DOMINGO XX. LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA. 15 de agosto de 2010

Lecturas:
Ap 11, 19a; 12, 1. 3-6ª  
Sal 44, 10-12. 16  
1Cor 15, 20-27a  
Lc 1, 39-56
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                En esta fiesta, bien pudieran ser en torno al cuerpo. Pesan todavía demasiado entre los cristianos las concepciones platónicas de baratillo sobre la división alma y cuerpo y sobre la primacía absoluta del alma. La concepción de la Escritura sobre el hombre no tiene mucho que ver con esa reducción a dos términos, y más tomados como antitéticos. Unidas al miedo y las suspicacias al placer, el resultado es unilateral y falso. Durante siglos hemos desconfiado del cuerpo y del placer, y hemos preferido siempre el alma y el sufrimiento, como más cercanos y mejores conductores a Dios. Muchas de nuestras afirmaciones en torno a la sexualidad y al simple bien vivir, adolecen de la desconfianza al cuerpo, de mirarlo con prejuicios que se pretendían revelados o casi divinos.

                Ya la resurrección del Señor ha tenido que remover todos estos temas, si queremos evitar simplismos hechos costumbre. Pero más si cabe la afirmación expresa de la fiesta de hoy de que el “cuerpo” de María ha sido asumido en el misterio de Dios. Qué pintará un cuerpo y por qué en todo esto. El credo nos hace afirmarlo también en torno a la resurrección de la carne. Somos un cuerpo vivido y concienciado y, mente, afecto, deseos, libertad, todo lo que no llamamos cuerpo, nace y se hace a partir de él. Encierra y recoge nuestra identidad y nuestra historia, que casi siempre deja también rastros físicos corporales (¿las llagas del Resucitado?). La resurrección, si tiene algo de personal, no pude prescindir del cuerpo. Muy difícil concretar el cómo y la realidad de los cuerpos en el otro lado, pero necesita un sitio para que nuestro futuro en Dios sea personal. El cuerpo está cargado de límites y condicionamientos, más bien, es lo real de todos esos límites y condiciones. Por eso, en un futuro que se nos presenta diferente de todo lo que sea limitación, segmentación, no resulta evidente cuál sea el sitio del cuerpo y su singularidad. Con todas sus dificultades, necesitamos el cuerpo para cualquier forma de futuro nuestro. Afirmar la propia resurrección requiere este cuerpo que nos singulariza y nos hace personas.

                Esta certeza de fe es difícil de compaginar con gran parte de los pensamientos de nuestra razón, no con sus anhelos. Afirmamos la resurrección de la carne, la asunción del cuerpo. La vinculamos a la de Jesús como para insistir, con Pablo, que si no resucitamos nosotros personalmente, tampoco Cristo ha resucitado (1Cor 15, 13). Pocas cosas de fe más “materialistas”. Todo esto sí lo suele creer la generalidad de los cristianos, aunque no se detengan mucho en sus dificultades racionales. Y con estos precedentes, volviendo al inicio, no se ve de dónde han salido tantas suspicacias al placer, al bienestar corporal, a la atención al propio cuerpo, como atención a nosotros mismos. ¿Y los textos de 2Cor, 3, 18 sobre la revelación de Dios en nuestro rostro, en nuestra presencia corporal? El cuerpo, por otra parte, asume para cada persona la representación, la concreción del cosmos total, y su dinámica sutil, compleja y contradictoria. En mi cuerpo, el universo queda de nuevo a disposición de Dios.

                 El salmo responsorial de hoy es el ejemplo perfecto de los problemas de esta parte de la liturgia de la Palabra. Tanto dicha, como cantada, la respuesta resulta difícil de memorizar e incluso de entender. Para sólo esto segundo necesitaría explicaciones pormenorizadas y complejas. El salmo responsorial, ¿es proclamación, alabanza consecuente, meditación extensa de la 1ª lec, súplica, júbilo en la fiesta? La joya de hoy nos pide que repitamos “De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir”. Creo que no es de recibo, que mejor sustituirla y que hay que repensar el papel importantísimo (desde la tradición sinagogal) de este salmo llamado ahora responsorial (de “respuesta”; antes “gradual”, de “las escaleras”). 

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec pertenece al libro del Apocalipsis, que figura como último texto de las Escrituras cristianas. Menos el verso inicial, forma parte del comienzo de la 2ª parte del libro, que describe un enfrentamiento definitivo entre “la mujer” y el dragón. ¿La mujer? ¿La Iglesia, la humanidad, María? Mejor pensar en continuidad que en oposición. La mujer y su Hijo, amenazados por el dragón, en nombre de todas las fuerzas del mal. El Hijo, arrebatado al cielo, y la mujer llevada al desierto, defendida por Miguel. La imaginería de esta visión de la mujer ha dado lugar a muchas representaciones concretas de la Virgen María: el sol, la luna, las estrellas. En las imágenes de la Biblia, representan a las tribus y los patriarcas de Israel.

