- DOMINGO XX. TO –B– Agosto 16
- Jn. 6. 51-58
Ante las palabras de Jesús volviéndose a autoproclamar el Pan vivo bajado del cielo, con el poder de comunicar la vida a quien lo coma, los judíos persisten en su incredulidad.
Pero Jesús no se deja intimidar; sabe muy bien lo que está ofreciendo como enviado del Padre.
Además, ahora no habla sólo de comer su carne, también de beber su sangre para poder tener vida.
En realidad está hablando de su Encarnación y Muerte, los dos momentos cruciales de su historia terrena. Ofrece su carne, es decir: su plena realidad humana, en una entrega personal para la vida del mundo que le lleva hasta la muerte.
La entrega de Jesús presenta dos momentos que conviene diferenciar y agradecer: La entrega que llega hasta derramar el último aliento de la vida por las personas. La otra es la entrega en la Eucaristía, permaneciendo con los suyos en ella hasta el final de los tiempos.
El cristiano sabe muy bien que en la Eucaristía Jesús se da por completo para la vida de las personas.
La Encarnación, la Muerte y Resurrección constituyen así la realidad central del misterio de la Eucaristía.
“EL QUE COME MI CARNE Y BEBE MI SANGRE HABITA EN MÍ Y YO EN EL”
Sólo con Jesús, unidos estrechamente a Él, en comunión con El podemos desarrollar nuestra misión. No bastan nuestros esfuerzos, nuestras capacidades. Sin Él no tendríamos nada que ofrecer al mundo, porque nada es nuestro, todo es de Dios.
Cristo y esta unión con Él de todos y cada uno va estrechando también nuestra unión mutua, la unidad del Espíritu, que es la Iglesia, abierta a todos, en solidaridad con toda la humanidad que es la familia de Dios.
La Eucaristía no es una reunión de élites y cerrada de los buenos, sino una asamblea familiar, de toda la iglesia, pero abierta a toda la familia humana, a la que hay que invitar y animar para que pierdan miedos, coman el Pan de Vida y recuperen la esperanza y la alegría de vivir.
Nunca seremos más nosotros mismos que cuando hagamos de nuestras vidas “un cuerpo entregado y una sangre derramada” por los demás teniendo como modelo a Cristo.
Trabajando por su Reino. Con fe y justicia que van unidos. Y es a seres humanos a quienes se dirige la Misión de Cristo. Los seres humanos necesitan alimento, cobijo, amor, escucha, amistad, esperanza, un futuro. Todas estas cosas están recogidas en las imágenes con las que Jesús nos habla en el Evangelio.
La Eucaristía es la mesa del PAN y la PALABRA, sin olvidar que el PAN es Palabra de Dios y su Palabra es pan y alimento de nuestras almas. AMÉN. ZURIÑE
ORACIÓN
¿Qué necesito para hacer oración?, preguntó el discípulo.
El maestro contestó:
Desear de verdad orar, y, después, dejarte trabajar por el Espíritu.
Y añadió: La oración es tarea de toda la vida: tiene sus fases: “se orar; no sé orar; oro a Dios; Dios ora en mí. Estas cuatro fases coinciden con las etapas de la vida. ¡Ánimo!
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Que los que nos reunimos cada domingo alrededor de la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, vayamos aprendiendo a vivir como hijos/as tuyos/as, sin desentendernos de la vida de los demás sino ayudándonos y comprometidos con este mundo al que Tú tanto amas.
- Tu nos enseñas con tu ejemplo, Jesús de Nazaret que la comida y los convites, en familia o con amigos y compañeros, no es sólo medio de alimentación, lo sabemos Señor, es para nosotros signo de convivencia. En la comida es tan importante la mesa como la sobremesa, el alimento como la conversación, así lo hacías Tú, con tus discípulos y con tu gente.
A partir de esa experiencia nos instituiste la Eucaristía Jesús de Nazaret como sacramento de unión con Dios y de los seres humanos entre si… Es tu pedagogía como Buen Maestro que nos ama. Haznos comprender que te haces nuestro alimento, para darnos a comprender la urgencia de la unidad, para convencernos de que un cristiano, siguiéndote a ti, Cristo, Maestro, tiene que vivir todo para todos. AMÉN. - ZURIÑE