DOMINGO XIV DEL ORDINARIO. Ciclo C. 4 de julio de 2010

Lecturas
Is 66, 10-14  
Sal 66, 1-5. 16 y 20  
Ga 6, 14-18  
Lc 10, 1-12. 17-20
 

IDEAS SUELTAS

                Otra magnífica primera lectura que nos acerca a referencias políticas y profundamente religiosas. “Festejad a Jerusalén y gozad con ella todos los que la amáis”. Tomemos las palabras, y Jerusalén, en su estricta literalidad. ¿Para cuándo la gran fiesta en Jerusalén de todos los que la amamos? ¿Cuándo será posible esa fiesta de judíos diversos, cristianos de todo pelo, musulmanes varios? Será cuando haya llegado como una avalancha un río inmenso de paz a esa ciudad y región. No la festejaron, la destruyeron sucesivamente muchos pueblos antes de Jesús y muchos tras él: romanos, cristianos, musulmanes, franceses e ingleses, judíos y palestinos. La quisieron, con la pretensión de salvarla, para ellos solos. La amaron tanto que apagaron su luz y secaron sus fuentes. Ya no brota de ella la ley debida. No se cumple ninguna de las resoluciones de la UNO para acercar el río de la paz. Nadie renuncia a la ciudad santa como su propia capital. Le nacen barriadas (las “hija de Sión” de Sofonías) para aumentar la propiedad de las tierras para quienes las construyen. Sólo se multiplican los muros divisorios, mientras aumentan los gritos de dolor y se abominan las caricias y los consuelos. La oración de muchos, seguramente de las tres grades religiones y otros muchos creyentes, se eleva hasta el Altísimo y Misericordioso, el Santo, para que todos, abocados a sus ubres abundantes, gocemos de sus delicias. Para que todos los que por ella llevamos triste y pesado luto nos podamos reunir y festejar juntos. Para que todos los huesos y cadáveres esparcidos en su entorno de destrucción florezcan como un prado de vida y alegría. Todos consolados de tanto horror y error besaremos humildes la mano del Dios, padre y madre, que nos ha apoyado hasta lograr que todos, todos sin exclusión los que la amamos, festejemos a Jerusalén, nos convirtamos en su alegría, y arrojemos todos nuestros lutos bien lejos de la Jerusalén de la luz y de la paz. Y no pensamos en otras vidas, sólo en ésta y para ésta de los años 2000, porque lo veremos con nuestros ojos. Nuestros o de nuestros sucesores. Pero lo veremos, oiremos, gustaremos, danzaremos y así festejaremos a Jerusalén, a esta conocida ciudad, siempre en la cumbre de nuestras alegrías.

                La carta de la libertad, Ga, concluye con una apelación a la cruz. ¿Será que toda libertad la incluye? Sería una personalísima aportación de Pablo, esa de unir libertad y condicionamiento máximo en la destrucción de la cruz. Pero todo está enmarcado en la “criatura nueva”. Novedad absoluta: la libertad encontrada en un crucificado. 

TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec, del 3er Isaías. Probable colección de profecías varias, en los primeros años tras el exilio. Último de esos escritos. Ánimos para la reconstrucción de Jerusalén, amasados en los sueños de una vida nueva en esa ciudad. La realidad exigió esfuerzo, y encontró cansancio y desánimo que necesitó de mucha fe en ocasiones.

                La 2ª lec recoge la conclusión de la carta a los gálatas que hemos leído durante varios domingos. El mundo y sus modelos son viejos y no ofrecen garantía alguna de salvación. Pablo prefiere acogerse a la cruz de Cristo y encuentra la novedad buscada. Esa novedad es lo único que importa, aunque requiera la cruz. Encierra la paz y la misericordia de Dios para todos. ¿El “Israel de Dios”? Para algunos el nuevo, el pueblo cristiano, para otros, el de siempre, que sigue siendo de Dios y no queda fuera de su paz y su misericordia. Pablo se considera esclavo del Señor Jesús y, como esclavo, lleva sus marcas. Son éstas los sufrimientos que ha mencionado en todos sus escritos.

