Lecturas:
Gn 12, 1-4
Sal 32, 4-5. 18-20. 22
2Tm 1, 8-10
Mt 17, 1-9
PRIMERAS REFLEXIONES
También la conversión pasa por el cuerpo. Somos esclavos de un dualismo básico entre la llamada alma y el cuerpo. Más que dualismo, antagonismo. Urge superarlo y no sería una mala conversión. Todo sucede en el cuerpo; no es un enemigo, sino un amigo y colaborador imprescindible; es lo que somos; sin él, ni lo que decimos que es diferente de él existiría. Es fácil ridiculizar nuestra excesiva atención y cuidado del mismo; no lo es tanto aceptarlo con su realidad pesante, reconocer que sin él no somos, y tributarle las atenciones que merece “en la salud y en la enfermedad”, en la juventud y la vejez. Sobre todo, viniendo de una tradición pseudoplatónica, que ha sospechado siempre de él y lo ha sometido a su “señora”, el alma.
Hay un misterio de la vida física. Se sustenta en infinidad de operaciones en las que resulta dificultoso, hasta científicamente, precisar su funcionamiento y sus participantes. El resultado, lo que somos, supera al conjunto del que brota, y, en su precisión sutilísima, nos acerca al asombro y la admiración, a la contemplación religiosa del mismo cuerpo. Podríamos muy bien en esta cuaresma trabajar una “espiritualidad” del cuerpo y le haríamos así algo de justicia. El cuerpo será engarce necesario, imprescindible, para una espiritualidad cósmica, totalizadora. Cualquiera de los elementos de conversión, hasta los tradicionales de “oración, limosna y ayuno”, pasan y suceden por el cuerpo. No es ninguna bagatela, ni es moda glamurosa, cuidar la respiración y las posturas. La verdadera donación es corporal -a lo más en intensidades diferentes- y necesita de un tiempo y un espacio que sólo nuestro cuerpo mide o valora. Su control debe dar lugar a la concentración y comunión en él de todo cuanto obramos. Nuestra pretendida coherencia y unificación interior no tiene base si no es cuerpo. Finalmente, mantengamos firmes la confesión de la fe en “la resurrección de la carne”, “la resurrección de los muertos”. Reconociendo que resulta difícil precisar cuál es el contenido “corporal” de esas afirmaciones y que, además, decimos bastantes tonterías cuando pretendemos precisarlas. Pero que algo, mucho, tendrán que ver con nuestro pobre y entrañable cuerpo. Y, por tanto, con nuestro futuro.
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
Unir los tres textos entre sí hoy no resulta fácil. Pudiéramos hacerlo quizá retomando el sentido de “evangelio”, según la 2ª lec. Alcanzaría a las tres, si las vemos como manifestación, en-carnación de “evangelio”. La palabra desde Dios, como bendición y promesa en la 1ª y el Ev. Esta 1ª, del Génesis, es el comienzo del ciclo de Abrahán. Recoge un mandato y una promesa que toma cuerpo en hijos, familias, generaciones y pueblos. La 2ª es de la 2ª carta a Timoteo y podemos acercarla al evangelio de hoy por los términos de manifestación, aparición y luz inmortal. El evangelio nos narra la llamada “transfiguración” o metamorfosis de Jesús, según S. Mateo. Contiene elementos escatológicos de luz, belleza, nubes, éxtasis, estremecimiento, voces superiores. Elementos, por tanto, de resurrección. Constata la presencia de “la ley y los profetas” en ese culmen de manifestación de Jesús. Y la dura realidad, en ese conciso “vieron a Jesús, solo.”
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Jesús, transformado, metamorfoseado, transfigurado. Los tres discípulos más cercanos a él alcanzan a verlo así en una montaña alta, sitio habitual de las manifestaciones de Dios. Es el breve e intensísimo desvelamiento de la realidad última de Jesús de Nazaret, al que acompañan. El anticipo de la gloria de su resurrección. Lo visible de una voz audible que proclama “Este es mi Hijo amado y predilecto”. Tal sucede en nuestro bautismo. Proclamados hijos, resplandecemos en una vida nueva, la vida de la resurrección. Incorporados a Cristo Jesús, participamos de su gloria en la vida nueva junto a Dios. Nosotros, bautizados, ejemplo de luz y belleza, de superación de la ley y los profetas, deslumbrantes allá arriba junto a Dios.
La vida del bautizado consiste en eso, en trasparentar a Dios, dejar atisbar a través de nosotros su gloria. La misma vida de Dios que alcanzó a Jesús de forma plena en el sepulcro y lo transfiguró en luz y belleza, en cuerpo irradiante de fuerza universal, nos alcanza a nosotros que por el bautismo nos incorporamos a su muerte. Traslucir a Dios, dejar pasar a nuestro través, algo de lo que Dios es y nos salva. Insinuar vidas tan tentadoras que cualquiera apetecería colocarse en unas tiendas a nuestro lado. Si valen expresiones actuales, mostrar una calidad de vida humana tentadora. La calidad de vida del bautizado se muestra en su fe y confianza en la vida, en Dios y en los humanos, en su irrefrenable esperanza en los momentos más oscuros, en su amor y generosidad con todos y su implicación en las causas más legítimas. Sin miedos ni apocamientos, libres y creadores de vidas nuevas, buscadores de justicia. Un compromiso de vida de calidad, tanto en lo personal como en lo social. Una oferta de vida diferente en la igualdad, autónoma sin superficialidad ni narcisismos. Oferta de una vida a salvo para quien se nos acerque. Vida que a cualquiera le resultará apetecible, vida en la que fluye la vida de Dios mismo, la de Jesús el resucitado, la del transfigurado, la de nuestro bautismo. Hemos de mostrar los bautizados una tentadora oferta de vida a salvo, de vida en calidad y plenitud. Por bautizados, ofertamos otra vida más auténtica y creativa y sugerente, vida que nace en las fuentes de Dios.
El Señor transfigurado, promesa y esperanza en nuestro camino hacia la Pascua. No será otra cosa la de 2011: Jesús transfigurado por su resurrección entre los muertos, que lo coloca al frente del universo nuevo. Podemos terminar hoy, recordando un texto de Pablo en la 2ª carta a los de Corinto (2Cor 3, 12-18). Procedamos con franqueza, sin encubrimientos: nos presentamos a cara descubierta. En ella reflejamos la gloria del Señor, y nos transfiguramos por entero a su imagen con resplandor creciente. Admitámoslo, pues: nosotros somos los transfigurados y resplandecemos de luz y de belleza. El Espíritu que trabajó así a Jesús, como hoy nos ha contado el evangelio, nos transfigura a nosotros. Fijémonos mejor hasta terminar descubriendo la belleza y la luz de nuestro rostro bautizado.
J. Javier Lizaur