QUINTO DOMINGO DE CUARESMA. Ciclo A10 de abril de 2011Ez 37, 12-14 Sal 129, 1-4. 6. 7-8 Rm 8, 8-11 Jn 11, 1-45PRIMERAS REFLEXIONES Las tres lecturas nos centran en la resurrección, nuestro futuro. La Pascua del año 2011 está ya muy próxima. El domingo que viene escucharemos la lectura de la pasión de nuestro Señor Jesucristo. Por eso, propongo, en estas primeras reflexiones, fijarnos mejor en el papel del evangelio de hoy para el desarrollo tanto de su continuación como de las celebraciones que se aproximan. Este evangelio vincula la muerte de Jesús con la vida de Lázaro. Es consecuencia directa de este signo la decisión del sanedrín de llevarlo a la muerte (Jn 11, 53). Como un trueque: la vida de Lázaro por la muerte de Jesús. Es verdad que desde el principio de la actividad pública de Jesús se escuchan voces de muerte (Mc 3, 6), pero la decisión práctica se toma ahora. La cercanía de la fiesta de Pascua se repite en los textos (Jn 11,55; 12, 1) y va a quedar claro definitivamente quiénes y cómo están con Jesús (Jn 11, 9-10; 36-37; 45-46). Sobre todo, en el texto conclusivo de toda la primera parte, con citas de la Escritura, sobre creer en Jesús o rechazarle, Jn 12, 37-50. Es ya la hora (Jn 12, 23). Jesús se retira a la región de los comienzos, Betania y sus alrededores (Jn 1, 28). Celebran en su honor una cena, recogida también por Mt (26, 6-13) y Mc (14, 3-9). Juan es el único en señalar la presencia de Lázaro, el resucitado. Marta sirve, como en Lc 10, 40; María acude con un perfume carísimo. También está presente Judas, el que lo va a entregar, que estropea la fiesta. Todo anuncia un misterio pascual de muerte y vida. El perfume habla de la mortaja y la sepultura para las que resulta imprescindible. Pero, a la vez, expande su aroma por la casa entera. Ya no se nota el mal olor de Lázaro. Este buen olor adelanta la resurrección. Lázaro, que estuvo maniatado y cubierto de un sudario, permanece libre frente a Jesús, que será maniatado también en su detención (Jn 18, 12). Pero Lázaro surgirá de la tumba, a la voz de Jesús, atado de pies y manos y con la cara cubierta. Por contraste, junto a la tumba de Jesús, quedarán recogidos con todo cuidado las vendas y el sudario.
QUINTO DOMINGO DE CUARESMA. Ciclo A10 de abril de 2011Ez 37, 12-14 Sal 129, 1-4. 6. 7-8 Rm 8, 8-11 Jn 11, 1-45PRIMERAS REFLEXIONES Las tres lecturas nos centran en la resurrección, nuestro futuro. La Pascua del año 2011 está ya muy próxima. El domingo que viene escucharemos la lectura de la pasión de nuestro Señor Jesucristo. Por eso, propongo, en estas primeras reflexiones, fijarnos mejor en el papel del evangelio de hoy para el desarrollo tanto de su continuación como de las celebraciones que se aproximan. Este evangelio vincula la muerte de Jesús con la vida de Lázaro. Es consecuencia directa de este signo la decisión del sanedrín de llevarlo a la muerte (Jn 11, 53). Como un trueque: la vida de Lázaro por la muerte de Jesús. Es verdad que desde el principio de la actividad pública de Jesús se escuchan voces de muerte (Mc 3, 6), pero la decisión práctica se toma ahora. La cercanía de la fiesta de Pascua se repite en los textos (Jn 11,55; 12, 1) y va a quedar claro definitivamente quiénes y cómo están con Jesús (Jn 11, 9-10; 36-37; 45-46). Sobre todo, en el texto conclusivo de toda la primera parte, con citas de la Escritura, sobre creer en Jesús o rechazarle, Jn 12, 37-50. Es ya la hora (Jn 12, 23). Jesús se retira a la región de los comienzos, Betania y sus alrededores (Jn 1, 28). Celebran en su honor una cena, recogida también por Mt (26, 6-13) y Mc (14, 3-9). Juan es el único en señalar la presencia de Lázaro, el resucitado. Marta sirve, como en Lc 10, 40; María acude con un perfume carísimo. También está presente Judas, el que lo va a entregar, que estropea la fiesta. Todo anuncia un misterio pascual de muerte y vida. El perfume habla de la mortaja y la sepultura para las que resulta imprescindible. Pero, a la vez, expande su aroma por la casa entera. Ya no se nota el mal olor de Lázaro. Este buen olor adelanta la resurrección. Lázaro, que estuvo maniatado y cubierto de un sudario, permanece libre frente a Jesús, que será maniatado también en su detención (Jn 18, 12). Pero Lázaro surgirá de la tumba, a la voz de Jesús, atado de pies y manos y con la cara cubierta. Por contraste, junto a la tumba de Jesús, quedarán recogidos con todo cuidado las vendas y el sudario. ¿Son todas éstas disquisiciones y sutilezas caprichosas? ¿Nos aportan signos, indicios, para adelantar y reforzar las ilusiones y las esperanzas hacia la noche excepcional de la Pascua? Juan, en su evangelio, va dejando caer gusanitos de luz en la noche para sostener la certeza de una luz bella e intensa al amanecer. Avivar y reforzar las lucecitas es la tarea que embellece el cirio pascual. Podríamos prestar más atención en esta Pascua a los aromas, cosa infrecuente.LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS Las tres lecturas hablan