                El Ev pertenece al cap 10 de Lc, pero deja fuera los versos (12-16). El envío explícito de 72 discípulos en este evangelio recoge elementos que los otros sinópticos localizan en el envío de los 12 solos. Se pueden resumir esos dichos en dos bloques: “oposición” y “desprendimiento”, aunque cada evangelio tenga sus propias variaciones. Ante la abundancia de la mies y la urgencia de anuncio del reino, es igual enviar a los doce que a los setenta y dos. Nunca solos, de dos en dos. El anuncio, para serlo, ha de incluir palabras y hechos, comprobantes del Reino. Ni ante el rechazo, se renuncia a la buena noticia: la expresión “de todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios” indica como una terquedad para que nadie tenga excusa. Curiosamente, no se narran las acciones de los setenta y dos en el viaje. Sólo los resultados. Debieron ser de gran éxito, por el contento que traen  y por la caída de Satanás de todo lo alto. Pero no era eso lo importante. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Estamos en pleno verano. La mies abundante requiere de muchos trabajadores. Nadie sobra y todos somos necesarios. El llamamiento a la mies llega a todos sin excepción. Es corruptela aplicarlo sólo a curas, frailes, monjas y sus estamentos. La llamada, la vocación es el bautismo.

                Estamos en pleno verano. Merecemos, todos también, festejos, alegrías y descanso. Ciertamente no hemos visto a Satanás caer como un rayo. (Rayos sí, pero sin demonios dentro.) Ya hubiéramos deseado tan visible éxito. Que cayera el capitalismo y la violencia y el armamentismo. Que cayeran tantos demonios y gigantones que nos asustan. Que se hundieran, mejor con estrépito, la ignorancia, el hambre, la enfermedad. Lo hubiéramos festejado. No han caído o no lo hemos visto. Pero vamos a festejar y descansar. De forma muy torpe en ocasiones, pero hemos procurado anunciar algo nuevo y diferente: el reino. Ese que llega sin estrépito. Queriéndonos, llorando con los tristes, gozando con los alegres, esperando con enfermos y agonizantes, angustiados con parados y desesperanzados, apurados con muchos, pero casi nunca rendidos. Y es el Reino. Hemos de estar contentos y festejar. Sin bravuconadas, nos atrevemos a plantar cara al fracaso, a nuestros miedos, al menosprecio de los entendidos, a la culpa de no llegar a los logros, al asesinato en ocasiones. No vamos a vivir acomplejados ni de viejos, ni de pocos, ni de necios. No ha caído Satanás, ni la pobreza, ni la explotación. Pero están cayendo, no lo dudemos. Muy poquito a poco, sin ruido, sin rayos ni luces extrañas. Avanza el Reino y la fuerza de nuestro Dios, que sabe utilizar hasta la impotencia. El amor y la justicia, y el gozo y la alegría no son visibles ni cuantificables. Están ahí tan reales como nosotros mismos, y avanzan y crecen. Pequeñas grietas, minúsculos orificios para un muro tan triste y tan inmenso. Pero ahí están y las hemos dejado y ampliado este curso también.

                 Festejad y dejad el luto. Sorberos las lágrimas, si es preciso. No son las grietas y los agujerillos sólo, es la certeza apabullante de que vuestros nombres, tan conocidos, están escritos en el cielo. Festejad todos los que soñáis con una Jerusalén libre y en paz, con ciudades bellas y fraternas. Vuestros nombres están en el cielo escritos de la mano de Dios. Nadie los borrará. Festejad y alegraos. Descansad, que llega un enorme río de paz desde el seno de Dios y, en la corriente viva, arrastra nuestros nombres.

                                                                    El mío, J. Javier Lizaur. Agrega el tuyo.