Lecturas:
Dt 30, 10-14
Sal 18, 8-11
Col 1, 15-20
Lc 10, 25-37
PRIMERAS REFLEXIONES
Hoy, la parábola del “buen samaritano”, conocida por todos. Es importante ese señalamiento de su lugar de origen, por el menosprecio hacia ellos en la cultura judía en que se desenvolvía Jesús. Menosprecio, si no desprecio a secas, por causas antiguas políticas que han terminado en juicios de herejía respecto a la religión de Israel. Su contraposición es mayor, si los otros caminantes representan lo más auténtico de esa religión: sacerdotes y levitas.
Pero lo principal puede pasar desapercibido, al darlo todos por evidente: era bueno. Samaritano o sacerdote o levita, si no son buenos, no funciona la parábola. Se necesita alguien bueno. Así de sencillo. Y lo más preocupante, hoy la bondad, necesita aclaraciones. La del poeta “en el buen sentido de la palabra, bueno”. No es sencillo ser bueno sin más. En el poder, la sabiduría, el comercio de influencias no se lleva mucho ser bueno. Ni en las conjuras y grupos eclesiásticos. Entre intelectuales, artistas, dirigentes de grupos varios, famosos, moralizadores, ¿dónde los buenos? Ser bueno, ¿tendrá que ver con los “limpios de corazón” de las bienaventuranzas? ¿O con los sufridos y serenos o los misericordiosos? ¿Sería muy simple reducirlas a dichosos los buenos? Todos los buenos tienen algo de simples, de no retorcidos. También hay simples que no son buenos, como justos, íntegros, astutos, tímidos o adustos que sí lo son. Dónde nace la bondad, cuáles son sus primeros indicios. Porque urge recuperar para todos, y como primera exigencia, la bondad. Con gente buena no sería igual la banca (igual no sería), ni la empresa, ni el sindicato, ni el partido, ni la curia, ni la comunidad. Suena un tanto a ridícula e ingenua la apelación a la bondad. Si agregamos con el evangelio que “hace salir el sol sobre buenos y malos y manda lluvia sobre justos y pecadores” (Mt 5, 45) , entran ya exigencias que resuenan a perdón y generosidad sin medida. Samaritanos de cualquier grupo marginal: habrá que comenzar por ser buenos, algo bastante reñido con el resentimiento y la revancha. ¿Sabríamos hoy predicar el ser buenos? Sin bondad, difícil o hipócrita ser samaritanos de nadie.
Y en ser buenos podemos coincidir creyentes de diversas religiones, ateos, increyentes, y pobres y gente en general. La bondad nos mana de dentro. No sé si del corazón, la cabeza o las tripas. Mana y nos impregna por entero. La 1ª lec nos dice que lo mejor nuestro está en nuestro interior y no -lo dice expresamente- en leyes y códigos. Más, que todo humano lo lleva dentro, seguramente por humano. Que no es preciso buscarlo muy lejos, que no requiere héroes y genios singulares. Que todos lo tenemos dentro y lo sabemos expresar. Que en el corazón y en la boca llevamos una norma, instinto casi, de bondad. Que bucear en nosotros mismos nos garantiza un resultado positivo acorde siempre con el plan de Dios. Podemos llamarlo bondad, como concreta Jesús en el evangelio. Para muchos, excesivo optimismo este dejar a los humanos la iniciativa moral, pensando que aciertan con sólo atenerse a ellos mismos. ¿Hablará así esta lectura por desconocimiento de la historia, del deterioro o progreso de la sucesión de culturas, de lo enrevesado de las relaciones sociales? ¿O esta especie de optimismo radical, por cierto moral, forma parte del mensaje de la Escritura? Seguro que otros pasajes de la misma pueden llevarnos a afirmaciones contrarias o reforzar la anterior. Pero ¿no es muy fontal, bastante repetida, y básicamente decisiva y crítica ésta como para no darle enorme importancia? ¿Nos brota naturalmente a las personas ser buenas? ¿Demasiado afirmar para un domingo cualquiera?
El prefacio común VIII hace referencia expresa a la parábola de hoy.
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
La 1ª lec pertenece al Deuteronomio o segunda ley. Al Pentateuco, a la Torá. Todo el libro es una reflexión segunda y personalizada de la ley. Una corriente de pensamiento y vida cercana a Oseas, Jeremías y otros profetas, y de gran influencia en la elaboración y escritura de muchos escritos del primer testamento. Se presenta el texto como discursos en boca de Moisés, y, en alguno narrativo, él es el protagonista. Esta lectura señala hacia el evangelio de hoy.
