Lecturas:
Is 421, 1-4. 6-7
Sal 28, 1-4. 9-10
Hch 10, 34-38
Mt 3, 13-17
PRIMERAS REFLEXIONES
Concluye el tiempo litúrgico de la Navidad. Lo hace con un domingo dedicado al bautismo del Señor por Juan. Coloca al Señor en su línea de salida para la misión de anunciar el reino con palabras y obras (2ª lec). Señala por tanto la terminación de su infancia, de su vida más o menos protegida. La reflexión de hoy sobre el bautismo ha de recoger todo eso. El bautismo es el inicio de una vida nueva e insospechada por la acción del Espíritu. El nacimiento propiamente dicho a una nueva realidad que hemos descubierto y en la que nos gustaría desenvolvernos siempre. Jesús ha nacido entre nosotros y lo celebramos en las fiestas de Navidad. Nosotros nacemos por el bautismo en los ámbitos de Dios, en sus campos de fuerza. Nos queda crecer y desarrollarnos en la novedad en que nos encontramos ahora.
Utilizamos el bautismo para nuestras estadísticas de vida cristiana. Sigue siendo difícil separar cuánto en esos bautizos hay de cultural, de integración en una sociedad, y cuánto de opción de vida nueva, de “deslumbramiento” en la luz de Dios o de satisfacción al descubrirse en su gracia. Una vez colocados en él, bautizados, nuestra obligación es crecer, no quedarnos pequeñitos y enclenques. En ocasiones escuchamos de labios de Jesús la exhortación a hacernos como niños. La primerísima obligación suya, la que cumplen sin pensar, es crecer, desarrollarse, ir haciéndose grandes y adultos, lograr construirse ellos mismos. Así, en la vida cristiana. Cierto que el bautismo y la fe son un regalo, un don de Dios. Pero debe crecer en nosotros y por nosotros. Ha de estirarse, engordar, fortalecerse. Tiene que desarrollarse como nuestra vida misma, de forma que ni haya separación entre nosotros y nuestro desarrollo, entre nuestra vida y nuestra condición de bautizados. Una única realidad homogénea y coherente, en la que todo queda lleno de la vida en el Espíritu, y cuanto se dice y hace no es otra cosa que vida nueva. Esa que la 2ª lec resume como “pasar haciendo el bien y librando a los oprimidos por los males”. Tan sencillo y tan total. Para eso el bautismo y la consagración en el Espíritu.
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
1ª lec del profeta Isaías, del “segundo”. Es el comienzo de ese conjunto de textos que muchos consideran “ libro del Siervo de Yhwh”. Equivale al desarrollo de las palabras del Padre en el evangelio de hoy: “Este es mi hijo”. Escuchar todas estas palabras de la lectura en esas breves del evangelio. La parte final del texto es similar a la que utilizó Jesús, según el evangelio de Lc, en su presentación en la sinagoga de Nazaret (Lc 4, 19).
La 2ª lec es el resumen que hace Pedro de la “historia” personal de Jesús, iniciándola sistemáticamente en el bautismo de Juan. Además, la da por conocida incluso entre paganos. Forma parte de esos discursos “kerigmáticos”, de anuncio primero de la resurrección del Señor.
La 3ª lec, del evangelio de Mt. Casi vale decir su verdadero comienzo: predicación del Bautista y bautismo de Jesús. En las tensiones primeras entre “bautistas” de Juan y bautizados cristianos, este evangelio quiere poner orden: Jesús, bautizado ciertamente por Juan, es muy superior a él en el Espíritu que posee como don y consagración del Padre.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Acampó entre nosotros, con su tienda similar a las nuestras. Y se apuntó a la lista pública de quienes buscan a Dios con tanto ahínco que provocan situaciones nuevas. A través de las aguas, como Israel, descubren un lugar nuevo en el que vivir como gentes nuevas, liberadas de sus lastres pasados. Ahí está Jesús, que viene de Nazaret, porque ha oído de las ideas y propuestas de Juan, llamado el bautista por el rito que practica. Con signos tan antiguos como el baño purificador, se incorpora Jesús al pueblo nuevo, “pasando por uno de tantos”. No lo es. Su tienda como las nuestras, sus ritos iguales a los nuestros, sus ansias de Dios como tantos, pero Dios irrumpe de lleno. Y se lo hace notar. Algo novedoso sucede en Jesús que le obliga a tomar conciencia de su misión. Le hace ver cielos abiertos y palomas, y escuchar voces misteriosas; se siente marcado a fuego de por vida, consagrado, territorio, heredad y posesión, propiedad del único Santo. Al salir del agua, de las aguas del Jordán, se ha visto en la tierra prometida. Al salir del agua, se ha apresurado a levantar su tienda en el desierto y la ha descubierto toda llena de la gloria de Dios, de voces, cielos abiertos, palomas como espíritus. Entrevé que la tienda es él y la tierra prometida su cuerpo, que su bautismo resuena en sangre y que su carne es Dios.
Hermanos y hermanas de bautismo, de aguas nuevas y vidas nuevas. No nos lo creemos. Somos timoratos y cobardes. Se precisa una audacia desacostumbrada entre nosotros. Pasamos por el agua, sin alcanzar a creer que Dios nos habita, que el Espíritu es fuego y enloquece. Vamos a detenernos hoy a escuchar cosas nuevas, a escuchar sobre cada uno lo de “mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido a quien prefiero”. A descubrir con hondura y calma esa voz que dice de nosotros “no gritará, no voceará, no clamará por las calles”. Esa voz que concluye, hablando de ti y de mí: “abrirá los ojos de los ciegos” y los sacará de las tinieblas a la luz. ¿Por qué presentamos y creemos o ideamos de forma tan sosa, tan superficial y sin calado, nuestra realidad bautismal? ¿Quién nos ha engañado como si lo sucedido al salir del agua fuera algo exclusivo de Jesús de Nazaret? Forma parte por entero de nuestra vocación cristiana, es la mejor expresión de nuestra verdadera identidad. Mucho más, sabiendo como sabemos, que la tierra prometida se redujo a una tumba, el agua era sangre, y las voces, las de unas mujeres asustadas. Pero permanecía el Espíritu creador sobre tanto caos y la consagración y preferencia de Dios se mantuvo para siempre. De ahí venimos nosotros, bautizados, no en el bautismo de Juan, sino sumergidos en la muerte y resurrección del Señor. Si del bautismo de Juan surgió tanta novedad y alegría, qué no del nuestro que es tan superior. Podemos respirar confiados, al escuchar sobre nosotros, bautizados, que “Dios estaba con él”, que “nos ha cogido de la mano” para proporcionar algo de luz a la vida, la nuestra y la de todos.
J. Javier Lizaur