DOMINGO XXXII del ordinario. Ciclo C. 14 de noviembre de 2010

Lecturas:
Ml 3, 19-20  
Sal 97, 5-7. 9  
2Ts 3, 7-12  
Lc 21, 5-19

PRIMERAS REFLEXIONES

            Tiempos difíciles. ¿Cuáles no lo han sido? Para todos, a lo largo de la historia, los suyos han sido tiempos difíciles. Quizá como signo de que lo difícil es la vida misma. Los nuestros no son en absoluto sencillos. El cambio cultural es evidente. También las costumbres, los usos, los ritos sociales cambian a una velocidad que resulta alarmante. Es más, puede que el cambio sea en realidad lo que llaman “paradigmático”, es decir, se modifican las referencias fundamentales, esas que damos por tan evidentes que ni las tenemos en  cuenta. Hablamos de crisis en nuestra Iglesia y en las religiones, sospechamos una confrontación con este mundo que surge. La crisis es tan profunda que puede que ni dependa de cómo se han llevado las cosas en la Iglesia, sino de unas referencias más estructurales y profundas que se han venido abajo. Es el mismo mundo de los valores fundamentales el que anda en crisis. Y entre ellos los religiosos. Hasta la palabra misma religión la matizamos de continuo, porque no todos ponemos el mismo contenido en las palabras. Dios, incluso: por ahí anda un libro “de qué Dios somos ateos”. ¿De cuál va a ser?, hubiéramos pensado antes. Tiempos difíciles en este campo de las religiones, que, entre nosotros, ya no cuentan ni con la credibilidad básica de algo a considerar como importante. Nada de persecuciones, pero sí menosprecio y descrédito. Va siendo difícil hasta decirse creyente y la fe nos convierte en bichos raros y anticuados. Se impone la sensación de que muchas cosas importantes, las más importantes para nosotros, escapan a nuestro control. Que los problemas ni tienen marcha atrás, ni se perfilan respuestas. La desazón alcanza lo más hondo de muchísimas personas. ¿Se trata de caracteres pesimistas y negativos o son sencillamente tiempos difíciles?

             ¿Y el fin? Se acostumbra unir el final de todo con una catástrofe general. Muchos textos de la Escritura lo avalarían (no todos). Pero, si todos los tiempos son difíciles, en todos puede presentarse el final. Es más, probablemente en todos se incluye el final. Algo de ésto puede quedar aludido en el evangelio de Juan, cuando se hace del juicio algo continuo y presente. Ahora mismo tiene lugar mi juicio, todos los juicios, ante la presencia del crucificado y exaltado (Jn 3, 18-19 y 12, 31). Ahora es el momento de Dios y, en su luz, quedan discernidas todas las cosas para siempre. Tiempos difíciles, muy difíciles, y el juicio de Dios siempre presente, real y vivo entre nosotros.

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec proviene del profeta Malaquías. Tras el destierro y en situación difícil, anuncia “un mensajero” que será portador del juicio de Dios sobre el culto, el templo y el pueblo.
                La 2ª lec, como los últimos domingos, de la 2ª carta a los Tesalonicenses. También el tema es recurrente, insistiendo en quienes no trabajan y son carga para la vida de la comunidad.
                El Ev recoge textos del discurso escatológico que los tres sinópticos ponen en boca de Jesús al final de su vida. En Mc es todo el capítulo 13. Reúnen palabras sobre el templo y su final, sobre el de Jerusalén, sobre la llegada del Reino, sobre la persecución de la comunidad y, antes, de Jesús. Pudieran hacerse notar matices hasta descubrir si, cuando se escribe el texto, la destrucción del templo y la ciudad ha tenido ya lugar o no. Lc subraya la preocupación por una comunidad, que se impacienta ante la tardanza de la vuelta del Señor y ante la persecución. Quiere animarla a no perder la esperanza y confiar en la presencia viva y actual del Resucitado.
 
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
 
                Parte el texto del evangelio de hoy de una constatación: la belleza del templo y sus ricos adornos. Tanta belleza, y le aguarda la destrucción. De hecho, ya está destruida cuando se escribe. ¿Percibimos la belleza del mundo y nos preocupa qué será de semejante belleza? Es un buen punto de partida para preocuparnos del final, este de observar la belleza de las cosas. Los humanos hemos ido acumulando riquezas, logros, adelantos y también miseria y desesperanza. La belleza ha ido recogiendo todo lo mejor. ¿No quedará nada de lo mejor nuestro? Tras la belleza añorada, las palabras de Jesús nos sitúan ante destrucciones, guerras y apuros. Ante terremotos, epidemias y hambrunas. ¿Dónde queda la belleza? ¿Son eternas la fealdad y maldad que oscurecen nuestra historia? No tengáis pánico nos dice Jesús. Una de sus expresiones más frecuente en los evangelios. ¡Pasamos tanto miedo y angustia, precisamente de todo lo que evoca Jesús y que nosotros hemos de vivir! Y más. Anuncia Jesús que, como le sucede a él, nos aguardan persecuciones, soledad, incomprensión y muerte. Insiste en que no pasemos miedo ni en los tribunales, porque él mismo nos dará las palabras y sabiduría precisas para defendernos. Insinúa que, aunque injusta, puede que no escapemos de la muerte. ¿Qué ha sido de la belleza, del esplendor de la justicia? En la oscuridad, en la fealdad y la inquina de muchos -y tan persistentes-, ¿qué de la esperanza?
                Manteniendo nuestra atención a Jesús, nuestra necesidad de él en la noche más cerrada -añoramos el mar y la barca con él-, nos llega una palabra para los tiempos difíciles y feos, para cualquier tiempo. “Ni un cabello de vuestra cabeza se perderá”. Con la pena de la belleza perdida, ni nos acordábamos de nuestro pelo. Y resulta que él, sí. Ni un pelo, ni una caricia, ni un gesto bueno, nada se perderá. Él lo recoge. Él lo salva. El pelo y la cabeza y el cuerpo y la persona. Lo salva todo. La belleza de los templos y los edificios, de las almas y las actitudes, todo a salvo en el cuerpo más bello de los hijos de los hombres, ungido del Espíritu Santo. Todo en las manos de Dios, hasta nuestros tontos cabellos. En las manos de Dios, su Cristo que se angustiaba como nosotros ante la muerte, y con gritos y lágrimas Hb 5, 7) le preguntaba por su futuro.
                Sólo una condición, el aguante. La perseverancia, el no perder la paciencia, el salvaguardar la esperanza. Vivimos un mundo tenso, nunca satisfecho, siempre impaciente. Y en la comunidad cristiana es notoria también la impaciencia. Llevamos tanto aguardando tiempos mejores…En las circunstancias extremas de los campos de concentración, la consigna era sobrevivir para contarlo. Perseverar y sobrevivir para salvar los sueños y contarlos a otros. No perder la esperanza, aguantar un poco. Que tarda pero llegará. La belleza, los cabellos, el Señor vivo, llegarán porque Dios los tiene a salvo. Un poquito de paciencia y todo se salvará en las manos de Dios que nos lo guarda. Con nuestro aguante, le damos tiempo a Dios para que nos lo devuelva todo multiplicado. Mantenernos y perseverar, ese es el secreto final de Jesús, el misterio de salvación actualizado y vivo en pleno siglo XXI.
 
                 J. Javier Lizaur