de la resurrección. La 1ª es el bello texto del capítulo 37 de Ezequiel sobre los huesos secos y el Espíritu. El que hoy escuchamos, muy breve, deja claro que se refiere al pueblo de Israel y sus esperanzas; pero el texto va mucho más lejos y habla de sepulcros y tumbas concretas, de las nuestras. La 2ª lectura retoma ese aliento de vida del Espíritu para afirmar que los cuerpos, que han sido su base y su casa, retornarán a la vida por ese Espíritu que no los abandona. El evangelio narra la “resurrección de Lázaro”, con otros detalles importantes. Es el séptimo signo de los siete trasmitidos por Juan. Se enmarca en temas de la gloria de Dios y su realización en la fe de los que creen. Se escribe cuando ya van muriendo muchos de los primeros seguidores de Jesús y, como nos muestra la carta a los tesalonicenses (1Ts 4, 13-18), eso crea preguntas y problemas en los primeros grupos cristianos: “si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Como en evangelios de domingos anteriores, se utiliza el equívoco para aclarar cosas como la enfermedad, el sueño, la resurrección (la esperada por Marta y su religión y la ofrecida por Jesús). Los “cuatro días” que lleva Lázaro en el sepulcro tienen que ver con la tradición rabínica que afirma que el alma no abandona del todo al cuerpo hasta los tres días de su muerte: los cuatro ya superan la más remota posibilidad de retorno; por eso huele. El contraste entre futuro y presente cuestiona la fe de Marta, y la nuestra. La afirmación de Jesús está formulada en presente. A ella, y en presente, es a la que responde la espléndida confesión de fe de Marta, parangonable a las de Pedro (Mt 16, 16; Jn 6, 68). El signo, lo real, de que la palabra de Jesús, en presente, es verdadera, es la vuelta a la vida de Lázaro. Jesús nos trae la vida, nosotros le aportamos la muerte.PARA UNA POSIBLE HOMILÍA Los bautizados sabemos y afirmamos con frecuencia que Jesús es la vida, es “la resurrección y la vida”. Lo aprendimos desde pequeños, pero, a estas alturas, debemos tener ya esa expresión llena de contenidos válidos, y limpia de otros inadmisibles. Es fácil recitar las palabras primeras de Marta “ya sabemos que resucitaremos en el último día”. De siempre lo sabemos. Lo que resulta más difícil es aceptarlas en presente como dichas ahora mismo y para este momento. Podemos repasar un poco las lecturas. El Señor abrirá nuestras tumbas, como las de Israel, desterrado y afligido en tierra extranjera. Y las abre de continuo con nuestras actitudes y esperanzas. Salir de nuestros sepulcros, cuevas y madrigueras, salir confiando en que fuera hay luz y alegría. Habremos tenido que hacerlo multitud de veces y con dificultad. No basta con repetir la fórmula adquirida del Señor como vida y resurrección. Hay que obligarse a creer y esperar tanto en lo nimio, como en lo grande. Y experimentar que el Dios de Jesús y de Lázaro empuja con nosotros por sacar la cabeza y seguir adelante. Seguir esperando o percibiendo el vientecillo del Espíritu creador, el revivificador de los huesos secos. Habremos despedido, amortajado quizá, muchos cuerpos ceñidos de nuestro cariño. Creer y respetar y tener cariño a nuestros cuerpos, tan sosamente denostados, necesita de una fe profunda: que son el embarcadero del Espíritu, que en ellos se nos acerca y habita, que los necesita para estar entre nosotros. Estos cuerpos, lastrados de desgaste y decadencia, de enfermedad y muerte, son bases imprescindibles del Espíritu para acercarse a nuestra tierra. Son nuestro peso y nuestra volatilidad. El Espíritu los quiere mucho más que nosotros y prueba de ello es que no los abandonará, sino que los creará de nuevo, los llenará de nueva vida, los resucitará. Creer en la resurrección en presente, ahora, es cuidar y querer nuestros cuerpos, nuestro lastre: son, por el Espíritu, la vinculación con nuestro futuro. Y creer en la resurrección en presente es notar a diario que estamos más vivos en y por Jesús que es la vida. Él es la vida, y noto que estoy vivo, si tengo capacidad de reacción, si disfruto y sufro, si me desplazo, retrocedo y avanzo, si, como toda vida, noto de continuo su fluir, su precariedad, su gloria, sus alegrías y frustraciones, sus placeres. Si, aun hundido total, mantengo la fe en él, que es la vida, y agoto la esperanza, cuando está perdida. Cuando no hay razón alguna para vivir y me empeño en hacerlo, entonces, estoy publicando que Jesús es la vida; no, nunca, cuando me resigno a la muerte, a las muertes de tantos, a tanta variedad de muertes. Que nunca Jesús anula la vida, la regala y exagera, la insufla de Espíritu para la novedad. A eso llamamos resurrección en presente: a esa vida auténticamente nueva con la que nos atrevemos a vivir. Si no sé vivir más y mejor gracias a mi fe en Cristo Jesús es que no creo todavía en la resurrección en presente. Creo, como Marta, en que algún día resucitaremos. No que en que hoy, ahora, Jesús es, está siendo, resurrección y vida. J. Javier Lizaur