La 2ª lec del comienzo de la carta a los de Colosas. Para muchos, un texto más del “corpus” paulino que de Pablo mismo. Un texto bellísimo e importantísimo para todo discurso sobre Jesucristo. Los primeros versos más centrados en la creación y los posteriores en la redención. En los primeros (15-17), imagen y modelo de todo el universo. Ese universo que muchos pensaban controlado por potencias y seres superiores a nosotros e inferiores a Dios. Cristo es mucho más que ellos. En los segundos (18-20), redentor y primogénito de los muertos, cabeza de la Iglesia. En él, la plenitud y la paz. Hasta el domingo XVIII leeremos la carta a los colosenses. Como siempre, será recomendable prestar atención a la carta entera en reuniones o grupos.
Ev del cap 10 de Lc. Como en Mc y Mt, una pregunta a Jesús sobre el mandamiento principal o más importante. Pero Lc agrega como aclaración de en qué cosiste el amor al prójimo, la conocida como parábola del buen samaritano. A Jesús el letrado le pregunta “quién es mi prójimo”. Jesús responde preguntado “quién se hizo prójimo –próximo- del herido”. Y la respuesta final: “anda, y haz tú lo mismo”, supone que el letrado ya ha encontrado la respuesta (1ª lec).
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Amigos, estamos todos en la posada donde nos dejó Jesús para reponernos hasta su vuelta. Todos, en el camino de la vida, hemos sido asaltados, desnudados, molidos a palos hasta quedarnos medio muertos. Aquí, en la posada, nos han cuidado a cuenta de nuestro samaritano, durante su ausencia. Fue él quien con su aceite y su pan y su vino y su agua, nos ha repuesto de las heridas de la vida, de los golpes duros del camino, y nos ha dejado a cobijo en su posada. Muchos, muchos nos agolpamos ya en la posada. Se nos olvida nuestro origen y nuestra historia del camino y, a ratos, hasta reñimos y nos golpeamos entre nosotros. No se trataba de esto. Nada más trágico que enfermos y dolientes golpeándose entre ellos. Estamos todos para ser cuidados, necesitamos la atención, el cariño, el calor de los otros para reponernos por completo. Y, repuestos, hemos de volver al duro y peligroso camino.
Bajan muchos, miles de millones, por el antiguo camino. Los bandidos que se ocultan -o no tanto- son bien conocidos. Los golpes físicos y morales, las torturas, las crueldades no cesan y en el camino se amontonan malheridos, medio muertos y hasta muertos. Son miles de millones los que yacen en él. Urgen más, muchos más samaritanos. Gente del camino que sabe mucho de él y sus dificultades, que se sienten rehecha en aceite y agua y vino y pan, y acude en ayuda de cualquiera que ha caído, como antes ellos. Gentes que creen que todos los caídos y maltrechos encierran un tesoro, aun en la miseria más absoluta, y desean rehacerlos y ponerlos en pie de nuevo para que sigan su propio camino, y ofrecerles la posada acogedora. Ese camino resulta singular porque es, a la vez, de todos y de cada uno. Sobran los que se desentienden y corren a salvarse cuanto antes de los bandidos del camino. Sobran los que evitan peligros por detenerse a ayudar y consolar. Puede que sean sabios y santos y sepan tanto de bandidos que huyen con prisa para ponerse a salvo, sin mirar o escuchar a los que gritan pisoteados en el mismo camino que ellos.
Uno de los miles de millones, de los nuestros, de los del camino, que venía de más lejos que nosotros, quedó también medio muerto a golpes de bandidos, y pisotones de los que corrían a salvarse. Se levantó con la fuerza de Dios y se puso a servir algo a quienes pasaban y a ofrecerles cobijo en la posada. Se tuvo que ir, se le pasó el tiempo, pero volverá. Pagará a los de la posada y su vuelta será una fiesta para todos los que han superado el camino y para los que se pusieron en peligro por ayudar a los caídos. Todos buenos y samaritanos de todos, todos acogedores ya que hemos tenido la suerte de entrar en la posada, todos felices al final de haber hecho bien el camino con todos los miles de millones que avanzaban con nosotros.
J. Javier Lizaur