QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo A

Lecturas:
Is 58, 7-10  
Sal 111, 4-9  
1Cor 2, 1-5  
Mt 5, 13-16

PRIMERAS REFLEXIONES

                Resulta ya imposible para nosotros caer en la cuenta de la trascendencia de la luz en el largo camino de la humanidad. La alternancia de luz y tiniebla se imponía inexorable y no pasaba de un sueño imposible el intento de controlar la luz para disminuir la tiniebla. Desde aquella “invención” del fuego, temido y añorado en las tormentas, siempre nos ha acompañado ese sueño. Hasta finales del SXIX y, sobre todo, mediados del XX, la luz tenía que ser buscada, trabajada, cuidada y mantenida. Hoy, al menos entre nosotros, es tan asequible, tan presente, tan usada, que no caemos en la cuenta de lo que ha supuesto durante siglos. La vida doméstica, la pública, la guerra, la noche, y siempre pendientes de una luz. Dificultosa, insuficiente, frágil y amenazada, imprescindible. Nadie tuvo imaginación suficiente para soñar con un interruptor que, rozado ligeramente, llenase de luz y vida enormes espacios a nuestro deseo. Los niños juegan con los interruptores y son señores reales de una luz que responde a sus caprichos. El Señor es mi luz, repetimos. Pero nada tiene que ver nuestra experiencia de la luz con la de quien se expresó así en el salmo 26 para orar. Con la familiaridad de la luz, se precisa un esfuerzo de reflexión y atención para dar contenido a nuestro mundo simbólico de la luz. Tras ese esfuerzo, es posible que podamos rezar con algo de sentido. No vale apelar a la ingenuidad de que la luz es experiencia diaria. Sí, demasiado diaria. La vigilia pascual, los lucernarios, la “candelaria”, la multitud de oraciones invocando a Dios y a Jesús y al Espíritu como luz, las preces y oraciones de la liturgia de las horas, las procesiones con velas y antorchas, desaparecerían si prescindimos del tema de la luz. ¿Seríamos capaces de desmontar todo el entramado cristiano referente a la luz? ¿Sería posible o conveniente? ¿Para qué mantenerlo sin una experiencia de quien cree y reza respecto a la luz? Para mí que estorba, que obstaculiza y embota, pues nos presta fórmulas tranquilas y adquiridas, pero sin experiencia alguna que les dé vida. Palabras, que se presentan como claras y evidentes y que en realidad están vacías de experiencia. “Vosotros sois la luz” “Yo soy la luz del mundo”, ¿qué luz? ¿La que Jesús conocía o la nuestra? No es lo mismo.


LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS 

               La 1ª lec es un texto del 3er Isaías (S V a C). Vincula la experiencia de la luz con la de la preocupación por los desfavorecidos. Así, aclara el sentido de ser luz, precisando que brota de nuestra acción por los pobres. Luz para los demás e incluso para nosotros mismos.

                2ª lec que continúa, como domingos anteriores, la 1Cor. ¿Dónde se encuentra la verdadera sabiduría? No entre sabios reconocidos, sino en el absurdo de un crucificado como propuesta de salvación. Lástima que el paso de los siglos y la costumbre de oírlo así, hayan convertido a la cruz en una sabiduría más y con pretensiones de única. Ha perdido su fuerza característica de escándalo y revulsivo.

                La 3ª lec, del evangelio de Mt es continuación de las bienaventuranzas del domingo pasado. Con ellas por delante, los seguidores de Jesús en el monte son luz y sal. Nuestras experiencias con la sal y la luz. Una pizca de sal, y todo cambia con ella que desaparece. Una luz, y en lo alto del monte, y el camino cobra dirección y esperanza. Una luz, belleza, color, fiesta, alegría.

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                La poca gracia y sal de nuestros discursos. Realmente difícil y costoso alcanzar que lo sean domingo tras domingo, o funeral tras funeral. Qué aburrimiento, qué grisura, qué poco atractivos y tentadores. La comunidad de los creyentes es -ha de ser- luz y sal. Muchas imágenes en la Escritura para esta comunidad: ciudad amurallada, ejército combativo de salvación, rebaño cuidado y protegido, pueblo reunido, viña exquisita, árbol, sembrado. Unas gustan más y otra menos. Suele suceder por intereses más ocultos a la hora de proponer y concretar el mensaje. Hoy, luz y sal, abiertas, sencillas, festivas. Al vernos, la gente saborea la vida; al encontrarnos, caen en la cuenta de la luz y el color que nos rodean. Y, sobre todo, se aclaran un poco, entienden algo, de eso que de siempre llamamos Dios. ¿Qué perseguimos, si hay algo que perseguir, con nuestra presencia pública? Convencer, deslumbrar (que algo tiene que ver con la luz), moralizar la vida común, aumentar nuestros grupos e influencia, demostrar nuestra fuerza y valer. Y, ¿si simplemente la gente se acordase de Dios y se sintiera mejor? ¿Demasiado poco o demasiado mucho? Queremos imponer nuestros modelos, que son los verdaderos, queremos salvar a todos, aun si no lo quieren. El evangelio de hoy termina con la referencia a nuestro Padre del cielo. Es más, todo este discurso de Jesús (Mt 5-7) está punteado de referencias a él. Es que es él lo importante, no lo demás; él la referencia, y nos devuelve a los demás. Ser luz y sal para que la gente alabe a Dios, al Padre. Tanto buscar objetivos y metas a nuestros planes y aquí está el más sencillo de todos: ser referencia de Dios, mover las lenguas a que hablen bien de Dios, los pensamientos y deseos a que Dios resulte interesante. Si damos luz y aportamos sal, la gente gozará y encontrará sabor a la vida. Que Dios desaparece de la vida actual: ¿no hay nadie que con su presencia lo haga notar, nadie que provoque a su alabanza? Sobran discursos y lecciones. Hablamos de demasiadas cosas y hasta pretendemos explicarlas. Sobra. Aquí estamos y somos luz; con eso sólo, todo cobra belleza y alegría. Como con el sol.

                Y hablando de sal, esta vez sí, un consejo a sugerencia suya. Más humor en nuestras vidas. Más humor en despachos y curias, en grupos, catequesis y homilías. Más humor en todo, que todo lo relativiza y lo muestra sorpresivo e inteligente. No nos tomemos tan en serio, que no es verdad, y convertimos todo en plúmbeo y aburrido. Si somos sal, un poquito de gracia y humor, por favor. 

                J. Javier Lizaur