Lecturas:
Gn 2, 7-9; 3, 1-7
Sal 50, 3-6. 12-14. 17
Rm 5, 12-19
Mt 4, 1-11
PRIMERAS REFLEXIONES
Cuaresma. El mejor tiempo cuaresmal, aquel que nos lleve a un mejor tiempo pascual. Aunque nuestras asambleas sean mayoritariamente de personas mayores, no recurramos en la cuaresma a soluciones antiguas. No volvamos a la cuaresma oscurantista, plagada de dolores, culpabilidades y privaciones (el “Jesús del madero” de Machado), que nos resulta cómodo y familiar. Mejor centrarnos en el crecimiento personal, en el desarrollo de todas nuestras fuerzas bautismales (fe, esperanza y caridad), en el horizonte luminoso de la santa resurrección (en los versos del mismo autor, “sino al que anduvo en la mar”). La conversión cuaresmal debiera hoy acentuar la importancia de la propia transformación interior; el logro de una autonomía personal en la que todos los elementos de nuestra vida alcancen cohesión, en la que nuestras dimensiones sociales potencien las individuales y viceversa, en la que la fe se haga notar en nuestra mente y nuestro cuerpo, y la plena libertad, ante los míos y los extraños, expresada en la propia madurez asumida. Una conversión de reagrupación de todo mi ser en la floración de mi libertad, en un bloque único nuestro y de Dios. Trabajar nuestro interior, trabajarnos a nosotros mismos, renunciando de una vez a fáciles dualismos (también típicos de la cuaresma). ¿Serán estas, y otras parecidas, expresiones nuevas para el contenido de siempre de “ayuno, oración y limosna”?
La cuaresma de este año corresponde al ciclo A. Una cuaresma mucho más centrada que otros ciclos en lo bautismal y la preparación de catecúmenos. Los dos primeros domingos centrados -como en los otros ciclos- en la tentación y la transfiguración, y los otros tres, en los evangelios, largos, de Juan, correspondientes a los tres grandes temas bautismales: agua, luz y vida. La raíz de nuestra dignidad e identidad cristiana es nuestro bautismo. Lo más grande que compartimos todos los creyentes, obispos y fieles, nuestro único título y preeminencia. Todo eso de que somos un pueblo libre, de señores de sí mismos, de ministros universales de un único culto, de santos empapados de Dios (vd.1P 2, 9) se debe a esa consagración nuestra por el agua y el Espíritu que llamamos bautismo. Sólo tomar conciencia de nuestro bautismo sería una meta espléndida de la cuaresma, si no la meta de toda la vida cristiana. Toma de conciencia que nos llevaría, por cierto, a la auténtica igualdad de todos. En la reflexión bautismal de esta cuaresma, sería recomendable fijarnos, reflexionar y rezar el “Ritual de iniciación cristiana de adultos” (RICA), uno de los mejores trabajos de la reforma litúrgica.
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
Las tres lecturas de hoy nos colocan, desnudos, en nuestra realidad: vivir en el desierto, exiliados de nuestra tierra y de nosotros mismos (1ª), sometidos a tentación (Ev) y a la ley(2ª), llamados a la gracia (2ª). La 1ª, recoge la vieja narración bíblica que busca aclarar, ahondar y universalizar la condición humana, lábil y esperanzada. Su comentario pormenorizado resultaría extensísimo, y también interesantísimo. La 2ª continúa la investigación de la condición humana, ahora a la luz de Jesucristo el nuevo Adán. La 3ª, el evangelio, nos quiere representar, con viveza y colorismo, la misma condición humana vivida por Jesús, quizá no tanto al comienzo de su misión tras el bautismo en el Jordán, sino a lo largo de toda su trayectoria vital. El final y los ángeles que le sirven nos llevan de nuevo a los orígenes y sus mitos.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Bautizados y bautizadas, ante Dios y ante nosotros mismos, su comunidad, comenzamos una nueva cuaresma. Bajo el signo de la conversión, la llamada al cambio personal y comunitario. Bautizados. Jesús, bautizado en el Jordán por el Bautista, reza en el desierto. Ha escuchado la intensa voz del Padre “eres mi hijo amado, mi predilecto” (Mt 3, 17) y, acunado por ella, se atreve con el desierto. Como Israel. Como nosotros: bautizados, amados de Dios, perdidos en el desierto. Esperaba Jesús, esperamos nosotros, mucho de esa voz y ese título de hijos de Dios. Y descubrimos la tentación. Descubrimos que nuestro arsenal de palabras de Dios es también arma del tentador. Desde la palabra misma de Dios tiene el malo la osadía de cuestionar nuestra vida y nuestro estilo. Con esa palabra de Dios nosotros nos hemos de abrir camino. Como Jesús. Qué hacer de los dones de la tierra, los alimentos; qué hacer de la religión y sus experiencias; que hacer de nuestras relaciones, sobre todo de las de poder y autoridad. Nos tientan y cuestionan de todos lados, incluso usando la misma palabra de Dios. Nosotros, bautizados, echamos mano de esa misma palabra, pero trabajada y amasada en el corazón, hecha nuestra, y vamos decidiendo. Va a ser así durante cuarenta días, o años. O siempre en nuestra vida.
Con la tierra y sus dones, la ecología y la agricultura internacional en transgénicos. Estamos, estoy, bautizado. ¿Qué vamos entendiendo de todo ésto? Con la religión y las religiones, que no sólo no pierden influencia, sino que la cambian y se arrogan nuevos papeles, ¿cómo nos posicionamos, entre todas, con la nuestra de bautizados? Con el poder, el que Jesús describía “sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen” (Mc 10, 42), ¿qué relación vamos estableciendo? Bautizados, bautizados hace mucho, ¿cuál es nuestra madurez ante tales preguntas? Una tarea ingente, superior a nuestras fuerzas, ambigua, a ratos amenazadora e inquietante. Sí contamos con la palabra de Dios, pero ni alcanza tantas cuestiones, ni pretende ser respuesta pormenorizada a todo. Y encontramos alrededor muchas y diferentes respuestas, y quienes las proponen ni son malos ni son tontos. Nosotros bautizados, viviendo en el S. XXI, inmersos en una tarea común a casi siete mil milloneses, nos hemos de abrir paso, vivir sin angustia, y afrontar problemas cada día más complejos (vd. Libia). Serán cuarenta años, hermanos de bautismo. La mayor tentación es y será pensar que no estamos en el desierto, que ya nos sirven los ángeles, que la ciudad nueva y luminosa es ya nuestro territorio. Falso, totalmente falso. Lo nuestro, lo del pueblo de Israel, lo de Jesús de Nazaret, lo de todo bautizado, es el desierto y siempre el desierto. La tarea de optar sin muchas señales de dirección, y borrosas. La tarea de nuestra libertad. Pero Jesús se sintió arrastrado al desierto por el Espíritu (Ev). Nosotros también. Nos habita desde nuestro bautismo. Asume con nosotros la tarea de la libertad en el desierto. Él, y sólo él, convierte en nuestras, personaliza, las palabras de la Escritura, que quizá en ocasiones ha sabido emplear el mismo diablo. Bautizados, colocados en el desierto por el Espíritu, desde nuestra libre libertad, avanzamos a la Pascua y nos servirán los ángeles. Hasta el demonio lo sabía: que “a sus ángeles ha dado órdenes para que nos guarden en nuestros pasos” (Sal 90).
J. Javier Lizaur