, lo concentra todo. Una palabra perfecta y absoluta, la palabra soñada y perseguida por poetas y oradores. Una palabra, que pronunciada, es todo, abarcando e incluyendo lo que denominamos -y creamos- como tiempo. Una palabra, la Palabra.
Todos conocemos aquel cartel que el P. Llanos tenía en su habitación, con un pollito pintado, y que decía: “La Palabra se hizo carne… y no dijo ni pío”. En el fondo, lo mismo del prólogo de Jn. Pasó de ser palabra a ser carne y su historia en la carne es toda su palabra.
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
1ª lec del Siracida. Presenta con solemnidad a la sabiduría. La personifica y le atribuye características de la ley y la alianza. Anterior a la creación, autora de ella, desciende en medio del pueblo, en su templo. El capítulo 24 en su integridad es un himno a esta sabiduría y amplía la mirada sobre ella. Encontraremos resonancias de este himno y esta concepción en el prólogo del evangelio de Juan, que será hoy 3ª lec.
La 2ª lec, con dos partes: una, del comienzo del himno de la carta a los Efesios y la segunda, del final del capítulo. La 1ª toma estrofas que aluden con claridad a la obra de Cristo: antes de la creación (vid. 1ª lec) nos eligió, nos hizo santos y nos dio un destino. Ahora (2ª parte), según Pablo, gozamos de una situación privilegiada, porque contamos con la sabiduría necesaria para comprender la esperanza de una rica herencia.
La 3ª lec, el prólogo del evangelio de Juan. De las escrituras cristianas, una de las más estudiadas y cantadas y comentadas. Una síntesis de toda la teología que subyace en este evangelio. Con fondo de las escrituras judías, la afirmación expresa de la divinidad de Jesús. El mismo leccionario ofrece la posibilidad de prescindir de unos textos que se refieren a Juan el Bautista, aunque el 2º terminaría con sólo el verso 15 y el resto continúa la referencia al Verbo encarnado. De su inmensa riqueza bíblica, recordar la tienda del tabernáculo y la gloria de Dios sobre ella Ex 33, 7-10: Cristo Jesús “acampó”, “plantó su tienda” y “hemos contemplado su gloria”.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Hay algo que precede a cuanto existe. Hay una palabra clave que todo lo contiene y todo lo explica. Hay un sentido para el universo que no se nos termina de desvelar. Lo afirman hoy las tres lecturas. Es una afirmación primera, radical y decisiva. De ella depende cuanto vivimos y cuanto hablamos. Es la cifra que todo lo descifra. Navidad lo celebra con satisfacción y con paz. Creemos tener esa clave, esa cifra, y la hemos descubierto estos días. Ya no es una palabra, es una carne, un trozo de vida consciente y animada, sensible, y abierta a nuestros sentidos. Nos llama la atención una tienda nueva y sorprendente entre las nuestras. Quizá no nos habíamos fijado y ya estaba. Muy hermosa. Sin trompeterías, sin guiones ni estandartes, sin luminarias. Una tienda que ha surgido más en los aledaños que en los centros, con un cierto rumor de ángeles que vienen y cantan. Una tienda tan provisional y desmontable como las nuestras, igual de precaria, pero parece estar habitada de un ser especial. En esa tienda tan como las nuestras, de acampadas provisionales, han quedado un pesebre y unos pañales. Un niño con sus padres en la tienda insinúa estos días perspectivas mejores de paz y justicia universal. Desde nuestras tiendas, llama la atención que sea igualita a las nuestras, pero con un aire tan singular en su sencillez, un estilo tan abierto a todos los que se acercan, una armonía tan bella y fascinante que cualquiera la puede disfrutar.
Si frecuentamos al niño de Belén, si le seguimos la pista de cerca y nos atenemos a sus consignas, descubriremos luz y brillo en la oscuridad. Nos encontraremos más vivos a su lado. Nos iremos viendo como hijos de Dios cuantos vivimos en las tiendas y miramos la suya como referencia. En esa su tienda tan como las nuestras terminaremos por descubrir una gloria, una luminosidad espléndida que sólo de Dios toma origen. Esa gloria y esa luminosidad sólo se encuentran y perciben situándose al lado de Jesús, repitiendo sus mismas experiencias. Quienes no las repitan o no vean la manera de revivirlas hoy no van a descubrir su gloria: sólo verán una tienda más, quizá más limpia y sencilla. Quienes sí la descubran crecerán hasta sentirse hijos del Altísimo, agraciados de Dios. Y, simultáneamente, el Dios siempre inaccesible quedará a su alcance, su misterio se aclarará y desvelará en el hijo de María, el nazareno, la palabra clave del universo, el punto de vista de Dios. Es que para los creyentes el universo contiene una Palabra densa, un sentido, una sabiduría. En Cristo Jesús, hijo de Dios e hijo de María, se despliega cuanto existe y se llena de luz, de gloria y de alegría. Esto ven nuestros corazones y esta será nuestra herencia (2ª lec).
J. Javier Lizaur