Lecturas:
Hch 1, 1-11
Sal 46, 2-3. 6-9
Ef 1, 17-23
Mt 28, 16-20
PRIMERAS REFLEXIONES
Recordemos que la llamada “ascensión” no es diferente ni separable de la “resurrección”. Había que expresar verbalmente la nueva realidad de Jesús tras su muerte y la nueva manera de descubrirlo. Era el mismo y era diferente, estaba al alcance de todos, pero sólo los que habían comido y bebido con él lo sabían encontrar. Utilizaron imágenes y palabras de experiencias varias a las que cualquiera puede tener acceso: dormir y despertar, acostarse y levantarse, morir y vivir; también hundirse y elevarse, fracasar y triunfar, ser humillado y ser alabado, pasar de lo más hondo a lo más alto; además, pasar de viejo a nuevo, de antiguo a futuro, de visible a invisible, de sometido a libre. Con todas esas referencias de fondo, y contando con expresiones, fórmulas e imágenes de salmos y profetas, nos hablarán y presentarán al “nuevo” Jesús de Nazaret, tras su experiencia de muerte, hundimiento, abajamiento. Hoy las imágenes que dan lugar a la fiesta de la Ascensión son las de arriba y abajo, exaltación y humillación, sobre narraciones de marcha y espera como las del libro 2º de los reyes, capítulo 2, sobre la separación de los profetas Elías y Eliseo .
El Señor, arriba, a la derecha de Dios, y nosotros, aquí, abajo. Es el esquema de las narraciones de hoy, formulado con rotundidad en la carta de los efesios (4, 9-10), cuando resume el misterio de Jesús con “el ‘subió’ supone que había bajado a lo profundo de la tierra; y el que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos”. Y S. Pablo nos decía en Pascua que buscáramos las cosas o los bienes de arriba, no los de la tierra (Col 3, 1). Y ¿cuáles serán esas cosas de arriba? No despegamos -quizá no es posible- de esa división arriba-abajo que conlleva que lo de arriba es lo bueno, o al menos lo mejor, y lo de abajo lo malo, o lo peor. Si no sabemos bien por qué este primar espacios por completo relativos, menos conocer qué contiene cada uno de ellos. Solemos darlo por evidente. Y lo que colocamos arriba, en el mejor de los casos, son nuestras proyecciones, nuestros ideales y utopías, nuestros sueños, y abajo lo peor de nosotros. No conocemos “lo de arriba”, conocemos (y con dificultad) lo deseable, lo beneficioso para cada uno o hasta para los demás. Y a eso llamamos lo de arriba. Algo que está como por delante (con otra imagen espacial discutible), algo que no tenemos e importa conseguir, algo que sería interesante para nuestra vida personal y común. El “arriba” que dice la cita de Pablo es donde está Cristo a la derecha de Dios, es un sencillo imaginarnos algo mejor y deseable para todos, que está más bien a nuestro lado, que otros -el primero Jesús- ya tienen, y que nos mejoraría, y mucho, a unos y a todos. ¿En la comunidad cristiana, quizá? Debiera de ser así; pero en la comunidad humana, sin duda, porque más allá de ella misma no hay “más arriba” posible. Para buscar lo de arriba, atengámonos a lo de la tierra, a lo mejor de esta tierra, no hay más allá que valga.
Y recordaremos la oda de Fray Luis de León a la Ascensión del Señor. Figura en los libros de oración de la liturgia de las Horas, y sería interesante que, en algún momento, encontrara sitio en nuestra celebración.
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
La 1ª lectura, igual en todos los ciclos, es la narración detallada y colorista del comienzo del libro de los Hechos, segunda parte de la obra de Lucas. Ya venía relatada brevemente en el final de su evangelio. Pero aquí la narración quiere señalar el comienzo de la Iglesia. Tras los consabidos “cuarenta días”, se centra en Jerusalén -de donde parte el anuncio-, en una comida, y determina la tensión irremediable entre el ausente, y el que volverá, entre la tierra y el cielo. Señala también la torpeza mantenida de los discípulos, al esperar aquí el reino. Y promete repetidamente el Espíritu como fuerza para el anuncio.
