El bautismo del Señor. Domingo 11 de enero de 2009

Is 55, 1-11  
Sal: Is 12, 2-3. 4b-6  
1Jn 5, 1-9  
Mc 1, 7-11
  

COSAS SUELTAS EN TORNO AL BAUTISMO

El bautismo cristiano no es el bautismo de Juan en el desierto. En el libro de los Hch aparecen en Éfeso unos bautizados que no saben nada del Espíritu Santo ni lo han recibido. Son seguidores del Bautista (Hch 19, 2-4). Nuestros bautismos durante siglos han insistido mucho en la limpieza del pecado y poquísimo en el hecho de recibir el Espíritu Santo. Siguen muy de cerca el bautismo de Juan y no se atreven a acercarse al misterio cristiano. La ausencia de este Espíritu creador ha sido escandalosa en la teología occidental y, sin él, los sacramentos se convierten en milagrería inexplicable. Primero que nada, volvamos al Espíritu.

Parece que desde muy pronto se admitió a infantes al bautismo. Se partía de otra visión de la familia y de los derechos de sus miembros, que incluían de la manera más natural el derecho de los padres a incorporarlos a una determinada religión. Así era, en ocasiones, por familias. La práctica habitual exigía una larga preparación para los adultos. Los tiempos más boyantes de la catequesis de adultos (catecúmenos, mejor) fueron los siglos IV y V, como se descubre por textos numerosos de los santos padres. Se ha exigido mucho más a los cristianos de países de misión que a los de países oficialmente cristianizados. Uno de los libros mejor construidos de la reforma litúrgica conciliar es el llamado “Ritual de la iniciación cristiana de adultos” (RICA). Está lleno de ritos litúrgicos y de catequesis y oraciones muy aprovechables hoy para cualquier preparación bautismal.

                ¿Bautismo de niños -y cuanto antes- o bautismo de adultos? Siempre será bueno tener claras las ventajas y desventajas de cada modo. El bautismo es irrepetible en todas las tradiciones cristianas, y cuenta con entera validez en cualquiera de ellas. Un como segundo bautismo, que no lo es, y recibe otros nombres e intenta recoger la verdadera conversión del bautizado, ¿no descubre el desenfoque o insuficiencia del primero y verdadero? Hoy somos mucho más celosos de la independencia personal y también admitimos que toda educación reduce la independencia y libertad de cada uno, por sutilmente que lo haga. ¿Se tratará de bautizar o de educar?

                 Ya me sé la respuesta: de las dos cosas. Pero suena a escudarse en lo de siempre sin afrontar problemas y que vale siempre más la inercia que el riesgo. Lo fácil y breve es bautizar. Lo difícil y largo es iniciar. Iniciar en los misterios cristianos.¿Hay que dar toda clase de facilidades para los bautizos? Las exigencias de cierto rigor nos traen inconvenientes, desde cuestiones familiares y amicales de los curas y obispos hasta incomprensión y protesta de los cristianos del común, que aducen con profundidad: “pero, ¿no estamos en una democracia?”. Las preparaciones más largas o exigentes, las fechas comunes y comunitarias -nunca, en cuaresma o incluso adviento, v.g.- o hasta la negación del mismo en ocasiones de total ignorancia o irresponsabilidad, cansan y terminan por desvirtuar lo que, en principio, parece imprescindible. Quienes hoy solicitan sacramentos en la comunidad no entienden (quizá por culpa nuestra y de lo anterior) las exigencias, y tienden a sobrellevarlas, forzados, como quien se quita de encima un estorbo.

                El “imaginario” cristiano (ese conjunto de encuadres con los que manejamos la vida), nos habla demasiado del “pecado original”, expresión que sabemos no existe en la Escritura, a propósito del bautismo. ¿Quién se atreve hoy a explicar y concretar ese especialísimo “pecado” de atribución personal sin responsabilidad personal? ¿Quién entraría en las disquisiciones de la Contrarreforma sobre si arranca la raíz del pecado y deja sus consecuencias o si no lo arranca de raíz y por eso quedan las consecuencias? ¿Quién habla, sin más, de la incorporación a Cristo Jesús y de la vida en él, sin pecado, en marcha a la plenitud? Esto último sí está en la Escritura y sí tiene que ver con el bautismo en el Espíritu. De esto habla, y lo afirma, la vida bautismal. De lo demás, el bautismo de Juan.