                La 2ª lec es parte del cap 15 de la 1Cor, todo él, respuesta a las dificultades de los corintios para creer en la resurrección personal. Por la condición humana (Adán), todos somos solidarios en la muerte; por la de hijos (Cristo), lo somos en la resurrección. Dios vencerá al mal, colocándolo ante Jesús, incluida su consecuencia extrema, la muerte. Y Cristo lo entregará todo en manos de Dios.

                El Ev forma parte del llamado evangelio de la infancia de Lc. Tras las anunciaciones y antes de los nacimientos de Juan y de Jesús, este pasaje de la visita de María a su prima Isabel. Su referencia, las narraciones de la traslación del Arca por las montañas de Judá (2S 6): María, nueva arca portadora de Dios, se desplaza a esas montañas. Concluye con el cántico de María, que toma como base el himno de acción de gracias de Ana, la madre de Samuel, (1S 2, 1-11), tras conocer que será madre. Queda luego enriquecido el canto con textos de salmos y de profetas. Lc ve a María como personificación de todos los pobres del Señor. El himno canta la grandeza de Dios con María y su “humillación”, con los pobres y humildes, con todos los hijos de Abrahán por fin. Dios sí toma partido. Y para siempre. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Cuando queremos y apreciamos o valoramos mucho a alguien, no hay mayor gusto que poder hablar bien de él o ella y publicarlo por todas partes. Hoy, con María, queremos hacerlo nada menos que de Dios. Salimos por un momento de nosotros mismos y nuestros problemas y preocupaciones, y nos fijamos en Dios. Ya es mucho saber salir de nosotros para algo, colocarnos ante algo diferente y  prestarle nuestra atención.

                 Salimos de nosotros, y ante Dios. Hablamos bien de él, proclamamos a quien quiera oír nuestro contento por él. Es inmenso, grande, y lo comprobamos precisamente porque se fija en nosotros. Todos. Se ha fijado en María, una jovencita judía del S I, y la ha convertido en casa y puerta por donde irrumpa su salvación para todos. Se ha fijado, se ha acordado viéndole a ella, de todos los pobres que no esperan nada de nadie y lo hacen de Dios, sin explicarse bien por qué. Ha descubierto en María a tanta gente humilde y sencilla, sin pretensiones, gente olvidada de todos, casi sobrante para todos, y ha puesto en ella toda su benevolencia, su gusto de encontrarse entre los humanos. Se ha acordado de tantísimos hijos de Abrahán, tantos hijos de cualquier fe, y está dispuesto a sacar adelante en ellos sus grandes promesas, esas que a todos nos resuenan por dentro. Se ha fijado en nosotros todos y no piensa abandonarnos al silencio de la muerte.

                Se ha fijado que somos cuerpos habitados y vividos (recuerda lo de la arcilla de la tierra), que todos nuestros gozos y pesares pasan por nuestro cuerpo. Como nosotros, lo ve hecho mediación, puente, entre lo más sublime y lo más abyecto. Decide arrancarnos de la muerte y lo hará, no hay otro camino, abrazando nuestro cuerpo, dotándolo de otras formas para que asuma toda nuestra historia y sea el cauce de un futuro, que él, Dios, y sólo él nos abrirá.

                Proclamamos, gritamos las grandezas del Señor. Le cantamos, nos gozamos y disfrutamos con él. Se ha fijado en nosotros, expresamente en quienes están peor entre nosotros, en los más bajos y olvidados y sufridos. Es grande el Señor que se ha fijado en nuestros cuerpos, en nuestras presencias reales, se ha fijado que somos bajitos o enormes, gruesos o enflaquecidos, tristones o bulliciosos, tranquilos o hiperactivos. Y porque nos quiere tal como somos, nos quiere para su futuro partiendo de lo que ya somos. Habrá de comenzar por que todos nos gustemos a nosotros mismos. Y gustaremos a los demás, porque siempre y desde siempre todos y cada uno le hemos gustado a él.

                Por eso no dejará que nuestra carne conozca la corrupción y nos abrirá el camino de una vida nueva y sin fin. Hoy lo celebramos en María. En ella, humilde sierva, ya lo ha conseguido. Y mirándola a ella sabemos que es promesa que será realidad para todos. Para los que casi ni existen, para los tristes y sencillos, para todos los creyentes en ese Dios que abre futuro sin olvidar nuestros cuerpos queridos.

                  J. Javier Lizaur