La 2ª lectura pertenece a la carta a los efesios. Como la de colosenses, pretende ofrecer una especie de “cosmovisión” cristiana. De ahí las expresiones de hoy, respecto a Cristo en el cosmos y sus potencias, para concluir en la imagen de la Iglesia como cuerpo del Cristo cabeza. Desde el comienzo, desea tres gracias a los fieles: comprender la esperanza, comprobar el poder y la fuerza de Dios en Cristo, y gozar la herencia de los santos en la Iglesia.
El evangelio es el final del de Mateo. Todo indica la importancia de este breve texto para comprender la totalidad del escrito. La misión encomendada a los discípulos no es para las tribus de Israel, como en 10,5-6, sino para todos los pueblos. En el grupo, unos reconocen que tiene todo poder y lo adoran, pero otros vacilan. La tarea incluye enseñar la nueva ley y sellar la alianza nueva con el bautismo. El Emmanuel de 1, 23 se perpetúa entre los discípulos. Todo sucede en Galilea, donde empezó, y en un monte alto, lugar de revelación de Dios.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Varones y mujeres, ¿qué hacéis aquí reunidos? Nos ha traído una fuerza interna hasta aquí, algo nos ha inspirado y aquí estamos. ¿No tenéis tareas bien urgentes en vuestra tierra, no hay mucho que arreglar entre vosotros? Muchísimo, cada año se nos acumulan más cosas por solucionar y pocas parecen resolverse; pero teníamos ganas, nos apetecía este rato, y aquí estamos. Y ¿si lo real y verdadero es que donde estamos de verdad ahora es en el futuro, en Dios, en el cielo? Cristo, nuestra cabeza, nuestra parte más noble y principal, está junto a Dios y tira con fuerza de nosotros. Cristo en Dios y todos en él, en una larga marcha, en un proceso irreversible que nos colocará junto a Dios, a su derecha, como Jesús, el hermano mayor. Somos un ser único, un cuerpo enorme y extraño, con la cabeza (2ª lec) y muchos en el cielo, y los demás, esforzados en la tierra, pero adheridos a Cristo el Señor en un todo indivisible. Ese todo, ese cuerpo total, encabezado por Cristo, será recibido finalmente por Dios, el Padre, que, feliz y dichoso, se repetirá y proclamará que todo era muy bueno (Gen 1, 31). Y será la plenitud y la felicidad inimaginable por siempre. ¿Que qué hacemos aquí? Es que nos han traído, es que ya lo preveíamos en nuestro bautismo y cada día que pasa lo comprobamos. Más hoy, que fijamos nuestros ojos en la resurrección del Señor, en su sitio glorioso junto al Padre, y sabemos que estamos ya allí, con él, sentados y cómodos (Ef 2, 6), para la inmensa gloria de nuestro Dios y sus obras. Confundido ya en nosotros mismos, en nuestras decisiones y nuestros caprichos, se mueve un espíritu nuevo, un espíritu muy santo y de Dios, que nos hace acordarnos de Jesús, acordarnos de los hermanos y venir aquí a cantarle y celebrarle. Que qué hacemos aquí habrá que preguntárselo al Espíritu. A nosotros, demasiadas cosas se nos escapan. No conocemos los tiempos y las fechas de las cosas, ni menos de las importantes y decisivas para todos, de las que llamamos “la salvación”. Pero conocemos y sabemos -nos lo recuerda el Espíritu- que el crucificado ha triunfado, Dios le ha dado toda la razón, y lo ha sentado junto a él para referencia y meta de toda la historia. Jesús es el Señor, y miramos al cielo. Jesús es el Señor, y construimos la humanidad de todos. Jesús es el Señor, y creemos que lo mejor de nosotros se encierra en él, y Dios lo ha asumido y sentado a su derecha. Cuando vuelva, será que nosotros hemos llegado, será que Cristo nos ha arrastrado hasta Dios. Cuando vuelva, será lo que ya es, pero desvelado y limpio y claro, luminosamente bello. Tan hermoso como cuando miramos serenamente el cielo. ¿Qué qué hacemos aquí? Soñar y empujar y celebrar dodo ésto. Es nuestra sabiduría de las cosas (2ª lec). Sabemos del poder y la fuerza de Dios, le adoramos, y sellados en la unción misteriosa del Padre, el Hijo y el Espíritu, del Santo, le notamos aquí vivo entre nosotros, convertido desde el cielo en nuestra dulce e íntima compañía (Ev.).
J. Javier Lizaur