                 La 1ª lec corresponde al final del “libro de la consolación” del 2º Is. La alianza, el universalismo de la misma, la búsqueda de Dios como constante de salvación, la irreversibilidad de la misma pues, como desciende el agua y fecunda, la palabra de Dios no retorna sin frutos. Esta es la Palabra que ha descendido en la Navidad y que se cargará de frutos en Pascua. Con el evangelio de hoy, tener bien presente el bloque de sed, agua y Espíritu. Todo gratis, que lo de Dios no es como lo de los humanos.

                La 2ª lec toma un texto del final de la carta 1ª de Juan. El testimonio de Dios señala a Jesús, el Cristo, como su Hijo. Creer en Jesús es creer que procede de Dios, que está hecho de carne y sangre, y que vive animado del agua del Espíritu. Su carne, su sangre y su agua son prueba y testimonio de que es en verdad el Hijo (Jn 19, 34). Y los demás lo somos, si creemos en él y cumplimos su mandato: el amor. De nuevo, el bloque búsqueda, agua y Espíritu.

                El Ev de Mc parte de la afirmación que va a ser el objeto de todo el escrito evangélico: Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios (1, 1). Lo presenta el Bautista con el anuncio, en el texto de hoy, de que trae el Espíritu (1, 7). Lo presenta el mismo Espíritu y la voz de Dios: mi Hijo amado, mi preferido. Sólo Jesús lo percibe (1, 10-11). Nosotros habremos de descubrirlo a lo largo de este evangelio para concluir con un militar romano: es el Hijo de Dios (15, 39).

                 PARA UNA HOMILÍA

                ¿Cómo descubrir en Jesús de Nazaret al Cristo, al Hijo de Dios? Todo bautizado lo ha hecho. Ha descubierto el misterio de Dios en un Padre inconfundible, en un Hijo y hermano nuestro, y en un Espíritu que todo lo habita y lo nombra. Todo bautizado se encuentra como vivido por otro, que, curiosamente, cuanto más lo vive, más se parece a Jesús de Nazaret. Todo bautizado se sabe muy bien, se descubre con nitidez en la lista de pecadores. Pero al salir del agua se ve devuelto a un vivir original y primigenio, enraizado en la vida fontal de Dios. Los bautizados cristianos se sumergen en el agua como tumba y surgen de ella a otra  vida en Cristo.

                ¿Cómo descubrir y llegar a Jesús? Alguna señal de fuera nos hace mirar a Jesús y prestarle atención. Nos unimos a su grupo y vamos haciendo el camino con él (Mc 10, 52). Lo descubrimos en sus curaciones, liberaciones, controversias, nos atrevemos a seguirle en Jerusalén entre la hostilidad de las fuerzas vivas del Templo, nos lo matan mientras miramos de lejos, y concluimos que es el Hijo de Dios, visto todo lo sucedido. No es cosa de sabérselo para ser bautizado; es repetirlo y vivirlo, experimentando paso a paso que éste sí que es el Hijo del Dios vivo, el Ungido de Dios en su vida, muerte y resurrección.

                Un bautizado ha descubierto la intensidad y generosidad de la vida sin límite que brota de Dios. Cree que por esos trechos va a descubrir también lo mejor de sí mismo, y afirma que así ha sido. Un bautizado escucha sobre sí o dentro de sí, como un susurro o como un torrente, una voz acariciante o enardecida, que le dice ser su hijo más amado. Alza los ojos y descubre que la inmensidad del cielo está ya abierta para él y que el Espíritu creador se le acerca.

                El bautismo no es costumbre social, no mejora mágicamente los comportamientos personales, no es eso de que “a nadie va a hacer daño”. Es una experiencia, un hecho de encuentro y seguimiento con resultados tan positivos para la persona que lo van convirtiendo en cristiano verdadero, Hijo de Dios desde siempre y por siempre. El bautismo cristiano es en el Espíritu más que en el agua, aunque el agua sea lo perceptible y el Espíritu lo imperceptible.

                El bautismo cristiano es manera pública y simbólica de proclamar a todo el que quiera oír que somos hijos de Dios, vivimos de su vida, y estamos ya con él resucitados.

                La Palabra que ha venido de Dios en esta Navidad no volverá a él vacía (1ª lec). Volverá cargada de toda la humanidad asumida en la muerte y resurrección de Cristo.

                 José Javier Lizaur